Mi padre y los árboles

La siguiente rememoración es el acercamiento de un hijo a su padre escritor. Pertenece a la nueva edición de los Cuentos completos del mexicano Jesús Gardea (1939-2000), editados por Sexto Piso. Un escritor del desierto para quien los árboles son un suceso en todas sus aristas. Como apunta Emiliano Monge en el prólogo del libro, cuando uno lee los cuentos de Gardea “asiste al ascenso del negro, al asedio de las sombras, al movimiento de una penumbra que engorda nuevamente las pupilas que la miran: ‘Los árboles, en la espesura de sus ramas anidan la noche; la entronizan, ocultándola en el centro de la tarde que declina.’” Monge considera a Gardea uno de los mejores prosistas de la lengua. Para Iván, su hijo, toda esa prosa decantada viene de una forma particular de mirar, un aprendizaje inefable de la mirada.


A mi querido hermano Jacobo
que heredó la entereza de mi padre
y su profunda, secreta y lúcida manera
de ejercer la verdadera bondad en el mundo.

I

Durante muchos años mi padre tuvo la costumbre de leer en la cama. Se acostaba, abría el libro y pasaba las horas leyendo. Era una lectura lenta, despaciosa, meditada. A veces, después de un buen rato de lectura, cerraba el libro y lo llevaba al pecho y ponía una de sus manos sobre la cubierta o sobre el lomo del libro y con la otra lo sujetaba; el pulgar abajo, el medio, el anular y el meñique arriba sobre la cubierta y el índice en medio de las páginas, a manera de separador, para no perder el lugar en el que había detenido la lectura. Entonces era cuando sus ojos, quizás un poco fatigados por la lectura, se movían en dirección a la ventana. Su mirada parecía perderse en la luz, en el fulgor de la luz. Pero en realidad, muchas veces, se detenía en las ramas de un árbol nudoso, uno de los dos que, como centinelas de muchos y robustos brazos, custodiaban la fachada de nuestra casa. No eran muy altos, y en invierno, despojados de sus hojas, si uno se asomaba a la ventana, digamos, un atardecer cualquiera, podían verse sus ramas como duros, volumétricos y entreverados garabatos iluminados (mi padre tal vez diría incendiados) por la luz del poniente. En primavera, los dos árboles se transformaban cada uno en una densa masa de follaje y desde las ventanas de la casa podían verse, en el interior de dicho follaje, innumerables rincones de luz y sombra, pequeños pasillos de viento, y aquí y allá, ventanitas fugitivas por dónde asomaba intruso un rayo de sol.

Cuando yo era niño mi padre me decía: «…chaparro, fíjate en los rostros de la gente… míralos, observa…sus caras». «Están tristes…», decía yo. «No, no chaparro, observa, sólo pon atención, fíjate». Yo me fijaba, observaba. O lo supongo, ya no recuerdo con claridad. Pero ahora que me viene a la memoria esto, me pregunto, ¿acaso me iniciaba mi padre, o nos iniciaba a mi hermano y a mí en algo así como una Escuela de la Mirada? ¿Fue muy frecuente este llamamiento a observar los rostros de las personas? No sé, el recuerdo más nítido que tengo en relación a esto es contestándole «están tristes», como si esto agregara una nota de prestigio y dramatismo a mi supuesta mirada atenta, y luego de inmediato el rechazo a mi observación para que no antepusiera prejuicios y dejara que lo visible irradiara su esplendor y su extrañeza. Más tarde, ya adolescente, llamaba mi atención en relación a las nubes y los cielos, esas nubes y esos cielos que tanto amó.

Mi padre tenía una aguda percepción de que en el reino de lo visible todo se correspondía con todo. Y creo que esa percepción se extendía al mundo de lo invisible. Ahora yo creo que el rostro de las personas es de esas realidades que pertenecen de manera ejemplar a los dos reinos y me gusta pensar que quizás para mi padre las arrugas que cruzaban la cara apergaminada de un viejo eran como el entrecruzamiento de las ramas oscuras que veía desde su ventana cuando iban perdiendo su volumen en el ocaso y parecían convertirse en sólo líneas grabadas en la superficie de un cielo invernal.

