Milan Kundera, la libertad ayer y hoy

Despedida personal, esta lectura es un rescate del Kundera ensayista. Destaca la necesidad de leerlo hoy, ante las proclamas correctivas y totalitarias, ante los corsés moralinos que intentan aprisionar el arte.

Leí La insoportable levedad del ser en mi adolescencia. Se me llenaba la boca, como a muchos, pronunciando el título. Vi la película, dije lo que pensé que se tenía que decir: es mejor el libro. La película no capta la esencia. Pero Juliette Binoche, como siempre, magnífica. De ahí fui a otras novelas, en orden cronológico: La broma (1967), La vida está en otra parte (1969) y La risa y el olvido (1979). Después nada. Dejé a Kundera en la preparatoria, lo recordé con cariño. Lo defendí de las críticas que parecían decir: la novela que se vende o que divierte no es literatura. Decían otras cosas más, creo. Pero en el fondo odiaban el entretenimiento. Corrijo: odiaban que a una persona de 16 años no le costara trabajo terminar de leer más de cien páginas. Y que encima no se aburriera. Imposible. A ver, pónganla a leer Los hermanos Karamazov. A que se duerme.

Sea lo que sea, nunca se me ocurrió releer las novelas de Kundera. Me pasó con Hermann Hesse —siento que pasa mucho con Hesse.

Kundera

En segundo o tercer semestre de la carrera, en clase de narrativa del Siglo de Oro español, regresó Kundera, pero esta vez como ensayista. Estábamos leyendo el Quijote: teníamos que saber algo de teoría literaria. La maestra pensó que Mijaíl Bajtín era muy pesado y que leerlo a distancia, en medio de una pandemia, era peor que pellizcarnos un ojo. Nos dejó El arte de la novela (1989). Desde entonces, al Kundera ensayista lo tengo aquí junto a mí, mucho más cerca que al autor de novelas. 

Antes de leer El arte de la novela yo sostenía aquel discurso moralino que, por supuesto y por desgracia, sigue vigente en el mundo. “Claro que no voy a leer a tal o a cual. La ficción compone, sana, arregla. ¡Los escritores tienen una responsabilidad! Comprométanse. La literatura nos salvará. El bien y el mal sí existen. Hay que repensar, reescribir, revisitar, renovar”. En ese absoluto, en esa exigencia, no cabe la novela. Por no decir que no cabe la ficción, la literatura. Parafraseo a Kundera: la sabiduría de la novela (la sabiduría de la incertidumbre) no se comprende en un mundo incapaz de soportar la relatividad esencial de las cosas humanas. Escribir una novela es intentar ver.

El escritor necesita absoluta libertad. Esto lo expuso en la mayoría de sus ensayos, y en su discurso en el Congreso de escritores checos de 1967. En él menciona la famosa carta de Voltaire a Claude-Adrien Helvétius. Voltaire escribe: “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero lucharé hasta la muerte por tu derecho a decirlo”. Kundera concluye «cualquier interferencia con la libertad de pensamiento y de creación, por más discreta que sea la mecánica y la terminología de tal censura, es un escándalo en este siglo. Si nuestro arte ha florecido, es porque existe libertad intelectual». Aunque acabó repudiando el género de la entrevista, en una que dio en 1980 aclara: “no soy necesariamente político. Me equivoco. Sólo soy un novelista que defiende su oficio”. En la misma entrevista lo nombran “disidente”. No está de acuerdo: estar en contra del régimen también resulta panfletario. Reducir todo a la esencia política es un despropósito, el más aburrido de todos.

