
Hubo una época, lejana y feliz, en que leía durante horas. Los escritores ingleses eran los que más me interesaban. Por supuesto, Virginia Woolf era y sigue siendo mi autora más significativa. Hace un par de años releí Mrs. Dalloway en mi edición de Penguin de 1971, subrayada y llena de notas.
La señora Dalloway se publicó el 14 de mayo de 1925 en la Hogarth Press, la editorial que fundaron Leonard y Virginia Woolf en 1917. La historia trata de un día en la vida de Clarissa Dalloway, justo durante el período de entreguerras. Asunto de relevancia porque la Gran Guerra fue un antes y un después en la vida de todos los europeos. Hay otro aspecto: James Joyce intentó publicar el Ulises en la Hogarth Press pero Leonard y Virginia no pudieron imprimirla por las prohibiciones al lenguaje obsceno en Inglaterra.
El Ulises trata de un día en la existencia de Leopold Bloom, que atraviesa por varias aventuras en 24 horas, como un Odiseo del siglo XX. Joyce lo publicó en 1922, a los 40 años en la editorial de Sylvia Beach, la famosa dueña de la librería parisiense Shakespeare and Company. Virginia Woolf escribió de forma elogiosa sobre el Ulises en su ensayo “Modern Fiction”. Junto con Woolf, Joyce y Marcel Proust, a través de En busca del tiempo perdido, se formó la tríada de novelistas que impusieron la gran novelística del siglo XX. Pero volvamos a Mrs. Dalloway.
Clarissa Dalloway, esposa de un miembro del Parlamento, sale una mañana de su casa en Londres para comprar flores. Corre el mes de junio. En la noche tendrá cena en casa. La vida urbana se exhibe mientras Clarissa, una mujer de clase social alta, piensa en su pasado y da paso al libre fluir de la conciencia. La vida de la mente y los recuerdos se entretejen, aunque la historia se centra en que la señora Dalloway organiza una reunión, mientras su mente establece múltiples diálogos con el pasado y con el hoy.
Los periplos hacia otros años de su vida y acontecimientos últimos, como el suicidio de Septimus Warren, un veterano de clase trabajadora traumado por los horrores de la Primera Guerra Mundial, guardan similitudes con la propia Clarissa, mujer de mediana edad que no ha vivido en carne propia la guerra pero que con sus evocaciones da paso a temas como el colonialismo –representado en la figura de Peter Walsh, quien antes la pretendía y está por regresar de la India según calcula ella. Al margen del ir y venir de los pensamientos de Clarissa se narra la situación de Septimus Warren Smith, que barrunta su suicidio. La misma Virginia Woolf se suicidó el 28 de marzo de 1941, en plena Segunda Guerra Mundial. Según escribió en la nota de adiós a Leonard Woolf “no soportaba oír voces y no podía concentrarse”. “No creo que dos personas podrían haber sido más felices (se refiera a ella y a Leonard, claro) hasta que llegó esta terrible enfermedad. No puedo luchar más contra ella”.
Su sobrino Quentin, hijo de su hermana la pintora Vanessa Bell, escribió la extraordinaria biografía Virginia Woolf, aBiography (1972). En ella supone que el mal de su tía era un trastorno bipolar y que debió alterarla sobremanera en diversas instancias de su vida.
Sin embargo, Mrs Dalloway no se enterará del suicidio de Septimus –al que no conoce y cuyas vidas se emparejan sólo en la narración– sino hasta la noche: uno de los invitados a la cena, el doctor Bradshaw, menciona que un paciente se ha suicidado esa misma tarde tirándose por una ventana, antes de que lo internaran en un hospital. Clarissa se conmueve con esta muerte y especula sobre el suicidio y lo entiende como un acto de valor.
Otros personajes importantes para Clarissa surgen en el fluir de la conciencia; desde luego, su marido, político conservador, buen hombre y un poco lejano e inexpresivo. Con él, Clarissa mantiene un matrimonio bien avenido y por algo lo eligió a él, en lugar de Peter Walsh: con él crearía un lazo de solidez, de seguridad, pero esto también la hace dudar de si se traicionó a sí misma.
En su recorrido por aquel día de junio la señora Dalloway trae a colación a su amiga Sally Seton, a quien veía mucho en la casa de verano en Bourton. Sally fumaba, caminaba descalza, leía libros y opinaba de asuntos políticos. Clarissa la admiraba por todo eso. Le viene a la memoria el momento feliz en que se besaron. ¿Hay indicios de una relación lésbica entre ellas? Quizá, después de todo la inclinación hacia las mujeres estuvo presente en la vida de la Woolf. Concretó una relación con Vita Sackville-West, una escritora aristócrata casada con el diplomático Harold Nicolson.
Vita fue una mujer excéntrica, cualidad fascinante para los ingleses, en especial para Virginia, y abiertamente bisexual. A partir de la relación que sostuvo con ella, Woolf escribió su fascinante novela Orlando (1928). Orlando es un aristócrata inglés que una mañana despierta transformado en una mujer y vive 300 años. Recuerdo muchos pasajes del Orlando; desde luego cuando descubre que ha transmutado en otro sexo y, antes, cuando Londres, durante un frío invierno, se transforma en una pista de patinar.
Mrs. Dalloway es una novela introspectiva que nos espejea. Nuestras vidas transcurren al mismo tiempo que el libre fluir de nuestras conciencias, que nuestro monólogo interior, en absoluta atemporalidad. Todo coincide en ciertos momentos de un mismo día: conflictos, amores, esperanzas, arrepentimientos, años anteriores y demás. La vida interior es tan real como el mundo exterior. Al igual que Clarissa Dalloway invocamos episodios pasados que se inscrustan de pronto en el presente.
Novela clave en la literatura del siglo XX, Mrs. Dalloway trata una jornada común y vincula importantes reflexiones sobre la existencia, la muerte, la represión, la enfermedad mental, acaso la trasgresión y, también, lo trivial. Ilusiona releerla cada vez que se puede.
Anamari Gomís.
Escritora, académica. Entre sus libros, La portada del Sargento Pimienta (1994), Los demonios de la depresión (2008), Ya sabes mi paradero (2002), El otro jardín del Edén (2019).