Cuando yo era un adolescente, mi padre y yo íbamos de vez en cuando al Museo de Arte de la ciudad de El Paso. Un día, saliendo de nuestra visita al museo, mi padre me dijo algo así como lo siguiente: «…sabes chaparro, tal vez la gente ya no vea los árboles, o quién sabe que verán en su lugar… quién sabe qué es lo que ven… un día ya no existirán para ellos». Es difícil consignar esto, ponerlo por escrito, porque la voz, el tono y la cadencia con que me lo dijo no han dejado rastro en el mundo. Así como su mirada lúcida y la expresión en ese momento un poco angustiada y triste de su rostro han desaparecido para siempre. Y yo con las palabras… puedo apenas lo que puedo.

Pero en fin, como digo, habíamos salido del Museo de Arte de El Paso, mi padre se detuvo y contempló los árboles. Era un día de luz intensa donde el esplendor de ésa luz y ese cielo (que parecía inabarcable e infinito) eran como el escenario y la iluminación perfecta para que las copas de los árboles lucieran el ligero aleteo de sus hojas tornasoladas movidas por un ligero viento. Brillaban como pequeños espejitos en las alturas cuando el viento volteaba hacia la luz su lado satinado y más verde. Diríamos que había una algarabía de espejitos en el aire allá en lo alto. Y mi padre contempló por un tiempo el espectáculo. Luego comenzó a andar y entonces dijo lo que me dijo.

Ya no recuerdo con precisión, pero en el pequeño Museo de Arte de El Paso, aparte de un Canaletto grande y dos pequeños Magnascos, me parece que tenían un Guardi. Mi padre debió haberlos visto con fruición, aunque quizás no eran grandes piezas y no era la primera vez que las veía. Su mirada, llena del amor a las cosas del mundo, a las cosas del mundo bañadas por la luz, debió perderse en el esplendor de la luz veneciana que el Canaletto parecía haber trasladado a la tela, por obra y magia de la extraña alquimia de los aceites y pigmentos, de los pinceles y del brillo de los barnices.

Pero debo decir que, si habría de clasificar con relación al Arte su mirada, no era ésta la mirada de un veneciano del Siglo XVIII, por supuesto, tampoco la de un expresionista norteamericano del XX, sino más bien la de un pintor primitivo flamenco, la de un Memling o un Van Eyck.

II

Desde que yo recuerdo mi padre era un poco miope, y aunque no veía bien de lejos, no usaba lentes y no hablaba mucho de ello. Seguramente de joven había tenido buena vista y tal vez las largas horas entre muelas y letras se la habían deteriorado y habían acostumbrado sus ojos a la visión próxima de las páginas de los muchos libros que leía (afortunadamente para él, las muelas y los dientes pasaron a formar parte de su recuerdo una vez que cerró su consultorio). Sin embargo, frente a esos árboles, ahí, afuera del Museo de Arte de El Paso, su mirada parecía tener la capacidad de ser intensamente minuciosa, porque era como si no sólo viera una mancha borroneada de verde, la masa bruta del árbol sino, por el contrario, y a pesar de la distancia, la delicada filigrana de la que estaba hecha su copa; el perfil delicado de las hojas, el contorno nítido y dentado de algunas, el perfil más curvo y continuo de otras. Los sutiles tonos de verde y a través del estas mismas hojas, las ramas y ramitas, la arquitectura laberíntica y apretada que sostenía los diferentes tipos de follaje. Debo decir —porque la memoria me falla— que no debieron haber sido muchos los árboles que había frente a nosotros y tampoco de muchas y variadas especies porque en aquellas ciudades que se fundan sobre los suelos áridos de los desiertos, los árboles no se dan nunca a montones.

