
Todo mundo sabe lo que es una ciudad, un país, hasta que llega la hora de las definiciones. Imposible que México sea sólo la superficie continental entre Estados Unidos y el binomio Belice-Guatemala. No tanto por la omisión de las islas Revillagigedo, sino por todo aquello que no es un río, un pueblo, una montaña y que también lo constituye. Tal y como sospechaba hace unos años Rafael Lemus en el título de su tesis doctoral (luego convertida en el libro Breve historia de nuestro neoliberalismo), “la nación está en otra parte”. Ahora, en Atlas de (otro) México (Debate, 2025), la búsqueda de la alteridad se convierte en cartografía.
Un país, escribe Lemus, “es una complicada suma de espacios materiales e imaginarios”. Lo sabía aquel Atlas de México de la SEP, inolvidable, que no por nada tenía un cuadro de Rufino Tamayo en la portada. La lección comenzaba antes de abrir el libro. Lo sabía María Félix, también, cuando en su papel de la maestra Rosaura en Río escondido, antes de dar la vida por la patria, mira a un huérfano desarrapado y exclama con pasión velardiana: “¡Ese niño es México!” Cualquier cosa, en realidad, puede ser México: un pan tostado en el que aparece la cara de Juan Gabriel, Julio Regalado, José Gorostiza. A Lemus le interesan, en este libro, los lugares fundados por la literatura, y por la novela en concreto: espacios que no corresponden con ningún inventario del INEGI pero que conforman “la trama sensible del país” .
Los lugares nos suenan; quizá incluso los conocemos de manera más íntima que otros pueblos hechos de tierra: Comala, La Matosa, Cuévano, Santa Teresa. Atlas de (otro) México se propone, en sus primeras páginas, ser una “bitácora de viaje” por estos territorios, un recorrido guiado por la voz del crítico. El propósito manifiesto es parecido al de tantos guías de viaje: una mezcla intelectual (“de veras […] entender un país” ), esotérica (descubrir “lo que México es, lo que pudo ser y lo que aún no es”) y placentera (“que ustedes se pierdan en estos sitios así como yo me he perdido en ellos”). El propósito subterráneo, para sorpresa de nadie, es otro.
Néstor García Canclini ha hablado del patrimonio de lo imaginario: esa mezcla de “leyendas, historias, mitos, imágenes, pinturas, películas” que compartimos muchos pero del que cada quien elige, combina, mezcla y descarta fragmentos diferentes, una operación ideológica que nos permite “armar una visión que nos deje un poco más tranquilos y ubicados”. La desubicación es producto de la historia, la transición constante y desordenada hacia ningún lado, el continuo reacomodo de aquello que vale y lo que significa. De ahí surge el trabajo esencial del crítico: proponer un orden, dibujar un arreglo posible. La tarea tiene que repetirse a cada rato. Atlas de (otro) México es un esfuerzo valioso, siempre interesante, por poner las cosas en su sitio. Lo que Lemus ordena es una serie de novelas y novelistas que comparten la característica de haber inventado un espacio imaginario pero aún dentro de México. A unos, dice Lemus, habría que leerlos más. A otros, menos.
El repaso es cronológico, y va desde El monedero, de Nicolás Pizarro (1861), hasta Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor (2017). Desde lo poco leído (Eugenia, de Eduardo Urzaiz) hasta lo sobre-analizado (Pedro Páramo, de Juan Rulfo). El propósito, por tanto, es dejar en claro dónde deberían ubicarse estos libros, sus autores, dentro de nuestra tradición.
Digamos, leemos, somos, confiamos, sabemos: el plural característico del ensayismo de Lemus se revela en Atlas de (otro) México como instrumento esencial de su operación: crear un común, un grupo (nacional) de lectores. Una reunión de ciudadanos de ese espacio también imaginario al que suele llamarse—con extrema cursilería— la república de las letras, en donde siempre ha habido escasez demográfica. El libro, como reconoce Lemus, fue escrito en gran parte durante la pandemia de Covid-19 (qué raro, todavía, tener que aclarar cuál pandemia), un momento de encierro y distancia que volvía frágil cualquier nosotros. La patria, de por sí difusa, se volvió espectral durante un tiempo.
Encomiable, tan resuelto: un crítico que no se cierra en sí mismo, sino que va en búsqueda de los demás. Que contextualiza; que no lee a contrapelo de las novelas, en busca de un significado oculto, sino que se detiene en aquello que ya está en la página, en el significado o el efecto que de hecho persigue el texto. “Es la idea”, repite Lemus cuando quiere precisar aquello que la novela en cuestión ya dice. Sostenida a lo largo del libro es la cruzada de Lemus contra lo que llama “paradigmas”: modos de leer que “encierran” a las obras de ficción, que vuelven a las novelas merolicas de ideas ajenas, reducidas. Se dice, se pontifica, se sostiene, se asegura: a diferencia del plural aglutinante, la escritura de Lemus marca distancia de este otro colectivo insidioso mediante el uso del impersonal. La literatura, dice el crítico, es superior a sus instrumentalizaciones; es más de lo que queramos que diga, más de lo que creemos que nos enseña cuando hacemos el resumen. No hay misterios a resolver en la literatura, sostiene el crítico: todo está ahí si uno se toma el tiempo de leer. La defensa de la autonomía literaria es otro de los cometidos subterráneos de Atlas de (otro) México. Esta o aquella novela —repite Lemus en diferentes variaciones a lo largo de los capítulos— no es ni lo uno que dicen estos, ni lo otro que dicen aquellos, sino ella misma. Esta defensa es análoga a otra que Lemus hace a lo largo del atlas: asegurarnos que el espacio en la ficción es autónomo con respecto a su referente (el Ixtepec de Elena Garro, por ejemplo, no es Iguala y ni siquiera depende de la existencia de Guerrero).
