La ópera prima de Regina King reconstruye un momento emblemático de la lucha por los derechos civiles afroamericanos. Su capacidad para recrear todo lo que ha quedado fuera del encuadre histórico es loable. Además, perpetúa las enseñanzas de Malcolm X: es decir, que el talento artístico siempre puede enriquecerse con una postura política.
En una fotografía de Bob Gomel, Malcolm X aparece detrás de la barra de un bar. Está sosteniendo una cámara de fotos con la que apunta a su amigo Cassius Clay. Clay, por su parte, viste de smoking y lo mira sonriente entre una multitud que parece compartir su entusiasmo. Es febrero de 1964 y los amigos están celebrando en Miami la victoria del boxeador: acaba de vencer a Sonny Liston en el legendario campeonato mundial de peso pesado. Una de las imágenes publicitarias de la recién estrenada película One Night in Miami (2020) ha agregado a la fotografía de Gomel dos personajes míticos que también compartieron la amistad de Malcolm X y Cassius Clay: el jugador de la NFL, Jim Brown (Aldis Hodge), y el cantante de soul Sam Cooke (Leslie Odom Jr.). En la imagen, Cooke levanta un trago para unirse a la celebración de Clay (Eli Goree).
One Night in Miami, ópera prima de Regina King, funciona con el mismo procedimiento de la imagen publicitaria: parte de una amistad verídica para recrear una noche ficticia durante la que se escribió un fragmento de la historia estadounidense. Como en la recreación fotográfica, cada actor interpreta a las figuras históricas en un momento determinado incorporando gestos conocidos: Clay es el joven veinteañero que salta y grita, orgulloso y altanero; Malcolm X se muestra inquieto y nervioso; Jim Brown está taciturno; y Sam Cooke toca la guitarra y se refiere a sí mismo y al resto de sus amigos como “jóvenes negros, famosos, y sin complejos”. En tanto recreación —es decir, variación de un original—, cada personaje puede modificar los hechos verídicos. Cooke puede, por ejemplo, brindar por Clay, aunque no haya estado ahí.
El encuentro ficticio que relata One Night in Miami parte de la obra de teatro de Kemp Powers —también guionista de la película—. En su adaptación a los códigos del cine, la película agrega un pasaje breve a manera de introducción a cada uno de los personajes en el que, además de conocer el momento vital en el que se encuentran, se hace evidente la discriminación racial que viven cotidianamente. En la introducción al personaje de Jim Brown, por ejemplo, el jugador de la NFL visita la casa de un vecino en Georgia. El mismo vecino que lo elogia y le da palmadas en el hombro, no lo deja entrar a su hogar: los negros no pueden pisar ciertos sitios.
Quizá, estas introducciones son uno de los recursos más débiles de la película. Pero esta necesidad de dramatización cinematográfica cambia cuando, finalmente, los cuatro amigos se encuentran en el cuarto de hotel. Ahí, la puesta en escena recupera la tensión teatral de un solo espacio en el que se discute, acaloradamente, sobre racismo y luchas políticas.
Conocer el momento vital en el que se encuentran los personajes (convertidos ya en símbolos de una lucha histórica) le da peso a las ideas que intercambian. La noche es de Clay, pero es su última noche como Cassius: al día siguiente anunciará su conversión a la religión musulmana y su nueva identidad como Muhammad Ali. Por el contrario, Malcolm X (Kingsley Ben-Adir) comunicará su intención de abandonar la Nación Islámica para comenzar una organización independiente. La noche es de Clay, pero es la figura de Malcolm X la que brilla: él es el núcleo alrededor del cual orbitan los demás. En la introducción a su personaje nos enteramos de los conflictos que tiene con la Nación Islámica y la certeza de que está viviendo sus últimos días convierte una conversación entre amigos en un urgente debate sobre el compromiso político.
En este ambiente de tensión Malcolm X confronta a Sam Cooke. En su discusión hierven temas y propósitos aún vigentes en movimientos como Black Lives Matter: el paternalismo blanco, la apropiación de la cultura negra y, sobre todo, la protesta política en el arte. Este último punto es esencial cuando empieza a sonar la famosa canción de Bob Dylan “Blowing in the wind”. Según la leyenda que retoma One night in Miami, la canción de Dylan es la que Sam Cooke siempre quiso escribir. Para el personaje de Malcolm X, los versos “How many roads / must a man walk down / before you call him a man?” conllevan una pregunta que Cooke prefiere contestar con canciones de amor.

