I
Ya es un año siniestro para el cine: 2022 se llevó a Jean-Luc Godard, uno de los genios del arte cinematográfico que lo elevó a la categoría filosófica del pensamiento. Como se trata de Godard, hay que reacomodar la frase: Jean-Luc se llevó a Godard, decidió, a través del suicidio asistido, que ya era hora de morir. Su muerte se siente como la muerte de Hitchcock o Fellini, tremendos titanes que también modificaron nuestra forma de mirar. El cine ya pensaba antes de Godard, pero a partir de él se piensa a sí mismo y reflexiona sobre sus posibilidades y síntomas, sobre las señales o indicios de lo que está sucediendo o va a suceder; para el francés el cine tiene la potencia y complejidad de las artes: hacer visible lo invisible. ¿Al cine qué le queda sin Godard?
II
Ahora tan desprestigiada y desperdigada, Godard consideró a la crítica como una forma de creación. De 1956 a 1959 Godard escribió en las páginas de Cahiers du cinéma sobre Frank Tashlin, Hitchcock, Nicholas Ray, Ingmar Bergman, Anthony Mann, Douglas Sirk, Fritz Lang, Boris Barnet, Roberto Rossellini, Jean Renoir y Jean Rouch. El artículo más destacado que firmó para los Cahiers fue “Defensa e ilustración del desglose clásico”. Godard, que con sus escritos desafió a André Bazin, uno de los fundadores de la revista, llevó la crítica al terreno de la realización fílmica tanto en términos narrativos como formales, cuestionó las convenciones del lenguaje fílmico hasta el final de sus días. Ejemplos sobran: el viaje en coche sin continuidad de Jean Seberg y Jean-Paul Belmondo en Al final de la escapada (1960), el inicio de El desprecio (1963), en el que los créditos del filme se oyen, o la producción “descuidada” de Alphaville (1965). Incluso sus célebres palabras al asegurar que toda obra tiene un inicio, una mitad y un final, pero no en ese estricto orden. Como muy pocos, Godard le sostuvo la mirada al cine.

III
Cada quién tiene su propia historia con Godard. Esta es la mía. Me tocó ver en salas cuatro de sus películas en estreno: Nuestra música (2004), Un filme socialista (2010), Adiós al lenguaje (2014) y El libro de imágenes (2018). Tan diferente de otros, ver su cine en la oscuridad de la sala, a veces con mucha o poca gente, siempre fue una gran experiencia. Recuerdo haber abandonado la proyección de la primera película. No entendía nada. Es probable que haya decidido salir a fumar a Reforma, cerca de donde estaba el cine Lumière. Años después, ya sabiendo quién era Godard, vi Un filme socialista, del que retengo a unos personajes que hablan en la cubierta de un barco enorme y de los que es imposible seguir sus cavilaciones porque el ruido ambiente distrae. Recuerdo con emoción el vertiginoso y entonces inédito efecto en 3D que logró Godard en Adiós el lenguaje y cómo la proyección fue un gran acontecimiento en el que coincidimos muchos amigos. La mejor memoria de una película suya es la de su último largometraje: ¡el público salió a pedir a los empleados del cine que repitieran la película porque se regresaba y luego se adelantaba sin que nada se pudiera comprender! Con lo que ocasionó Godard yo estaba fascinado.
III
Mi película más querida de Godard es, sin embargo, Il nuovo mondo. Inserto en el filme coral Ro.Go.Pa.G. (1963), este cortometraje abrió una senda desconocida. Por esa época conocí el cine de Antonioni, a quien Godard entrevistó un par de veces en su faceta de reportero. Conmueve la historia de un hombre que asiste al derrumbe de su relación amorosa, que constata con horror una mañana durante el desayuno, mientras lee en el periódico que un desastre nuclear es inminente, que todo se puede acabar en cualquier momento sin que algo se pueda hacer. Lo inevitable. Godard transmite estos miedos, que alteran la percepción del personaje principal, a través de la supresión de la imagen sonora en acciones nimias como la cuchara que disuelve el azúcar en la taza o el sonido al voltear la página del diario; se produce un extrañamiento de la realidad una vez que ha dejado de escucharse lo insignificante. También algo cambió en mí, había entrado a una nueva dimensión de la imagen.
IV
Con los años tomé un curso sobre Godard en 17, Instituto de Estudios Críticos en el que revisamos El soldadito (1963), La china (1967) y Nombre: Carmen (1983). Por iniciativa propia vi Pasión (1982), que me deparó nuevas sorpresas. En esta cinta un director de cine polaco está haciendo una película que se detiene por problemas de presupuesto. Hanna Schygulla, la actriz favorita de Fassbinder, e Isabelle Huppert, una de las actrices predilectas de Chabrol, tienen roles inesperados, son dos mujeres de la clase trabajadora: la primera labora en el hotel donde se hospedan los trabajadores del filme y la segunda es una obrera que enfrenta problemas por sus actividades sindicales. Pasión desglamuriza el cine y lo presenta como trabajo desgastante, a contracorriente de la nítida ilusión hollywoodense, enturbiando más el discurso que la narrativa, de carácter digresivo. Me pregunto en qué quedó la película que Godard quería filmar sobre los “chalecos amarillos”, el movimiento de los trabajadores franceses no representados por sindicatos de 2008.
V
¿Quiénes están siguiendo los pasos de Godard en el cine actual, quiénes están haciendo crítica a través del cine y qué sentido tiene esta con la profusión de obras más enfocadas en crear contenido que en experimentar con la forma? ¿Quién excava ahora en la memoria audiovisual mediante un procedimiento arqueológico godardiano que entrelace cualquier tipo de texto? De momento, imposible responder. Godard mostró que el cine son imágenes, a veces sueltas, a veces parte de un montaje, que nos permiten pensar la historia de la humanidad, sus deseos y misterios, sus pulsiones y fobias, todo lo que se puede esconder y ver, por ejemplo, en el fogonazo de la mirada de Joan Crawford en Johnny Guitar (1954), una mujer en llamas, rebelde, imagen a la que recurrió en El libro de imágenes que quizá resume la furia de una época, la nuestra, que parece que lo ha visto todo. Es una ilusión: ante la monumental obra de Godard no hay duda de que nos falta tanto por ver. ¡Viva Godard!
Carlos Rodríguez