Un día como hoy de 2012 falleció el poeta peruano Antonio Cisneros. En uno de sus múltiples hallazgos literarios Ricardo Bada recobra para nexos un texto prácticamente desconocido.
El libro favorito de Antonio Cisneros
El 25 de febrero de este año publiqué en estas mismas páginas un texto inédito de Severo Sarduy acerca de su libro favorito. En la introducción a dicho texto dejé explicado el porqué de su escritura, para la contratapa del suplemento cultural de Diario 16 en Madrid. Expliqué asimismo por qué a causa del cierre del diario y la desaparición del suplemento, algunos textos de los que encargué en nombre de la redacción quedaron sin publicarse. Para no repetir la historia les sugiero acceder a mi publicación del 25 de febrero pulsando aquí.
Ahora, al cumplirse diez años de la muerte de nuestro entrañable Toño Cisneros, les ofrezco acá el texto inédito que escribiera acerca de su libro favorito.
—Ricardo Bada
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Mi libro favorito: Como comprar un gato en el mercado o El T’ung Shu
Mi libro favorito no se halla entre la poesía de mis grandes abuelos, C. Vallejo, P. Neruda, J. L. Borges. Ni en la bienamada de Rimbaud, Eliot, Pound, Lowell, Cummings, Stevens o William Carlos Williams.
Tampoco entre las voces que fundan la palabra. Wang Wei, Po Hui, Li Tai Po, Basho, Safo, Propercio, Horacio, Francisco de Quevedo, Juan de la Cruz.
Y ni siquiera entre los versos de Cavafis, Pasternack o Pessoa que, hasta hace muy poco, compartían mi mesa de noche con el reloj despertador y la botella de agua.
Por lo demás, siempre me he negado a responder aquello de “qué único libro llevaría a una isla desierta”. Adelanto, en todo caso, que ni el Quijote ni la Sagrada Biblia.
Amo los libros como amo las cambiantes estaciones. O el paso de los peces y otras bestias de mar, cada día del año, en mis almuerzos. Por eso me es difícil hablar de algún amor unívoco y perenne.
La semana pasada me entregué con pasión (y corazón) a sendas relecturas: Drácula, de Bram Stocker, y El laberinto de la soledad, de Octavio Paz. Pero mi libro favorito, en estos días, es el viejo T’ung Shu.
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Los bestsellers suelen ser obras de éxito fastuoso y corta duración. Como buena parte de las novelas del llamado boom latinoamericano o, en el peor de los casos, como ciertos libros de pacotilla, flor de publicidad, destinados a las almas poco alertas, es decir casi todas. Duran lo que dura un verano o dos.
Los clásicos son, más bien, los textos eternos. Nadie se los arrebata en los comercios y reposan en las bibliotecas o en las buenas conciencias. Pocos los leen pero todos los citan con primor. El Quijote, la Biblia, la Divina Comedia, la Guerra de las Galias, por ejemplo.
Unos meses atrás, en una soleada librería del sur de California, me topé con el T’ung Shu. Su carátula roja cual la puerta de un restaurante chino o un paquete de cohetones, lucía un cintillo: “El bestseller más antiguo del mundo”.
Hace 1 200 años que, en cada primavera, aparece una nueva edición del T’ung Shu. Deleite clásico de las familias chinas desde Pekín a Singapur. Cerca de 40 millones de ejemplares cada vez.
El libro es, en realidad, un almanaque. Como en su época lo fueron el de Sal de Uvas Picot o el de Ross, sucedidos malamente por una pálida publicación del Reader’s Digest. Magia, religión, literatura. Confucio y el Tao. Consejos cotidianos, recetas, santorales. La vida en suma.

En estos tiempos, ante el letargo o muerte de los oráculos, he decidido atar mis tristes días a los designios del T’ung Shu. Que amén de sabrosa lectura ofrece, cómo no, sabiduría.
Un muchacho y una vaca son el símbolo de la primavera, con la que se abre el libro. Y primero viene lo primero. Instrucciones para confeccionar, sobre papel de arroz, ese modelo primaveral. La vaca tiene cuatro pies de altura y ocho de largo. Su cabeza es verde claro, el lomo amarillo, la barriga blanca, cuernos, orejas y cola de color verde oscuro, las ancas rojas. Siempre lleva el hocico cerrado. El joven vaquero tiene tres pies y seis pulgadas de altura y se llama Meng Shen.
