“Instruir deleitando” es una premisa que cumple Stephen Fry con toda naturalidad. No sin un gran sentido del humor y otro tanto de astucia narrativa, presentamos su reescritura del mito de Orfeo. Se trata de un capítulo de Héroes, un compendio de las principales aventuras y dramas de los héroes griegos y continuación de su conocidísimo Mythos, más bien centrado en dioses y titanes. Héroes llega a librerías mexicanas en estos días gracias a Anagrama.
El poder de amansar a los animales salvajes
Orfeo fue el Mozart del mundo antiguo. Más que eso. Orfeo fue el Cole Porter, el Shakespeare, el Lennon/McCartney, Adele, Prince, Luciano Pavarotti, Lady Gaga y Kendrick Lamar del mundo antiguo; el reconocido experto en aunar con dulzura música y palabras. Su fama se extendió a lo largo de su vida por todo el Mediterráneo y más allá. Se decía que su voz pura y su simpar talento para los instrumentos eran capaces de hechizar a los animales salvajes, a los peces del mar, a las aves del aire e incluso a las rocas y aguas inertes. Los ríos mismos desviaban sus cursos para escucharlo. Hermes inventó la lira, Apolo la mejoró, pero Orfeo la perfeccionó.
Hay consenso en la identidad de la madre, pero no tanto en la del padre. Llegamos a un tema que se repite con muchas variaciones en esta Edad de los Héroes. La de la doble paternidad. Calíope, Voz Hermosa, la musa de la poesía épica, era la madre de Orfeo con un mortal, el rey tracio Eagro.1 Pero se creía que Apolo también era padre de Orfeo, y Orfeo fue un gran favorito de este dios. En cualquier caso, Orfeo niño jugó con su madre y ocho tías musas en el monte Parnaso y fue allí donde el afectuoso Apolo obsequió a su hijo con una lira de oro que le enseñó a tocar personalmente. Pronto la habilidad del niño prodigio con el instrumento superó la del padre, el dios de la música. A diferencia de Marsias, que fue tal vez su hermanastro, Orfeo no presumió de su pericia ni cometió el error de retar a su divino padre a una competición.2 En lugar de eso, se pasó la vida entera perfeccionando su arte, encantando a los pájaros del aire, a los animales del campo, haciendo que las ramas de los árboles se doblasen para escuchar su lira y haciendo saltar y burbujear jubilosos a los peces en sus suaves y seductoras ondas. Su carácter coincidía con la dulzura de su instrumento y su canto. Tocaba por amor a la música y sus canciones celebraban la belleza del mundo y la gloria del amor.

Orfeo y Eurídice
Tan grande era su fama que cuando Jasón reunió a su tripulación para el Argo y su misión del vellocino de oro, tuvo muy claro que necesitaba a Orfeo a bordo. Pero de Jasón hablaremos más tarde. De momento, lo único que necesitamos es que los dioses premien a Orfeo por su valentía y lealtad en esta aventura con el don del amor, bajo la forma de la hermosa Eurídice.
Como podréis imaginar, la boda fue todo un acontecimiento. Todas las musas asistieron. Talía entretuvo a los invitados con números cómicos; Terpsícore dirigió los bailes. El resto de las hermanas hicieron también las delicias de los asistentes con demostraciones de sus respectivas artes. Pero un extraño e incómodo incidente enturbió la alegría de la celebración para muchos de los que fueron testigos.
Entre los invitados de Orfeo se encontraba su hermanastro Himen, hijo de Apolo y de la musa Urania. Himen, una deidad menor de la canción (nos ha dejado la palabra “himno”), desempeñaba las funciones de los erotes (los jóvenes del séquito de Eros, el dios del amor) con especial responsabilidad en bodas y tálamo nupcial. También de su nombre deriva “himeneo”. Su presencia como hermanastro en la boda era natural y un gran cumplido, pero por algún motivo —quizá por celos— Himen no bendijo la unión. La antorcha que portaba chisporroteó y humeó haciendo que todo el mundo tosiese. La atmósfera era tan acre que ni siquiera Orfeo era capaz de cantar con su acostumbrada dulzura. Himen se fue pronto del banquete, pero la gélida antipatía de su presencia dejo un sabor de boca tan desagradable como el humo negro de su antorcha.
Orfeo y Eurídice, una vez desvanecida de sus mentes aquella nota oscura, establecieron un hogar feliz en Pimplea, un pueblecito situado en el valle bajo el Olimpo, cerca de la fuente Pieria, consagrada a las musas.
