La discusión sobre la forma de escribir de las mujeres es un debate que se abre y se cierra a la medida de autoras, de libros que ellas escriben y de las teorías que emergen en el entorno académico y editorial en general. El siglo pasado, la escritura de las mujeres tuvo grandes representantes que se enfocaban ya en el conflicto representado en los personajes femeninos. Rosario Castellanos describe el conflicto de las mujeres criollas que viven en provincia, de las mujeres indígenas de Chiapas, de la maternidad y de las mujeres que incursionan en el ámbito profesional. Así se aprecia en Ciudad real, Oficio de tinieblas, El eterno femenino, Rito de iniciación y su obra poética. Elena Garro expuso el conflicto matrimonial, erótico, de clase y político a través de personajes como Laura en “La culpa es de los tlaxcaltecas”, Isabel Moncada en Los recuerdos del porvenir, la señora en Andamos huyendo Lola, o Mariana en Testimonios sobre Mariana. Tras esos dos gigantescos pilares de la escritura, el conflicto de la libertad de las mujeres ha quedado sugerido también en numerosos y variados personajes femeninos. Ahí están: Hasta no verte Jesús mío de Elena Poniatowska, Apariciones de Margo Glantz, Arráncame la vida de Ángeles Mastretta, Yo, la peor de Mónica Lavín, por mencionar algunas novelas que han surcado estilos en la escritura de las mujeres y sus personajes femeninos.
Sin embargo, fue necesario que el siglo XXI entrara con todo su poder disruptivo para inaugurar una literatura de las mujeres cuya innovación está no sólo en las temáticas tratadas, sino en la genuinidad de sus vetas estilísticas que se abren horizontalmente al conflicto del ser femenino, del ser migrante, del ser mexicana y a un interés auténtico por las disoluciones sociales, por las diversas formas de violencia y por el fracaso de una cultura que ha apostado por formas autoritarias y verticales, tanto en los entornos públicos como en los privados.
Esta escritura de mujeres es una propuesta mayúscula no sólo literaria, sino política. A través de la ficción, de sus contextualizaciones y personajes, de su particular perspectiva de ver desde el interior la horizontalidad de las cosas, el lector experimenta nuevas formas de profundidad para sugerir, o explicar, los conflictos que actualmente nos acechan. El lector refigura, con otras formas de comprensión, los hechos que lo rodean. La literatura se recoloca como instrumento de identidad y de su propio cuestionamiento, como inquisición dialógica desde la otredad que significa ser mujer y como herramienta actualizada para atisbar, o imaginar, nuevas formas de la existencia.
También desde una panorámica histórica, este hecho es relevante porque cuenta con señalados efectos contextuales. Si en el ser femenino se conglomeró, por mucho tiempo, una legión de vencidas, era de esperarse que, al paso del tiempo, fuera ahí en donde sucediera un giro femenino que cambiara el espectro de nuestra visión. Ante la devastación global, tal giro analítico es una invitación para repensar el mundo, para escudriñar liderazgos suaves y flexibles, para optar por el diálogo genuino y por una horizontalidad receptiva. Si en Viaje a la semilla, esa magistral novelita corta, Alejo Carpentier nos enseñó a imaginar el mundo a ras del suelo, cual bebé que gatea, y en reversa, como sólo podía hacerlo un proyector cinematográfico, ¿tiene también sentido esforzarse en pensar y sentir el mundo como mujeres?

