El séptimo film en 22 años de Juan José Campanella, Metegol (juego en que con cuatro palancas fijas a una especie de mesa se manipula un equipo de futbol y que en México conocemos como “futbolito"), representa la incursión del cineasta argentino en el género de animación. La historia es sencilla: un fervoroso y enclenque aficionado a este juego derrota a otro niño mas bien fanfarrón y arrogante, ansioso de victorias, su némesis. Con el transcurso de los años, el perdedor se convierte en un adonis perfeccionista parecido a Cristiano Ronaldo (el eterno rival del aniñado Messi) empecinado en vengar su única caída. Al regresar al pueblo lo hará para privatizarlo y someter a su rival Amadeo así como a los habitantes que en su momento hicieron mofa de él. El duelo final habrá de darse no en la mesa del "metegol" (cuyos jugadores cobran vida como lo hace la pandilla de Toy Story) sino en una auténtica cancha, enfrentados los pretenciosos y mercenarios profesionales de las patadas contra los lugareños que se atreven a defender su comunidad esgrimiendo como única arma el corazón.

El resultado es mas bien soso la mayor parte del tiempo, aunque muchos podamos considerar el partido final como hilarante (no estoy seguro pueda serlo para espectadores ajenos al mundo del balompié). Si bien la mas exitosa en taquilla, la cinta parece ser el punto mas bajo de una filmografía que en general ha conjuntado con bastante fortuna el drama intimista con el telón de fondo socioeconómico argentino (y, de hecho, prácticamente mundial) de las últimas décadas. A pesar de que el género obliga a ello, llama la atención que al comparar esta película con la primera de los noventa (la tercera dentro de su obra) El mismo amor, la misma lluvia se haga evidente la poca complejidad que aquella representa (eso sin mencionar su obra mas laureada, El secreto de sus ojos). Difícil saber si esta sencillez es un producto de la falta de estridencia propia de la madurez o un mero agotamiento creativo.
Siempre consciente del hostil contexto que nos rodea, Campanella vuelve a sumergir a sus protagonistas en la marea del mercado: ya sea en la cinta mencionada (donde el aspirante a escritor, a pesar de sus esfuerzos, termina por sobrevivir mediante críticas teatrales sin empacho alguno en extorsionar a jóvenes autores), en Luna de Avellaneda (en la cual un club de clasemedieros se va a pique junto con el protagonista y culmina por ser vendido a una cadena de casinos) o en El hijo de la novia (donde un restaurante familiar es adquirido por un emporio), el director encadena la descomposición de los personajes principales y sus diversos nichos con la ascensión del imperio de la oferta y la demanda. Es ante tal declive que desliza lo que parece ser su bote salvavidas: la pasión. Con la excepción de El hijo de la novia (en que el espíritu hamletiano se apodera del papel principal) todos los protagonistas de sus últimos cinco filmes son atravesados y modelados por alguna particular obsesión: la escritura, el mantenimiento de un club, la amada, la justicia, el futbolito… Al anegamiento del individuo en un mundo no solo de incertidumbres sino de salvajismo económico opone un ancla ante la envergadura del naufragio: el obstinado sentimiento de cada sujeto que al enfocar sus energías en una idea o una emoción encuentra un asidero y vertebra así un sentido que evita el colapso total. Que el actor Ricardo Darín interprete a todos ellos es testimonio del mismo fenómeno pues no solo funge como el alter ego del cineasta sino como prueba de su propia fidelidad y constancia.
El optimismo, sin embargo, está lejos de ser general según se desprende de los finales de sus películas. Tanto en El mismo amor, la misma lluvia como en El secreto de sus ojos (con la que ganó el Oscar en el 2010) se atisba el “triunfo” del amor en la pareja principal; a la vez, en Luna de Avellaneda y Metegol la idea de un nuevo club o un nuevo pueblo ajenos a los dictados de los poderosos permiten mirar hacia otra dirección, aunque no se sabe bien a dónde. Los futbolistas de juguete en Metegol, presenciando la debacle de los humanos en la cancha, gritan la respuesta. La pasión es lo único que les queda y a ella deben apelar si aspiran a hacer frente a la adversidad. Es fácil hacer empatía con Campanella y casi inevitable admirar su destreza narrativa; la insuficiencia de su respuesta, sin embargo, no permite alentar demasiadas esperanzas.