Pero Eurídice tuvo la mala pata de llamarle la atención a Aristeo, un dios menor de la apicultura, la agricultura y otras labores del campo. Una tarde, de vuelta a casa después de ir al mercado, Eurídice cogió un atajo a través de una vega. A lo lejos oyó a su amado Orfeo tocando la lira mientras probaba una nueva canción preciosa. De repente, Aristeo irrumpió de detrás de un álamo y se abalanzó sobre ella. Aterrorizada, la mujer dejó caer la fruta y el pan que llevaba y salió corriendo a toda velocidad haciendo zigzag por los campos. Aristeo la persiguió riéndose.
—¡Orfeo! ¡Orfeo! —gritó Eurídice. Orfeo dejó su lira. ¿Aquella voz era la de su esposa?
—¡Socorro! ¡Socorro! —gritó la voz. Orfeo corrió hacia el sonido.
Eurídice corría de aquí para allá tratando de escapar del implacable Aristeo, cuyo aliento caliente notaba en la nuca. En pleno ataque de pánico se tropezó y cayó en una zanja. Aristeo se acercó, pero ya había aparecido Orfeo y corría hacia él gritando. Aristeo sabía reconocer a un marido furioso cuando lo veía, así que dio media vuelta y se largó desilusionado.
Al llegar a la escena, Orfeo oyó gritar a Eurídice de nuevo. La zanja donde había caído era la madriguera de una víbora que atacó con furia y le clavó los colmillos en el tobillo. Orfeo llegó a su lado justo a tiempo para verla hundirse en una agonía mortal.
La cogió en brazos. Le hizo el boca a boca, le cantó suavemente al oído, suplicándole que volviese, pero el veneno de la víbora ya había hecho su obra. Su alma abandonó el cuerpo.
El grito que soltó Orfeo infundió horror y miedo en todo el valle. Las musas lo oyeron, los dioses del Olimpo lo oyeron. Fue el último sonido procedente de Orfeo que oirían durante algún tiempo.
Su duelo fue absoluto e inflexible al máximo. Dejó la lira. No volvería a cantar. No volvería a sonreír, ni a componer una canción, ni siquiera a tararear. Lo que le quedaba de vida se lo pasaría doliéndose en angustiado silencio.
El pueblo de Pimplea se aplicó concienzudamente en su luto, más por la pérdida de la música de Orfeo que por la vida de Eurídice, por más bienamada que hubiese sido. Las ninfas de los bosques, las aguas y las montañas también hicieron su duelo. Incluso los dioses del Olimpo añoraban y se inquietaban por la sequía de música.
Apolo fue a visitar a su hijo. Lo encontró sentado en el porche, con la mirada perdida en los mismos campos donde la vida de Eurídice había tocado a su fin.
—Venga, va. Ya hace más de un año. No te puedes pasar toda la vida deprimido.
—¿Qué te apuestas?
—¿Qué podría convencerte para que volvieses a coger la lira?
—Solo la presencia de mi amada esposa viva.
—Bueno… —En la lisa frente del dios dorado apareció una arruga pensativa—. Eurídice está en el inframundo. Las puertas las custodia Cerbero, el perro del infierno con tres cabezas. Nadie aparte de Heracles ha bajado nunca allí y ha vuelto luego, y él no sacó un alma muerta. Pero si alguien puede, ese eres tú.
—¿Qué me dices?
—¿Por qué no vas a buscarla?
—Acabas de decir: “Nadie ha bajado nunca al inframundo y ha vuelto luego”.
—Ah, pero nadie ha tenido tu poder, Orfeo.
—¿Qué poder?
—El poder de la música. Si alguien puede amansar a Cerbero y hechizar a Caronte el barquero, eres tú. Si alguien puede derretir los corazones de Hades y Perséfone, eres tú.
—¿De verdad crees que…?
—Ten fe en lo que puede hacer la música.
Orfeo entró en su casa y cogió la lira del armario polvoriento donde la había dejado tirada.
—Usa esto como cuerdas —le dijo Apolo arrancándose de la cabeza veinticuatro pelos dorados. Orfeo le puso las cuerdas a la lira y la afinó. Jamás había sonado tan bien.
—Ahora ve, y vuelve con Eurídice.
Orfeo en el inframundo
Orfeo viajó desde Pimplea hasta el cabo Ténaro, en el Peloponeso, el punto más al sur de toda Grecia, donde encontró una cueva que formaba una de las entradas al inframundo.