El panfleto es, en esencia, maniqueo. Pensar en el arte como una herramienta para hacernos necesariamente mejores lo vuelve eso: un registro del pensamiento popular del momento, sobre qué es el bien y qué es el mal para la época. Nos olvidamos de la ambigüedad, de la incertidumbre. No podemos escribir un personaje con matices bajo la lupa de la corrección política, de la censura. En otro ensayo, Los testamentos traicionados (1992), Kundera hace referencia a un pasaje de Gargantúa y Pantagruel (1534),de Rabelais. En el episodio, Panurgo está paralizado por el miedo: una tormenta ha sacudido al barco en el que viaja y él no puede hacer nada más que gritar, gemir y llorar. Cuando la tormenta cesa, Panurgo recobra su valor y juzga a todos por perezosos. En este momento es cuando más queremos a Panurgo. No lo estamos juzgando, no lo colocamos dentro de uno u otro saco, ni lo observamos con una lupa moral tajante. La novela logra eso. “En esos pasajes es donde el libro de Rabelais pasa a ser plena y radicalmente novela, a saber: territorio en el que se suspende el juicio moral. Suspender el juicio moral no es lo inmoral de la novela, es su moral. La moral que se opone a la indesarraigable práctica humana de juzgar enseguida, continuamente, y a todo el mundo, de juzgar antes y sin comprender”.

Breve apéndice: el otro día, en un debate, que realmente tenía poco de debate porque sólo me estaban informando cómo debía de escribir y sobre qué debíamos escribir (las mujeres, por dios), tocamos un tema que me interesa: la literatura está llamada a descubrir. Regreso a El arte de la novela: las novelas que se escriben y siguen un pensamiento totalitario “no ponen al descubierto ninguna nueva parcela de la existencia; únicamente confirman lo que ya se ha dicho; más aún: en la confirmación de lo ya dicho (de lo que hay que decir) consisten su razón de ser, su gloria, su utilidad en la sociedad a la que pertenecen. Al no descubrir nada, no participan ya en la sucesión de descubrimientos a los que llamo la historia de la novela; se sitúan fuera de esta historia”. La mirada del novelista necesita autonomía. Claro que estará atravesada por la realidad que lo rodea; sin embargo, los imperativos aquí no tienen cabida. Nadie debe de escribir nada. La motivación del escritor es, precisamente, suya: una novela matiza tonos, lenguaje, discursos. Cada una de ellas es un espacio para la singularidad, una especie de lectura única del mundo.

Los ensayos de Kundera son un recuerdo constante de que la novela no muere estrepitosamente. No hay noticia de su desaparición: se sale de su historia. Deja de participar en el diálogo, en la tradición. Deja de ser literatura. O bien su muerte,  silenciosa, no es más que una mutación, pasa desapercibida.

Los tiempos de Kundera eran otros: las respuestas a la desobediencia eran, muchas veces, cárcel o exilio. Ya sea La Bastilla, Siberia, Lecumberri, Torrijos, Vincennes: todos indican un claro despojo de las raíces. Una intolerancia a lo que sea que pensaran o escribieran. Había una figura de autoridad: sabías quién tenía o no la capacidad de censurar y reprimir. Hoy, la situación es distinta. El mandato no es escribir obras que apoyen a un régimen: lo obligatorio es crear obras que no ofendan. ¿A quién? ¿Qué lector puede tener el manual de reglas para una literatura sin odio?

Recordar a Kundera hoy me parece especialmente relevante. La corrección política convierte al arte, una vez más, en un instrumento dogmático. La literatura no es ni juez ni maestra. Los ensayos de Kundera recuerdan lo que significa ser un lector. ¿Cómo nos estamos leyendo? ¿Qué queremos conseguir con esta lectura? Si creemos que la novela debe arreglar al mundo, ¿por qué no mejor, en vez de leer, nos volvemos activistas? Buscar que la ficción utilice un lenguaje correcto (para algunos), que promueva el bien (para otros) y tenga personajes esencialmente justos y sin contradicciones es sumamente perverso. Soltemos esa necedad.

El humor, la ironía y la aparente sencillez con las que Kundera trata temas existenciales lograron que sus novelas fueran accesibles para todo tipo de lector. Siempre colocó su obra por encima de él; la amenaza de exilio no pudo con su lucha por la libertad creativa. Sobre todas las cosas, fue un escritor valiente.

En tiempos de corrección y vigilancia, Kundera nos recuerda que el arte debe luchar contra el sometimiento así encarne como hoy en una moral victimista de doble o triple filo. Queridos amigos, para leer y escribir necesitamos coraje. Un coraje parecido al de Kundera, en su arrojo y en su libertad.

 

Paola Cuevas Loubet
Poeta y traductora, edita la revista Bastardilla. Estudió creación literaria en Casa Lamm.