Este 17 de octubre se cumplen cien años del nacimiento del escritor y periodista Miguel Delibes. Valga la ocasión para volver al discurso que pronunció al ingresar a la Real Academia Española en 1975: un alegato sobre la relación del hombre moderno con la naturaleza.
Miguel Delibes es uno de los autores españoles verdaderamente grandes que nos trajo la resaca de la guerra civil. Una nómina que reduzco a muy pocos nombres y en la que él destaca por lo insólito de su apuesta, que no fue tal sino el resultado de unas convicciones muy arraigadas: Delibes se ubicó en la primera fila de la novelística española sin salir de Valladolid, donde nació y murió; no fue, pues, un autor de Madrid o Barcelona, y su hobby, más bien su pasión, no consistió en la contemplación del propio ombligo ni en el despellejamiento de sus colegas; fue la caza (y la pesca).
Después de la Guerra Civil, que vivió enrolado voluntario en la Marina de Guerra, en el crucero Canarias, patrullando en aguas de Mallorca, Delibes regresó a su Valladolid natal y comenzó a colaborar como caricaturista y crítico de cine en El Norte de Castilla, donde años después se desempeñaría como director y tuvo sus más y sus menos con la censura franquista. En abril de 1946 se casó con Ángeles de Castro y es a partir de entonces que alza el vuelo como narrador. (La muerte de su mujer, en noviembre 1974, a los 50 años, fue un parteaguas en la vida de Delibes, nunca se recuperó de esa pérdida).
Desde 1947, cuando ganó el premio Nadal con La sombra del ciprés es alargada, hasta 1998, fecha de la publicación de su última novela, El hereje, su obra abarca más de medio siglo de una dedicación intensa a la narrativa (veinte novelas y nueve libros de relatos), amén de publicar seis libros de viaje, un total de diecinueve volúmenes de ensayos y diez dedicados a la caza: fue un cazador apasionado y que sólo le daba descanso a la escopeta en épocas de veda. A título personal hay tres novelas suyas que me fascinan y son unas buenísimas llaves de entrada al mundo de Delibes: La hoja roja, Las ratas y Los santos inocentes, que fue llevada al cine por Mario Camus en un film casi tan bueno (o tan bueno, sin casi) como la novela, y triunfó por partida doble en el Festival de Cannes.
Pero no es de su dedicación literaria de la que quiero hablar, sino de su vocación ecológica, plasmada en el que tal vez sea el discurso de entrada más hermoso y de mayor enjundia que se haya pronunciado en la Real Academia Española, el 25 de mayo de 1975, cuando ocupó la silla “e” de la docta casa. Y que lo inició como es de precepto, refiriéndose a su antecesor en esa silla, con unas palabras que bien reflejan su talante: “Vengo a ocupar en esta Casa el sillón que dejó vacante don Julio Guillén. Se da de esta manera la circunstancia insólita, de que un marinero de segunda –que ésta es mi graduación militar– suceda a un Almirante, siquiera sea en una actividad tan ajena a la táctica y la estrategia navales como puede ser la literatura”.

Ilustración: Patricio Betteo
Luego de un inciso que citaré al final, inició su discurso diciendo que el tema que eligió casi se lo impuso “la actitud, de mis compañeros periodistas, después de mi elección, poniendo el acento en mi vocación campestre; ‘Un cazador a la Academia’, ‘Del campo a la Academia’, ‘Un cazador que escribe’, fueron titulares frecuentes en diarios y revistas en aquella efemérides. ¿No estarían ellos, al sentar estas afirmaciones verdaderas, abriéndome el cauce por donde mis palabras deberían discurrir? ¿Por qué no traer a la Academia una de las preocupaciones fundamentales, si no la principal, que ha inspirado desde hace cinco lustros mi carrera de escritor? ¿No es mi concepto del progreso algo que está en palmaria contradicción con lo que viene entendiéndose por progreso en el mundo de nuestros días? ¿Por qué no aprovechar este acceso a tan alto auditorio para unir mi voz a la protesta contra la brutal agresión a la Naturaleza que las sociedades llamadas civilizadas vienen perpetrando mediante una tecnología desbridada?”.