El sendero del cabo hacía cuesta, después de muchos giros laberínticos, hasta la entrada principal custodiada por Cerbero, el perro servil, histérico y babeante de tres cabezas, hijo de los monstruos primigenios Equidna y Tifón.
Al ver al mortal que se atrevía a entrar en los pasillos del infierno, Cerbero meneó su cola de serpiente y babeó prometiéndoselas felices. Solo los muertos podían pasar, y para habitar en paz en los Prados Asfódelos3 más les valía traer un pedazo de carne para apaciguarlo. Orfeo no tenía para Cerbero nada más que su arte. Por dentro temblaba, pero por fuera se mostró tranquilo, rasgueó las cuerdas de su lira dorada con los dedos y se puso a cantar.
Al son de la canción, Cerbero —que se había arqueado, listo para saltar y destrozar a aquel mortal presuntuoso— soltó un gañido y se quedó paralizado. Se le dilataron las pupilas de aquellos ojos enormes y empezó a jadear satisfecho experimentando una alegría interior desconocida para él hasta entonces. Se dejó caer de lado y se revolcó por la piedra fría de la entrada como el chucho favorito de un cazador junto al fuego tras un largo día en el campo. La canción de Orfeo fue ralentizándose hasta convertirse en una suave nana. Las seis orejas de Cerbero cayeron fláccidas, sus seis ojos se cerraron, sus tres lenguas bajaron por sus hocicos con un gran chasquido y sus tres cabezas enormes cayeron en un feliz y profundo sueño. Hasta la serpiente de la cola babeaba soñando pacíficamente.
Orfeo se encaramó sobre aquel bulto roncante y, sin dejar de tararear su nana, recorrió el frío y oscuro pasadizo hasta que las negras aguas del río Estigia impidieron su avance. Caronte el barquero se abrió paso remando hasta él desde la otra orilla, donde acababa de depositar a un alma recién llegada. Le tendió una mano para que le pagase, pero la retiró al instante cuando vio que el joven que tenía delante estaba vivo.
—¿Qué ven mis ojos? ¡Partid agora!4 —exclamó Caronte en un ronco susurro.
Orfeo rasgueó su lira por toda respuesta y comenzó a cantar otra canción, una canción que elogiaba la subestimada profesión de barquero y que ensalzaba la diligencia y la industria poco valorada de un barquero en particular: Caronte, el gran Caronte, cuyo papel crucial en el vasto misterio de la vida y la muerte debería ser celebrado por el mundo entero.
La barca de Caronte jamás había surcado las frías aguas del Estigia con semejante celeridad. Nunca antes le había pasado Caronte, una vez encallada la barca en la playa, un brazo por el hombro a un pasajero para ayudarlo a desembarcar. Y, desde luego, jamás, en toda la eternidad, se había visto en el rostro habitualmente demacrado e impasible del barquero una sonrisa tan boba y fatua. Se quedó plantado aguantando su remo con la fascinada mirada fija en la persona de Orfeo, que con un saludo final y un rasgueo de su lira fue engullido enseguida por la oscuridad de los pasadizos que conducían al palacio de Hades y Perséfone.
Al entrar en el gran vestíbulo del palacio, Orfeo se encontró de cara a los tres jueces del inframundo: Minos, Radamanto y Éaco, formando un semicírculo en sus respectivos tronos.5 La luz del espíritu vivo de Orfeo deslumbró sus ojos.
—¡Sacrilegio! ¡Sacrilegio!
—¿Cómo se atreven los vivos a invadir el reino de la muerte?
—¡Convocad a Tánatos, señor de la muerte, para que absorba el alma de este insolente!
Orfeo sacó su lira y antes de que la última orden fuese obedecida, los tres jueces estaban sonriendo, asintiendo y tamborileando con los dedos de los pies en sus sandalias al son de los embriagadores compases.
Hacía tanto tiempo que su séquito de macabros sirvientes, centinelas y ayudantes no habían oído una música así que no recordaban cómo debían reaccionar. Algunos soltaban zarpazos en el aire como si los sonidos que oían fuesen mariposas que pudieran atrapar con las manos. Otros daban palmas, torpemente al principio, pero siguiendo pronto el ritmo de los acordes de la lira. Un desordenado batiburrillo se fue transformando en un rítmico patear que acabó convirtiéndose en una danza frenética. En cuestión de minutos la sala entera estaba viva y retumbaban los coros, los gritos, el júbilo y las risas.
