¿Sólo así he de irme?
¿Como las flores que perecieron?
¿Nada quedará en mi nombre?
¿Nada de mi fama aquí en la tierra?
¡Al menos flores, al menos cantos!
Fragmento de los “Cantos de Huexotzingo”
de Ayocuan Cuetzpaltzin, el “Aguila Blanca de Tecamachalco”,
inscrito en la entrada a la Sala de Occidente,
en el Museo Nacional de Antropología
El 12 de agosto de 1521, un día antes de ser apresado por el ejército español, el último Huey Tlatoani del imperio mexica dio un mensaje a su pueblo. Su nombre era Cuauhtémoc, “águila que desciende”, y su título era el de “quien habla”. La tradición oral reconoce en este poema su último acto de gobierno:
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Náhuatl |
Español |
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To tonal ye omotlatiuh |
Nuestro sol se ocultó. |
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To tonal ye omoixpoliuh |
Nuestro sol desapareció su rostro |
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Iuan zentlayouayan otechkateh |
y en completa oscuridad nos ha dejado. |
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Machtikmatih man okzepa uallaz |
Pero sabemos que otra vez volverá, |
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Man okzepa kizakiz |
que otra vez saldrá |
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Iuan yankuiyotika tech tlauilikeh |
y nuevamente vendrá a alumbrarnos. |
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Machinoka omapakah miktlan maniz |
Mientras allá esté y en la mansión del silencio permanezca, |
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Man zanueliui titozentlalikan titonechikokan |
muy rápido reunámonos, estrechémonos |
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Iuan toyolnepantla tiktlatikan |
y en el centro de nuestro corazón ocultemos |
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Nochi tlen toyolokitlazohtla |
todo lo que nuestro corazón se honra amando |
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Iuan man tlatkiomatih ue chalchihuitl |
y que sabemos nuestra riqueza, nuestra gran esmeralda. |
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Man tikinpolpolokan toteokaluan |
Hagamos desaparecer nuestros recintos sagrados, |
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Tokalmekauan totlachkouan |
nuestras escuelas, nuestros campos de pelota, |
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Totelpochkauan tokuikakaluan |
nuestros recintos para la juventud, nuestras casas para el canto y el juego. |
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Man mozel kauakan to ohtin |
Que nuestros caminos queden abandonados |
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Iuan man tochan techtzakua |
y nuestros hogares nos resguarden |
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Kin ihkuan kitzouaz to yankuik tonal |
hasta que salga nuestro nuevo sol. |
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In tahtzitzin iuan nantzitzin |
Los papacitos y las mamacitas, |
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Man ail ilkauakan kimiliuzkeh intelpochuan |
que nunca olviden guiar a sus jóvenes |
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Iuan machtiuazkeh mopilhuan inoka nemizkeh |
y hacer saber a sus hijos mientras vivan |
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Uel kenin yoko |
cuán buena ha sido |
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Kin axkan totlazoh tlalnantzin Anauak |
hasta ahora nuestra amada tierra Anáhuac, |
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In tlanekiliz iaun tlapeluiliz tonetoltiliztli |
al amparo y protección de nuestro destino y nuestros difuntos, |
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Iuan zanye mopampa token mauiliz iaun token popoliz |
por nuestro gran respeto y la humildad |
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Oki zelikeh to tlachkatzitziuan |
que han recibido nuestros antepasados |
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Iaun tlen to tahtzitzin auik yoleh kayopan |
y que nuestros papacitos, |
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Okiximach tokateh yoyelizpan |
han sembrado a un lado y otro en las venas de nuestro corazón. |
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Axkan tehuantin tehuantikin tekimakah in topiluan |
Ahora les encargaremos a nuestros hijos |
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Amo kin ilkauazkeh kin nonotzazkeh mopiluan |
que no olviden informar a sus hijos |
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Uel kenin yez kenin imakokiz |
cuán buena será, cómo se levantará |
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Iuan uel kenin chikakauiz |
y alcanzará fuerza |
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Iuan uel kenin kiktzon ueyika nehtoltiliztli |
y cuán bien realizará su promesa |
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Inin totlazoh tlalnantzin Anauak |
esta nuestra amada madre tierra Anáhuac. |
Con este último discurso, Cuauhtémoc le recordó al pueblo dónde reside su identidad y valor. Los conquistadores podían destruir sus edificios y sus calles; obligarlos a abandonar sus hogares y templos, pero jamás su cultura, la memoria y la esperanza pasada de boca en boca, de generación en generación.