Alega luego dos ejemplos de su propia obra para fundamentar su rechazo del mal llamado progreso: “Cuando hace cinco lustros escribí mi novela El camino, donde un muchachito, Daniel, el Mochuelo, se resiste a abandonar la vida comunitaria de la pequeña villa para integrarse en el rebaño de la gran ciudad, algunos me tacharon de reaccionario. No querían admitir que a lo que renunciaba Daniel, el Mochuelo, era a convertirse en cómplice de un progreso de dorada apariencia pero absolutamente irracional. Posteriormente mi oposición al sentido moderno del progreso y a las relaciones hombre/Naturaleza se ha ido haciendo más acre y radical hasta abocar a mi novela Parábola del náufrago, donde el poder del dinero y la organización –quintaesencia de este progreso– termina por convertir en borrego a un hombre sensible, mientras la Naturaleza mancillada, harta de servir de campo de experiencias a la química y la mecánica, se alza contra el hombre en abierta hostilidad. En esta fábula venía a sintetizar mi más honda inquietud actual, inquietud que, humildemente, vengo a compartir con unos centenares –pocos– de naturalistas en el mundo entero. Para algunos de estos hombres la Humanidad no tiene sino una posibilidad de supervivencia, según declararon en el Manifiesto de Roma: frenar su desarrollo y organizar la vida comunitaria sobre bases diferentes a las que hasta hoy han prevalecido. De no hacerlo así, consumaremos el suicidio colectivo en un plazo relativamente breve”.
Define a continuación que “el verdadero progresismo no estriba en un desarrollo ilimitado y competitivo ni en fabricar cada día más cosas ni en inventar necesidades al hombre ni en destruir la Naturaleza ni en sostener a un tercio de la Humanidad en el delirio del despilfarro mientras los otros dos tercios se mueren de hambre, sino en racionalizar la utilización de la técnica, facilitar el acceso de toda la comunidad a lo necesario, revitalizar los valores humanos, hoy en crisis, y establecer las relaciones hombre/Naturaleza en un plano de concordiaۛ”.
Narrador nato, sabe encontrar la imagen apropiada para explicar su actitud cuando dice que la del hombre contemporáneo “se asemeja a la de aquellos tripulantes de un navío que, cansados de la angostura e incomodidad de sus camarotes, decidieron utilizar las cuadernas de la nave para ampliar aquéllos y amueblarlos suntuosamente. Es incontestable que, mediante esta actitud, sus particulares condiciones de vida mejorarían, pero, ¿por cuánto tiempo? ¿Cuántas horas tardaría este buque en irse a pique –arrastrando a culpables e inocentes– una vez que esos tripulantes irresponsables hubieran destruido la arquitectura general de la nave para refinar sus propios compartimientos? He aquí la madre del cordero. Porque ahora que hemos visto suficientemente claro que nuestro barco se hunde –y a tratar de aclararlo un poco más aspiran mis palabras–, ¿no sería progresar el admitirlo y aprontar los oportunos remedios para evitarlo? […] El control de las leyes físicas ha hecho posible un viejo sueño de la Humanidad: someter a la Naturaleza. No obstante, todo progreso, todo impulso hacia adelante comporta un retroceso, un paso atrás, lo que en términos cinegéticos, jerga que a mi me es muy cara, llamaríamos el culatazo. Y la física nos dice que este culatazo es tanto mayor cuanto más ambicioso sea el lanzamiento”.
Acude luego a la consideración demográfica del problema: “A una población estancada hasta el siglo XVII en 600 o 700 millones, ha sucedido un crecimiento lento pero inexorable, hasta conseguir, tras el descubrimiento de los antibióticos, doblarla en los últimos treinta años. Esto supone que, prescindiendo de posibles nuevos avances en este campo, y ateniéndonos al ritmo alcanzado, la población mundial se duplicará cada seis lustros, lo que equivale a decir que los 3500 millones de personas de 1970, se convertirán en 56 000 antes de finalizar el siglo XXI, esto es, si no yerro en la cuenta, la población actual, más o menos, multiplicada por 14. La pregunta irrumpe sin pedir paso: ¿va a dar para tantos la despensa? Si este progreso del que hoy nos jactamos no ha conseguido atenuar el hambre de dos tercios de nuestros semejantes, ¿qué se puede esperar el día, que muy bien pueden conocer nuestros nietos, en que por cada hombre actual haya catorce sobre la Tierra?”.