—Pero ¿qué significa esto?
Ante la vista de Hades, el rey del inframundo en persona, y de su pálida consorte Perséfone, la sala quedó al instante sumida en un silencio culpable. Como en una ronda de sillas musicales, se quedaron inmóviles entre codazos y empujones. Solo Orfeo parecía impertérrito.
Hades le hizo un gesto con un dedo retorcido.
—Si quieres evitar un castigo eterno más atroz que los de Ixión, Sísifo y Tántalo combinados, será mejor que te expliques, mortal. ¿Qué excusa puedes darme para este indecente despliegue?
—Excusa ninguna, señor, pero sí un motivo. El único motivo justificado.
—Una respuesta descarada. ¿Y cuál es ese motivo?
—El amor.
Hades respondió con unos desoladores ladridos contenidos, que era lo más parecido a una risa en él.
—Mi esposa Eurídice está aquí. Tengo que recuperarla.
—¿Tienes? —Perséfone le clavó una mirada de incredulidad—. ¿Osas emplear esa palabra?
—Apolo, mi padre…
—No hacemos favores a los olímpicos. Eres mortal y te has colado en el reino de la muerte. No necesitamos saber nada más.
—A lo mejor mi música le hace cambiar de opinión.
—¡Música! Aquí somos inmunes a sus encantos.
—A Cerbero lo he amansado. He hechizado a Caronte. Y a los jueces del inframundo y su séquito. ¿No tendrá miedo a que mis canciones puedan hechizarlo también a usted?
La reina Perséfone le susurró algo fugaz al oído. Hades asintió.
—¡Traed a Eurídice! —ordenó—. Una canción —le dijo a Orfeo—. Puedes cantar una canción. Si no logras deleitarme, la agonía implacable de tu tortura será la comidilla y el terror del cosmos hasta el fin de los tiempos. Si tu música nos conmueve, bueno…, permitiremos que tu mujer y tú volváis al mundo de la superficie.
Cuando el espíritu de Eurídice apareció flotando en la sala y vio a Orfeo plantado tan resuelto ante el rey y la reina de la muerte, soltó un gran chillido de alegría y asombro. Orfeo vio la forma brillante de su sombra y la llamó.
—¡Sí, sí! —dijo Hades malhumorado—. Muy conmovedor. Venga. La canción.
Orfeo cogió la lira y respiró hondo. Nunca había pedido un artista más de su arte. En el instante en que sus manos tocaron las cuerdas todos y cada uno de los presentes supieron que iban a escuchar algo completamente nuevo. Ágilmente, las yemas de los dedos de Orfeo volaron arriba y abajo por las cuerdas provocando una cascada de notas gorjeantes tan límpidas y puras que todo el mundo contuvo el aliento. Y entonces, de aquella dorada onda emergió la voz. Pedía a todos que pensaran en el amor. Seguro que incluso allí, en las oscuras cavernas de la muerte, el amor seguía residiendo en sus almas. ¿Eran capaces de recordar la primera vez que sintieron la arrasadora avalancha del amor? Amor sienten los campesinos, los reyes y hasta los dioses. El amor nos iguala. El amor nos deifica, pero también nos nivela.
La mano de Perséfone apretó la muñeca de Hades al recordar el día que su carro emergió de golpe en medio del prado donde estaba recogiendo flores. Hades se descubrió pensando en el trato que había hecho con Deméter, la madre de Perséfone, para permitirle acceso a su amada durante seis meses cada año.
Perséfone se volvió a mirar a su marido, el hombre que se la había llevado por la fuerza pero que la había conservado a base de amor constante. Solo ella comprendía los sombríos ánimos y las honestas pasiones que bullían en su interior. Él le devolvió la mirada. ¿Podía ser una lágrima aquello que se acumulaba en su ojo?
Orfeo llegó al clímax de su canción a Eros. Recorrió todos los vericuetos de los pasadizos y las cámaras, las galerías y pasillos del infierno uniendo a todo aquel que la oía —los sirvientes de Hades, los emisarios de la muerte y las almas de los fallecidos— en un hechizo que los llevó, mientras la música resonaba en sus oídos, lejos de las crueles miserias de su interminable cautiverio hasta un territorio de luz y amor.
—Deseo concedido —atronó Hades con voz ronca cuando las últimas notas se extinguieron—. Tu esposa puede marcharse.
