Debe ser culpa de mi abuela, pero no me gustan las películas del Santo, Blue Demon o el Huracán Ramírez. No me atraen esas historias de espías enmascarados y cazadores de monstruos. De esa fantasía épica se ha alimentado, en su mayoría, la literatura mexicana que habla del deporte espectáculo; sin embargo, no es la única ni la más rica en el panorama de las letras de nuestro país.
Cuando hablo de fantasía épica me refiero a las historias en las que los luchadores viven como ídolos deportivos sobre el cuadrilátero y, al bajar de él, vencen momias o viajan por el espacio. Dicho imaginario proviene del cine y la narrativa gráfica de mediados del siglo XX. Ejemplo de esta última es la novela gráfica Gila: el Sol Negro, de H. G. Santarriaga (Pura Pinche Fortaleza Cómics, 2018), donde el protagonista es un rudo que usa sus habilidades para recorrer el Mictlán. Otra propuesta similar son las antologías Primera Caída, Segunda Caída y Tercera Caída, editadas por Mario Alberto González Nájera (Arcom Producciones).
Es de la fantasía épica de donde surge, por ejemplo, Xanto. Novelucha libre, de José Luis Zárate (Planeta, 1994). En esta novela, los monstruos de H. P. Lovecraft luchan, en Puebla, contra el Xanto. El ídolo de multitudes es capaz de hacerle un suplex a un monstruo gigante porque es el héroe de las películas. Textos como éste permiten pensar cómo la relación entre la literatura y la lucha libre, alejada del imaginario condicionado por el cine, amplía tanto sus posibilidades narrativas como sus referencias.

Un ejemplo de ello es cómo Carlos Velázquez, desde el humor y la parodia, habla de la lucha libre en “La biblia vaquera (Ficha biobibliográfica de un luchador diyei santero fanático religioso y pintor)”. En este relato, Velázquez utiliza una versión del Espanto Jr. para crear un collage de campos semánticos, ideas y palabras que, más que lucha libre, crean algo que el escritor llama tornaluchalibre.
Ese día, entre las doce cuerdas y las cuatro esquinas y antes de que Don Cherry se lanzara desde la tercera con su trompeta de juguete, desfilé por mis obsesiones. La primera, el burladero símbolo de bar que es la máscara de mi padre, la segunda, la Biblia que me regaló cuando derrotó a Santo, el Enmascarado de Plata. Latinoamericana y de bolsillo, forrada de mezclilla. Una lindura de color que oscilaba entre el intenso azul Blue Demon y el de los pantalones Levis 501 sin deslavar. Mi padre la bautizó como la Biblia Vaquera y ya no pude separarme de ella. Se convirtió en mi blánquet. Era yo un nuevo Linus. El Linus del ring neón .
Esta mezcla se aleja no sólo de las representaciones fantásticas del cine, sino de toda la narrativa de la lucha libre que tiende a la seriedad, a la confrontación del bien contra el mal. Velázquez rompe estas nociones descolocando elementos de la lucha –como los lances o las máscaras– y utilizándolos para generar risa y explorar nociones que van más allá del cuadrilátero, como la identidad del norte del país o las posibilidades del lenguaje.
El cuento fue una rareza en su momento, cuando lo que había en el panorama, además de la obra de Zárate, eran las novelas A dos de tres caídas, de Rosario Novoa (Oceano, 1998), y Amorosos Fantasmas, de Paco Ignacio Taibo II (Joaquín Mortiz, 1990). La primera es un bildungsroman donde el protagonista, un muchacho de Tabasco llamado Felipe, aspira a ser luchador. En la segunda, el detective Héctor Belascoarán Shayne investiga el asesinato del luchador Ángel I. Llama la atención que, a pesar de que ambas obras tienen luchadores involucrados, las dos pecan de inocentes al describir, sin mucho conocimiento, las acciones arriba del ring. Por suerte, una novela posterior a éstas intenta un enfoque diferente y más afortunado; se trata de El misterio de la máscara perdida, de Iván Farías (Dark and Glow Press, 2022). En ella, el comandante Guillermo Garmabella recupera la máscara que Sombra Negra pierde ante Plata Bendita. Este libro es un homenaje a la cultura del pancracio que pone la mirada en los aficionados antes que en los luchadores.