El territorio literario del siglo XXI es femenino
El sentido de pertenencia, o los deslindes sobre de ésta, es uno de los pilares fundamentales de la narrativa literaria moderna. Walter Benjamin sostiene una tesis fascinante que recoge la clave esencial del auge de la novela como género de la modernidad: mientras que el contador de historias elementales se limita a describir la experiencia que ha tenido durante el día, el escritor de novelas es alguien perplejo ante la realidad que experimenta.1 La idea de perplejidad que le atribuye Benjamin al novelista moderno, es la expresión de un desconcierto intelectual y psíquico ante un nuevo estado de cosas en el mundo; el sentido de pertenencia se resquebraja, al margen del sexo del escritor, en el ser moderno. Walter Ong llevó las cosas aún más lejos que Benjamin: en la novela —afirma— se construye la complejidad psíquica que caracteriza al sujeto de la modernidad.2
El papel que le atribuyen a la narrativa novelística estos dos grandes teóricos del lenguaje y de la literatura, tendría que haber cimbrado hace ya mucho tiempo el contenido de los programas educativos básicos y no básicos. Si el individuo actual sólo puede configurar el sentido de su existencia con una narrativa propia, la educación elemental no puede eludir la experiencia reflexiva sobre los personajes literarios porque ahí es donde nace y habita la conciencia individual y social de esta gran mole global que hemos configurado. La arquitectura sintáctica y simbólica de la literatura es el correspondiente natural de la complejidad cultural urbana y digital que nos asiste.
Además, la narrativa literaria subraya su vigencia y carácter insoslayable porque las narrativas institucionales están en crisis. Su legitimidad se cuestiona constantemente porque se fundamentan en creencias caducas, o porque ocultan intereses sesgados, no democráticos. De ahí que sean escritoras quienes, desde la marginación histórica de que han sido objeto, se desempeñen de manera más convincente con propuestas nuevas y originales que desafían la superficialidad de cualquier forma de proselitismo. La escritura de las mujeres, como cualquier literatura que se precie de serlo, enfatiza su poder cuando elude el pregón y la doctrina.
La escritora de novelas despliega el territorio literario como una nueva forma de pertenecer. Es ahí donde se escucha a sí misma y donde sus lectores se reencuentran. Su novela es territorio de pérdidas y búsquedas, de encuentros y desencuentros. Ella sabe lo que es estar dentro y fuera, abajo y arriba. Sabe estar más allá del bien y del mal. El hilo de sus palabras recorre el laberinto mental, avanza y retrocede; llega a falsas salidas y reconstruye un largo camino de equívocos y aciertos que no dejará, por mucho tiempo, de sorprendernos. Con la intención de recorrer los derroteros de esta literatura escrita por mujeres en el siglo XXI a través de algunos ejemplos y sin ánimos exhaustivos, iniciamos esta serie con una escritora tan significativa como innovadora en México: Guadalupe Nettel (Ciudad de México, 1973)
Una tetralogía (2006-2020)
La narrativa novelística de Nettel se compone de una tetrología: El huésped (2006), El cuerpo en que nací (2011), Detrás del invierno (2014) y La hija única (2020). Desde El huésped, Nettel abre un espacio literario inédito en la escritura de las mujeres: el desdoblamiento del yo infantil femenino a través de su protagonista, Ana. Las acciones y atmósferas que rodean a la protagonista están impregnadas de sutilezas. Desde las profundidades del yo, Ana va descubriendo que otra la habita, un parásito antisocial que muerde niñas y que con su presencia ha sido capaz de sucitar la muerte de su hermano pequeño. Sin mencionarlo nunca, Gudalupe Nettel escribe sobre la dificultad de asumir las pulsiones negativas y sobre la tácita culpabilidad que una niña, o adolescente, asume en su núcleo familiar. Si Rosario Castellanos en Balún Canán sugiere la terrible marca psicológica que conlleva escuchar a la propia madre decir que prefiriría que hubiera muerto su hija y no su hijo, en El huésped Guadalupe Nettel desarrolla, sugestivamente, la posible culpabilidad que una niña puede asumir al morir su hermano pequeño. El ser extraño en que se ha convertido Ana la lleva a ser una joven que se siente cómoda con ciegos, minusválidos y mendigos, habitantes subterráneos del metro de la ciudad de México. Hay una poética de lo sórdido en donde sobresalen dos nudos narrativos: un grupo de pordioseros colocan en urnas sobres con excremento y Ana descubre su erotismo con Cacho, un pordiosero cuya pierna es un muñón y cuyo aliento es tan profundo como el de una cloaca.