Ilustración: Víctor Solís
La actualidad de estos temas en un momento en el que los premios Oscar modificaron sus categorías para buscar una mayor representación de grupos raciales en pantalla puede suscitar polémica sobre la pertinencia de esta agenda política. ¿No estará One Night in Miami, como tantas otras cintas anteriores, buscando premios con sencillas manipulaciones de culpa racial? A la inversa de la premiada Green Book (2018), sin embargo, One night in Miami no es canalla. La película de King pone en voz de sus personajes los problemas que Green Book resuelve soterradamente en una amistad cuya única virtud es la excepción de una premisa pseudo-pacifista (“no todos los blancos son racistas”). One Night in Miami es muy consciente del mito que ronda por las biografías de sus personajes y, desde la posibilidad de ese mito, define sus decisiones. En tanto mito admitido, a la película le parece pertinente, por ejemplo, que una discusión con Malcolm X inspire a Sam Cooke a escribir “A Change Is Gonna Come”, su primera canción de protesta que lo afiliaría a la lucha política por los derechos civiles de los afroamericanos.
One Night in Miami revisa y reescribe libremente momentos de la historia, y no creo que esa revisión merezca reproche alguno: los intersticios de la historia invitan a lecturas imaginativas. Regresamos a las fotos del pasado y especulamos sobre ellas. El misterio de una recámara cerrada de hotel, a la que nunca fuimos invitados, propone lecturas inventivas. Esa es la fotografía que nos deja soñar más allá del encuadre. La ficción histórica, de esta manera, inventa lo que no fue documentado. Es una forma de completar el contexto imaginando, a través de lo no dicho, lo que pudo decirse. La fotografía de Gomel, en donde Malcolm X detrás de una barra captura a Cassius Clay con una cámara, es la excusa primera, la evidencia, el rastro certero de algo que sucedió. Lo demás está sujeto a la libertad de interpretación.
Cooke, en realidad, compuso su primera canción de protesta en 1963 y no en 1964. Jim Brown, tal vez, nunca tuvo dudas de dejar su brillante carrera deportiva para convertirse en actor. No podemos saber si, en verdad, Malcolm X tenía helado de vainilla en su refrigerador. Los detalles que completan King y Powers, alrededor de la realidad de las instantáneas, de los documentos y de la historia, permiten una reescritura claramente ideológica. Y con ella Regina King reivindica la figura de Malcolm X para tratar de perpetuar las enseñanzas del ministro en su propia labor como cineasta; es decir, como creadora afroamericana en el siglo XXI.
De la misma manera en que Malcolm X interpela a Sam Cooke, King parece interpelar a su generación. King, con esta adaptación de la obra de Powers, utiliza la figura del ministro mártir para incitar a las posturas políticas en el arte afroamericano. Ahí está el interés de rellenar los intersticios de la historia, de las fotografías y de los documentos: en pensar cómo Malcolm X, en una noche, enseñó a tres afroamericanos talentosos a cuestionar el potencial político de su talento; en pensar cómo, finalmente, este gesto puede actualizarse.
En varias escenas, los amigos juegan con la cámara de Malcolm X que toma varias fotografías durante la noche: una en la pelea de Clay, otra en la azotea del hotel en medio de la sospecha de que está siendo perseguido y una más en el bar (que recrea la original de Gomel). Las fotografías inexistentes equivalen a los vacíos que llena la ficción histórica; son el registro imaginario de una noche que nunca sucedió. Es por estos vacíos que la ficción puede jugar con lo que sucedió; en ellos está la posibilidad de repensar lo sucedido para actualizar su sentido en el presente. Pero ¿no son acaso esos vacíos siempre una necesidad tanto para quienes escriben la historia como para quienes hacen ficción a partir de ésta?
• One Night in Miami, dir. Regina King, guion de Kemp Powers, con Kingsley Ben-Adir, Eli Goree, Aldis Hodge y Leslie Odomo Jr., ABKCO Films y Snoot Entertainment, 2020, 114 mins.
Karina Solórzano
Licenciada en Letras Españolas por la Universidad de Guanajuato. Como crítica de cine escribe para El agente en Chile y Correspondencias en México.