Quizá por eso uno de los primeros pasos del México independiente fue la creación del Museo Nacional Mexicano, que debía “reunir y conservar cuanto pudiera para dar el más exacto conocimiento del país, de sus orígenes y de los progresos de la ciencia y de las artes”. En otras palabras, debía incidir en el presente para dialogar con el pasado y emprender hacia el futuro, una tarea que se transformaría a través de distintos gobiernos, intereses políticos, cambios sociales y descubrimientos científicos. Maximiliano de Habsburgo le asignaría un espacio propio en la calle de Moneda; Porfirio Díaz propiciaría un enfoque arqueológico; la labor de Justo Sierra atraería a personajes influyentes de la antropología y las ciencias naturales.

Fuente: Wikimedia Commons
Con este enriquecimiento, para 1909, el recinto en Moneda ya era conocido como el Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía, nombre que conservó durante treinta años, hasta la fundación del INAH. En 1940, el Castillo de Chapultepec se convirtió en el Museo Nacional de Historia, nuevo hogar para todas las piezas posteriores a la época colonial. El recinto que acababa de ceder sus colecciones se llamó entonces Museo Nacional de Antropología y acotó su misión: investigar, conservar, exhibir y difundir las colecciones arqueológicas y etnográficas de nuestro país, para rendir homenaje a los pueblos indígenas del México de ayer y hoy. Se trataba de una tarea monumental, creciente, que más temprano que tarde requirió la mudanza a un espacio mayor, que pudiera fungir como la primera sede de la ENAH y la famosa Biblioteca Nacional de Antropología e Historia, una de las más importantes del país (y que hasta la fecha reside en el segundo piso del museo).
Pocos saben que en 1959, cuando Adolfo López Mateos aceptó retomar el proyecto de construir una nueva sede para el Museo de Antropología (que había sido aplazado durante décadas), el presidente decidió hacer un diagnóstico preliminar de todos los museos mexicanos: cuántos había, dónde estaban, cómo eran. Esta tarea estaría a cargo del arqueólogo Daniel Rubín de la Borbolla, autor del Programa General de Museos para México, quien destacó la necesidad de sustentar la labor museística en dos pilares: la investigación y la docencia. El museo, escribió el arqueólogo, “es, a la vez, un centro de investigación y de enseñanza”. Para el historiador Antonio Saborit García Peña, actual director del museo, esta propuesta sigue siendo una clave vigente y necesaria para la museología del siglo XXI.
De ahí partió el diseño del nuevo recinto arquitectónico. Debía ser tan didáctico como útil para la consulta; acoger a niños y especialistas por igual. ¿Cómo crear un espacio capaz de atender estos dos puntos? No contentos con esa interrogante, los arquitectos a cargo, Pedro Ramírez Vázquez, Jorge Campuzano y Rafael Mijares, se propusieron retos adicionales: ¿cómo se podría generar una experiencia casi inmersiva de nuestra historia, un viaje en el tiempo para la mente y los sentidos? ¿Cómo se podría condensar la inagotable riqueza de nuestros múltiples pueblos originarios en un solo diseño, como un mosaico habitable?

En 19 meses, el Bosque de Chapultepec estrenaba un nuevo corazón, la actual sede del museo más grande del país: un edificio de dimensiones colosales que hacen a cualquier visitante sentirse pequeño, abrazado, absorbido por un pasado que regresa en una estructura similar a un templo de piedra, con la simetría característica de nuestros antiguos espacios ceremoniales. De ahí que las 22 salas de exposición estén dispuestas de manera rítmica alrededor de un patio inspirado en el Cuadrángulo de las Monjas de Uxmal. Los muros acunan el estanque central (un guiño a nuestro pasado lacustre) y El sol del viento, un caracol de bronce que emite sonidos muy parecidos a los de los instrumentos musicales indígenas.
