Mujeres atenienses de Alessandro Barbero


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“¿Por qué hacéis la guerra entre griegos y no

ponéis fin a los malos sentimientos?”

Aristófanes, Lisístrata

El profesor Alessandro Barbero (Turín, 1959), por qué negarlo, goza de toda nuestra simpatía. Como Umberto Eco antes que él, representa al profesor universitario que se convierte en divulgador de primera línea. El éxito le sonríe y, al pensar en un intelectual italiano contemporáneo –en el linaje de los maestros que todos conocemos– su nombre no se hace esperar.

En sus páginas, por ejemplo, hemos descubierto un Imperio otomano deslumbrante, civilizado y –a diferencia de la Europa cristiana– tolerante y armonizador de las tres religiones (El diván de Estambul, 2011). En sus conferencias difundidas por internet hemos penetrado en temas tan diversos como la inmigración en el Imperio romano –que un buen día otorgó la ciudadanía a todos los habitantes, pues ya no tenía sentido conservar la diferencia entre nativos y extranjeros en una sociedad tan mezclada; o la teología escolástica, que sabía bien que la tierra era redonda y se ocupaba en promover el desarrollo de la ciencia; o, en fin, el papel de la mujer en la Edad Media, que lejos de estar relegada, asombraba por su libertad a los viajeros musulmanes de la época. Así, entregado a derrumbar lugares comunes, el profesor Barbero está ofreciendo nada menos que una versión moderna, diferente y revisada de varios hitos de la apolillada historia universal, dogmas que ya nadie podía tomarse en serio.

En este proyecto de provocación se inscribe su novela recién publicada en México, Mujeres atenienses (FCE, 2025), en la excelente traducción de Teresa Ramírez Vadillo. Con su Tucídides en mano, Barbero ha decidido contar la vida cotidiana durante la Guerra del Peloponeso (431-404 a.C.), es decir, ese aspecto que Tucídides deja en la sombra, ocupado sólo en la guerra y los héroes. La vida cotidiana de los griegos en el siglo V a.C., con sus indumentarias, políticas, sus costumbres alimenticias y sexuales, su humor y sus supersticiones conforma un un mural vivo, como sacado de aquellas vasijas que tantas veces hemos visto en los museos. Aquí hombres y mujeres hablan, blasfeman, mienten, razonan y sueñan… no como nosotros, pero es en esa distancia que nos separa en la que nos percatamos hasta qué punto los antiguos griegos pertenecían a otro mundo, casi en el mismo rango de extrañeza, si cabe, que los aztecas.

No hay que ocultarlo: la impresión que deja esta novela de la democracia ateniense es repulsiva. Régimen basado en la enajenación de los pobres y en su ignorancia; sustentado por la prepotencia de los ricos y letrados que sabían manipular la Asamblea a su antojo con palabras articuladas. Este gobierno no se contentó, por lo demás, con llevar a Grecia a la ruina, sino que en el 416 a. C. Atenas cometió, diríamos hoy con todas sus letras, un genocidio contra la isla de Melos.

Barbero describe un pueblo ateniense lleno de prejuicios, de costumbres que escandalizaban a los propios griegos de otras ciudades y presa de las ambiciones de los “oligarcas” lo mismo que de los “demócratas”:

¡El dinero se lo quedan los líderes del partido! A nosotros nos mantienen en la miseria, mientras ellos se enriquecen. Somos como sus perros guardianes. Sabes qué se hace con los perros, ¿no? Los mantienes hambrientos, porque así serán más feroces. Cuando el dueño los incita, muerden. Lo mismo hacemos nosotros, a una señal de los jefes, ¡embestimos! Pero si de verdad quisieran el bien del pueblo harían mucho más que darnos tres óbolos

¿Ha cargado la pluma Alessandro Barbero? Conocedor de las fuentes, diríamos que ha completado los renglones de Tucídides y Aristófanes.

Uno de los focos de la novela se posa sobre dos protagonistas, las jóvenes atenienses Glicera y Caris (como si dijéramos “Dulce” y “Encantadora”). El otro foco está en Lisístrata (“La que deshace ejércitos”) o, más bien, en la primera representación de esta pieza de teatro en Atenas en el 411 a. C. Como se sabe, la obra Lisístrata expone el siguiente argumento cómico: las mujeres de Atenas y Esparta hacen un pacto entre ellas para no acostarse con sus esposos en tanto éstos no firmen la paz entre las dos ciudades. (¿Qué pasaría en México si las mujeres de los narcotraficantes hicieran lo mismo?). Este es el único recurso que consigue la firma de los tratados entre Atenas y Esparta.