El almanaque abunda en útiles consejos. Cómo reconocer, por ejemplo, un gato de calidad en el mercado. El mejor gato debe tener el cuerpo corto, ojos seductores y una larga cola. Su expresión, la del tigre feroz. Sus uñas deben servirle para clavarse en las tejas de piedra. Y su maullido ha de ser tan poderoso que las ratas mueran con sólo oírlo.
El gato malo, en cambio, tiene el cuerpo largo. Es callejero, perezoso y mata a las gallinas. Además, no es conveniente comprar ningún felino bajo las estrellas Tin Kau, Yeut Yim, Yan Kag, Pei Ma Sark que, sin embargo, son las más propicias para contraer matrimonio.
Hay una guía para el manejo del hogar donde Buda, Confucio, el Tao y el gran lugar común se dan la mano. Hay que levantarse con el sol y acostarse con el crepúsculo. Barrer bien el patio y el interior de la morada. Cerrar con candado puertas y ventanas al caer la noche.
Los preceptos de conducta son más ladinos. Ante un vecino que ha caído en necesidad, hay que ser generosos con comida abundante y consuelo. De modo que, en los días de infortunio, podamos esperar la misma caridad.
Así los sirvientes deben ser bien tratados. No sea que algún día, encumbrados por la fortuna, nos hagan pasar la vergüenza del maltrato en sus manos de antiguos sirvientes. Toma y daca es el juego.
Por lo demás, nunca hay que emplear criados bien parecidos. Ni permitir que la esposa se maquille. Aún en nuestra ausencia sus conductas tienen que ser delicadas. No deben olvidar que los ancestros, aunque muertos en cuerpo, están siempre presentes en la casa.
Hay que evitar la compañía de los jóvenes. Sólo causan problemas y tribulaciones. Charlar con ellos es perder el tiempo. La compañía de los ancianos, en cambio, nos llenará de sabiduría y gozo.
Y siguen muchas páginas con instrucciones para el comercio, el amor, la convivencia. “Si estás feliz no lo demuestres, deja que tus vecinos te crean en congoja”. Hasta el consejo final, de un dramatismo incontestable: “Si colapsa tu país, te quedarás sin casa”.
La sección de remedios hogareños es, claro está, imprescindible. Aparte de las hierbas, el T’ung Shu ofrece un sinfín de encantamientos. Lejos de los incas, maestros en el pase del huevo y el cobayo,1 la milenaria China reposa sobre la escritura. Es cosa de pintar los ideogramas que nombran la enfermedad sobre un papel rojo y luego hacerlo arder. El humo es beneficioso para los males del corazón y los pulmones. En el caso de hígado o estómago, hay que disolver las cenizas en un tazón de agua y beberlas sin respirar.
Los zumbidos en el oído se hallan plenos también de significados. En la oreja izquierda, llamado Tzu, quiere decir que alguien nos ofrecerá un banquete. En la oreja derecha, llamado Wei, nos anuncia la inminente visita de un monje con ansias de conversar. Si el Wei es a medianoche, entonces llamado Hsu, caeremos en bancarrota. Si el Tzu, en este caso Sheo, sucede en el último día del otoño, la muerte llama a la puerta.
Antonio Cisneros
Poeta, periodista y catedrático. Entre otros premios, ganó en 2010 el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda. Algunos de sus libros son: Canto ceremonial a un oso hormiguero y Por la noche los gatos.
1 “El pase del huevo y el cobayo” alude a prácticas médicas tradicionales: cuando un niño enferma, se le pasa por la cabeza un huevo crudo para que su yema absorba el mal; y lo mismo sucede con los adultos y el conejillo de Indias, que en el Perú llaman “cuy”, aunque Cisneros usa “cobayo” pensando con toda seguridad en los lectores de Diario 16, predominantemente peninsulares.
Lástima que no haya una sola civilización que esté libre se supersticiones.