¿Alguien ha incumplido ya sus buenos propósitos para el año nuevo? Para arrancar el 2024 con sus anhelos de salud, este ensayo inspecciona con humor ese lugar de las buenas voluntades: el gimnasio. Un espacio que reúne la hediondez, el culto a la imagen y el encuentro entre una variedad de criaturas extraordinarias.
I
Las vacaciones navideñas han dañado mi figura; de ser ovalada, pasó a ser redonda. Un día hace unas semanas me vi en el espejo y me di cuenta de que el estado de hibernación ya había dejado su huella en mi cuerpo. Mi abdomen, más blando de lo habitual, se desbordaba. Con temor evadía cosas que antes de las fiestas eran cotidianas, como vestir una camisa, pues la tela se estrechaba en la anchura de mi espalda y del pecho. Apretaba. Me cortaba el aire. Un botón de camisa se vuelve una gota que no deja de caer en el lavabo: está ahí para no dejarme en paz, para no dejarme dormir tranquilo, para recordarme que algo necesita atención. No me preocupaba tanto el aspecto de mi cuerpo como el corto aliento al caminar y mi incipiente sudoración al levantarme de cualquier asiento. Todas las noches sentía que compartía mi vida con una entidad que conocía bien: el fantasma de mi flacura me miraba desde un rincón de mi recámara con ojos inquisitivos. ¿Cuándo perderé esta capa gruesa de carne? Con estas ideas salteadas, una noche me levanté de la cama y caminé al refrigerador a buscar el consuelo que pudiera depararme.
En medio de la penumbra, la puerta del refri abierta lanzó un haz de luz. Siempre he pensado que el refrigerador debe ser un lugar limpio y bien iluminado. Promete esperanza, posibilidades. Con ese convencimiento, vi una natilla huérfana en una esquina. Entonces me di cuenta de algo que me hizo revirar: en cuanto me agaché para agarrar la natilla, el vientre me estorbó. Y no sólo eso, la sangre en mis venas empezó a fluir con dificultad y el pecho me latió con ímpetu. Dejé la natilla donde la encontré. Cerré la puerta del refrigerador. En la oscuridad, vi al fantasma de mi flacura:
─Okey ─le dije, sin mirarlo─, el lunes me inscribo al gimnasio.

II
Es lunes. Gel desinfectante. Inserto la tarjeta de débito. Un segundo, dos segundos: aprobada. La muchacha del gimnasio —“Selene” dice su gafete— me regresa la tarjeta. Me explica los términos y condiciones de la inscripción. Los horarios y los días. Firmo. Pero sólo garabateo, pues el reflejo de su playera color marcatextos me deslumbra y apenas alcanzo a ver algunas letras hormigueando en el papel. ¡Bienvenido! Me invita a tomar el tour por las instalaciones, como si se tratara de un recorrido turístico por alguna zona arqueológica. Camino detrás de ella, mientras me señala una y otra máquina; procuro que mi asombro no parezca falso: hacer de mis muecas y ademanes un elogio tácito.
─¿A qué hora piensas venir? ─me dice Selene con voz de entusiasmo, pero con ojos de indiferencia.
─Supongo que a esta hora─ digo sólo por decir algo.
─¿Te quedas a entrenar ahorita?
¿Entrenar? Hay palabras que intentan disminuir la importancia de ciertos actos. Todos las conocemos bien; las usamos para lavar nuestras responsabilidades. Pero la palabra entrenar se va al otro extremo: glorifica el hecho de no quedarme en casa. Usar la palabra entrenar para designar el hecho milagroso de que me estoy moviendo (y no sólo de la silla al refrigerador).
─¿Jesús? ─dice Selene, de nuevo, cuando me ve distraído.
No había pensado en quedarme; no era mi intención. En el espejo de pared, me veo en shorts; es verdad, parezco preparado para “entrenar”. Lo que no sabe Selene es que llevo tres semanas usándolos. La razón es obvia: sus resortes no me juzgan tanto como la mirada que me está lanzando ella.
─Supongo que sí─ contesto sin un gramo de convicción. Ni modo.