En El cuerpo en que nací (2011), Guadalupe Nettel escribe autoficción, o ficción autobiográfica, si se prefiere. La crueldad aparece en los personajes femeninos que educan a una niña a quien se le quiere corregir un defecto físico, incluso con crueldad. Las ofensas verbales de la madre (la llama “cucarachita”) se suman a la violencia de parchar su ojo saludable para forzarla a ver con el que no puede hacerlo. A ello se suma la segregación infantil en la escuela. Avanzada la narración, la protagonista de El cuerpo en que nací encuentra en la escritura una forma de liberar sus desconciertos y de cautivar a sus compañeros de clase. Más adelante, la abuela de la adolescente, quien siempre la ha tolerado menos que a su hermano, le hace al fin un guiño de empatía: la apoya para ser parte de un equipo de fútbol para niños. Asimismo, la madre, que había estado ausente, regresa. Con ella viven en el sur de Francia y en una comuna en el norte de México. Su estrategia literaria sigue siendo el yo narrativo femenino que se hunde en su interior para asimilar su limitación visual, la desintegración de su familia, el abandono de sus padres, el sexismo infantil y la migración.
Con El huésped y El cuerpo en que nací, Nettel devela su perplejidad ante un mundo que expele a las mujeres, a quienes poseen un defecto físico y a quienes piensan diferente.
Después del invierno (2014), premio Herralde de Novela, contiene dos voces narrativas, la de Cecilia y la de Claudio. Cecilia nos habla desde la libertad de ser estudiante en París, de experimentar su soledad y su juventud. Claudio es un joven cubano, que trabaja en una editorial en Nueva York y cuya soledad lo lleva a entablar una relación con Ruth, una mujer mayor con soltura económica. La presencia de la enfermedad y las limitaciones físicas también están presentes en esta novela mayor. Cecilia entabla una relación con Tom, un chico muy enfermo y melancólico, pero con quien comparte lecturas y su desconcierto frente al mundo. El encuentro de Cecilia y Claudio en París dará lugar a un amor cuyas complicaciones incluyen la posterior distancia espacial y un accidente de Claudio que lo lleva a una solución práctica en su vida. En Después del invierno, la autora sigue siendo fiel a ciertos elementos de su poética. La existencia mórbida vuelve; el yo narrativo femenino se autoexplora, cambia, evoluciona. La estructura de la novela, el ritmo narrativo, sus personajes definidos por sus acciones y los conflictos generadores configuran una novela mayor que suma a la búsqueda interna femenina, la voz de un inmigrante que lucha por asimilar su presente, su soledad, sus limitaciones.
Pero es en la La hija única (2020) en donde Guadalupe Nettel da un paso determinante en la creación de personajes femeninos con vidas alternas. Se trata de una prosa pulida hasta hacerla transparente, con un tiempo del relato claramente definido, y con un trabajo de investigación que permite establecer nuevamente analogías entre la existencia humana y la del mundo animal, tal como lo hizo antes en su relato “El matrimonio de los peces rojos”.
En La hija única se desarrolla la historia de Laura, la de su amiga Alina y la de al menos cuatro mujeres más: Doris, vecina de Laura; la madre de Laura; la hija de Alina; y la de su niñera. En cada una de las historias existe un conflicto en el que otra mujer acaba siendo coadyuvante. Laura, una mujer que escribe su tesis de posgrado, al tiempo que goza de una beca, ha dejado de viajar, ha decidido intervenirse quirúrgicamente para no tener hijos. Ella y su amiga Alina así lo habían pactado. Sin embargo, Alina acaba enamorándose de un pintor y deciden ser padres. La decisión de no tener hijos entre personas nacidas desde las postrimerías del siglo XX, que cuentan con estudios universitarios y que son sensibles al convulsivo mundo contemporáneo, es un fenómeno real. Las razones son múltiples: desde la filantropía que los lleva a preferir adoptar hasta una precaución que les asegure contar con las comodidades materiales que valoran. Nettel se refiere además a comunidades de jóvenes que prefieren vivir con mascotas y cuyos diálogos callejeros oscilan entre las gracias y los pesares que les propician sus perros. Si se cansan de ellos, es tan fácil como llevarlos a la pensión. No así con los hijos.