Quienes hayan cruzado la fachada alguna vez, sabrán que el gran espacio exterior, cubierto parcialmente por “el paraguas”, crea un ambiente sombrío que funge como portal. Ahí el tiempo se detiene para contar una historia: nuestra historia. En el centro del espacio se alza la famosa Imagen de México de los hermanos Chávez Morado, una columna con relieves escultóricos inspirados en emblemas nacionales, mitos mayas y referencias a la cultura mexicana, descompuestas en cuatro vistas según los puntos cardinales. Por su forma y disposición en el centro de un espacio vacío, podría recordarnos a un tótem. Se titula “nuestra imagen”, nuestro retrato, y una fuente cae a su alrededor, como si su altura estuviera perforando el cielo, o como si México volviera a llamarse Anauak (“cerca del agua”).
En su interior, el museo resguarda más de 8 mil piezas expuestas y miles más en bodega. El total “quizá ronde el cuarto de millón” (250 mil piezas), según informó Antonio Saborit en una entrevista. Quizá la más famosa sea la Piedra del Sol, el monolito que consagra la visión mexica del espacio y el tiempo; o la Coatlicue, madre tierra, “madre de todos los dioses”, con su falda de víboras y su collar de manos y corazones. No faltará quién se asombre ante la Cabeza Colosal del guerrero olmeca, el Atlante de Tula, de casi cinco metros, o la Teocalli de la Guerra Sagrada, de donde surgió nuestro escudo nacional.
Por supuesto, las muestras de nuestro legado cultural no sólo se encuentran al interior de las salas. Los voladores de Papantla realizan su ceremonia a la entrada. ¿Y cómo olvidar el gran Tláloc, de más de siete metros y 165 toneladas, que nos da la bienvenida al recinto? Se trata del quinto monolito más grande del mundo y, aunque el arqueólogo Leopoldo Batres lo identificó como el dios de la lluvia, se cree que en realidad representa a la diosa Chalchiuhtlicue, “la de la falda de piedras preciosas”, diosa azteca de los lagos y corrientes de agua. Su traslado al museo fue todo un reto, se realizó en dos camiones especialmente adaptados para su enorme peso, e incluso se transmitió para televisión. Ese día, cuenta la leyenda que una lluvia torrencial azotó el Valle de México y varias colonias se inundaron. Desde entonces, San Miguel Coatlinchan (dónde se desenterró la pieza) sufre de falta de lluvias, según narran sus propios habitantes en el documental La Piedra Ausente.
Estas piezas son majestuosas hasta en tamaño, pero el museo está repleto de artefactos más pequeños e invaluables. Pienso, por ejemplo, en la Vasija del Mono de Obsidiana, tallada con tanta pulcritud y atención al detalle; en la Máscara de Pakal y la Máscara del Dios Murciélago, hechas completamente con láminas de jade, la piedra preciosa que representaba el poder. Estas son sólo algunas de las 140 piezas que fueron saqueadas en la víspera de Navidad de 1985 por dos jóvenes estudiantes de veterinaria, y que regresaron al museo cuatro años después, gracias a que uno de los ladrones entabló contacto con algunos narcotraficantes y permitió que su madre limpiara su clóset, donde había escondido el tesoro robado.
Además de sus colecciones arqueológicas y etnológicas, el Museo de Antropología también ha tenido contacto con grandes artistas nacionales. Contiene murales de grandes pintores mexicanos, como “Dualidad” de Rufino Tamayo, que representa a Quetzalcóatl y Tezcatlipoca; “El mundo mágico de los mayas” de Leonora Carrington, que celebra la vida cotidiana de los chamulas y sus creencias religiosas; “Las Razas” de Jorge González Camarena, que comparte su visión del mestizaje y nuestra diversidad; y varias escenas pintadas por Pablo O’Higgins, como “Boda Purépecha”, “Paisaje Tarahumara” y las “Luchas del pueblo Tarasco”. Además, el museo se ha relacionado también con el mundo de la música y hasta con el cine. María Félix, por ejemplo, recorrió el recinto para su programa María Félix, una conversación, y le explicó a su audiencia por qué era importante visitarlo. Y Carlos Chávez, fundador de la Orquesta Sinfónica de México, realizó una obra musical llamada “Resonancias” por y para el museo.