III
Agarro unas pesas. ¿10 o 7.5 libras? Ambas parecen excesivas para la flacidez de mis brazos. ¿Por qué las pesas estarán en libras y no en kilos? ¿Será por necesidades fisiológicas, por su acostumbrado peso imperial o porque las fabrican los yankis? Mejor agarro las de 5 libras. Si no recuerdo mal mis clases de primaria, deben ser algo así como dos kilos. Poco a poco iré cargando más. Ya con las pesas en las manos, no supe si sentarme o quedarme parado. Miré a otras personas: vi que, al parecer, la manera correcta de cargar pesas es estando de pie, mientras uno se mira al espejo. ¿Como para qué verme al espejo? No es que los músculos estén creciendo en el momento exacto en que cargo las pesas, ¿o sí? Pero las personas ni siquiera ven sus músculos. Lo más extraño es que se ven a sí mismos a los ojos. Se trata de un trance. Hay lumbre en esa mirada. Es un diminuto instante de eternidad.
¿Cómo entenderlo? Es probable que la metáfora de Narciso enamorado de su reflejo ya esté muy manoseada; algo más contemporáneo y tal vez más banal es la comparación con esas escenas empalagosas de películas en las que dos personas se miran y quedan hechizadas para toda la vida. Sabemos bien que esas cosas no suceden de verdad, pero lo que sí existe es el hechizo de sí mismo. Hombres y mujeres se miran al espejo, auto absortos, llenos de sí. Pasa en los gimnasios, todos los días, a todas horas. Quizá algunos psicólogos encuentren interesante hacer sus estudios de campo aquí. Hay mucho material. Me pregunto si Jacques Lacan alguna vez fue al gimnasio y, si llegó a ir, ¿qué habrá pensado? Acaso la falta existencial ─de la que Lacan llegó a hablar bastante─ se vea suspendida al estar frente al espejo en un gimnasio.
Les sigo la corriente. Una pesa en la mano derecha y otra en la izquierda. Un brazo arriba y otro abajo. Entonces, me veo al espejo, listo para sentir el fuego y la suspensión del tiempo. Pero espero y espero y espero y nada. ¿Lo estaré haciendo mal? No hay fuego, no hay eternidad, no hay tregua con mi angustia existencial. Cambio de pesas, de una mano a la otra; quizá sea eso. Pero no. Con fastidio llego a mis veinte repeticiones y suelto las pesas donde las agarré. No tiene caso.
IV
La composición de un espejo me parece tan poética como filosófica. Hace tiempo, vi un mini reportaje en internet sobre cómo se fabrican. Si no recuerdo mal, se trata de un vidrio al que, de un lado, lo cubren con estaño y, del otro, con plata; es en el lado cubierto con plata donde vemos nuestro reflejo. Sin la posibilidad de ver más allá de ese vidrio velado, de ver a través de él, el espejo nos da la ilusión de que somos todo lo que hay. No nos deja ver el mundo que hay fuera porque, según lo que nos muestra, nosotros somos el mundo.
Somos Narcisos cautivos en el palacio de espejos del gimnasio. El palacio del yo.
V
Luego de varios días de compartir el mismo tufillo de humedad y sudor, me he familiarizado con algunos compañeros constantes del gimnasio. No conozco a nadie, ni he platicado con nadie, pero algunas categorías empiezan a surgir, entre el halo de hormonas y resoplidos de los auto absortos. Comparto el siguiente insectario, basado en la mera observación participante:
1) Las abejas reinas son centrales. Son muchachas que han confundido el gimnasio con la playa. Trascienden cualquier idea de fitness o de fashion. Sus indumentarias son diminutas y en casi todos los ejemplares parecen quedarles como una segunda piel apretadísima: saben lo que tienen y se empeñan en demostrarlo y en demostrárselo a sí mismas, pomposamente, una y otra vez. Se alimentan de la baba que producen en todas las demás especies del gimnasio; por ello, el sistema social del gimnasio se organiza a partir de ellas. Se instalan en un lugar allá donde no hay sudor ni hediondez, donde no hay dolor de músculos ni suavidades lonjiles: vuelan por un aire artificial de golosina, deleite y perfume Chanel. Sin importar a dónde vayan, las moscas se les arrastran con sus deseos de dulzor. Las abejas las seducen, les dan cuerda en muchos casos, pero ellas saben muy bien que las moscas pertenecen a otra especie animal.