Uno de los epígrafes de la novela de Nettel atribuido a David Foster dice: “If you’ve never wept and want to, have a child”. Alina experimenta el fulgor y dolor de concebir a una hija que no crecerá normalmente. En la última etapa del embarazo se entera de que su hija nacerá muerta porque su cerebro no se ha desarrollado. El duelo por su hija nonata implica una serie de decisiones que la enfrentarán a una realidad que los doctores no prevén. Alina compra una cripta, desmantela la habitación que con ilusión había preparado, pero su pequeña hija Inés no sólo nacerá, sino que extenderá una lucha continua para seguir viviendo. Nettel aborda con gran honestidad y detalle literario el conflicto que surge con el nacimiento de un hija con limitaciones físicas y mentales. Ante tal situación, una tanatóloga provee a Alina con una inyección que no dejará rastros en caso de decidir deshacerse de su pequeña hija Inés. No obstante, la sorpresa cotidiana que la pequeña Inés les regala la va alejando de esa decisión fatal.
Los embates de la maternidad que Nettel expone incluyen la pérdida de la lívido, el desconcierto emocional y la llegada de una niñera joven a su casa. Así se enturbia el primer año de esa particular maternidad a la que el esposo de Alina responde, inicialmente, con un “tengo que salir a trabajar para proveer lo necesario”. La llegada de Marlene, la niñera, permitirá que Alina salga a trabajar, pero desatará otro conflicto que se resolverá de manera inesperada, sin rompimentos, sino con una ternura y desapego que puede sorprender a algunos lectores.
Entretanto, en medio de la escritura de su tesis, Laura es testigo de la pésima relación entre su vecina y su pequeño hijo Nico que estudia la primaria. Los golpes y gritos la perturban al extremo de tener que salir del edificio de departamentos y trabajar en otro lado. Un buen día, Laura acaba conviviendo y fumando con su vecina Doris, quien lo hace afuera de su departamento para no dañar a su hijo Nico. La depresión de Doris, quien perdió a su marido, va acentuándose en tanto que su hijo acrecienta su explosividad. Se trata de un círculo vicioso, del que solo se saldrá cuando el niño sea enviado temporalmente con su tía a Michoacán.
Nettel logra un desenvolvimiento natural e impecable de los acontecimientos que permiten una complicidad muy particular entre Laura, su vecina Doris y su hijo Nico. Un nido de aves tejido en su balcón, que intenta extirpar, pero es reconstruido, y el nacimiento de un pichón profundamente diferente a las supuestas aves engendradoras será la alegoría de lo que Laura vivirá con sus vecinos. En principio, Laura derriba el nido y niega a sus vecinos, pero el nido persiste como lo hará el desarrollo de sus relaciones con Doris y el pequeño Nico.
Como una resonancia de El cuerpo en que nací, la matrofobia habita en sus personajes. Laura tiene relaciones difíciles con su madre. Se buscan, se ignoran, se acompañan, se hostigan; pero comparten su gusto por los libros y más tarde se ecuentran de manera fortuita en un colectivo feminista que confirmará su complicidad.
El telón de fondo son dos colonias de la ciudad de México: la Juárez y la Condesa y una serie de acontecimientos que aluden a desapariciones y asesinatos de mujeres, manifestaciones de mujeres que entorpecen el libre tránsito, y el colectivo en donde Laura encuentra a su madre más realizada que nunca.
La hija única puede ser Laura quien se niega a la maternidad, pero acaba descubriendo su propia dulzura maternal con un niño vecino al que protege y acompaña. Pero también la hija única puede ser Inés, la recién nacida de Alina, quien, contra todo pronóstico, lucha por sobrevivir y cautiva la vida de sus padres y de su niñera Marlene.
Con esta novela Nettel plantea la existencia de una crisis profunda en la familia tradicional y la posibilidad de rescatar la ternura y la solidaridad con relaciones no convencionales. La ternura y el cuidado dan origen al erotismo y al amor que se extienden entre Laura y Doris. Marlene se muda con Alina y Aurelio para establecer un hogar poliamoroso. Las sutilezas del cariño que los une parecen no converger con las formas tradicionales del amor.
