En los salones de la Casa Blanca circula una propuesta de orden ejecutiva en la que se plantea que los edificios federales que se construyan en la era Trump sean en estilo neoclásico. Aquí un análisis de las implicaciones estéticas y políticas de este proyecto.
El Chicago Sun Times publicó una nota a principios de febrero que pasó un tanto desapercibida fuera de Estados Unidos. La Casa Blanca examina una propuesta de orden ejecutiva para que los edificios federales de los Estados Unidos se construyan, de manera obligatoria, en el estilo neoclásico.1 El borrador es iniciativa de la National Civic Art Society, un think tank cuya página de internet proclama:“la arquitectura contemporánea es de plano un fracaso. El público la encuentra fea, extraña y repelente. Ha creado un entorno construido degradado y deshumanizante”. En cambio, los Padres Fundadores (Jefferson, Franklin, Washington, Hamilton) “entendieron que la tradición clásica, que se apoya en la Atenas democrática y la Roma republicana, ha sido avalada por el tiempo y es atemporal” [“is time-honored and timeless”, sic.].2 El título del borrador, “Making Federal Buildings Beautiful Again” (Haciendo a los Edificios Federales Bonitos de Nuevo), juega con la consigna de Trump, “Make America Great Again”, pero también con la canción de Katherine Lee Bates, “America the Beautiful”.
Thine alabaster cities gleam
Undimmed by human tears!
[Tus ciudades de alabastro refulgen
Sin apagarse con las lágrimas humanas]
Una “orden ejecutiva” es una instrucción escrita del presidente que utiliza las facultades otorgadas por la ley (no puede crear nuevas facultades por este medio). Debe publicarse en el Public Registry (el diario oficial estadunidense) y tiene validez para el poder ejecutivo: para la burocracia federal y para el ejército, del que es comandante. Algunas órdenes ejecutivas han sido criticadas por invadir las facultades del legislativo y el judicial, pero ha sido esporádico que la Suprema Corte las invalide. En este caso parecería que Trump se mantiene dentro de sus facultades legales, porque se refiere sólo a los edificios federales. No podría prohibir con ese mecanismo que un particular, o cualquier otra rama del gobierno, edificara con el estilo de su elección.
Pero sería un error disminuir la importancia de la decisión. En los años treinta y cuarenta, el Federal Art Project de Roosevelt patrocinó la decoración de miles de edificios federales, siguiendo explícitamente el ejemplo de los muralistas mexicanos. Tuvo un impacto profundo en el desarrollo del arte estadunidense, pues promovió un arte socialmente comprometido que, si bien marginado durante las décadas siguientes, quedó como horizonte de lo que pudo ser un arte diferente al que emergió durante la Guerra Fría. Esta orden ejecutiva, si llegara a firmarla el presidente, reemplazaría los Lineamientos para la Arquitectura Federal, un documento escrito en 1962 por el famoso sociólogo Daniel Patrick Moynihan, donde advertía: “Debe evitarse el desarrollo de un estilo oficial. El diseño debe fluir de la profesión arquitectónica hacia el gobierno, y no al revés. El gobierno debería estar dispuesto a pagar algún costo adicional para evitar el exceso de uniformidad en el diseño de edificios federales”.3 En suma: la idea era que pluralidad en la arquitectura reflejara la variedad y las libertades que, a juicio de las élites estadunidenses, su país tenía que defender frente al totalitarismo soviético.

Historic American Buildings Survey, C., Post, M. M., Wyeth, M. S., Urban, J., Barwig, F., Lewis & Valentine & Lightbrown, C. C. (1933) Mar-a-Lago,South Ocean Boulevard, Palm Beach, Palm Beach County, FL. Florida Palm Beach Palm Beach County, 1933. Documentation Compiled After. [Photograph] Retrieved from the Library of Congress, https://www.loc.gov/item/fl0181/.
