Pablo Montoya y las metempsicosis

“It was like something in a book”

James Joyce, A Portrait of
the Artist as a Young Man

Recuerdo que fue en unos calurosos días de asueto , en los recesos mientras daba guía privada a unos leonenses ricachones que me contrataron para llevarlos por distintos sitios arqueológicos de Veracruz, que me adentré en la lectura de un tal Pablo Montoya –recomendación de mi profesora Leticia Mora Perdomo. Allí, a la sombra de los platanares preñados de pájaros, arrebujado en el asfixiante tufo de mosquitos, entre los cañaverales del Papaloapan y la refulgente luz de Papantla, leí el Tríptico de la infamia. Como suele ocurrir con las grandes obras que nos conmueven hasta la médula, sentí confirmada una incipiente vocación de escritor. Quiero escribir algo así algún día, me dije.

Entre mis manos, ante mis ojos, habían pasado las páginas de una novela que anudaba todas mis expectativas, que envolvía la síntesis de mis pasiones: literatura, historia y antropología. Ante mí, tres relatos se hilvanaban: 1) el del cartógrafo Jacques Le Moyne, explorador del siglo XVI de la Florida, un conquistador con otra sensibilidad, distinta a la de aquellos que blandían la espada y embrazaban el escudo, se entremezclaba con pasajes que recordaban a los Tristes Tropiques de Lévi-Strauss, el etólogo belga, y a toda la corriente etnológica estructuralista, en un relato digno de Maqroll el Gaviero; 2) el de un pintor de Amiens, François Dubois, quien retrató la matanza de los hugonotes en los convulsos días de las Guerras de Religión, las Reformas y Contrarreformas, se fusionaba con los grandes pintores que obsesionaron a Marguerite Yourcenar: Brueghel, Durero, Rembrandt; y 3) el de Théodore de Bry, grabador de Lieja, encarnación del ilustrador que retrata una masacre lejana, una infamia que no vivió, que le llegó de oídas, un relato que es a un tiempo la relación de la masacre del padre fray Bartolomé de las Casas y un doppelgänger, un prestanombres del propio autor. El Tríptico de la infamia, ganadora del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2015 y del Casa de las Américas 2017, resultaba una hermosa cartografía del horror. Pero ahora entiendo que no hubiera sentido tanto su magnética turgencia si no la hubiese leído en los tristes trópicos veracruzanos.

Siguieron otras muchas lecturas, pero a Montoya no le perdí la pista. (Nunca es fácil arrancarnos nuestras epifanías.) Mi amigo Harrison Gallego, arqueólogo colombiano que estudiaba en la UNAM, me dijo que iría a Bogotá y no vacilé en mi encargo: “tráeme todo lo que encuentres de Pablo Montoya”. Así fue como leí otros libros: Terceto, Lejos de Roma, La sed del ojo, Cuaderno de París —casi todos estos libros son aún difíciles de encontrar en México.

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Es 2019 y arrecia el estío. Comienza la Feria del Libro Universitario en Xalapa, y el país invitado (¡vaya sorpresa!) fue Colombia. Me emocioné cuando la doctora Mora me llamó para invitarme a participar en un conversatorio con nada más y nada menos que Pablo Montoya. Yo no cabía en el éxtasis. La lectura de Montoya me llevó por otros vericuetos de la literatura colombiana: Jorge Cadavid, Roberto Burgos Cantor, William Ospina, Álvaro Mutis, por no ir más lejos. Montoya, además, con sus novelas, ensayos y poemas, me abría el portón de los poetas latinos, de los simbolistas franceses, otras caras y avatares del barroco americano.

En el Diccionario de Filosofía de Nicola Abbagnano , la entrada de “Metempsicosis” dice: “La creencia en la transmigración del alma de un cuerpo a otro. La creencia es antiquísima y de origen oriental, pero el término aparece solamente en los escritores de los primeros tiempos del cristianismo. La creencia difundida por las sectas de los órficos y de los pitagóricos, fue aceptada por Empédocles […], por Platón […], por Plotino y los neoplatónicos y por el gnóstico Basílides”. Podríamos añadir que la metempsicosis es una de las tantas doctrinas filosóficas que explora Constantin Levin, el héroe de Anna Karénina. El emperador Adriano, de Marguerite Yourcenar, acude, destrozado por la pérdida de su favorito Antínoo, a buscar consuelo en esta antigua filosofía, demasiado mística para apaciguar la tristeza de un ser voluptuoso, un amante aferrado a la bebida de la sensualidad. Esteban, el tío del Palinuro mexicano, fue también un viajero en esta migración anímica, que ronda a lo largo de la novela de Fernando del Paso. El axioma central de Terra Nostra, la cúpula bizantina en la catedral barroca que es la obra de Carlos Fuentes, tiene razón: “Se necesitan múltiples existencias para integrar una personalidad”.

