No soñarás flores

Fernanda Trías (Uruguay, 1976) es escritora, traductora y profesora de creación literaria. Es autora de varias novelas, como La azotea (Dharma Books),La ciudad invencible (Dharma book, 2021) y la galardonada Mugre Rosa (Literatura Random House, 2021). Ahora llega a México con el sello editorial Dharma Books: No soñarás flores, un libro de relatos lleno de naufragios e ilusiones perdidas que exploran la pérdida, el miedo y la violencia. A continuación presentamos “La medida de mi amor”, uno de los ocho cuentos que conforman el libro.

La medida de mi amor

Se acordó de aquella noche por el asunto de los regalos. Cuando se peleaban y él la echaba de la casa, siempre la obligaba a devolver lo que le había regalado. Las botas, por ejemplo. Aquella noche, antes de encerrarse en el balcón, Iván había tirado una de las botas por la ventana, y a la mañana siguiente, cuando sonó el timbre y él pensó que eran los de inmigración que venían a buscarlo, ella recibió de manos de un vecino una bota larga, que parecía una de esas medias de Navidad que se cuelgan de la chimenea y se llenan de caramelos. “¿Esto es suyo?”, dijo el hombre, y levantó la bota, sosteniéndola apenas con dos dedos, como si la locura pudiera contagiarse en ese mínimo contacto. Ella agradeció. Más tarde, cuando fue al supermercado, encontró un corpiño discretamente colgado de la verja del edificio. Un corpiño blanco, empapado por la última nevada.

No es que los objetos que ahora tenía sobre la mesa del bar fueran estrictamente regalos, pero igual se acordó de aquella noche e intentó reconstruir la pelea. Se vio a sí misma gritando a través de la puerta de vidrio que daba al balcón: 

—La última vez que lo vieron estaba corriendo desnudo por la calle. Neumonía y paro cardíaco. Dale, Iván, entrá. ¡La neumonía no es pavada!

Él se lleva el dedo a la sien y le hace señas de que está loca. Por un momento ella piensa que es cierto, que no puede estar cuerda si hace meses que vive con una valija armada junto a la puerta, si ya ha subido y bajado incontables veces los tres pisos por escalera con esa misma valija donde caben todas sus pertenencias (mentira: sus pertenencias caben en dos valijas; en la segunda tiene lo menos importante, lo que no le molestaría abandonar si él volviera a echarla, o si volviera a romper, a arrasar y a pisotear todo lo que encuentra a su paso mientras grita que cada tornillo de esa casa le pertenece porque lo ganó con su talento. Talento es su palabra favorita. Él tiene talento, ella es una mediocre). Cómo podría estar cuerda, si ya arrastró esa valija incontables veces por la vereda tupida de nieve, entre los charcos negros de barro y de mugre líquida que salpican los autos. La nieve después de la nieve; lo que pasa cuando lo inmaculado se mancha, se gasta. ¿Y será que todo termina así, escupido, pisoteado?

Hacía una semana, nomás, había bajado los tres pisos con la valija; tiró de ella hasta el subte, se sentó en el banco de metal y dejó pasar tres o cuatro trenes mientras el frío del banco empezaba a traspasarle el saco de piel y ella seguía llorando, no por tristeza, sino por la rabia de que sus ojos se obstinaran en mirar hacia el puente, esperando que él viniera a buscarla. “Cuento hasta diez y me voy”. Pero después contó hasta veinte, volvió a mirar el reloj de agujas fluorescentes y dejó pasar un tren más, el último, porque ya estaba oscureciendo y el viento helado le había dormido las mejillas.

Al final siempre subía a algún tren. Pasaba la noche en un hotel o daba una vuelta en redondo en el subte — la vuelta completa tardaba una hora y quince— y volvía a la casa. Él demoraba en abrirle, le decía “andate” hasta que ella se cansaba de repetir que no tenía adónde y le pedía por favor. Otras veces, cuando le abría, estaba borracho y desnudo, picando chiles rojos, de los que anestesian la boca. Si ella trataba de sacarle la botella, él le apuntaba con el cuchillo, pero no como apuntaría un delincuente, no, solo sin querer, moviéndolo distraído en su dirección, mientras decía que esa era su casa y que en su casa tenía derecho a tomar todo el whisky que se le antojara.

