El tercer largometraje de Brandon Cronenberg, hijo del afamado director David Cronenberg, es una mordaz crítica al consumismo turístico estadounidense. Entre los pliegos de una historia de horror y ciencia ficción, se esconde un retrato despiadado de la violencia de los resorts, con todos sus exotismos. En este ensayo, se exploran las dinámicas de la película para tratar de entender con ella el retrato grotesco de un mal cotidiano.

I
Una pareja desangelada se despierta en un resort. James Foster (Alexander Skarsgård) es un escritor frustrado que busca un poco de inspiración en esta parte indefinida del mundo, enclaustrado entre las agotadoras actividades de las cenas ambientadas con música típica de la región y el brunch del siguiente día. Em Foster (Cleopatra Coleman) es la hija de un magnate editorial que se casó con un escritor para hacer enojar a su padre. Se aburren. Él cada vez es más distante.
Un día conocen a otra pareja, Gabi y Alban. Él dice ser arquitecto (Jalil Lespert), ella es actriz de comerciales (Mia Goth). Una actriz seductora que se dedica profesionalmente a fingir ineptitud. Actúa la torpeza para vender soluciones. Como la persona en un infomercial que te vende baberos demostrando, con toda naturalidad, que no puede comer un cereal sin derramárselo encima. La actriz parece estar fascinada por el escritor. Se lo dice. Es la caricia al ego que tanto había buscado James: de pronto, se siente visto. En un viaje a una playa prohibida fuera del resort, Gabi discretamente lo masturba. Él recupera su erección, su orgasmo, el deseo de otros: vuelve a sentirse como un hombre. Lo que eso significa, pues.
De regreso del viaje, atropellan a un campesino. No era legal que salieran del resort. El escritor manejaba ebrio. Va a parar a la cárcel. Lo condenan a muerte. El juicio parece expedito y, más que nada, burocrático. El brutalismo del cuartel, los uniformes y el proceso recuerdan vagamente una exrepública soviética. No escriben en cirílico, sin embargo tienen un alfabeto que parece más cercano al Códex Seraphinianus. Crece el misterio.
Hay una alternativa a que lo ejecuten en la plaza pública. Él tiene dinero. Bueno, su esposa tiene dinero. Y ahí, en el cuartel, hay un cajero. Por una considerable suma —que no es tan considerable desde su perspectiva— puede evitar el castigo. Pero hay una condición legal: debe asistir a la ejecución de un clon exacto de su persona, con los mismos recuerdos y el mismo conocimiento. La cosa se pone más extraña.
Después de la ejecución, algo cambia. El escritor es diferente. Su esposa está horrorizada, pero él parece haber despertado. ¿Tal vez esta era la inspiración que buscaba? ¿Tal vez ahora que se vio morir, ya puede verdaderamente empezar a vivir?
II
Infinity Pool empieza en negros. Escuchamos el sonido reconocible y familiar de una pareja despertándose. Pero también hay algo extraño, irritante e incomprensible. Empieza una conversación susurrada sobre palabras sin sentido que él dijo, sonámbulo, antes de despertar:
“¿Ya te alimentaste de la muerte cerebral de arena blanca?”
La frase no tiene mucho sentido. La pareja sale de la oscuridad: ella abre la ventana, entra una luz de sol turbia y entendemos que están en el cálido ambiente de un resort. Cálido, puntuado, delimitado. Es un lugar seguro, un recinto vigilado, al que no se puede acceder y del que sólo se puede salir en tours guiados. Te llevan de la mano para conocer el sabor local en el más típico restaurante chino de Europa Central. Y ya. No hay nada más allá del hotel; un lugar pautado por horas monásticas de desayuno, comida y cena, entretenimiento, esparcimiento, tiempo libre que, a veces, por pagar más, es menos libre.
Cuando vemos más del complejo, Brandon Cronenberg insiste en desestabilizar la familiaridad del lugar. Se niega a presentarlo como algo relajante o cercanamente natural. Las grúas que retuercen los planos holandeses hasta el borde del vómito son insistentes y ya no incidentales —como en Possessor en donde podían, tal vez, señalar la desintegración mental de la víctima/victimario. La arquitectura prístina aparece volteada, torcida, como si escondiera algún significado jeroglífico entre sus ángulos.
Y luego los primerísimos planos y los planos detalle que, como el jitomate de Robbe-Grillet, utilizan la descripción neurótica y matemática para causar náuseas. Los planos son tan cerrados que se vuelven abstractos. Esta no es la sensualidad de la piel como dibujo abstracto en el cine de Claire Denis, por ejemplo. Hay algo aquí enfermizo e insistente en los detalles de manos y dedos, ojos tras cristales oscuros, camisas de lino, barba rala, labios hinchados de silicona.
Cuando tenemos un respiro de planos holandeses de cabeza y de primerísimos planos geométricos, Cronenberg pasa, sin la mínima advertencia, a imágenes de rostros deformes, ojos perdidos, caras que se bifurcan y se derriten. Son las máscaras del grupo de música folklórica que ameniza el ambiente mientras los turistas sorben mimosas y dejan sobras de hot-cakes en los platos retacados del buffet.