No me puedo explicar la genialidad de Pablo Montoya si no es por medio del uso deliberado de la metempsicosis como un recurso literario. Él logra ponerse en los zapatos de un anónimo pintor de Altamira, en las alas de Ícaro, o asir la paleta de Velázquez. La Historia resulta no una búsqueda filosófica sino un hallazgo poético, como diría María Zambrano. Y es que la poética de Montoya está ceñida de totalidad. El alma humana es una, y el papel del novelista no es tanto decir lo evidente sino hacer evidente lo indecible.

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De Montoya aprendí sobre todo que para descubrir las umbrosas hebras de una poética hay que emularla. (Sólo así descubrimos la magia de nuestros autores de cabecera). Y confirmo así que los métodos de siempre suelen ser los mejores. Ovidio le copió a Virgilio, Virgilio a Homero; Góngora le copió a Ovidio y sor Juana a Góngora. “Toda literatura —cito una conferencia que dio Montoya en un curso de traducción que impartió en línea en 2021— es reescritura de los mitos”.

Me atreví a leer a Ovidio. Pero Ovidio, gracias a Montoya, no era sólo el nombre de un poeta latino más en la nómina de gente que vivió y murió bajo el dominio de los Césares, sino un hombre con pasiones y miedos, un ser dotado con una sensibilidad que rebasaba a su época, y que era azotado por el castigo del exilio. Leí Lejos de Roma (la novela de Montoya) antes de leer las Metamorfosis (el poema de Ovidio); y la tradición grecolatina, que a veces nos resulta tan inaccesible a quienes vivimos en esta época henchida de prejuicios hacia los clásicos, se volvió como una fruta que maduraba en mis manos, como un pájaro dormido en mi puño que empezaba a piar un canto hasta entonces desconocido.

Leyendo a Montoya dudé del papel del escritor. Este autor nacido en Barrancabermeja en 1963 podía hacer que las almas deambularan lo mismo en la antigua Roma que en la Ática de los mitos, andar en una nave inglesa del siglo XIX, en una isla inexplorada del inabarcable Atlántico o en la soledad astromántica del Universo. ¿Qué es una novela?, ¿acaso un tríptico flamenco, un retablo barroco, una sinfonía total, un manual de alquimia? Una novela es el claro retrato de un alma múltiple, que puede migrar de un saco de linfa y sangre, a otro, de sueños y palabras, prescindiendo de la carne, el pus, y los huesos. Con Montoya me interesé por Lucrecio y Marco Aurelio, leí con otros ojos la poesía de la prosa, y me atreví a descifrar los códigos soterrados de Moby Dick y Guerra y paz. El barroco americano de la novela moderna ya no era un tema más de mis clases sino una forma de vida. Y supe –gracias a su lectura– que la tradición no es fortuita. Uno elige pertenecer a ella, pero antes debe merecerla.

Podría señalar la obra de Montoya como él mismo define a su Terceto, “como los trozos dispersos de una novela; como las ruinas, oscuras y luminosas, de un sueño”. Sus temas son los mismos de la épica: la historia de un hombre que se va y la de un hombre que llega. El conquistador español de la Florida no es distinto al corsario griego perdido en el Egeo. Medellín, donde hoy reside el novelista, es un espejo de aquella Tebas que Sófocles retrata como una ciudad azotada por un dios ígneo e implacable. Narcotráfico, desapariciones forzadas, exilios en ignotas tierras, el amor y la belleza, el eterno tema de la violencia, son las cartas ineludibles en el catálogo narrativo de Montoya. Pero entre uno y otro tema ocurre la vida, y ésta pasa con toda su vorágine encadenada: amores, pérdidas, los aprendizajes que nos hacen constatar que un mundo puede ser mejor porque, como en el Cándido de Voltaire, éste que nos tocó vivir, a pesar de todo, a pesar de que Montoya nos muestra “un contrapunto temporal entre el despojo del ayer y la crueldad del ahora”[1], es acaso el mejor de los mundos posibles. En Montoya hay una sutileza casi mágica que de pronto germina. El horror y la belleza, el amor y la infamia, la Historia (relato de la verdad) y la ficción (aborto de la fantasía), son estrellas de su firmamento; las idas y venidas son las piezas que edifican la identidad del hombre. Es difícil encontrar un autor tan fiel a su propia poética, a su sola intuición, que inventa con otros matices su propio color y tiñe con él todo el cuadro. Pablo Montoya ha demostrado, una y otra vez, que el barroco es la expresión americana por excelencia: herencia soterrada de sor Juana y Alejo Carpentier, de Bernal Díaz del Castillo y Lezama Lima, de Octavio Paz y Carlos Fuentes. Ha puesto de manifiesto también que sólo el cosmopolitismo da el sello de garantía al arraigo en lo local. Enemiga de los patriotismos, la literatura de Montoya es una de las más universales y, por desgracia, una de las más secretas.