Siempre recuerdo con un sobrecogimiento del corazón esa mirada como de un flamenco primitivo sobre los árboles, esa mirada que yo siempre le veía, esa mirada que yo le sentía. Esa mirada contemplando el árbol desde su ventana en el crepúsculo, acostado en su cama (detenía su lectura y no encendía la lamparilla de noche, y se dejaba envolver por la oscuridad creciente y el silencio). Esa misma mirada cuando una mañana veía desde la ventana del comedor el otro árbol frente a la fachada de nuestra casa o cuando lo acompañaba en sus caminatas y lo sorprendía viendo los árboles. El sauce llorón que estaba muy cerca de nuestra casa en un estrecho pasaje peatonal que comunicaba la colonia aledaña con la nuestra. O tantos otros árboles, quizás eran álamos, no lo sé con certeza, en las afueras de Juárez, por los campos de algodón. Arboles de los que ni siquiera supe su nombre, árboles en el otoño, mi padre parado contemplándolos. O árboles en Avenida Insurgentes, en la Ciudad de México, sorprendiendo yo su mirada apacible, arrellanado él en el interior del taxi, viendo los árboles bajo la lluvia, su mirada llena de mansedumbre y con un dejo de tristeza, de vaga melancolía. De dónde venía esa mirada, desde dónde. Se había encontrado con otras miradas, con lo que otros ojos expertos y apasionados habían visto: los ojos de los impresionistas, o de los holandeses, su querido Ruisdael, o Hobbema, lo que había de bien mirado y con gracia en grabados anónimos y antiguos, o los árboles elegíacos y melancólicos de Corot. Todo esto lo había enriquecido profundamente y había llenado sus días de felicidad, así contemplara a estos pintores muchas veces a través de las reproducciones fotográficas de sus cuadros en bellos libros de arte. Ahora, al recordarlo, me parece que su mirada, amorosa y atenta, seguía con precisión el contorno exacto de la hojas y las ramas como si fuera el pincel de un Petrus Christus y veía el volumen limpio y exento del tronco de un árbol como el sólido fuste de una columna pintada por Mantegna. Pero la sensibilidad de mi padre, aunque alimentada por el arte, tenía otro origen, venía desde muy lejos. De sus primeros años.

He llegado a la conclusión, que mi padre, de niño debió haber tenido una mirada como encantada, prístina, inocente, viviendo en una pequeñita ciudad, un pueblo, que tenía pocos años de haberse fundado cuando él nació. Sin televisión ni grandes edificios ni espectaculares publicitarios y con escasas imágenes cinematográficas, fotográficas, sin casi imágenes de revistas o periódicos, esa mirada, no estaba, por así decir, estropeada, y por lo tanto sería una mirada más limpia quizás, libre de falsificaciones en esa población rodeada por el llano ilimitado, fustigada por una luz intensa y atravesada por el viento. En esa soledad inmensa, donde habría no muchas casas cuando muy niño, tampoco demasiadas personas y seguramente algunos perros, los árboles debieron parecerle a su mirada como los primeros árboles del mundo, de la Creación. Por otra parte, creo que en realidad no habría muchos tam poco. En esa soledad, en ese llano, seguramente habrá habido árboles que se acompañaban, que debieron haber sido sembrados juntos o en hilera por los primeros colonos, para la sombrita en las aceras o por otras razones. Tal vez alguna nogalera. Pero habrá habido árboles solitarios, tal vez como desastradas apariciones en la lejanía, fruto del azar: seres inusitados, solos y secos como gigantes envejecidos de múltiples brazos, perplejos y extraviados en la nada plana e infinita del desierto.

Ahora creo que, antes de que su vista se hubiera deteriorado con los años y quizás a causa de sus infatigables lecturas, fijó, desde la niñez, con precisión asombrosa en su alma, esos árboles. Su mirada quedó para siempre, diríamos, petrificada en la sorpresa y el asombro. Cada árbol que vio a lo largo de sus sesenta años de vida, debió ser para él una epifanía. La figura de la primera letra capitular en el libro de lo sagrado.