Ese enfoque, del que soy más partidario, tuvo su primera aparición en la literatura mexicana en el 2013 gracias a dos libros. El primero fue Función Monstruo de Dan Lee (Miguel Ángel Porrua, 2013). Sus ocho cuentos se centran en aficionados, en niños con máscaras de trapo o gladiadoras que responden a la agresión de sus parejas. Lee continuó esta línea en 2014, cuando escribió “Pregúntale al mar” (2022), en el que un cronista intenta resolver la relación entre Yoni, un santero clavadista, y el Fantasma de la Quebrada, luchador enmascarado de la Arena Coliseo de Acapulco.
El segundo libro fue Entre cuatro esquinas, de Aldo Rosales Velázquez (Conaculta, DGP, 2013). Sus cuentos giran en torno a la vida y carrera del luchador bajo el ring y profundizan en las consecuencias de las lesiones, los trabajos que este deportista suele tomar después de sus años de estrella o el momento en que tiene que vender la máscara.
Después de estos libros, aparecieron colecciones de cuentos como A ras de lona, de Óscar Baños Huerta (Cecultah, 2014); El diablo, de José Manuel Vacah (Vitrali Ediciones, 2023), y Escenas inéditas de un aficionado al pancracio, de Salvador Rodríguez (Editorial Gato Blanco, 2023). A éstos se sumaron las antologías Máscara vs. revólver, de Iván Farías y José Salvador Ruiz (Editorial Artificios, 2018), y Cecilia y el Vampiro y otros relatos, de Bernardo Barrientos (Editores Mexicanos Unidos, 2022). Además, se publicaron el poemario Arena Mestiza, de Daniel Téllez (Malpaís Ediciones, 2018), la novela juvenil Besos para domar a un águila, de Paulina Valentine (Corazón de Diablo Ediciones, 2022); los libros infantiles Mi abuelo el luchador, de Antonio Ramos Revillas (Ediciones El naranjo, 2013); El valor de una máscara, de César Cruz García (Universo Editorial, 2023); el bellísimo Viento estelar, de Ana Cristina Ortega Gutiérrez (FOEM, 2021), y obras de teatro como La gran lucha del mundo. Auto Sacramental pagano y contemporáneo para plazas públicas de Berta Soní o La última palmada de Bernardo Barrientos.
Lo que estas obras tienen en común es que hablan de quienes habitan el mundo de la lucha libre. Se trata, por ende, de un realismo que se centra en las zonas urbanas de México y en los sectores sociales bajos de dichas ciudades. Este hecho, más que la influencia del cine, hace que haya poca literatura que hable del deporte espectáculo; no se lleva bien con quienes pretenden recorrerla en modo turista. Es más fácil, entonces, hablar desde la épica fantástica que desde el realismo de las lesiones y el montaje del comercio afuera de la arena.

Por eso, no es de extrañar que fuera hasta el 2023 que tuviéramos la primera novela que aborde la realidad de la lucha libre: Nanda, de Rosales Velázquez. Ganador del Premio de Novela Jorge Ibargüengoitia en 2023, y publicado por Nitro Press, el libro habla de tres personajes –Ángel, Miguel y Fernanda– cuyas historias, edades y orígenes son distintos entre sí; sin embargo, lo que los une es una arena pequeña, con un ring chueco, donde se cobran veinte pesos la clase y 200 el mes. Por este medio Rosales pone los márgenes de la lucha libre, y de las vidas que lo orbitan, al centro de su narración para, al mismo tiempo, abordar temas tan disímiles entre sí como los feminicidios, la maternidad ausente, el acuartelamiento militar y la soledad. Todo esto desde el conocimiento de un escritor que también es luchador y réferi. Esa es, tal vez, la única forma de lograr pasajes como el siguiente:
–Vamos a abrir con toma de réferi y de ahí vamos a llavear tantito, suave ––[…]: te tomo la espalda y planchas, te giras, te paras de resorte y me llevas, yo me voy en tres cuartos, larga, me das chance de pararme y vienes sobre mí, pero firme, entrándole al bulto; me levantas y de ahí yo te llevo a las cuerdas. Uno, dos […], tres madrazos y te tiro látigo irlandés, te vas largo y regresas para pasar por abajo, yo te salto, cuerdas y te tiro japonesa. ¿Vamos bien? […]. Ya de ahí viene tu revire: cuando te levante la cara para el tercer madrazo en el pecho, me lo paras con tu mano izquierda y nos vamos a la esquina, yo te doy base para que te subas a la tercera y de ahí te vengas con el jalón, me voy hasta la otra esquina y ahí te espero para que me lleves de changuito y otra vez quedó esquinado, vas de nuevo al changuito pero ahí va la mía: te deposito en el esquinero y te pongo dos madrazos en el pecho, al tercero me tiras patada, yo me agacho y aprovechas para llevarme de ranita; yo rompo cuando vayan a contarnos tres y ahí ya vamos cerrando, piénsalo con qué llave.
Descripciones como la anterior permiten pensar la lucha libre desde su dimensión deportiva, aspecto olvidado hasta este siglo. Esto convierte a Nanda en la muestra de una literatura que promete explorar el mundo del pancracio desde todas sus aristas y dimensiones. Siendo así, habríamos de poner atención en el vínculo entre nuestras letras y el mundo enmascarado que tanto nos identifica como nación.
Manuel Barroso
Docente y estudiante de doctorado en la Facultad de Letras de la UNAM. Escribió Se abren los caminos (Textofilia/UAM, 2019) y Las flores (La tinta del silencio, 2023).