El atlas parece por momentos una antología, ese otro ejercicio clásico de la crítica literaria. Una manera de reunir estas novelas y dedicarles a cada una un prólogo que reúne sinopsis, estado de la cuestión crítica, contextualización y juicio. Así, Lemus nos presenta a la Nueva Filadelfia, el falansterio socialista dibujado por Pizarro, que un Benito Juárez ficcional mira por encima del hombro. Así también conocemos Villautopía, una Mérida futurista y delirante, donde el doctor Urzaiz, socialista yucateco, profesor de psiquiatría, obstetra y ocasional columnista satírico imagina (en 1919) un mundo venidero donde los hombres gestan y la genética maya ha sido erradicada de la península. Eugenia, dice Lemus, nos descubre no tanto el futuro “como el pasado y la persistencia de ese pasado en nuestro presente”.
De a poco descubrimos que muchas de estas novelas comparten, en la visión del cartógrafo, una condición de fulcro: con un pie aquí y otro allá, entre tiempos, entre mundos. La Quauhnáhuac de Malcolm Lowry en Bajo el volcán (1947) es en simultáneo infierno y paraíso. Galeras, el pueblo protagónico de El fin de la esperanza, de Rafael Bernal (1948), es “[un] pedazo de México que ha aceptado antes que el resto de México el fracaso de México”; un lugar que al mismo tiempo llega tarde y se anticipa. Esta novela, que cuenta la historia miserable de una comunidad rural paupérrima en alguna parte del Bajío, donde el mal mayor es el advenimiento del general Cárdenas y la aparición del ejido, es para Lemus “una de las novelas fundamentales de la literatura mexicana” , tan difícil de conseguir, tan poco leída, como la obra de otro autor reivindicado por el crítico, el chihuahuense Jesús Gardea. “Acaso no haya mayor prueba de que la literatura mexicana es una literatura mayor”, escribe Lemus, “que el hecho de que pueda darse el lujo de tener en su sótano, casi ignorado, a un autor de la talla de Jesús Gardea”.
Otros autores no necesitan mayor espaldarazo. Juan Rulfo y Comala, por ejemplo, un lugar que “existe para sugerir que el resto de México es real” . O Roberto Bolaño y Santa Teresa, esa ciudad bisagra (“aún una ciudad y ya casi otro más de los desregulados agujeros del capitalismo global”) que guarda entre sus calles el secreto del mundo. O Elena Garro e Ixtepec, donde Lemus significa los silencios de la voz narrativa del pueblo y el acomodo de sus calles. Lo que se presenta como subalterno, dice el crítico, es en realidad pura hegemonía.
Algo parecido sucede con la figura y obra de Jorge Ibargüengoitia, quizá el autor que, en este reacomodo, queda peor parado. Cuévano, escribe Lemus, es un territorio que no brinda ninguna sorpresa a sus visitantes. Todo es nimio, ridículo: lo que se pretende gracioso en Ibargüengoitia es en realidad prejuicio, misoginia, racismo, homofobia. Ya en su momento, escribe Lemus, era así; ahora es peor. El celebrado humorista es, “en el mejor de los casos, un disparejo comediante de derechas”. Los ejemplos de lectura que ofrece el crítico, elegidos de entre Estas ruinas que ves (1975), Las muertas (1977), Dos crímenes (1979) y algunos de sus artículos en Excélsior, son demoledores. “Así como ríe Ibargüengoitia”, concluye Lemus, “ríe el poder”.
La crítica al poder como discurso, como lenguaje y narración, estaba ya presente en Breve historia de nuestro neoliberalismo (2021), el libro anterior de Lemus. Lo que ahí se sugiere mediante la figura de Carlos Monsiváis y los comunicados del Subcomandante Marcos aquí se reafirma: la literatura que Lemus defiende en su patria imaginada, alternativa, es el ácido que disuelve todos los metales pesados, la palabra y el ingenio y la inteligencia crítica, autónoma, que se opone a la mercadotecnia y a los enunciados de la ley, el poder y la nación. Allá, en Breve historia…, Monsiváis y el Sub eran ejemplos del otro México, que desautorizaba, mediante el verbo carnavalesco, rabioso, a la museografía oficial del salinismo o a los editoriales oficiosos de Octavio Paz. Acá, en Atlas de (otro) México, Lemus sugiere que en vez de prestar oídos a los chistes rancios, más vale pegarlos al suelo en La Matosa, por ejemplo, donde una novela como Temporada de huracanes nos revela la condición “siempre agujereada” de la patria y le permite al cartógrafo decir con cierta convicción al final del recorrido: “Hasta acá hemos llegado: no solo La Matosa, también México—la idea de México como nación—es una ficción”. Si esto es así, parece sugerir Lemus, ¿qué cosa hay mejor para su análisis que la crítica literaria?
Luis Madrigal
Escritor y crítico cultural. Enseña lengua y estudios hispánicos en la Universidad de Chicago.
Interesante como estos intelectuales educados en EEUU se empeñan en destruir la idea de México.