Incluso sin cualidades de oráculo era posible entrever que el desplome de Nicolae Ceaușescu (1918-1989) era inminente y además el tránsito sería atribulado, no sólo por las consecuencias naturales de la perestroika y las glasnost, sino por el clima encendido de su último discurso (21 de diciembre), en el cual hubo rechiflas que lo obligaron a guardar silencio y hasta disparos al aire. De poco sirvieron las medidas salariales ofrecidas de último momento a la muchedumbre furibunda, ya que días después (25 de diciembre), sería procesado junto a su esposa Helena en un juicio sumario sin posibilidades de una defensa legal y ambos serían ejecutados por efectivos del ejército nada más pronunciada la sentencia. Aquello iniciará lo que se denominó “la Revolución rumana de 1989”.

Fotografía de Mattias Blomgren, bajo licencia de CC.
Y es que a partir del carisma de los primeros pasos de Ceaușescu al frente de la política rumana, no podría anticiparse que concretaría uno de los regímenes comunistas más intransigentes de la hegemonía roja. Su temperamento, volcánico y a rajatabla, logró mantener su firmeza incluso en contra de instrucciones directas por parte de los mandatarios de la Unión Soviética, liberalidades que no fueron permitidas más que a él bajo circunstancias que aún están lejos de clarificarse. Norman Manea (Bucovina, Rumania, 1936) conoció como nadie los entretelones de la dictadura de Ceaușescu, ya que diferencia de múltiples artistas e intelectuales del siglo XX, creó y publicó parte de su obra literaria en aquella Rumania y no fue sino hasta que las condiciones de persecución volvieron imposible su presencia en ese país, en que decidió partir al exilio. El trayecto de su vida, al igual que el de otros escritores europeos de su generación, se vio afectada por los estragos que generó la Segunda Guerra Mundial —entre ellos, el internamiento en el campo de Transnistria durante su infancia—, lo que motivó en Manea una entendible aspiración de entender a fondo los mecanismos de cualquier organización social para evitar otro desastre a causa de la concentración de poder en una sola persona. El culto a la personalidad es uno de los lastres más graves de un régimen político, y todo parece que no es posible erradicarlo del todo.
La aportación de Manea a la cultura contemporánea está integrada no sólo por su obra narrativa, diseminada en cuentos, novelas y ensayos, sino igualmente por su capacidad para pensar desde y para “la otra Europa”, aquella que sigue a tropezones los motores siempre encendidos de la máquina europea occidental. En cierto momento, cada vez más remoto, la Unión Europea parecía ser la salida más adecuada para intentar una homologación en el desarrollo de la región y del continente, pero casos como los de Grecia mostraron debilidades e ineficiencias consecuencia del crecimiento dispar de las economías. Aparecen más visibles algunas fallas del sistema y de crecer podría ser incluso su sentencia de muerte. En este escenario, el pensamiento de Manea resulta imprescindible para vislumbrar, desde la actualidad, la tragedia de la migración legal o ilegal, lo mismo desde África que desde Europa oriental. El ser humano se abrirá paso y las fronteras ya no son lo que fueron antes.
Ahora bien, no encuentro mejor acceso a su obra que sus piezas breves, reunidas en El té de Proust (2010). Veintiséis piezas para recordar, con amarga ironía proustiana, que el pasado de Europa no se ha pensado a fondo y el avance del calendario no puede implicar olvido. La lista de muertos y desaparecidos es extensa y un ejercicio de desmemoria podría afectar a las generaciones futuras. La madalena proustiana, emblema de la paz burguesa que permite mirar al pasado para una reelaboración esnobista, se revuelve en estas páginas para recordar cómo la organización de los hombres (histórica, siempre provisional) no deja una sola pieza suelta en el tablero y termina por impactar a todos sus actores, incluso los que no han nacido. Y es que después del trágico siglo XX, ya no puede escribirse con ingenuidad y menos aún sin prevenciones ante lo que significa el hecho humano. Manea es un escritor de aliento político como no podría ser de otra manera. El regreso del huligan (2005), por su parte, es una reelaboración in extenso de los grandes acontecimientos del siglo XX, en donde la memoria, el exilio y la identidad, forman un tríptico de reminiscencias que orbitan alrededor de una idea de retorno. ¿A dónde? A Rumania, a la memoria, al lugar de origen, a la dispersión de los símbolos.
Las virtudes auténticas de un premio literario consisten en revelarnos a un autor que amerita ser conocido —no obstante que ya cuente con un público, en este caso, minoritario—, antes que insistir en la consumación de un falso renombre a través de estrategias comerciales, o darle firmeza a una trayectoria que acaso nunca debió iniciar. El caso de Manea es otro, por suerte, y si bien ya podían encontrarse algunos de sus libros, sepultados bajo infinitos aluviones de novedades que vuelan a las guillotinas antes del tiempo estimado, esta premiación servirá para colocar su obra al frente de los lectores con la amplitud que le es necesaria. No imagino otro reconocimiento más digno y los lectores del ámbito hispanoamericano sabrán hacer lo propio cuando Manea vuelva con la presencia que merece al sistema circulatorio de nuestra vida editorial. Lo dicho: esta premiación es un acierto para la vida editorial y hasta democrática de este país.