En esta reflexión chusca, el autor se pregunta por esos deportes nacionales mexicanos: el albur y el moche.

Ilustración: David Peón
Ah, México. México de mis amores. Ese al que siempre defendemos a capa y espada, y del que al mismo tiempo nos quejamos amargamente, pensando que “sólo en México pasan estas cosas” mientras hacemos clic para compartir alguna foto de una taquería con un anuncio mal hecho, o el más reciente escándalo de un diputado.
La verdad es que en todos lados se cuecen habas aunque en algunos lados les pongan más chile, y no somos ni el país más corrupto ni el más maravilloso. Y sí es cierto que como México no hay dos, pero pues como Madagascar o como Albania tampoco hay dos, si a esas vamos. El asunto es que siempre nos queremos sentir especiales por paroxismos ya sea de lo bueno ó de lo malo, y creo que eso sí que es herencia de la Madre Patria; porque aunque no soy experto en historia precolombina, no me suena haber leído que en el Códice Mendocino haya quejas y quejas acerca de la mala calidad de los teponaztlis o de las huelgas en el calmécac. Pero habiendo vivido en España, sí he visto que es rancia tradición y deporte nacional. “Osú qué caló” en verano y “osú qué frío” en invierno, y todo va mal porque así es la cosa. Y ponme una caña para que se me pase el coraje.
Eso sí, somos una maravilla para el sincretismo porque así se creó nuestra cultura, a base de encontronazos; y mexicanzar cualquier cosa es nuestra especialidad, muy especialmente en el lenguaje. Esto por supuesto pasa en todos lados: cada pedazo de cultura que parte de algún lugar y llega a otro es asumido y luego matamorfoseado a la usanza local hasta que se hace propio. Así como las mexicanísimas peleas de gallos de hecho llegaron de Asia, así el muy tradicional Pollo Kungpao de China, fue creado poniéndole cacahuates llevados de la Nueva España. Estas transmogrificaciones culturales son las que le dan sal a la vida.
Y una cosa más que así pasó fue el duelo de ingenios que está en todas las culturas, pero que a nosotros nos llegó a partir de los calambures y las chanzas del Siglo de Oro español y que llegó a usar Sor Juana de forma aún no superada. ¡Ah, esos sí eran insultos! No se conformaban con decirle a alguien “narizón” sino que le componían un soneto entero para que no le quedara duda. O si un joven caballero no quería hacerle caso a tres hermanas que le aproximaban los cánidos, no ponía un vil It’s Complicated en su status de Facebook, qué va. Se ponía a componer una décima en métrica alejandrina, y todavía diciéndoles “Tres bellas que bellas son” mientras las mandaba por un tubo a las tres.
Ajúa.
Pero con el tiempo estas exquisiteces parecen no haber sido del total agrado de nuestro evolucionante carácter nacional y terminaron creando ese juego de palabras al que le decimos albur y que se regocija, sí, en el ingenio; pero en un rango más reducido de vulgaridad y sexualidad. Octavio Paz habló de este fenómeno en su muy celebrado Laberinto de la soledad y antes de citarlo, pongo un dato curioso y de ninguna manera sorprendente: si usted busca en internet “Albur, Octavio Paz”, encuentra algo así como 42 000 resultados. Si busca “Albures mexicanos” son 220 000. Lo dicho. Y bueno, aquí está la cita de Paz:
Es significativo… que el homosexualismo masculino sea considerado con cierta indulgencia, por lo que toca al agente activo. El pasivo, al contrario, es un ser degradado y abyecto. El juego de los "albures" —esto es, el combate verbal hecho de alusiones obscenas y de doble sentido, que tanto se practica en la ciudad de México— transparenta esta ambigua concepción. Cada uno de los interlocutores, a través de trampas verbales y de ingeniosas combinaciones lingüísticas, procura anonadar a su adversario; el vencido es el que no puede contestar, el que se traga las palabras de su enemigo. Y esas palabras están teñidas de alusiones sexualmente agresivas: el perdidoso (sic) es poseído, violado, por el otro… Como en el caso de las relaciones heterosexuales, lo importante es "no abrirse" y, simultáneamente, rajar, herir al contrario.
Ya no es el elegante duelo de ingenios de antaño, como decía; es un querer violar verbalmente al otro, o simplemente hacer alusiones obscenas. Qué va de “entre el clavel blanco y la rosa roja, Su Majestad escoja” a “No es lo mismo Ramona Cabrera…”. Nada qué ver. Y no es que quiera que la gente hable en endecasílabos, pero uno podría pensar que con la (casi) universalización del alfabetismo, lo más deseable sería que más gente subiera de nivel y no que la use para bajar a segunda división en su manejo del lenguaje.
En un artículo acerca de la importancia lingüística del albur en México, me encuentro este texto:
Lourdes Ruiz, campeona nacional de albures, que además de vender ropa en Tepito, imparte cursos de albures, dice que “el albur es un ajedrez mental. Voy por la vida intentando joder al mundo, pero sin decir una sola grosería".
Muchas preguntas. Primero que nada, ¿hay campeonatos nacionales de albures? Válgame las siete palabras de Cristo. Segundo que nada, ¿cómo es un curso de albures? ¿En vez de llevarle una manzana a la maestra le llevan un camote? ¿En las clases ven la diferencia entre reírse en el baño y bañarse en el río? No quiero ni saber.
