El siguiente poema pertenece a Averno, publicado por la editorial Pre-Textos de Valencia en 2011 y traducido por Abraham Gragera López y Ruth Miguel Franco. Una puerta al universo poético de la ganadora del Premio Nobel de Literatura 2020.

Octubre
1.
¿Es invierno otra vez, otra vez hace frío,
no acaba Frank de resbalarse en el hielo,
no se curó, no se sembró la simiente de primavera
no terminó la noche,
no anegó acaso el hielo al derretirse
los estrechos desagües,
no fue mi cuerpo
rescatado, no estaba a salvo,
no se formó la cicatriz, invisible,
sobre la herida?
Terror y frío,
¿no acabaron hace poco,
no está ya el jardín roturado y sembrado?
Recuerdo la sensación de la tierra, densa y roja,
en surcos bien derechos ¿no se sembró la simiente,
no trepó la parra por la pared del sur?
No oigo tu voz
por el viento que chilla y silba sobre la tierra desnuda.
Ya no me importa
cómo suene.
¿Cuándo fui silenciada, cuándo describir ese sonido
pareció por primera vez inútil?
Cómo suena no cambia lo que es.
¿No terminó la noche, no estaba a salvo
la tierra cuando fue sembrada
no plantamos nosotros la semilla?
La tierra, ¿no nos necesitaba?
Las parras, ¿se recogió su fruto?
2.
Verano tras el fin del verano,
bálsamo tras la violencia:
no me hace bien
que se me trate bien ahora;
la violencia me transformó.
El alba. Las colinas resplandecen,
ocre y fuego, hasta el campo resplandece.
Sé lo que veo: un sol que podría
ser el sol de agosto y que devuelve
todo lo que ha sido arrebatado.
¿Oyes esta voz? Es la voz de mi mente.
No puedes tocar mi cuerpo ahora.
Se transformó una vez, se endureció,
no le pidas que vuelva a responder.
Un día como un día de verano.
Una calma extraordinaria. Las largas sombras de los arces
casi color malva en la grava del camino.
Y por la tarde calor. La noche como noche de verano.
No me hace bien. La violencia me ha transformado.
Mi cuerpo se ha enfriado como los campos desnudos.
Ahora sólo está mi mente, cauta y precavida,
sintiendo que la están poniendo a prueba.
El sol vuelve a salir, como en verano,
generoso, bálsamo tras la violencia.
Bálsamo tras la mudanza de las hojas, tras la siega
y el arado.
Dime que esto es el futuro,
no te creeré.
Dime que estoy viva,
no te creeré.

Ilustración: Daniela Martín del Campo
3.
Había nevado. Recuerdo
música saliendo de una ventana abierta.
Ven a mí, decía el mundo.
Esto no significa
que pronunciara exactamente frases
pero esa era mi forma de percibir la belleza.
Amanecer. Una película de humedad
sobre cada criatura. En los desagües
se formaban charcos de luz fría.
Yo estaba
en el umbral,
por muy absurdo que parezca ahora.
Lo que otros encontraban en el arte
yo lo encontré en la naturaleza. Lo que otros encontraban
en el amor humano, yo lo encontré en la naturaleza.
Muy simple. Sólo que allí no había voz.
El invierno había terminado. En el deshielo
del fango asomaban trozos verdes.
Ven a mí, decía el mundo. Yo estaba
con mi abrigo de lana en una especie de portal luminoso;
puedo decir por fin
hace mucho tiempo, es un placer. Belleza:
la sanadora, la maestra…
La muerte no puede hacerme daño;
no más del que me has hecho tú,
amada vida mía.
4.
La luz ha cambiado;
ahora Do mayor suena más oscuro
y las canciones matutinas un tanto encorsetadas.
Esta es la luz del otoño, no la de primavera.
La luz del otoño: no te has de salvar.
Las canciones han cambiado: lo impronunciable
ha entrado en ellas.
Esta es la luz del otoño, no la que dice
he renacido.
No el alba de primavera: me debatí, pené, me liberaron.
He aquí el presente, una alegoría del desperdicio.
Han cambiado tantas cosas. Pero eres afortunada:
arde en ti el ideal como una fiebre
o, más bien, como otro corazón.
Han cambiado las canciones, pero aún son bastante hermosas, la verdad.
Se han concentrado en un espacio más pequeño: el de la mente.
Se han vuelto oscuras de angustia y desolación.
Con todo, las notas se repiten. Flotan de un modo extraño.
Anticipan el silencio.
El oído se acostumbra a ellas.
El ojo se acostumbra a las desapariciones.
No te has de salvar, ni se ha de salvar lo que amas.
Llegó un viento y se fue, destrozando la mente.
Ha dejado una extraña lucidez en su estela.
Qué privilegiada eres por aferrarte aún
con pasión a lo que amas:
perder la esperanza no te ha destruido.
Maestoso, doloroso.
Esta es la luz del otoño; viene hacia aquí.
Es sin duda un honor acercarse al final
creyendo aún en algo.
5.
Es cierto que falta belleza en el mundo.
Es cierto también que no soy la indicada para restituirla.
Tampoco hay candor, pero ahí puedo ser útil.
Estoy
trabajando, aunque me calle.
La insulsa
miseria del mundo
nos atenaza, un callejón
con hileras de árboles; somos
compañeros aquí, sin hablar,
cada uno con sus pensamientos
tras los árboles, las puertas
de hierro de las casas,
las persianas cerradas
en cuartos de algún modo vacíos, abandonados,
como si fuera el deber
del artista crear
esperanza, pero ¿a partir de qué? ¿de qué?
La palabra misma
es falsa, un instrumento que refuta
la percepción. En el cruce,
los adornos luminosos de las fiestas.
Fui joven aquí. Montaba
en el metro con mi librito
como para protegerme
de este mismo mundo:
no estás sola
decía el poema
en el túnel oscuro.
6.
El resplandor del día se vuelve
el resplandor de la noche;
el fuego se vuelve espejo.
Mi amiga la tierra está resentida; creo
que la luz del sol la ha decepcionado.
Resentida o cansada, es difícil saberlo.
Entre ella y el sol
algo ha terminado.
Ahora quiere que la dejen en paz;
creo que no debemos
dirigirnos más a ella para reafirmarnos.
Sobre los campos
sobre los tejados de las casas del pueblo
el fulgor que hizo posible toda vida
se vuelve estrellas heladas.
Túmbate inmóvil y observa:
no dan nada pero nada piden.
Esterilidad y frío brotan
del resquemor amargo de la tierra.
Sale mi amiga la luna,
esta noche está hermosa, mas ¿cuándo no lo está?
Louise Glück
Poeta. Ganadora del Premio Nobel de Literatura 2020.
Publicado con la autorización de ©Pre-Textos.