El borrador retoma algunas nociones de los Lineamientos, particularmente que el diseño de los edificios federales “debe aportar el testimonio visual de la dignidad, iniciativa, vigor y estabilidad del gobierno americano”. Sin embargo, tanto la NCAS como el borrador aseguran que la arquitectura moderna y posmoderna no cumplen esa misión. El “estilo brutalista”, asegura el borrador, “surgió del movimiento modernista de principios del siglo veinte, que se caracteriza por una apariencia masiva, monolítica, cruda, de bloques con un rígido estilo geométrico y por el uso en gran escala de vaciados de concreto aparente”. El “deconstructivismo” sería “el estilo arquitectónico que emergió del posmodernismo hacia el final de los años ochenta, que subvierte los valores tradicionales de la arquitectura a través de la fragmentación, el desorden, la discontinuidad, la distorsión, la geometría retorcida y la apariencia de inestabilidad”. Este lenguaje supone un abandono del formalismo que caracterizó al pensamiento sobre las artes en Estados Unidos durante la Guerra Fría. Los republicanos de Trump piensan que las formas deben ser el resultado de las ideologías, y tratan de demostrarlo con un ánimo semejante al que empleaban los estalinistas más obtusos. No hay mediaciones ni matices: las formas reflejan la visión del mundo de los constructores. A diferencia de sus predecesores, los neoconservadores de Bush, más interesados en el poder militar que en explicar el origen de los males modernos, los republicanos de Trump creen firmemente en el poder de las ideologías, a las que le atribuyen distintas formas de decadencia. Por ejemplo, la NCAS hace esta afirmación en su portal: “Como dijo el arquitecto modernista precursor Le Corbusier: ‘una casa es una máquina de vivir’. Nosotros no estamos de acuerdo”. Es el mundo de Stephen Bannon, muy distinto al de Robert Kagan, Paul Wolfowitz y Donald Rumsfeld, siempre listos para deplorar el conservadurismo de “la vieja Europa”. Las nuevas huestes, formadas en el Tea Party, quieren hacer réplicas de la vieja Europa.
Los comentarios han sido abundantes. El más agudo —e iracundo— es el de Martin Filler en el New York Review of Books.4 El motivo del enojo son los precedentes: en los años treinta, los nazis repudiaron la arquitectura moderna y buscaron que el neoclasicismo fuera obligatorio para la arquitectura del Estado. Los planes de Albert Speer para Berlín, por cierto, se inspiraban en las mismas fuentes que el National Mall: el centro político y urbano de Washington, que se organizó de acuerdo con el plan de Pierre Charles L’Enfant en el siglo XVIII, pero fue modificado varias veces, sobre todo al principio del siglo XX. Fue entonces cuando una comisión formada primordialmente por republicanos conservadores, y que pertenecieron a un movimiento que se llamó “City Beautiful”, formuló el Plan Macmillan, que cambió el sistema de parques y bulevares que conectaban los edificios entre sí. Inspirados por la arquitectura de la Exposición Colombina de Chicago, en 1893, uno de los principales logros de esta generación de reformadores fue el monumento a Lincoln, iniciado en 1913 e inaugurado en 1922, de acuerdo con un proyecto de Henry Bacon que se inspiraba en el Partenón; pero que también tomaba en cuenta el monumento que se había levantado en Hodgenville, Kentucky, donde una asociación cívica había rodeado la cabaña de madera donde había nacido el prócer con un templo neoclásico.5
La inspiración de todo ese neoclasicismo de principios del siglo XX no era solamente la arquitectura griega. Muchos arquitectos que participaron en la renovación de los edificios oficiales, incluyendo la arquitectura conmemorativa y las sedes de los poderes, se inspiraban en los principios de la École des Beaux-Arts parisina, que en el cambio del siglo era uno de los centros educativos más conservadores, y al mismo tiempo más productivos del mundo. También los inspiró la Exposición Mundial Colombina de Chicago. El neoclasicismo estadunidense de aquella época no se inspiró sólo en las ruinas, también tomó ejemplo réplicas modernas.