Montoya es un retratista de retratistas; como si fueran mariposas bordoneando en un prado, captura las voces más diversas e, hilándolas unas a otras, teje un tapiz de imágenes tenues y luminosas. Escuchamos colores en su música; olemos sílabas en sus pinceladas. Pablo Montoya, flâneur eterno de ciudades descombradas, está escribiendo un libro imposible; hecho de ceniza y viento, de agua y fuego; rastrea en la arena la escritura ágrafa de los cangrejos de Tomos que hicieron del exilio de Ovidio un homenaje a sus orígenes, y descifra en esos símbolos inicuos los pasos de un poeta hace mucho tiempo perdido —él mismo.

Traductor de Albert Camus, Gustave Flaubert, Marguerite Yourcenar, Charles Baudelaire, Pascal Quignard, entre otros, es además arrendatario de la palabra prestada: un bárbaro en busca (y al servicio) de su propia civilización. Un hombre capaz de ver en las partituras de Guillaume de Machaut el sonido de El jardín de las delicias. Un poeta en prosa que hace de la Historia un relato lírico. El hombre es la suma de sus exilios;elogio de sus escombros; mapa de sus pérdidas. Creo que Montoya confirma el aforismo de Jules Renard: ha construido castillos tan hermosos que se conforma con sus ruinas.

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Octubre, 2022. Homenaje a Pablo Montoya en el Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias de la UV. La doctora Leticia me ha invitado, otra vez, a colaborar con una ponencia. Esbozo las primeras páginas de este ensayo. No sé si Montoya me recuerda; no hemos interactuado desde que nos conocimos en el conversatorio del 2019 y del año siguiente, en plena pandemia, cuando tomé un curso en línea de traducción con él. Le entrego dos de mis libros recién publicados (mi primera novela y un poemario), con el afán que tiene un sobrino desconocido de querer granjearse la simpatía de un tío lejano y del que siempre se habla en las charlas de sobremesa. Comenzamos una somera y muy escueta correspondencia electrónica.

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Mayo de 2024. Onda de calor. Canícula sin precedentes. Pablo Montoya regresa a Xalapa. Así como yo no he dejado de leerlo desde que lo descubrí en 2017, así la Universidad Veracruzana tampoco le ha perdido el rastro. Es la FILU. El novelista presenta sus libros La sombra de Orión y Marco Aurelio y los límites del imperio, además de una edición suya de La vorágine, de José Eustasio Rivera. Como si no bastara eso, presenta un ciclo de conferencias sobre la violencia en la novelística colombiana.

Nos citamos en un café cerca de su hotel para charlar un poco. Con la humildad que sólo tienen los grandes escritores, se interesa por los proyectos literarios de un ya no tan joven escritor en ciernes. En punto de las 11:30 am nos vemos en el café. Desfilan apretadas las personas entre las mesas, mientras Pablo me pregunta con interés sobre México, sus novelistas, poetas y políticos, las novedades editoriales y me impresiona ver en él,ciertas frustraciones y desencantos que yo creía propios de las jóvenes promesas.

Charlamos sobre algunos autores por los que ambos profesamos una gran admiración: Paz, Tolstói, Yourcenar… Me dijo, como sabiendo que eso me haría feliz, que el Adriano que aparece en su nueva novela (¡qué hermosa e inesperada redundancia!) es el Adriano de Yourcenar. Debí decirle que el Ovidio que yo leí en las Metamorfosis es el Ovidio que él inventó en Lejos de Roma.

De tres novelas suyas retengo una parte de las dedicatorias que me ha dado en cada una: Tríptico de la infamia sobre el “horror y la belleza”; Los derrotados, sobre las “flores y desaparecidos”; Marco Aurelio y los límites del imperio un “largo monólogo sobre la muerte”, son la síntesis perfecta (y en palabras del propio autor) de lo que su obra representa y significa. La difícil reconciliación de la diáspora y el arraigo; el improbable punto donde el Arte (sueño de los locos), y la Vida (locura de los soñadores) se tocan.

Maximiliano Sauza Durán

Arqueólogo y maestro en Literatura Mexicana por la Universidad Veracruzana. Novelista, traductor y editor general de Bífida. Revista de traducción literaria.

[1] Leticia Mora Perdomo, “La poética del dolor en tres novelas colombianas recientes”, La Palabra y el Hombre, núm. 47, enero-marzo, 2019, p. 27.

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Publicado en: Ciudad de libros

Un comentario en “Pablo Montoya y las metempsicosis

  1. Gracias por su admiración a mi hermano y lo escribo con mucho orgullo

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