Iván tenía razón, ella estaba loca. Entonces recordó que era él el que estaba desnudo en el balcón y que afuera hacía cinco grados bajo cero. Ella lo miraba del otro lado de la puerta ventana, con un edredón de plumas en la mano. Él hizo que no con la cabeza, tironeó del picaporte:

—¡Quiero agarrarme una neumonía!

Ella amenazó con irse. Sabía que él estaba descalzo sobre una fina capa de hielo, la nieve endurecida y resbalosa que no llegaría a derretirse hasta la primavera. Cuando por fin él soltó la puerta, ella aprovechó para tirarle el edredón encima como a un hombre en llamas. Lo envolvió y él se dejó guiar hasta la cama. Tiritaba. Tenía la piel roja, no blanca como uno pensaría, sino roja y seca. “Sos loco, Iván”, dijo ella, mientras trancaba la ventana e intentaba recordar cómo fue que terminaron con él desnudo en el balcón y ella sintiendo, otra vez, que debía protegerlo. La escritora francesa. ¿No fue eso? Él dijo que ser bisexual era una imbecilidad a la moda. Que ahora todas las minitas eran tortilleras. A ella le irritaba su forma de hablar, y él sabía usar las palabras exactas que servirían de disparador para una nueva pelea. A menudo sus discusiones empezaban por matices del lenguaje. Todas las feministas son unas amargadas. Aunque al rato ese ataque se volvía contra ella: “Vos te hacés la moderna, pero el hombre y la mujer no son lo mismo”.

Y sin embargo el día había empezado bien. Ella llegó contenta de la caminata en el parque; él la estaba esperando con el almuerzo; se emocionaron juntos mirando el documental de Pulqui; les sacaron punta a los lápices y los ordenaron sobre el escritorio. A fin de cuentas, qué importaba si ella tenía razón, por qué se encarnizaba tanto en cambiarlo si podían ser felices así, comiendo mango y chocolate belga en un sillón; él sin camisa, ella recostada en su pecho, aspirando ese olor ácido, de cierto modo desagradable, pero tan concreto que hasta podía existir por fuera de él, como sus zapatos o su ropa. Así y todo, no pudo contenerse: citó a esa escritora francesa, bisexual en el mil novecientos. Él dijo que esa era otra imbécil. ¿Pero vos la leíste? No, él no necesitaba leerla para saber que era una imbécil. Imbécil y mediocre como tu ex, y como ese amigo tuyo, el muerto. De ahí a lo otro —cosas rotas, insultos, valija por la escalera—, había solo un paso.

Desde abajo del edredón, Iván le pidió que cerrara la cortina; su voz se hundía en las almohadas.

—Male, vos sos mía, ¿no?

Ella le dijo que sí y caminó hasta la ventana.

—Nunca nos vamos a separar porque sos mía, ¿no?

Ella se detuvo un momento, antes de cerrar la cortina, y miró hacia afuera. Otra vez el cielo tenía ese resplandor sucio de los inviernos del norte.

—Nieva —dijo, y se quedó ahí, de espaldas a él, buscando con la mirada los copos débiles que solo se veían a contraluz, bajo los focos de la calle.

*

Una iglesia en una plaza de una ciudad de provincia. Una plaza como tantas en el sur. En el norte del sur, debería decir. Es que ahora ya no viven en Europa, ni siquiera viven juntos. Cinco meses intentando separarse para llegar a esto. Malena está en la terraza de un bar, la noche instalada ya, las estrellas arremolinadas tras la torre de la iglesia, y tal vez por eso piense en la nieve. Porque la nieve mansa de las noches sin viento no cae, sino que parece surgir del aire y quedar suspendida igual que esas estrellas de verano.