Todo causa una sensación de malestar que va creciendo. Algo está podrido. Algo que, sin embargo, no disrumpe el orden, un límpido higienismo, una perfecta simetría; algo que se inserta ahí, entre las grietas. Un malestar en lo familiar, en lo seguro, en lo que está dentro del enrejado protector que quiere prohibir toda influencia externa. La misma experiencia de paredes blancas, acabados implacables, flares gélidos y espacialidad abrumadora que Karim Hussain ha logrado en todas las películas de Brandon Cronenberg.
La sensación se corona con algo ineludible en la música extradiegética. Es como si nuestra experiencia del lugar, como espectadores, fuera íntima. Con la banda sonora y la puesta en escena, sentimos acechar algo ominoso que los personajes viven sin todavía poder ver. Los drones abrumadores del compositor Tim Hecker arañan un subconsciente compartido y crean un ambiente de extrañeza perturbador. La butaca sirve aquí para que te retuerzas.
Sol, playa y camastros, belleza geométrica y fealdad en dosis homeopáticas: todo lo acogedor es aterrador; lo espontáneo está fríamente calculado, y el placer se desdobla en sufrimiento.
Este, definitivamente, es el paraíso.
III
La gente de Li Tolqa celebra ritos de paso, de muerte y renacimiento, como es normal en culturas primitivas que sirven para divertir a los miembros de culturas avanzadas mientras se retacan de waffles con maple y tocino vegano. Por supuesto, los locales están ahí para hacerlos sentir superiores: lo primitivo es el otro. Por supuesto, tienen que ser fácilmente distinguibles. Los músicos traen máscaras de rostros deformes. Se permiten la fealdad como un despliegue de alteridad. Aquello que les es absolutamente ajeno a los visitantes perfectos que hemos observado, maniacamente, en planos detalle cutáneos.
El problema es que, bajo las máscaras, los habitantes de Li Tolqa son prácticamente iguales a los huéspedes. Que no se malentienda: son otros. Son Los Otros. Pero, cosa que no sucede en muchos resorts del mundo, los locales son blancos. Vaya problema.
La diferencia tiene que hacerse de otra manera. Los locales portan entonces una pequeña marca bajo los ojos: dos rayas pintadas que señalan, en todo el espacio seguro del recinto turístico, quiénes pertenecen a qué periferia. Y así se articulan, con un símbolo mínimo, las lógicas de inclusión y exclusión que ofrecen alegremente todos los resorts. Este, en particular, custodiado por militares, con rejas y alambre de púas que mantienen la pobreza del país a distancia. ¿Qué sería del paraíso si no pudiéramos entrever los bordes pestilentes del infierno?
Cuando las dos parejas se escabullen del complejo para visitar una playa prohibida por las reglas del hotel, ven de reojo la pobreza junto a la más hermosa locación costera. En la playa en la que van a tomar vino y asar salchichas hay algunos coches calcinados, recuerdos de una guerra pasada y un abandono presente. Todo coronado por el hecho de que esta película fue filmada en Croacia: un lugar paradisiaco que hace no muchos años vivió masacres étnicas. Uno de esos genocidios que sí le importan a la cultura antopocentrista occidental, porque, como Aimé Cesaire apuntaba con el Holocausto, fue un genocidio de blancos por blancos. Vaya problema.
La pobreza de Li Tolqa, su despótico gobierno de tradiciones y venganzas de sangre —que recuerda la Albania más violenta y romántica de Kadaré en Abril Quemado—, son incidentales para los turistas más arriesgados; aquellos que están dispuestos a aventurarse más allá del cerco protegido del resort. Aun así, el riesgo de la diferencia cultural es una distracción más, como unos músicos con máscaras grotescas. La violencia es un trasfondo que se puede ignorar en un picnic. La justicia local es algo que se puede subvertir con dinero.
El turista que violenta los límites del resort, que se aventura más allá en el país, que se adueña de las máscaras ceremoniales, de las drogas tradicionales, de los ritos de sangre en la justicia local, no se adentra en la cultura, ni sufre las consecuencias que los habitantes del país sufren por sus transgresiones. Todo para ellos, como los paisajes y los camastros, es una comodidad que se toma y se deja a voluntad. La vida de los otros es un mero capricho para la revelación personal. Tal vez aquí un escritor puede encontrar su verdadera inspiración sin mucho riesgo. O su hombría sin mucho desliz. O su muerte sin verdaderamente morirse.
VI
Una mañana, la actriz Mia Goth leyó el guión de Infinity Pool y quedó fascinada con el personaje de Gabi y sus matices. Porque Gabi es un personaje dentro de otro. Es una incógnita que se proyecta como vehículo del deseo masculino. Se transforma constantemente a raíz de lo que necesita de ella el personaje de James. Pasa, así, con absoluta inmediatez, de la sensualidad a la violencia, de la crueldad al confort materno.