Su siguiente aproximación al tema se relaciona con la civilización del bienestar: “¿En qué consiste el bienestar, ¿qué entiende el hombre contemporáneo por ‘estar bien’? En la respuesta a estas interrogantes no es fácil el acuerdo. Ello nos desplazaría, por otra parte, a ese otro complejo problema de la ocupación del ocio. Lo que no se presta a discusión es que el ‘estar bien’ para los actuales rectores del mundo y para la mayor parte de los humanos, consiste, tanto a nivel comunitario como a niveles individuales, en disponer de dinero para cosas. Sin dinero no hay cosas y sin cosas no es posible ‘estar bien’ en nuestros días. El dinero se erige así en símbolo e ídolo de una civilización. El dinero se antepone a todo; llegado el caso, incluso al hombre. […] Encarados a esta realidad, nada puede sorprendernos que la corrupción se enseñoree de las sociedades modernas. El viejo y deplorable aforismo de que cada hombre tiene su precio alcanza así un sentido literal, de plena y absoluta vigencia, en la sociedad de nuestros días”.
Al hablar del trabajo en cadena, le rinde homenaje al primer artista que nos puso en guardia: “Las nobles advertencias de Charles Chaplin al respecto, en el primer tercio del siglo, es decir, cuando aún era tiempo de reflexión, quedaron como una obra de arte, sin ninguna trascendencia práctica”.
Reanuda a continuación el hilo con la adquisición y la posesión de cosas: “El desarrollo exige que la vida de estas cosas sea efímera, o sea, se fabriquen mal deliberadamente, supuesto que el desarrollo del siglo XX requiere una constante renovación para evitar que el monstruoso mecanismo se detenga. Yo recuerdo que antaño se nos incitaba a comprar con insinuaciones macabras cuando no aterradoramente escatológicas: ‘Este traje le enterrará a usted’, ‘Tenga por seguro que esta tela no la gasta’. Hoy no aspiramos a que ningún traje nos entierre, en primer lugar porque la sola idea de la muerte ya nos estremece y, en segundo, porque unas ropas vitalicias podrían provocar el gran colapso económico de nuestros días. […] Y no se piense que este pecado –grave sin duda– es exclusivo del mundo occidental puesto que, si mal no recuerdo, Kruschev declaraba en sus horas altas de 1955 que la meta soviética era alcanzar cuanto antes el nivel de consumo americano. El primer ministro ruso venía a reconocer así que si el delirio consumista no había llegado a la URSS no era porque no quisiera sino porque no podía. Sus aspiraciones eran las mismas”.
Al hablar de las bombas atómicas y bacteriológicas, Delibes pone el dedo en la llaga: “El hombre se ha acomodado a vivir sobre un volcán. Pero ‘vivir sobre un volcán’ era, hasta el día, una situación accidental, esto es, que se le imponía, no buscada por él. Lo insensato es que el evolucionado hombre del siglo XX haya encendido el volcán para después, tranquilamente, instalarse a vivir en sus faldas”.
Otro aspecto grave de la degradación de la vida contemporánea es la pérdida, de facto, del derecho a la intimidad: “El vacío, cada día más profundo, entre la técnica y la ley, acrecienta nuestro desvalimiento al tiempo que aumentan el desasosiego y el miedo. La Unesco recomienda, es verdad, a los Estados, la asunción de unas normas base para la formulación de un código internacional que proteja el derecho a la vida privada. Pero uno se pregunta, lleno de zozobra y ansiedad: ¿no serán los Estados los primeros interesados en tolerar tales aberraciones si el uso de las técnicas mencionadas viene a consolidar su autoridad y su poder? Y ante esta posibilidad estremecedora se abre la gran interrogante: ¿no se nos habrán escapado de las manos las fuerzas que nosotros mismos desatamos y que creímos controlar un día?”.