Por un lado, Barbero glosa con asombroso efecto cómico (y aquí el trabajo de la traductora al español se revela encomiable) todo el desparpajo escatológico que mana a chorros de ese genio que es Aristófanes, haciéndonos entender –como si estuviéramos sentados en las gradas del teatro de Atenas– los alcances políticos que tenía este comediante y la función eminentemente crítica que la institución del teatro ejercía en la democracia. Por muchísimo menos hoy se practicaría la censura. La libertad de que se valía Aristófanes para burlarse de los potentados de su propia ciudad frente a los ciudadanos acaso no tenga parangón en la historia, según se ha dicho muchas veces.

Por otro lado, mientras la representación de Lisístrata tiene lugar en la novela, las dos protagonistas –hijas de ciudadanos atenienses, por tanto mujeres libres, pero desprotegidas por la pobreza de sus padres– son víctimas de un grupo de muchachos ricos. En una palabra, la novela describe a lo largo de cerca de cien páginas el episodio de violación más largo que recordemos en la literatura. La estructura de la novela se desarrolla así: de los 24 capítulos, la mitad están dedicados a la desgracia de Glicera y Caris que sucede el mismo día que la representación de Lisístrata en el teatro, que ocupa los otros doce capítulos. Ambas historias están intercaladas, de modo que a un capítulo sobre las muchachas sigue otro sobre la representación de Lisístrata. Este ritmo, que pronto se vuelve predecible, permanece inquebrantable hasta el final. ¿El efecto? Pasar de la angustia (“el temor y la piedad” aristotélicos) del episodio de la violación, a la carcajada por la trama de las mujeres que cierran sus piernas para torturar a los soldados que se lamentan y pasean sus enormes falos de utilería a punto de reventar en medio del escenario.

Alessandro Barbero nos ofrece, al mismo tiempo, una tragedia y una comedia. Se trata de dos escenificaciones de la sexualidad: la primera pone de manifiesto el machismo y prepotencia de los ricos, pero también la ingenuidad y torpeza de las muchachas que suspiraban por sus vecinos acaudalados y patanes, así como el abandono de los padres de ellas y ellos; y la segunda, un feminismo inusitado que pone en jaque los presupuestos y prejuicios de la ciudad, aunque sea en el dominio ficcional.

La novela se resuelve con la intervención de lo sobrenatural: sueños, premoniciones y palpitaciones que mueven a los interesados a perecer o a sobrevivir. En esto, Barbero es fiel al mundo descrito por Tucídides. No se trata del recurso del Deus ex machina que viene milagrosamente a resolver la trama, sino del muy humano ámbito donde la realidad se tiñe de intuiciones que llevan a los personajes a seguir su corazón y acertar. Tal es el caso de la esclava Andrómaca que llega a tiempo para salvar la vida a Glicera y Caris. Las muchachas logran escapar de ser asesinadas por estos “mirreyes” atenienses (casi los vemos saliendo de la escuela privada con sus túnicas abiertas, su acento ridículo e inhalando la cocaína de la época), mientras los padres de ellas denuncian ante la Asamblea el crimen no de los pequeños monstruos y terroristas, sino de sus padres, los viejos oligarcas y conspiradores que educaron en la estupidez y la tiranía a sus hijos que, para colmo, amenazan con crecer y cooptar los puestos políticos. Por supuesto, esta trama privada apela a la ciudad entera, que se debate justamente entre el vicio y la virtud pública.

–¡Yo acuso, y mi hija acusa, yo aquí soy su procurador, mi testimonio es el suyo! ¡Yo acuso a quienes enseñaron a aquellos tres que, dos vírgenes, libres, hijas de hombres libres, pueden ser tratadas como esclavas porque sus padres son pobres!–

Entre la muchedumbre había tenido lugar un repentino cambio. La arrogancia de los ricos la sufrían todos los días, y desde que había democracia no había cambiado para bien; de hecho, tal vez había empeorado. Las cosas que ya no podían decir en voz alta los ricos las decían en sus propias casas con mucha más maldad que antes, esto lo sabían todos.

  • Alessandro Barbero, Mujeres atenienses, trad. Teresa Ramírez Vadillo, México, FCE, 2025, 261 pp.

David Noria

Poeta y ensayista. Maestro en Historia de la Filosofía Metafísica por la Universidad de Aix-Marsella. Su último libro es Bajé ayer al Pireo. Estudios helénicos (Bonilla Artigas, 2025).

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Publicado en: Ciudad de libros

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