El museo también ha sido sede de encuentros diplomáticos valiosos. Es famosa la anécdota de Jacqueline Kennedy, quien, en 1962, tras un banquete en Palacio Nacional, decidió visitar el museo inacabado, dos años antes de su inauguración. Casi medio siglo después, en 2010, otra primera dama estadounidense haría un viaje similar: Michelle Obama. Sospecho que, en 2013, fue ella quien influyó en la decisión de Barack Obama de dar un discurso desde ahí para la comunidad estudiantil, donde declaró:
Esta es mi segunda visita a este museo y, cada vez que vengo, me siento inspirado por la cultura, por la belleza de esta tierra y del pueblo mexicano. […] Tiene mucho sentido reunirnos en este gran museo, que celebra sus antiguas civilizaciones, su arquitectura, su arte, su medicina, sus matemáticas. En tiempos modernos, la mezcla de tradiciones y culturas encontró su expresión en los murales de Rivera y las pinturas de Frida, en la poesía de Sor Juana y los ensayos de Octavio Paz.
En una ocasión, Paz pronunció palabras que capturan el espíritu de esta reunión, de este lugar que conmemora su pasado y que, esta mañana, está lleno de individuos que moldearán su futuro. Paz dijo: “La modernidad no está fuera de nosotros, sino dentro de nosotros. Es el ahora y es también lo más antiguo; es el mañana y el origen del mundo; tiene miles de años y, a la vez, acaba de nacer”. Por eso quise hablar con ustedes hoy. Ustedes viven en la intersección de la cual habla Octavio Paz. Los jóvenes de México honran su herencia, que tiene miles de años; pero también son parte de algo nuevo, de una nación que está en proceso de rehacerse a sí misma.
Quien quiera ahondar en esa herencia, en esa “intersección”, encontrará en el museo talleres, cursos sabatinos, diplomados, conferencias magistrales y coloquios de relevancia nacional e internacional, con invitados especializados. Sus auditorios han recibido a personajes como Erik Velásquez García, uno de los epigrafistas más importantes a nivel mundial, y Eduardo Matos Moctezuma, ex director del Museo del Templo Mayor. Este último se pronunció durante el homenaje nacional al reconocido historiador Miguel León-Portilla, para quien el Museo Nacional de Antropología siempre fue un espacio más que querido, indispensable.
Quienes deseen consultar el amplio material de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia, verán que las paredes de vidrio del piso superior cuentan con una doble piel metálica que protege de la radiación directa. Desde el interior, su diseño quebrado produce efectos cinéticos, de modo que el visitante es acompañado por la ilusión de serpientes en movimiento conforme avanza por las salas. Por fuera, este recubrimiento de celosía de aluminio parece escamado y se refleja sobre el agua del estanque. Da la impresión de que una serpiente gigante y reluciente flota alrededor del patio y resguarda los vestigios de nuestra historia nacional. Los amantes de la mitología indígena se permitirán imaginar que el conocimiento de la biblioteca se encuentra al interior de una manifestación de la Serpiente Emplumada.
No fue una sorpresa para nadie que esta obra le valiera a Pedro Ramírez Vázquez la Medalla de Oro de la Bienal Internacional de Arquitectura de São Paulo. Se trata de un diseño arquitectónico cuidadoso, donde la técnica moderna emula códigos y símbolos ancestrales. Podría decirse que la estructura física del Museo Nacional de Antropología es el crisol en que nuestro pasado y presente se funden. Es como entrar a otro mundo. La ilusión es envolvente, abrumadora, magistral en su atención al detalle.