Dichas estas palabras, la sombra de Eurídice recuperó su sustancia y forma de carne y hueso. Corrió a los brazos de su marido y se estrecharon con fuerza. Pero una arruga se formó en el ceño de Hades. La pérdida de un alma, aunque solo fuera una, lo atormentaba. En lo relativo a los espíritus condenados a pasar la eternidad en su reino era un acaparador, un avaro de la peor calaña.
—¡Esperad!
En cuanto Eurídice recobró su forma mortal, Orfeo había dejado de tocar y cantar y el poderoso hechizo de la música empezaba a debilitarse. Era un recuerdo, un recuerdo agradable y hermoso, pero el ánimo trascendente que provocaba, como hasta el más apasionado de los placeres, se esfumó como vapor en el momento en que las notas finales se extinguieron. Hades se arrepintió amargamente de que mientras estaba preso en los cautivadores bucles de la canción de Orfeo hubiera sido tan débil como para acceder a la liberación de Eurídice. ¡Qué estúpido había sido al darle su palabra delante de tantos testigos! Se inclinó para consultar brevemente a Perséfone. Asintiendo, con una sonrisita triunfal, le dio un beso en la mejilla y señaló a Orfeo con un dedo.
—Suelta a la mujer. Date la vuelta y vete.
—Pero has dicho…
—Ella te seguirá. Mientras subes al mundo exterior ella irá diez pasos por detrás de ti. Pero si te das la vuelta para mirarla, si echas la más mínima ojeada atrás en su dirección, la perderás. Confía en mí, Orfeo el músico. Debes demostrar que nos honras y tienes fe en nuestra palabra. Ahora vete.
Orfeo le cogió la cara a Eurídice entre las manos, le besó una mejilla y se volvió para marcharse.
—¡Recuerda! —exclamó Perséfone a sus espaldas—. Si miras una sola vez atrás será nuestra. Da igual cuántas veces vuelvas y cuántas canciones cantes, la habrás perdido para siempre.
—No estaré muy lejos. ¡Ten fe! —dijo Eurídice.
Orfeo llegó hasta la puerta que llevaba a la vida y a la libertad.
—¡Fe! —respondió con la mirada fija al frente, decidido.
Y así comenzó a recorrer los corredores de piedra cada vez más inclinados recogiendo mensajes de buena suerte al pasar. Algunos lo asustaban rogándole que los llevara con ellos a la superficie, pero él los apartaba y continuaba resuelto su camino, hacia arriba siempre. Portones y puertas se abrían misteriosamente ante él según avanzaba.
Para animar a Eurídice, pero sobre todo para tranquilizarse él, la iba llamando.
—¿Sigues ahí, cariño mío?
—Sigo aquí.
—¿No te cansas?
—Siempre a diez pasos de ti. Confía en mí.
—Ya casi estamos.
De hecho, durante los últimos doscientos pasos o así, Orfeo había notado una fresca brisa que le abanicaba la cara y un aire frío le llenaba las fosas nasales. Entonces vio luz delante. No la luz de antorchas, lámparas y farolillos de petróleo del inframundo, sino la luz pura del día. Apretó el paso y siguió avanzando. ¡Ya casi, ya casi, fantástico! En quince, catorce, trece, doce pasos serían libres, libres para vivir de nuevo sus vidas como marido y mujer. Libres para tener hijos, para viajar juntos por el mundo. Ay, la de lugares que visitarían. Las maravillas que verían. ¡Las canciones, la poesía y la música que compondría!
La boca de la cueva se iba abriendo en toda su amplitud mientras Orfeo avanzaba a zancadas con el corazón henchido de alegría y triunfo. Un paso más…, adiós a las sombras y hola a la luz.
¡Lo había conseguido! Estaba en el mundo exterior, el sol le calentaba la cara y su luz lo deslumbraba. Diez pasos más para asegurarse y ya podía darse la vuelta y abrazar a su amada.
¡Pero no! ¡No, no, no y no!
Orfeo no se había dado cuenta, pero los últimos veinte pasos más o menos los había dado acelerando casi en una carrera. Eurídice había apretado también su paso para no perderlo, pero cuando se dio la vuelta ella todavía estaba demasiado atrás, aún en las sombras, todavía en el reino de la muerte.
Sus ojos, llenos de horror y pavor, se cruzaron con los de Orfeo por un instante antes de que su luz pareciese morir y la engullese de nuevo la oscuridad.