De los sesenta y nueve capitulillos de la novela atrae su corta extensión y el equilibrio entre diálogos y voz narrativa. Nettel logra dar forma literaria a una atmósfera zen porque en ella transcurren los conflictos suavemente, sin dramatismos superficiales; la narración fluye con la misma naturalidad con que los personajes femeninos afrontan sus problemas existenciales.
La exploración de ser mujer independiente, de ser madre biológica y no biológica, de afrontar una maternidad en la que la hija adolece de una minusvalía, de buscar la comprensión de otras mujeres para sobrevivir en un país en el que a diario las mujeres son violentadas y desaparecidas son temas que difícilmente abordará a detalle y con suficiente verosimilitud un escritor de nuestro tiempo. Hacerlo desde la ficción literaria tiene el riesgo de caer en una escritura ideológica, cosa que de ninguna manera sucede en La hija única. Todo lo contrario; el ritmo narrativo es congruente con el cuidado y la extensión prosística al grado de ser una de esas pocas novelas en las que el lector no siente que algunas páginas están de más.
Otro de los méritos de esta novela es tratar el tema de la maternidad más allá de la mitología de la crueldad con que se suele envolver literaria, o artísticamente, a la madre. En este aspecto, incluso Guadalupe Nettel se supera. En las culturas originarias, como en la azteca, la Coatlicue es la madre que da origen a la vida y a la muerte. Es ella quien destruye y devora todo. En la película Suspiria (2018), dirigida por Luca Guadagnino y escrita por David Kajganich, la madre es la fuerza vital que dirige la gran danza del mundo. Ella decide quién vive y quién muere. Ella pertenece a una estirpe de madres ancestrales que derraman el líquido vital, la sangre, de acuerdo a sus veleidades. Incluso es la madre quien permite recordar u olvidar lo vivido. La mitología de Suspiria parece alimentarse de otra mitología no menos feroz hacia la maternidad y la mujer: la del psicoanálisis que atribuye a la madre el rol de castrar o redimir, según sea el caso.
La literatura escrita por mujeres es diversa. Sobresale en estos tiempos la que expone una búsqueda interna de la existencia. La hija única muestra que si anteriormente la suavidad femenina conducía al dominio y al sometimiento, hoy la suavidad puede llevarnos a formas horizontales de convivencia más equitativas; si el sometimiento femenino llevaba a retorcidos mecanismos para que la mujer pudiera sobrevivir o sobreponerse, ahora la libertad de la mujer debería conducir al diálogo equitativo de que son capaces los espíritus libres. La hija única no es una propuesta matriarcal que reproduce, irónicamente, las formas dominantes o autoritarias que critica. La hija única es un libro fresco en el que la ternura y la horizontalidad entre los personajes prevalecen, pero, ante todo, es el libro de una escritora con una voz propia que recrea un futuro esperanzador en un país en el que, día a día, se insiste en negar la inconcebible violencia que habitamos.
La tetralogía novelística de Guadalupe Nettel muestra la madurez y fidelidad de un yo narrativo femenino que, ante su perplejidad frente al mundo, abre nuevos caminos, temas y estilos que enriquecen la existencia cotidiana. Su presencia en la literatura mexicana y latinoamericana del siglo XXI será un clásico porque en su obra se inaugura un develamiento inusual, sugestivo y trascendente sobre el conflicto de ser diferente, o de ser mujer.
Patricia Córdova
Profesora investigadora de Lingüística Hispánica y directora de la División de Estudios Históricos y Humanos de la Universidad de Guadalajara
1 Benjamin, W. “The Storyteller: Reflections on the Works of Nikolai Leskov” en Dorothy J., ed. The Novel: An Anthology of Criticism and Theory 1900-2000. Malden, Massachusetts: Blackwell Publishing, 2006 [1936], pp. 361-378.
2 Ong, Walter J. Oralidad y escritura: tecnología de la palabra, trad. de John Hartley. México: Fondo de Cultura Económica, 2016 [1982].