En los relatos de Antonio Saborit sobre lo que sucedió el 17 de septiembre de 1964 (cuando se inauguró la sede actual del museo y las salas permanentes al fin abrieron sus puertas), el director hace énfasis en la sorpresa de los visitantes extranjeros que acudieron a la inauguración y quedaron cautivados ante la magia del recinto, que creaba espacios tenebrosos y usaba creativamente la iluminación artificial para añadir un toque “dramático” a cada pieza. Pero no entendamos aquí lo dramático como lo exagerado. En realidad, la palabra “drama” proviene del griego δράμα, que significa “hacer” o “actuar” y solemos relacionarla con una representación ante un público. En el escenario de las salas y galerías, cada artefacto destaca bajo el reflector. Pensemos entonces en el drama como el relato que salta a la vida; que trasciende su soporte inicial (ya sea la página en literatura o la pieza arqueológica en un museo) para adquirir voz, imagen, presencia.
Quien entra al Museo de Antropología no sólo escucha sobre el pasado como lo haría en la escuela; no lo consulta como lo haría con un libro de texto o un sitio electrónico, sino que se inserta en él; lo visita, lo revive. Encontraremos el pasado como palabra, sí, pero también como entorno. Así, nuestra historia deja de ser una cátedra para convertirse en un espacio habitable, tangible; una brecha en la cotidianidad que nos recuerda de dónde venimos. Esta experiencia nos ofrece un conocimiento personal, íntimo, pues parte de una ciencia que, en las palabras de Blanca María Cárdenas Carrión, académica de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, “mira hacia adentro, […] a un ‘Otro’ cercano, un ‘Otro’ que vive entre nosotros y que, a veces, somos nosotros mismos”. Se trata de una oportunidad para invocar y ser invocado por aquello que podría sentirse lejano (o incluso perdido) en el día a día, pero que irrevocablemente perdura en nuestra sociedad y cultura, en nuestra memoria colectiva, en nuestra identidad nacional. Así lo explica Blanca María Cárdenas:
Los museos de contenidos antropológicos en países otrora incorporados a la órbita imperial europea, a diferencia de los museos en Europa y en países altamente industrializados, tienen tareas políticas y compromisos sociales adicionales. En muchos países de África, Asia, Latinoamérica y Oceanía, los museos de arqueología y etnografía son instituciones que dan cohesión a los diferentes grupos étnicos, que rescatan las raíces culturales profundas de una región, y que contribuyen a la construcción de una identidad nacional. Hasta nuestros días, estos museos localizados en países que en algún momento de su historia fueron dominados por potencias europeas, tienen la doble tarea de agrupar el patrimonio cultural común de una nación y, al mismo tiempo, de reconocer y respetar la diversidad cultural de los habitantes.
Pensémoslo así: todo sentido de la identidad es, a final de cuentas, una historia. Es el relato que una persona o comunidad se cuenta a sí misma, que acepta y asume y termina por compartir con el resto del mundo. Somos lo que decimos y nos han contado que somos. En este sentido, el Museo de Antropología es el más importante repositorio de nuestra identidad.
Cuando digo que el museo es un contenedor, me refiero justo a eso: nos contiene. No es una bodega o un almacén para los restos de nuestro pasado. No es un cementerio para el legado de nuestros ancestros. Por el contrario, su acervo histórico tiene una voz viva. Su archivo abierto dialoga con cada visitante, sin importar edad u origen, desde el momento en que alguien se acerca a la entrada. Cruzar su fachada nos recuerda la rica historia en la que estamos insertos y que pervive en nuestro interior, tanto a nivel individual como colectivo. ¿Cómo nos siguen interpelando sus voces? ¿Cómo permea todavía su filosofía en nuestras creencias? ¿Cuánto de esos paladares persiste en nuestros platillos? ¿Y cuánto de su sabiduría en nuestros remedios? ¿Qué hay de su diseño en nuestras calles y edificios? En suma, ¿cómo sigue brillando “nuestro sol”, que ha vestido tantas caras con el pasar de los siglos?