[Introduzco aquí un paréntesis para que imaginen conmigo el estupor y hasta puede que el escándalo con que sus colegas académicos estaban escuchando un discurso que desde luego no se esperaban. Esos Caballeros de la Mesa Ovalada (como es la de la Real Academia), esos Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, Guillermo Díaz–Plaja, Gerardo Diego, Martín de Riquer, Luis Rosales, y el resto, ¿qué es lo que pensarían oyendo ese discurso? No descarto que algunos de ellos, aunque sólo para su capote, estuvieran diciendo: “¡Pero bueno, Delibes, coño, que esta es la Academia de la Lengua, no la de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales!”. Cierro aquí mi reflexión, me parece que poquísmo o nada alejada de la realidad, para devolverle el uso de la palabra al nuevo académico tomando posesión, y lo haré relevando los párrafos más suculentos del resto de su discurso:]
“Si la industria que se nutre de la Naturaleza y envía los detritus de su digestión a la Naturaleza, no cesa de expansionarse, día llegará en que ésta no pueda atender las exigencias de aquélla ni asumir sus desechos; ese día quedará agotada. La novelista americana Mary McCarthy hace decir a Kant redivivo, en una de sus últimas novelas, que ‘la Naturaleza ha muerto’. Evidentemente la novelista anticipa la defunción, pero, a juicio de notables naturalistas, no en mucho tiempo, ya que para los redactores del Manifiesto para la Supervivencia, de no alterarse las tendencias del progreso ‘la destrucción de los sistemas de mantenimiento de la vida en este planeta será inevitable, posiblemente a finales de este siglo, y con toda seguridad, antes de que desaparezca la generación de nuestros hijos’. […] Michel Bosquet dice, en Le Nouvel Observateur, que ‘a la Humanidad que ha necesitado treinta siglos para tomar impulso, apenas le quedan treinta años para frenar ante el precipicio’”.
“La Naturaleza ya está hecha, es así. Esto, en una era de constantes mutaciones, puede parecer una afirmación retrógrada. Mas, si bien se mira, únicamente es retrógrada en la apariencia. En mi obra El libro de la caza menor, hago notar que toda pretensión de mudar la Naturaleza es asentar en ella el artificio, y por tanto, desnaturalizarla, hacerla regresar. En la Naturaleza, apenas cabe el progreso. Todo cuanto sea conservar el medio es progresar; todo lo que signifique alterarlo esencialmente, es retroceder. Empero, el hombre se obstina en mejorarla y se inmiscuye en el equilibrio ecológico, eliminando mosquitos, desecando lagunas o talando el revestimiento vegetal. En puridad, las relaciones del hombre con la Naturaleza, como las relaciones con otros hombres, siempre se han establecido a palos”.
“Hoy sabemos que Norteamérica, con sólo un 6 % de la población mundial, consume un 40 % del total del papel, un 36 % de combustibles fósiles y un 25 % del acero, mientras produce el 70 % de los desperdicios sólidos del mundo. Entre Europa y Estados Unidos, con un 16 % de la población mundial, devoran el 80 % de los recursos del globo limitados e irrecuperables. En lo atañedero a la agricultura ha llegado a afirmarse que los 200 millones de americanos causan al planeta una destrucción pareja a la que podrían provocar, si existiesen, cinco mil millones de indios. Como puede observarse, gasto y daño van en razón directa con el grado de evolución”.
“El problema en un próximo futuro no radicará en hacer nuevas prospecciones y abrir nuevas calicatas. Un día no lejano, la Tierra dirá no a nuestras demandas. Eso sí, llegado el caso, el hombre podrá jactarse de una nueva proeza, en esta época de culto hacia las marcas: haberse bebido en un siglo una riqueza que tardó 600 millones de años en formarse”.