Es la mujer seductora que acaricia el ego masculino del escritor. También es la que lo humilla y sobaja. Es ella, finalmente, la que lo hace nacer de nuevo. No nada más en la representación de La Piedad cuando le da a beber sangre de su seno. En ella se proyecta la frustración masculina del escritor fallido. No es ella la que crea los papeles cambiantes que interpreta; Gabi es sólo el vehículo de la frustración de James y su necesidad de ser visto, deseado, cuidado y admirado. Una madre, un objeto de deseo y de odio.
En ese sentido, la crítica de Infinity Pool se vuelve más compleja. No se trata nada más de una reflexión sobre la depredadora actitud del turismo norteamericano, sino del vacío que traduce. La realización espiritual con el uso de drogas, el juego del tabú y la transgresión es una hipocresía desesperada. Porque, en el fondo, estos personajes solamente bailan alrededor de carencias y representaciones fantoches de roles sociales que no escogieron y que no pueden dejar de interpretar.
VI
Cuando despiertan el escritor y su pareja, en esa escena a oscuras, flota la frase que dijo él entre sueños:
“¿Ya te alimentaste de muerte cerebral de arena blanca?”
Y ella le pide que vayan al buffet.
Ahí está la cuestión. Los dos tipos de seres que van a alimentarse de muerte cerebral de arena blanca a un complejo turístico se dividen entre los que cumplen la regla del buffet, como ella, que sólo quiere vivir esta ridícula experiencia sin cuestionarla; y el otro tipo, mucho más peligroso, que quiere transgredirla para buscar una identidad.
El escritor busca la otra experiencia, lo prohibido, lo que va más allá de los límites del resort, de su matrimonio, de la sociedad que habita. Por eso busca un espacio en donde todo se puede. Para que los ricos encuentren su camino, hasta el asesinato es un parque de diversiones. Lo que pasa en cualquier lugar del mundo otro que mi casa se queda en la deliciosa interpretación voraz que hago de tu cultura.
Los más peligrosos turistas son los que utilizan, sin ningún riesgo ni consecuencia, las costumbres locales, las culturas a las que se aventuran superficialmente, las leyes endebles y corruptas de los países que visitan para fabricarse un exótico patio de juego. Luego, la temporada se acaba y regresan de su catarsis al lugar de origen para respetar reglas y exaltar nacionalismos. Las temporadas se repiten hasta que el concreto y la decadencia acaban con los paraísos tropicales. Descanse en paz Cancún.
Todo el juego de la película está en la idea de la alberca infinita [infinity pool]. Un trompe l’oeil de arquitectura de balneario adinerado que sirve para hacer sentir al turista que se enfrenta a la infinidad del mar mientras está en los confines bien delimitados de una alberca. Porque es un oxímoron. La alberca sólo puede encarnar un infinito fingido, pretender de la manera más creíble que el agua clorada es la misma que moja, irascible, la costa.
Esta no es ciencia ficción dura, sino una bastante evidente alegoría social. No es que Brandon Cronenberg esconda sus alegorías. Pero aquí la idea está a flor de piel e incomoda por su evidencia. La perversidad de la alegoría está en su inmediatez. Porque estos gestos de violencia cotidianos representados en símbolos los hemos visto todos, tal vez muchos de nosotros los hemos practicado. Este vacío también lo hemos sentido.
El escritor que se queda en un camastro mientras llueve, fuera de la temporada alta, abandonado, es un ser desesperado que ya no tiene nada más a lo que regresar. Toda su identidad fue el viaje transformador del resort y sus placeres prohibidos. Más allá, en la normalidad normada, no es nadie y no es nada. El tipo solo, viendo llover en un camastro, es la imagen trágica y patética de quien lo tiene todo y no puede más que llorar su vacío. Condición contemporánea, desintegración de cualquier vínculo real por el poder adquisitivo, maniquíes en vida. Y lo interesante es que es un escritor, esa figura fetiche de la cultura occidental, que no tiene absolutamente nada que decir. Siempre creyó que podía ofrecer algo más. Se creyó el cuento de la inspiración. Pensó que, tal vez, si exploraba el camino del autoconocimiento, encontraría el verdadero valor que siempre supuso que tenía, algo trascendental, algo único para entregar a la humanidad.
Al final de Spring Breakers, Harmony Korine pone a sus protagonistas yendo hacia el ocaso en un Maserati después de haber engullido toda la cultura gangster en la vivencia real y miserable de San Petersburgo, Florida. Aunque las dos películas retratan el depredador imperialismo cultural blanco de Estados Unidos, aquí no hay un camino hacia el ocaso. En ese sentido, Cronenberg es más optimista que Korine. El final de Infinity Pool es esperanzador desde que invierte en la desesperación de su personaje. No hay retorno para James porque, de alguna forma, entendió su vacío. Es un héroe estúpido —como la mayoría de los héroes—, pero obtiene una redención desangelada: al menos él se dio cuenta de su estupidez.
Nicolás Ruiz Berruecos
Editor y crítico de cine