¿La había mirado raro el mozo cuando le tomó el pedido? Raro, ¿con pena? Una mujer con la mano vendada, el brazo amoratado. ¿La había mirado por eso o simplemente porque era una mujer que tomaba cerveza sola? De las mesas vecinas se escapaban risas, alguien hablaba sobre un partido de fútbol. De vez en cuando pasaba un grupo apurado con vinchas de plumas y tambores. Un auto negro estacionó al frente y de él bajaron tres novias. Dos con un vestido blanco tan inflado y barroco como las molduras de la iglesia; la tercera con un vestido lila. Lila el vestido, lila la tiara, lilas los zapatos forrados de raso. Un chárter de novias, pensó. No le daban envidia, tampoco le daban pena. Sí se dio cuenta de que estaba pensando para qué. ¿Para qué todo? Pero tal vez solo fuera un pensamiento dirigido a los zapatos de taco y a esos vestidos feos, probablemente alquilados, a ese despilfarro en fotógrafos y sueños. Miró su plato manchado de salsa blanca. La etiqueta de la botella se había humedecido y pudo arrancarla entera. Quería pedir otra cerveza pero le daba miedo la mirada del mozo. También le dolía el brazo, ahí donde Iván la había agarrado para arrastrarla fuera de la casa. Siempre le sorprendían los moretones; casi podía decir que le fascinaban. En el momento no sentía dolor. Humillación, sí, impotencia, también, pero no dolor. Después se sorprendía al verlos tan grandes: la sangre acumulada debajo de la piel como los paisajes de la luna.

Otra vez se estaba mirando de afuera. En los peores momentos, tenía la sensación de que la vida era una especie de videojuego. No una película con un guion demasiado elaborado, sino un Pacman, algo absurdo que se manejaba con una palanquita y cuatro botones. La novia de lila estaba recostada contra un farol. El fotógrafo le decía: "¡Más sonrisa, más sonrisa!”. ¿Cuántas cerecitas habría comido ya? ¿Cuántas vidas le quedaban?

Un niño se acercó a su mesa y le mostró algo, una tela. Ella se sobresaltó; se había quedado absorta mirando las latas que colgaban del guardabarros de la limusina, latas de arvejas sin etiqueta, comunes y corrientes, ahora mudas sobre los adoquines. No oyó lo que él dijo, pero hizo un gesto automático de rechazo, no al niño con el pelo que le caía sobre los ojos o a lo que él tuviera para vender, sino a una imagen de sí misma. A mil kilómetros de su casa, mirando novias frente a una iglesia, machucada, y hasta con vergüenza de llamar al mozo, los últimos ahorros gastados en un coche cama, un hostal sucio y las empanadas más caras de la ciudad. Así era: un impulso, un solo momento de estupidez, y game over.

¿Qué le había dicho el niño? "Andá a cantarle a tu abuela”, eso es lo primero que entendió. Él se había alejado un poco y la miraba, medio inclinado sobre una mesa vacía, esperando la respuesta, con una expresión que ella interpretó de desprecio. ¿O le había dicho "la concha de tu abuela”?

—¿Qué dijiste? —le preguntó.

—Que las hace mi abuela.

Hacía apenas tres horas había arriesgado la vida en una moto manejada por un loco sin casco que gritaba contra el viento: "Hija de puta, te odio, ¡nos vamos a matar!”. A ese loco, una vez, ella lo había querido, y una vez hasta lo salvó de morir de hipotermia en un balcón, le calentó la espalda con el secador para aliviarle las contracturas, le calculó la hora de los remedios. En la moto, el viento caliente arrastraba las palabras como granizo; ella rezó el avemaría, los guiones de la ruta se disparaban junto a las ruedas en una línea continua, un camión con zorra les tocó bocina. "Más despacio”, dijo ella, y se agarró con fuerza a su cintura. Y él: "Callate, hija de puta. ¿A qué viniste? ¿A cagarme la vida?”. Incluso en el final, él se había tomado el tiempo de ensayar el viejo ritual de la caballerosidad. Le dio el casco a ella cuando la obligó a subirse a la moto con la mochila en la espalda y el bolso entre las piernas, para dejarla en una parada de micros sobre la ruta. ¿Y todo para qué? ¿Para temerle a un niño de siete años con una colcha de hilo en la mano?

—A ver, vení —le dijo—, mostrame.

Él se acercó; dijo que tenía con otros dibujos.

—Es muy linda, esta. Mostrame las otras. Él las fue desplegando una a una. Lo hizo con ilusión, como si no supiera lo que iba a encontrar adentro, como si cada manta fuera una galera de la que podría salir algo mágico. "Mariposa, flores”, dijo él bajito.

—También hay una de un panda.

Ella le preguntó si no iba esa noche al carnaval. Él dijo que no, que nunca iba al corso. Le habló de sus hermanos que lo esperaban en la plaza, quiso saber cuándo volvía ella a Buenos Aires y cuántas horas tardaría el viaje. A lo lejos sonaban los tambores de otra tierra. Al final ella dijo: "Me llevo la de flores”.