En un país multicultural y pluriétnico como el nuestro, es indispensable tomar conciencia de nuestra identidad, herencia y responsabilidad con aquellas comunidades en las que ese legado todavía vive. Por eso, el museo es un excelente punto de partida para reflexiones e investigaciones que consolidan nuestra autoimagen e influyen en nuestras políticas e instituciones, en la configuración misma de nuestra nación.
Hemos llegado a un punto importante. El enfoque del Museo Nacional de Antropología y su papel en el desarrollo de nuestros centros de investigación, registro y conservación no debe ser un pretexto para convertir la parte indígena de nuestra identidad en un recuerdo o un objeto de estudio y preservación. No se trata de interesarse en el indígena muerto e ignorar al vivo. La visita al museo no debe ser la última parada o la culminación de nuestro contacto con el sol del que hablaba Cuauhtémoc. Debe ser el vínculo inicial, el catalizador de un viaje, de una transformación. Rememorar nuestra herencia dentro del recinto es útil solamente si honramos esa reflexión, esa conexión, al salir.
Todo esto es lo que celebramos a 60 años de su inauguración. En el Museo de Antropología habita gran parte de nuestra historia y florece la disciplina que, asegura Antonio Saborit, nos abre el horizonte. Sus muros acogen los usos, representaciones, expresiones, conocimientos y tradiciones que son patrimonio intangible de la nación y la humanidad. Un día entero no bastaría para recorrerlo, pero incluso las visitas parciales nos recordarán de dónde venimos; descubrirán una capa más de quiénes somos ahora y hacia dónde vamos. Este es, quizá, uno de sus roles más importantes y sutiles: su conservación del pasado nos da una dirección para el futuro. Además –y en esto coincido con Blanca María Cárdenas– el Museo de Antropología, en especial, dado su enfoque y compromiso, juega un papel fundamental en nuestro proceso de decolonización.
Si bien “nuestro sol” no se encuentra tras las vitrinas, esas mismas vitrinas son un vehículo para su voz y su luz. Acercarse a ellas es abrir un diálogo con todo aquello que ni el ejército conquistador ni las deficiencias de nuestras propias políticas han podido tocar. El museo es hogar de lo inquebrantable; lo que, como bien decía Cuauhtémoc, “sabemos nuestra riqueza, nuestra gran esmeralda”; lo que ha sido “sembrado a un lado y otro en las venas de nuestro corazón”. Ese trozo de memoria viva es la voz persistente de la madre tierra Anáhuac que descansa en el pecho y rostro de toda persona mexicana. Los símbolos nacionales en su fachada de mármol blanco transmiten un mensaje claro: acceder a este recinto es adentrarse en lo que somos. Vayamos al museo.
Referencias
“Entrevista al Dr. Antonio Saborit en el Museo Nacional de Antropología en la Ciudad de México”, en YouTube, canal de Waldo Fernández, 29 de diciembre de 2022
“Los museos deben abrir sus acervos tecnológicos’: Antonio Saborit, director del INAH”. Entrevista para El Heraldo de México, en YouTube, 22 de diciembre de 2022
“La investigación y la enseñanza, clave para los museos del siglo XXI”, en el Boletín 199 del INAH, 11 de abril de 2023:
Barack Obama. “Mensaje del Presidente Obama desde el Museo de Antropología e Historia”, en YouTube, canal de El Financiero Bloomberg, 6 de mayo de 2013
Blanca María Cárdenas Carrión. “Los comienzos de la Etnología en México y el Museo Nacional”, en Cuicuilco, vol. 24, núm. 68, enero/abril 2017
Jerónimo Granados. “El Museo Nacional de Antropología, un hito de la arquitectura moderna mexicana”, en Arquitectura y Empresa, 11 de julio de 2018
Jorge Eduardo Gómez. “Mitos y curiosidades del Museo Nacional de Antropología en su aniversario”, en Expansión, 17 de septiembre de 2016
“Último mensaje del Tlatoani Cuauhtémoc”, en InPerfecto, 20 de mayo de 2019