Michel de Certeau, el extranjero

A lo largo de su vida, Michel de Certeau (1925-1986) fue, como Ulises en la Odisea, un viajero incansable; un hombre que atravesó todas las fronteras. Nunca tuvo un lugar propio, pues siempre habitó territorios que jamás consideró suyos. Fue un hombre que habita siempre el lugar del otro. Atravesó límites institucionales, civiles, nacionales, disciplinarias. Es el extranjero y el migrante; jamás tuvo papeles que le dieran una identidad fija. En todo lugar en que se encontraba era visto como un extraño, como ese hombre que llega intempestivamente. El hombre sin lugar.

Certeau siempre era captado en el instante de dar un paso para salir de un territorio: El hombre-frontera. Que no se adhiere a ninguna inscripción ni tiene una identidad rígida. Por eso se asemeja más a esa identidad de la cual nos habla Pablo en la Carta a los Gálatas: “Ya no hay judío ni griego, no hay ni esclavo ni libre, no hay hombre ni mujer”. Certeau tuvo que buscar otra forma de constituir una comunidad. Esa nueva forma se explica en una de sus obras: El extranjero o la unión en la diferencia (1969).

Historiador que sabía que el conocimiento del pasado se construye como un relato de ciencia-ficción. Para Certeau, la historia trata, con un esfuerzo permanente, de unir el discurso con lo real. Esto no significa que creyera que todo lo que se dice es real por el simple hecho de haberlo dicho, sino que sabe que para escribir historia hay que realizar una serie de operaciones sumamente rigurosas. Así, la escritura de la historia exige una indagación cuidadosa de las fuentes. No hay saber histórico sin un trabajo meticuloso y sujeto a criterios de verificación.

No obstante, su oficio transgrede el de un historiador. Michel de Certeau fue un pensador que deseaba, por todos los medios y lenguajes disciplinares, comprender la complejidad de la sociedad moderna. Pero —y esto es importante— siempre consciente de que cada ciencia social tiene su especificidad propia, esto es, que no se pueden mezclar caprichosamente.

Fue un lingüista que, en la época de la semiología, sabía que todo signo es ambiguo. Un antropólogo que tuvo la lucidez de afirmar que toda representación del otro es ya en sí misma una colonización. Un gran conocedor de la obra de Freud y miembro de la Escuela lacaniana; por ello, sabe que el hombre está sometido a la fuerza del deseo, ya que la razón, como facultad del sujeto moderno, está fracturada por lo que ella no es. Y, sobre todo, fue un Jesuita que criticó de manera feroz la Iglesia que le tocó vivir.

Además, fue especialista de la historia religiosa del siglo XVII: en el que Dios se oculta para siempre, ya que ese es el momento en que nace la primera modernidad con el surgimiento del Estado absolutista que viene a resolver la lucha violenta entre católicos y protestantes. Estamos, según él, en la transición de la razón religiosa a la razón de estado. Y, además, su gran pasión por la historia de la mística la estudia como un acontecimiento histórico y no como una invariante universal.

A la poética de la escritura mística la ve como el gran esfuerzo por hablar del Dios incognoscible que la teología escolástica ha perdido definitivamente. Un esfuerzo que nunca alcanza su objetivo, pues Dios permanece oculto. En su trayectoria se destacan tres períodos fundamentales. Primero, su formación sacerdotal, en la década de los cincuenta, durante la cual observa que la Iglesia se ha distanciado de la evolución de una modernidad cada vez más secularizada. Certeau cae en cuenta de que el diálogo entre los clérigos y los laicos se ha interrumpido, pues éste ya no ilumina la experiencia vivencial del hombre ordinario: La Iglesia ha perdido todo contacto con las prácticas del mundo moderno.

Esta búsqueda lo hace enfrentarse al mismo problema que la mística de los siglos XVI y XVII: Dios se ha ocultado para siempre y la poética de la escritura mística intenta hablar del Dios incognoscible que la teología escolástica ha perdido definitivamente. Este método sistemático de enseñanza y pensamiento teológico ya no expresa la situación que vive la sociedad de la guerra de religiones entre protestantes y católicos, por ello buscan una nueva poética para comprender el crepúsculo de Dios. En este sentido, nuestro jesuita francés, percibe que hay que abandonar el lenguaje propiamente teológico y sustituirlo por el de las ciencias sociales. Para Certeau, ese lenguaje se encuentra en la historia, la antropología y el psicoanálisis.

La segunda etapa corresponde a los sesenta, década de la gran renovación del pensamiento francés, pues no se debe perder de vista que Certeau es contemporáneo de pensadores tan importantes como Michel Foucault, Jacques Lacan, Claude Levi-Strauss, Louis Althusser, Gilles Deleuze, Jacques Derrida, entre otros. Certeau se integra en esa gran revolución de los saberes sociales y los llama saberes heterológicos, ya que pretenden hablar del otro —la mujer, el niño, el salvaje, el loco, la posesa, el pasado—; de aquello que retorna a las ciencias sociales con la figura del fantasma. La otredad que ha sido olvidada por el pensamiento moderno retorna como aquello que fisura su saber. Así, el tema central del jesuita francés será el de la tensión entre la voz y la escritura: La escritura ha reprimido la voz, pero esta retorna en el psicoanálisis en la forma del sueño, el lapsus, lo ominoso, el fantasma, etcétera.

Por último, la tercera etapa de su obra se desarrolla como consecuencia del movimiento estudiantil del 68. A partir de ese momento, Certeau se integra al mundo intelectual universitario ajeno al de la Iglesia —ajeno en términos radicales, pues no olvidemos la fuerza del laicismo francés—. Certeau, a partir de ese momento, será valorado y apreciado exclusivamente por su trabajo intelectual, sin nunca dejar de lado su vocación jesuita, pues lo será hasta el final de su vida. En el marco de su centenario, se han realizado múltiples coloquios, en varios países, en torno a este hombre-frontera. Su obra ha sido traducida a varias lenguas y ha adquirido una gran relevancia en el mundo intelectual, por lo que la Universidad Iberoamericana y el Departamento de Historia emprendieron el proyecto de traducirlo al español desde la década de los ochenta. En este sentido, se puede decir que el Departamento de Historia de la Ibero ha cumplido con la labor de traducir casi la totalidad de su obra, en la que el jesuita nos invita, una y otra vez, a interpretar el mundo de hoy por medio de un lenguaje que está en constante reinvención.

Alfonso Mendiola

Doctor en Historia por la Universidad Iberoamericana, en donde es profesor de tiempo completo desde 1990.

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Publicado en: Ciudad de libros