III

A lo largo de los años he pensado mucho en un título de un libro de mi padre, una pequeña y deliciosa novelita: El árbol cuando se apague y siempre he pensado que, más allá del contenido del libro, el solo título es un homenaje a los árboles. Un homenaje de alguien que los había amado profundamente. Como muchos amores de mi padre, fueron silenciosos y secretos, como su vida misma. No investigó exhaustivamente sobre ellos, no sembró ninguno y tampoco hablaba de ellos mucho y no pueblan masivamente, ni mucho menos, las páginas de sus libros. Los amó sólo viéndolos y siempre sintió nostalgia por el bosque, él, que había nacido en el desierto.

Ahora bien, me permitiré aquí una pequeña digresión: ¿Qué quería decir mi padre, en el fondo, con el título «El árbol cuándo se apague»? ¿Será el ocaso de la mirada que ya no verá más los árboles? Y ¿Sería eso una de las cosas que lo aterrorizaban o que lo entristecían? ¿Ya no los veía la gente, en sus días, a causa de la imagen televisiva? Antes de que una catástrofe ecológica nos alcance, y ya está en puerta, él adivinaba tal vez una catástrofe de la mirada: cuando los árboles se apaguen a la mirada entonces serán ceniza antes de que en verdad lo sean, serán humo, nada, para el ojo que ya no ve. A mi padre no le tocaron los teléfonos inteligentes, ni la multiplicación enloquecida de las imágenes, la virulenta destrucción de todo lo visible por su copia empobrecida y banalizada. Lo hubiera llenado de horror, como de hecho me sucede a mí, su discípulo fiel en tantas cosas.

Después de esta pequeña digresión debo decir que en realidad las palabras «El árbol cuando se apague» se refieren al árbol en el ocaso o en el crepúsculo, la luz que aún lo alumbra, los últimos rayos sobre su masa y luego su paulatino oscurecerse. El árbol cuando se apague… y lo que sigue es el silencio.

IV

Mi padre decía que la desesperación era cosa del chamuco. Y como toda verdadera víctima de la desesperanza, y no como aquellos que la actúan y la fingen, creía, paradójicamente, en la posibilidad de la esperanza. ¿En qué clase de esperanza? No lo sé ¿De qué manera? Tampoco lo sé. Pero creía en ella. Así que, como todo poeta, como todo artista, más afecto a las imágenes que a los conceptos, a mi padre le hubiera gustado que yo terminara con una imagen.

Imagen con la que quisiera terminar este pequeño texto: El árbol cuando se apague es un árbol que, después del último chisporroteo de la luz en sus ramas y sus hojas, se hunde en lo oscuro de la noche, en la densa sombra que lo envuelve todo. Pero luego, después de algunas horas, en el mundo amanece. El árbol se convierte en una caja enorme de música, su copa es una casa enorme que ilumina la luz, una casa enorme o si se quiere un palacio, donde músicos locos y emplumados recorren y saltan por un laberinto de pasillos, saltan de rama en rama, de hoja en hoja, de luz en luz. Gritan. Cantan.

Mi padre se apagó como el árbol un lejano día del año 2000. Un 12 de marzo.

 

Iván Gardea
Cuernavaca 2019

• Jesús Gardea. Cuentos completos. Prefacio de Iván Gardea. Prólogo de Emiliano Monge. Ciudad de México: Sexto Piso, 2022, 616 p.

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Publicado en: Ciudad de libros, Fragmentos

Un comentario en “Mi padre y los árboles

  1. Ivan: Qué intima colaboración, por llamarla de alguna manera, sólo te suplico no te vayas a transformar en Ivan «El Terrible», cuando leas lo siguiente: Me hiciste recordar una parodia que surgió cuando pegó la canción mi árbol y yo que decía: Mi madre y yo la plantamos los dos nos la jumamos en el limite del patio. Qué ironía. Un brazo. Vale.

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