“El hombre, desde su origen, guiado por unas miras que pretenden ser prácticas, ha ido enmendando la plana a la Naturaleza y convirtiéndola en campo. El hombre, paso a paso, ha hecho su paisaje, amoldándolo a sus exigencias. Con esto, el campo ha seguido siendo campo pero ha dejado de ser Naturaleza. Mas, al seleccionar las plantas y animales que le son útiles, ha empobrecido la Naturaleza original, lo que equivale a decir que ha tomado una resolución precipitada porque el hombre sabe lo que le es útil hoy pero ignora lo que le será útil mañana. Y el aceptar las especies actualmente útiles y desdeñar el resto supondría, según nos dice Faustino Cordón, sacrificar la friolera de un millón de especies animales y medio millón de especies vegetales, limitación inconcebible de un patrimonio que no podemos recrear y del que quizá dependieran los remedios para el hambre y la enfermedad de mañana. Así las cosas, y salvo muy contadas reservas, apenas queda en el mundo Naturaleza natural”.
“El daño de la contaminación no es sólo directo. Sus efectos son muy complejos. Del Cañizo subraya la relación de la contaminación del medio y el hacinamiento con el desarrollo de ciertas afecciones psíquicas como la ansiedad, la angustia, la tensión, el erotismo y la agresividad. ‘Estadísticamente, dice, se ha demostrado que en una ciudad de 250 000 habitantes, se asesina el doble, se viola el triple y se roba siete veces más que en un conjunto de pueblos pequeños que sumen los mismos 250 000 habitantes’. Esto ratifica la afirmación de Erich Fromm de que para conseguir una economía sana hemos producido millones de hombres enfermos. Y posiblemente, la cadena de males no se interrumpa aquí, puesto que del mismo modo que los contaminantes influyen en enfermedades degenerativas como el cáncer y la leucemia, según se ha demostrado, cabe que lo hagan también sobre ciertas enfermedades y malformaciones congénitas de las que se observa un incremento en nuestro tiempo. En cualquier caso, es obvio que las conquistas rutilantes de la técnica no bastan para ocultar sus miserias”.
“¿De qué vale, pongo por caso, que Norteamérica instale depuradoras en sus fábricas de cemento si luego estimula la producción de las españolas —que no las tienen— para comprárselo más barato? ¿Qué adelantamos regulando la pesca de la ballena en acuerdos internacionales, si Rusia y Japón eluden el compromiso para aprovecharse de la cordura y la inhibición ajenas? ¿Qué sentido tienen las precauciones suecas con los vertimientos de sus papeleras, si las rusas llenan el mar Báltico de mercurio? ¿Qué podemos sacar, en fin, en limpio de la disposición americana proscribiendo el empleo del DDT, si al mismo tiempo envía sus excedentes a los países subdesarrollados a precios de saldo? Mientras el respeto a los delicadísimos mecanismos ecológicos no sea una actitud desinteresada y general, apenas adelantaremos un paso. En este juego participamos todos, pero nadie debe reservarse el derecho de hacer trampas. Nuestro planeta se salvará entero o se hundirá entero. Únicamente empleando la inteligencia y la razón, podremos escapar de la amarga profecía de Roberto Rossellini cuando dice que ‘nuestra civilización morirá por apoplejía porque nuestra opulencia contiene en sí las semillas de la muerte’”.
“El hombre, nos guste o no, tiene sus raíces en la Naturaleza y al desarraigarlo con el señuelo de la técnica, lo hemos despojado de su esencia. Esto es lo que se trasluce, imagino, de mis literaturas y lo que quizá indujo a Torrente Ballester a afirmar que para mí ‘el pecado estaba en la ciudad y la virtud en el campo’. En rigor, antes que menosprecio de corte y alabanza de aldea, en mis libros hay un rechazo de un progreso que envenena la corte e incita a abandonar la aldea. Desde mi atalaya castellana, o sea, desde mi personal experiencia, es esta problemática la que he tratado de reflejar en mis libros. Hemos matado la cultura campesina pero no la hemos sustituido por nada, al menos, por nada noble. Y la destrucción de la Naturaleza no es solamente física, sino una destrucción de su significado para el hombre, una verdadera amputación espiritual y vital de éste. Al hombre, ciertamente, se le arrebata la pureza del aire y del agua, pero también se le amputa el lenguaje, y el paisaje en que transcurre su vida, lleno de referencias personales y de su comunidad, es convertido en un paisaje impersonalizado e insignificante”.