Una cosa que llama la atención poderosamente en el borrador es la definición del “estilo tradicional”. Además de los estilos supuestamente “clásicos”, éste abarca los “estilos históricos humanísticos como el gótico, el románico y el español colonial y otros estilos mediterráneos que generalmente se encuentran en Florida y en el suroeste norteamericano”. Esto es contradictorio, pero no indescifrable: basta recordar la residencia del presidente Trump en Florida, llamada “Mar-a-lago” porque está entre la playa y una marisma. Fue construida entre 1924 y 1927, de acuerdo con un proyecto original de Marion Syms Wyeth, pero que fue reemplazado y concluido, particularmente en el diseño de interiores, por Joseph Urban. Este último fue el arquitecto del famoso teatro Ziegfeld de Nueva York, además de la New School for Social Research (donde, por cierto, hay un mural de José Clemente Orozco). Artista sumamente ecléctico, en los años veinte Urban alternaba sus tareas de arquitecto con las de escenógrafo. Por una parte, para la Metropolitan Opera y para el teatro de revista de Florenz Ziegfeld (notablemente, para una de sus producciones más famosas: Rio Rita, un romance de bandidos y manolas). Por otro lado, para las películas de la compañía Cosmopolitan Productions, de William Randolph Hearst. No está de más recordar que, mientras Urban diseñaba los sets cinematográficos para el estrellato de la bella Marion Davies, Hearst emprendió una campaña contra el gobierno de Álvaro Obregón que finalmente abandonó, gracias a un viaje a nuestro país para negociar con el caudillo, en el que lo acompañaron tanto la actriz como el escenógrafo. En el México de principios de los años veinte, el neocolonial era el estilo oficial de los revolucionarios, como atestiguan el Centro Escolar Benito Juárez, en la colonia Roma, y las reconstrucciones de los edificios universitarios. Urban, sin embargo, no necesitaba de los ejemplos mexicanos para elaborar un florido historicismo.

Historic American Buildings Survey, C., Post, M. M., Wyeth, M. S., Urban, J., Barwig, F., Lewis & Valentine & Lightbrown, C. C. (1933) Mar-a-Lago,South Ocean Boulevard, Palm Beach, Palm Beach County, FL. Florida Palm Beach Palm Beach County, 1933. Documentation Compiled After. [Photograph] Retrieved from the Library of Congress, https://www.loc.gov/item/fl0181/.
Mar-a-Lago es un edificio que no corresponde con un estilo histórico muy estricto. Es un “National Landmark”; el equivalente de lo que aquí llamamos un “monumento histórico”, y la extensa colección fotográfica disponible en la Biblioteca del Congreso da cuenta minuciosamente del mismo (Proctor et al., 1972).6 La decoración interior es parcialmente una fantasía mudéjar; pero la mezcla de Mar-a-lago se merece el nombre de “ecléctica”. Como señala Timothy Rub: la torre y el almenado son completamente vieneses, aunque los interiores tengan artesonados, casetones, mosaicos y toda la parafernalia de un patio español. Mar-a-lago se hizo para una vida cotidiana concebida en forma teatral, tal vez porque esa era la mentalidad de los propietarios: el conjunto de casas es en buena medida un estudio cinematográfico. Al completarse la construcción, los reporteros de Palm Beach hicieron intentos infructuosos por clasificar su estilo, “algunos lo llamaron español, otros morisco”. La casa tenía rasgos “esencialmente góticos”; otros más veían “mezquitas persas, casas de campo inglesas, el Taj Mahal”. En su estupendo estudio, Donald W. Curl informa que una de las salas estaba parcialmente inspirada en la oficina que usaba Benito Mussolini en el Palacio Chigi.7 Si la noción de “estilo” ha sido exitosa por su utilidad como herramienta clasificatoria, tiene el defecto de exigir la misma competencia y mentalidad en los artistas, el público y los especialistas. Mar-a-lago se contrapone a cualquier proyecto unitario, ya sea en su decoración, en su interacción con el público o en su lugar en la historia.