Pero al punto al que voy es a la actitud de esa declaración, a la abierta cuasi-sociopatía de ese “Voy por la vida intentando joder al mundo”, ya sea con groserías o sin ellas. Esa me parece que es una característica muy propia de lo que hemos hecho con los juegos de ingenio; porque por supuesto que siempre han sido duelos, pero duelos que se dan en una circunstancia y en un momento, y al cual los duelistas pueden responder con sus mejores habilidades; pero no a un constante querer estar jodiendo, como dice doña Lourdes.
El cómico George Carlin decía que “no hay malas palabras: hay malos pensamientos, malas intenciones, y palabras”. Podemos matizar y decir que claro está que hay palabras que hemos decidido por acuerdo social que son malas “en sí mismas”: las groserías. Pero dejando esto de lado y suponiendo que no se use ni una sola palabra altisonante, el albur, como se definió ahí arriba, es pura mala intención. Compárese esa actitud con duelos de ingenio famosos, que pueden o no tener mala leche, pueden o no tener doble sentido, pero que no implican una constante agresión ni una actitud de vida siempre incordiante, sino que son respuestas a la situación. Véase, por ejemplo este intercambio entre Winston Churchill y Lady Astor:
—Señora, es usted muy fea.
—Y usted está completamente borracho.
—Bueno, pero a mí mañana se me quita lo borracho.
O cuando le preguntaron a James Joyce:
—¿Puedo besar la mano que escribió el Ulises?
—No, porque esa mano también ha hecho muchas otras cosas.
O cuando el poeta Lewis Morris había sido ignorado para la posición de “Poeta Laureado” en Inglaterra y tuvo la osadía de quejarse con el maestro del ingenio, Oscar Wilde:
—Hay una conspiración en mi contra, ¡una conspiración de silencio! ¿Qué debo hacer, Óscar?
—Únetele.
Ahora bien, este fenómeno del albur —que ha sido estudiado con bastante vigor por pensadores de todo tipo— me parece que va de la mano con otra realidad de corte muy distinto pero cuya actitud de trasfondo está impregnada de la misma esencia: el moche.
De nuevo: ni el albur ni los moches son particulares de México. Pero la actitud con la que les damos forma sí ques es muy particular. Definamos primero: por moche no me refiero a los sobornos que se usan para salir de situaciones indeseables (multas, esperas), sino a los que se usan para entrar en situaciones ventajosas. El moche es lo que hacen dos partes en más o menos igualdad de fuerzas, para obtener ambas beneficio, de forma ilegal o por lo menos con dudosa ética.
(Por cierto, si busca en internet “el moche en México”, obtendrá algo así como seis millones de resultados, así que es más popular aún que el albur).
En los moches a los que me refiero, hay una especie de trasfondo aceptado ó un entendimiento de que, además de que ambas partes se beneficiarán, existe una tercera parte que será afectada; esto es, que participa de ese tufillo de activamente “joder al mundo” expresado por la campeona de los albures. Es difícil de definir, pero si mi lector es mexicano seguramente entenderá: es una idea difusa pero bastante real, de que lo que se hace con este tipo de moche no es solamente una transacción mal vista por la ley por alguna razón contable, no. Se sobreentiende que se va a dañar a alguien, que se le va a quitar algo: hay allá afuera un beneficio ajeno al que vemos como daño propio, y que hay que atacar para “desquitarse”. Y ese “alguien” allá afuera normalmente se asume como el gobierno o a la sociedad: entes que son convenientemente indeterminados, pero no por ello es inexistente el daño.
¿De dónde viene esto que, según yo, se parece al albur? ¿Qué los hace parecidos?
Ambos son resultado de un sentimiento de extrema impotencia. De una historia de imperios, colonias, seudomonarquías y cuasi-totalitarismos modernos: todos causantes de un sentimiento de no pertenencia y alienación, de no empatía hacia ese sistema enorme que provee, pero siempre a cuentagotas. Parece haber una justificación del “todos lo hacen” que se encarna en el robo hormiga, en el no pagar impuestos, en el moche… pero no sólo porque quiero un beneficio extra, sino porque además los demás explícitamente me importan un pepino. Así es como luchamos contra ese sistema: robando e insultando. Si estás dentro de él, eres un explotador y hablas con corrección acartonada y enfadosa, digna de burla; si estás fuera lo agredes: lo robas y lo albureas.
No somos los únicos que tenemos sistemas malos, pero hay más maneras, más productivas, de lidiar con ellos. Pero para poder hacerlo, se requiere de sentir la pertenencia y la empatía que es la base de una sociedad civil fuerte, y de usar el ingenio de mejor manera.
Ahora bien, ¿qué pasa ahora, en la inédita situación de que quienes estaban fuera del sistema están hoy ahí, pero en lugar de hacerse al modo, han pasado a agredirlo desde dentro, y a minar aún más esa falta de pertenencia y de empatía por el otro? ¿Qué pasa cuando el sistema es albureado desde dentro y desde fuera?
Se avecina una tormenta, y se atormenta una vecina.
Alfonso Araujo
Escritor y traductor. Actualmente dirige el Centro México-China en la ciudad de Hangzhou. Ha publicado traducciones al español de los clásicos chinos Cultivando las Raíces de la Sabiduría, Crónicas de Primavera y Otoño, El Libro de los Ritos y El Libro de las Mil Palabras.
Que texto más inteligente y divertido.