—Es para el viaje, ¿sabés?

Él asintió:

—Así viaja calentita.

Malena pagó y ni se le ocurrió regatearle el precio. Acababa de decidir que compraría todo lo que le ofrecieran de ahí hasta que tomara el bus de regreso la tarde siguiente. De todos modos ya no tenía nada: ni computadora ni ahorros ni muchas otras cosas que se fueron quebrando en los últimos años. Y quería tener menos. Quería llegar al fondo de ese asunto. Iba a gastarse todo lo que le quedaba —incluso el almuerzo y el alquiler de la toalla— en regalos. Regalos, y ahí recordó la bota, la pelea, la nieve. No era la colcha de flores lo que le interesaba, sino la forma amable en que los ojos del niño la tocaron. "Gracias”, dijo ella, y él pareció entender algo, porque todavía le ofreció un momento más, dejó que lo ayudara a doblar las mantas, cada uno agarrando dos puntas y juntándose en el medio como en la danza de los pañuelos.

Las novias se habían ido; no las vio entrar al coche ni oyó las latas en los adoquines. La luna alta ocultaba las estrellas. Sobre la mesa del bar se fueron acumulando algunas cosas más: una estampita de la Virgen de los Milagros, una cuchara de algarrobo, una bolsa de caramelos, un cactus hecho de fósforos, una bombilla. El bar estaba cerrando. Llamó al mozo y pidió la cuenta. Mientras le cobraba, el mozo le dijo que era una linda noche.

—Sí, preciosa.

Antes de volver al hostal, Malena se sentó en un banco de la plaza. En el mismo banco, dos amigas hablaban sobre una tercera que acababa de mandarles un mensaje de texto. No quiso mirarlas abiertamente pero sabía que eran muy jóvenes. Les faltaba poco para ser una de esas novias de lila, y tal vez hasta alquilaran juntas el chárter del fotógrafo.

—La culpa es de ella —dijo una—. Se la chuponeó toda, y ella lo dejó. Ahora que no llore.

—Igual, ¿qué le importa? —respondió la otra—. Si al tipo no lo va a ver más.

Por un momento delirante, un momento de videojuego, Malena consideró la posibilidad de que ese tipo fuera Iván. Miró las piernas bronceadas de una de las muchachas, la que tenía la minifalda, y se preguntó si Iván podría acostarse con ella. La interrumpió una mujer que vendía medias artesanales. Casi no intercambiaron palabra, pero le compró un par de medias gruesas de alpaca.

Volvió caminando al hostal. Era sábado y ya no quedaba nadie excepto dos chicas que se estaban maquillando frente a un espejo portátil. Las dos revolvían dentro del mismo neceser lleno de pinturas rotas. Que estaban rotas Malena lo sabía sin necesidad de mirar adentro, solo porque veía el plástico sucio de sombra gris y brillantina. Desde su cama podía oler la sombra hecha picadillo, el labial de Maybelline y el agua de colonia.

No se preocupó por guardar la computadora bajo llave, igual estaba rota; en la mochila se veía la huella del zapato de Iván y unas manchas de pasto. Ella estaba sucia y se sentía sucia, pero le faltaban los dos pesos para la toalla y de todos modos no quería mojar la venda. Después de comprar las medias, el último cambio se lo dio a un cuidacoches. Solo le quedaba un peso veinte para el colectivo desde Retiro hasta su casa, pero tenía la sensación de que, recién ahora, podría empezar a tener algo.

Antes de acostarse miró el correo en la computadora del hall. Cinco mensajes nuevos. Todos de Iván. El último recibido a las 00:37.

*

Pasó una noche mala, sin poder dormir sobre el lado derecho, su lado. Cada vez que giraba en el sueño, pegaba un salto de dolor. Había pensado dormir hasta tarde pero a las siete ya empezaron a levantarse los demás: puertas que se golpeaban, conversaciones, armado de bolsos. A las nueve se levantó a desayunar. Lo último que quería era verle la cara a un grupo de adolescentes mochileros trasnochados, con sus ojeras de fiesta y alcohol y ese cansancio blancuzco que es el resultado de la alegría. Se sentía cien años más vieja que ellos, y se habría ido a desayunar a otra parte si no fuera porque solo le quedaba un peso veinte.