Pero la historia extravagante de Mar-a-lago no termina ahí. Su dueña, Marjorie Merriweather Post, heredera de los cereales del mismo nombre, decidió en los años setenta donarla al gobierno para que fuera “La Casa Blanca de Invierno”. Al reportar el donativo, recién reelecto Richard Nixon, la revista Time no desaprovechó para burlarse un poco: “parece diseñado para que el aislamiento de la presidencia sea un poco más espléndido de lo que debería. Tal vez […] debería haber una enmienda constitucional que obligara a que un presidente pasara por lo menos algunos fines de semana en un trailer camp, en un barrio pobre,o durmiendo en el sofá-cama de un pariente”.8 A final de cuentas, el gobierno devolvió la mansión a principios de los ochenta, pues no fue aprobada por los servicios de seguridad y su mantenimiento era muy caro. En los años ochenta, Donald Trump adquirió la propiedad para él mismo. Desde su toma de posesión, el uso como casa presidencial ha provocado bastante controversia.
La cuestión es que la orden ejecutiva de Trump incluiría el estilo de su residencia personal como parte de la “tradición”. En cambio, explícitamente va a excluir otras filosofías de diseño. Y lo hará porque supone que todo proyecto está unificado en torno a un “estilo”, y que todo estilo es la expresión de determinados “ideales”. Por eso, con una lógica completamente lineal, concluye: “se debe tener gran cuidado en elegir un diseño bello que transmita la dignidad, iniciativa, vigor y estabilidad del sistema americano de autogobierno. Los diseños arquitectónicos en los estilos brutalista y deconstructivista no cumplen estos requerimientos y no serán empleados”.
Las batallas culturales de la Guerra Fría han llegado a su fin, y en varias partes del mundo asistimos al asombro de una élite cultural que quisiera mantener un discurso hegemónico apoyado en categorías estéticas que nunca fueron muy populares, pero que ahora además han perdido su vigencia. El modernismo estético saldrá del acervo que utilizaba la política cultural estadunidense —aunque no de manera completa, pues en aquel país una parte de la promoción siempre ha sido privada. Por lo pronto, esta columna sugiere a la cancillería mexicana que, para asegurar la buena relación con el vecino, el olvido de las temidas tarifas y la ratificación del TEMEC, México le done a Estados Unidos el abandonado (y legendario) “Partenón” construido por Arturo Durazo Moreno en Zihuatanejo, aprovechando que cumple sobradamente con los lineamientos neoclásicos para volverse consulado. Recordemos, con Juan Gabriel: lo que se ve no se juzga.
Renato González Mello
Investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM. Miembro de la Academia de Artes.
Imágenes
Las imágenes de Mar-a-lago se pueden ver en el sitio de la Biblioteca del Congreso: https://www.loc.gov/item/fl0181
1 Board, C. E. “Make federal buildings ‘beautiful again’? Trump declares war on modern architecture”. Chicago Sun-Times, 5 de febrero de 2020.
2 About the National Civic Art Society. (s/f). National Civic Art Society. Recuperado el 22 de febrero de 2020.
3 Guiding Principles for Federal Architecture, 1 de junio de 1962. U. S. General Services Administration.
4 Filler, M. “Trump’s Towering Folly on Federal Architecture”. The New York Review of Books, 19 de febrero de 2020.
5 Boime, A. (1998). The unveiling of the national icons: A plea for patriotic iconoclasm in a nationalist era. Cambridge University Press, 1998, pp. 253-306; Hines, T. S. "The City Beautiful Movement and the Washington Plan of I901-I902", en R. Longstreth (Ed.), The Mall in Washington, 1791-1991, Yale University Press, 2002, pp. 79–101; Abraham Lincoln Birthplace National Historical Park. (s/f), National Park Service. Recuperado el 22 de febrero de 2020.
6 Proctor, S.; Beinke, N. K., y Reeves, F. B. Mar-a-Lago, 1100 South Ocean Boulevard, Palm Beach, Palm Beach County, FL (HABS FLA,50-PALM,1-), 1972. Library of Congress.
7 Curl, D. W. “Joseph Urban’s Palm Beach Architecture”, The Florida Historical Quarterly, 71(4), 1993, pp. 436–447. JSTOR; Dunlop, B., y Rub, T. F. (1988). “Interview: Timothy F. Rub on the Work of Joseph Urban”. The Journal of Decorative and Propaganda Arts, 8, 1988, pp. 104–119. JSTOR.
8 “Presidential Xanadu”, TIME Magazine, 1972, 100 (20), p. 30.