Con un grito de angustia, Orfeo corrió hacia la cueva, pero Eurídice se alejaba de él a una velocidad tremenda, pues ya no era de carne y hueso sino un espíritu inmaterial otra vez. Sus gritos desconsolados hicieron eco mientras corría ciegamente por la negrura tras su esposa. Las puertas y portones que se habían abierto para dejarlo salir ahora se le cerraban en las narices a cal y canto. Los aporreó hasta que le sangraron los puños, pero en vano. Ya no oía los gritos de desesperación de Eurídice, solo los suyos.
Si hubiera esperado lo que duran dos pestañeos antes de darse la vuelta habrían estado juntos y libres. Dos latidos solo.
La muerte de Orfeo
La vida posterior de Orfeo fue triste. Tras un segundo y largo periodo de duelo, volvió a coger la lira y continuó componiendo, tocando y cantando el resto de su vida, pero nunca encontró una mujer que superase a su Eurídice. De hecho, varias fuentes relatan que se alejó de las mujeres por completo y prodigó el afecto que le quedaba a los jóvenes muchachos de Tracia.
Las mujeres tracias, las ciconas, las seguidoras de Dioni- so, estaban tan furiosas por su desinterés que le tiraban palos y piedras a Orfeo. Sin embargo, los palos y las piedras estaban tan encantados por su música que se quedaban flotando en el aire y se negaban a lastimarlo.
Finalmente, las mujeres ciconas no pudieron soportar por más tiempo la degradación y la ofensa de ser ignoradas y en medio de un ataque de histeria báquica despedazaron a Orfeo tirando de sus extremidades y retorciéndole la cabeza hasta arrancársela de los hombros.6 Las doradas armonías de Apolo siempre fueron una afrenta para las oscuras danzas y ditirambos dionisíacos.
La cabeza de Orfeo, que no dejaba de cantar, la lanzaron al río Ebro, donde se fue flotando hasta el Egeo. Finalmente acabó en la playa de Lesbos; la recogieron los habitantes de la isla y la pusieron en una cueva. Durante muchos años, la gente acudía a la cueva de todas partes para plantearle preguntas a la cabeza de Orfeo, y esta cantaba siempre unas profecías tremendamente melódicas en respuesta.
En un momento dado, Apolo, el padre de Orfeo, celoso tal vez de que el santuario amenazase la supremacía de su oráculo en Delfos, lo silenció. Calíope, su madre, encontró su lira dorada y se la llevó a los cielos, y allí la colocaron entre las estrellas como la constelación de la Lira, que incluye Vega, la quinta estrella más brillante del firmamento. Sus tías, las otras ocho musas, reunieron los pedazos de su cuerpo y los enterraron en Libetra, bajo el monte Olimpo, donde los ruiseñores siguen cantando sobre su tumba.
En paz al fin, el espíritu de Orfeo descendió una vez más al inframundo donde se reunió definitivamente con su amada Eurídice. Gracias a Offenbach, cada día siguen bailando un jubiloso cancán juntos en el reino de los muertos.
• Stephen Fry, Héroes. Volumen II de Mythos. Trad. de Rubén Martín Giráldez. Barcelona, Anagrama, 2021, 504 p.
Stephen Fry
Actor, activista cultural y escritor
1 Quien habría sido, en efecto, padre del desafortunado profesor de música de Heracles, el hermano o hermanastro de Orfeo llamado Lino.
2 Véase Mythos, p. 291.
3 Los Prados Asfódelos aparecían a veces como el lugar donde los mortales comunes, no heroicos, residían en el inframundo. Como comenté en una nota al pie sobre la muerte de Heracles, la coherencia brilla por su ausencia entre fuentes y poetas a propósito de qué le sucedió al muerto. Un asfódelo, por cierto, es una planta de brezal con flor blanca. La primera alusión parece darse en la Odisea de Homero cuando dicha flor alfombra los Campos Elíseos de Hades, pero más tarde entraría en el lenguaje poético de toda Europa. El poema de William Carlos Williams “Asfódelo, esa flor verdosa” es un ejemplo ilustre.
4 A Caronte le gustaba emplear fórmulas añejas a la hora de hablar. Estaba convencido de que le conferían más dignidad.
5 Los tres jueces eran hijos de Zeus, dioses mortales célebres por la rectitud de sus fallos, que determinaban en nombre de Hades los destinos de los muertos en el inframundo. Heracles los había evitado sensata- mente durante su visita. Véase Mythos, p. 153.
6 Los griegos tenían, incluso, una palabra para este descuartizamiento dionisíaco, este desmembramiento histérico: lo llamaban sparagmos.