“Esto ya expresa en mis personajes una actitud ante la vida y un desdén explícito por un desarrollo desintegrador y deshumanizador, el mismo que induce a Nini, el niño sabio de Las ratas, a decir a Bosalino, el Encargado, que le presenta el carburador de un tractor averiado, ‘De eso no sé, señor Rosalino, eso es inventado’. Esta respuesta displicente no envuelve un rechazo de la máquina, sino un rechazo de la máquina en cuanto obstáculo que se interpone entre los corazones de los hombres y entre el hombre y la Naturaleza”.
Y los dos párrafos finales no tienen pierde: “A mi juicio, el primer paso para cambiar la actual tendencia del desarrollo, y, en consecuencia, de preservar la integridad del Hombre y de la Naturaleza, radica en ensanchar la conciencia moral universal. Esta conciencia moral universal, fue, por encima del dinero y de los intereses políticos, la que detuvo la intervención americana en el Vietnam y la que viene exigiendo juego limpio en no pocos lugares de la Tierra. Esta conciencia, que encarno preferentemente en un amplio sector de la juventud, que ha heredado un mundo sucio en no pocos aspectos, justifica mi esperanza. Muchos jóvenes del este y del oeste reclaman hoy un mundo más puro, seguramente, como dice Bumet, por ser ellos la primera generación con DDT en la sangre y estroncio 90 en sus huesos […] Porque si la aventura del progreso, tal como hasta el día la hemos entendido, ha de traducirse inexorablemente, en un aumento de la violencia y la incomunicación; de la autocracia y la desconfianza, de la injusticia y la prostitución de la Naturaleza, del sentimiento competitivo y del refinamiento de la tortura, de la explotación del hombre por el hombre y la exaltación del dinero, en ese caso, yo, gritaría ahora mismo, con el protagonista de una conocida canción americana: ‘¡Que paren la Tierra, quiero apearme!’”. Miguel Delibes = Mafalda.
Retorno aquí al principio porque quiero terminar el artículo citando lo que Delibes dijo a continuación de su elogio del almirante Julio Guillén y antes de entrar en la materia propia de su discurso. Un discurso que no tiene igual en los anales de la Real Academia y que podría pasar perfectamente por el célebre alegato de un gran jefe indígena americano al Congreso de Washington o, en época más reciente, un manifiesto de Greenpeace. Un discurso para oírlo de rodillas, o como los protagonistas del “Angelus” de Manet. Y aquí, ahora, la cita prometida al empezar este artículo y que no puede ser ni más entrañable ni más emocionante:
“Vais a permitirme un inciso sentimental e íntimo. Desde la fecha de mi elección a la de ingreso en esta Academia me ha ocurrido algo importante, seguramente lo más importante que podría haberme ocurrido en la vida: la muerte de Ángeles, mi mujer, a la que un día, hace ya casi veinte años, califiqué de ‘mi equilibrio’. He necesitado perderla para advertir que ella significaba para mí mucho más que eso: ella fue también, con nuestros hijos, el eje de mi vida y el estímulo de mi obra pero, sobre todas las demás cosas, el punto de referencia de mis pensamientos y actividades. Soy, pues, consciente de que con su desaparición ha muerto la mejor mitad de mí mismo. Objetaréis, tal vez, que al faltarme el punto de referencia mi presencia aquí esta tarde no pasa de ser un acto gratuito, carente de sentido, y así sería si yo no estuviera convencido de que al leer este discurso me estoy plegando a uno de sus más fervientes deseos y, en consecuencia, que ella ahora, en algún lugar y de alguna manera, aplaude esta decisión mía. Vengo, pues, así a rendir público homenaje, precisamente en el aniversario de su nacimiento, a la memoria de la que durante cerca de treinta años fue mi inseparable compañera”.
Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.