Café con leche y dos medialunas con manteca y mermelada. Comió con la vista perdida en el patio donde había un futbolito y unas cuerdas de colgar ropa. No se puso los lentes de contacto sino sus anteojos viejos, torcidos de tanto habérseles sentado encima. Tenía el pelo recogido de cualquier manera, un moño que se hizo al despertar, sin siquiera mirarse al espejo; tampoco se lavó la cara y se sentía transpirada. No debía de ser un gran espectáculo, pero igual notó que alguien la miraba. En la mesa de enfrente, en diagonal, un morocho de bermudas verdes y pinta de G. I. Joe no le sacaba los ojos encima.

—¿Qué te pasó en la mano? —le preguntó, serio, la cara totalmente limpia, el pelo perfecto con gel. Si había bailado hasta las seis de la mañana, nadie podría notarlo. Se lo veía fresco, por completo despabilado. ¿No podía dejarla en paz? Le daba fastidio hablar en el desayuno.

—Estupidez —dijo ella.

Esperó un poco, tomó otro sorbo de café, lo miró.

—Atravesé un vidrio con la mano. Fue sin querer. Lo que de verdad había querido fue empujar la ventana que daba al escritorio de Iván y arrasar con todo lo que hubiera encima. Lo que de verdad quería era convertirse en Iván, romper por fin, romperse: abandonar cualquier intento de cordura. Solo que calculó mal y su mano atravesó el vidrio sin esfuerzo, como si se hundiera en el agua.

—Ni siquiera lo sentí —le dijo al extraño. Él no dudó. Había algo incisivo y terrenal en su aplomo, en su forma de pronunciar las palabras.

—Tan enojada estabas.

Ella sonrió, también sin querer, y esa risa improbable fue como un hilo que le tiró de la lengua y que le hizo decir, por primera vez, la verdad. Las palabras exactas no las recuerda. Solo la expresión de ese desconocido y la manera en que enarcó las cejas. Tamaña confesión para escuchar a las nueve de la mañana en un hostal de mochileros. Y ella cree, cree, que incluso llegó a contarle lo que Iván le dijo una vez: "Yo nunca te pegué con el puño cerrado”.

Se quedaron un rato conversando. Él tenía que dejar el hostal, salía en dos horas para Humahuaca, pero ella le pidió que esperara; quería mostrarle los regalos que compró la noche anterior. Fue rápido a su habitación, sacó la bolsa de la mochila y al volver desparramó los regalos sobre la mesa. "¿Todo eso compraste?”, dijo él. Se rieron.

—Te regalo las medias. Para que te acuerdes de mí en la montaña.

Él se fue a buscar sus cosas y regresó cargando una mochila gigante, casi de su misma altura. Malena lo abrazó torpemente, por encima de las correas y las cantimploras colgantes. Le hizo adiós con la mano hasta que el último trozo de mochila desapareció por la puerta. La sala fue quedando vacía, pero ella esperó a estar sola antes de sentarse frente a la computadora y mirar el correo. Un nuevo mensaje. De Iván. "¿No ves que este odio es la medida de mi amor?”. Recibido a las 4:23 a. m.

Cerró el correo enseguida pero no se levantó de la silla. La bolsa con los regalos, menos las medias, había quedado sobre la mesa donde desayunaron. Ni siquiera era mediodía, pero el sol ya entraba con fuerza al rectángulo del patio interno y las paredes encaladas resplandecían. Al mirar hacia ahí vio algo que caía del cielo. Lento, blanco, liviano. ¿Y eso? Salió al patio, y entre las cuerdas sin ropa, miró hacia arriba, al cielo brillante y sin nubes. Una lluvia de polvo, una lluvia seca. Barrió el piso con el pie y el zapato dejó una huella alargada.

—Ceniza —dijo, y tuvo ganas de contárselo a alguien.

Miró alrededor, miró con asombro las habitaciones vacías. Después abrió los brazos, esperó. Dejó que las motas blancas se fueran depositando suavemente sobre sus hombros desnudos.

 

Fernanda Trías. No soñarás flores. Ciudad de México: Dharma Books, 2024.

© Dharma Books, 2024. Reproducido con autorización de la editorial

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Ciudad de libros