2) Las moscas son hombres y mujeres que, con una necedad a prueba de balas, forman una nube fétida que se arrastra en torno a las abejas reina. El triste afán de querer ser vistos hace que no conozcan la frustración ni la prudencia. Las mismas moscas saben que son de otra especie, pero deciden ignorarlo y piensan que con ser encimosos la alquimia biológica hará su magia. Pero no pueden estar más equivocadas. El buen juicio no las acompaña y mucho menos una personalidad auténtica.
3) De aquí para allá se contonean los escarabajos mameyes. Su genealogía cucarachil es innegable: existen en todos los gimnasios de todo el mundo y, mientras éstos existan, existirán ellos. Esta categoría está compuesta por un 90 % de hombres. Pero no cualquier tipo de hombres. Como yo, hace años no podían agacharse porque les estorbaba el vientre y, en su intento por recobrar la agilidad, han fracasado. ¿Por qué? Porque ahora les estorban los cuatrocientos cuadritos que tienen en el abdomen y les pesan los tumores de carne que llaman brazos. Hace mucho quisieron estar rodeados de abejas reinas y lo único que consiguieron es formar un club de escarabajos mameyes con playeras de tirantes. Pero está bien, pues así han encontrado la felicidad, que se puede medir con la cantidad de pesas que azotan al día, los decibeles de sus jadeos o la luminosidad del brillo de su piel. Además, es común que lleven una maleta con dieciséis mudas de ropa, pues el alborozo de estar entre otros escarabajos mameyes se les desborda por las venas de los brazos y, en cada risa o carcajada, rompen su playera y van por otra.
4) Los grillos platicadores. Son los que van al gimnasio y actúan como si hicieran algo, pero en realidad no hacen nada. Su presencia es como un ruido constante en el fondo. Son especies poco agraciadas físicamente, pero con una conversación más amena. Tienden a caminar solos entre los aparatos con deseos de pertenecer, pero su orgullo es más fuerte que su cuerpo. Es obvio que apenas se levantan de la cama, van al gimnasio. Hacen su pago en tiempo y forma, pero saben muy bien que lo hacen para ser algo así como un árbol en una obra de teatro. El que firma estas líneas cree ser de esta categoría.
5) Finalmente, las luciérnagas. La palabra luciérnaga es muy bonita como para designar a los indiferentes trabajadores del gimnasio. Si no estuviera hablando de insectos, quizá les diría los marcatextos, pues sus uniformes lastiman nuestros ojos y vuelan de aquí allá, aparentando una razón de ser. Pero no la tienen: acaso un jarrón podría ser más útil e incluso embellecería la entrada al gimnasio.
La exploración sigue en curso. Estos hallazgos están prontos a salir en un paper.
VI
Han pasado ya cuatro semanas. Es de noche. Me lavo los dientes. Me enjuago la boca y me miro al espejo. Sigue sin haber lumbre ni eternidad, pero mis ojeras se han aclarado. Mi papada sigue ahí, aunque ya va haciéndose más pequeña. He perdido tres kilos. Nada impresionante, pero ahí la llevo. Salgo del baño y noto en una esquina del comedor al fantasma de mi flacura. Debería temblar de miedo y pensar con nostalgia y culpa en mi pasado de menos kilos. Pero no. Voy a la cocina y, una vez más, el haz de luz y esperanza del refri se abre entre la penumbra. Brócoli, chayote, espinaca. ¿Qué comeré?
Noto que el fantasma me mira. Me juzga y me insta a agarrar un brócoli. Pero ahora yo lo miro con severidad sarcástica. Hago de lado todas las verduras y tomo la natilla que sigue estando ahí. Los ojos de mi fantasma echan chispas de ira.
─¿Gustas? ─le digo, mientras abro la natilla y hundo la cuchara.
Me mira. Un segundo. Dos segundos. Tres segundos.
─Ta bueno ─dice el fantasma de mi flacura, con su voz de ultratumba.
Advierto que la sangre en mis venas fluye con tranquilidad. Después de unos minutos, el fantasma agrega:
─Mañana un tamalito. Ya toca.
Jesús Quintero
Escritor. Licenciado por la UNAM y maestro por la University College London. Twitter: @jesus_fiz.