Memoria personal del tigre

Con la fidelidad propia de la sombra, los versos de algunos poetas nos acompañan a lo largo del camino, añejándose con nosotros: no envejecemos en años; envejecemos en versos.

Fotografía: Secretaría de Cultura de la Ciudad de México bajo licencia de Creative Commons
Fotografía: Secretaría de Cultura de la Ciudad de México bajo licencia de Creative Commons

Menos común, sin embargo, es tener presente el sonido de una voz en la cabeza, presencia que se manifiesta al momento de pasar la mirada por la páginas de ese almanaque en sepia que es, en definitiva, toda biblioteca personal. A esa estirpe de poetas los que escriben con la combustión de sus huesos perteneció Eduardo Lizalde, último ejemplar carnívoro de una raza extinta.

Recuerdo ahora, con 17 años y furiosamente enamorado, haberme cruzado por primera vez su nombre en un puesto callejero de Xalapa, donde estaba, saldado, su Manual de flora fantástica, obra que merecería una versión ilustrada, puesto que se trata de un libro misceláneo y fecundo como un jardín botánico hechizado, estupendo para leer bajo los efectos de esa planta narcótica que es el amor en su forma primigenia. Con textos que lo mismo se desdoblan en ensayo, descripción, divagación o relato, el basso ostinato es la creación de una taxonomía imposible que intenta poner un orden al delirio vegetal agazapado en la selva del lenguaje. Herbolario de datos fantásticos, cuenta con ejemplares singularísimos, como las Carnívoras rosadas:

este encantador género de plantas, hijas de la Aurora, se especializa precisamente en jardines. Tal especialidad consiste, para decirlo de una vez, en su costumbre hipócrita de florecer, como quien no quiere la cosa, en los prados familiares, donde la fauna de los niños prospera, con abundancia enternecedora y apetecible: sólo comen carne sonrosada.

También consigna a la Adúltera consorte:

los textos oficiales de todas las religiones aceptan, a su pesar, que el adulterio y el crimen (por eso los castigan) son los pilares sobre los que descansa la historia de la humanidad, que ha corrompido con estos vicios deliciosos a las criaturas del reino animal y aun del vegetal.

Y deja claro, también, su temple de etnobotánico de plantas maestras:

si del sueño delirante de la Mandrágora y otras potentes socias suyas, como el peyote mexicano o el Ginseng de los chinos (también antropomorfo), estimulados ellos mismos por la contención de sus caldos y esencias prodigiosas, hubieran surgido las abominaciones y los seres bizarros que pueblan este libro, otro gallo nos cantara.

Tiempo después, en el frenesí renovado de una pasión subyugante, supe de las crueldades de la luz por boca de una boca acostumbrada a la ficción de los escenarios:

La luz
no muere sola
arrastra en su desastre
todo lo que ilumina.
Así el amor.

Y fue a su vez con versos de Lizalde cuando supe, desmembrado, que yo también albergaba en mi pecho la muy humana facultad de odiar:

Para destruirte, marco estos papeles.
Exprimo el agrio humor del odio
en esta tinta,
hago temblar la pluma.

En estas hojas,
que escupo hasta secarme, arrojo
todo el odio que tengo.
Y es inútil. Lo sé.
Sólo te digo una cosa:
si estas últimas líneas
fueran gotas,
serían de orines.

Por fortuna, no todo en la vida es apasionamiento y desencanto, sino también escarnio e ironía, como aquellos epigramas suyos de un César impreciso en La zorra enferma:

Tú me puedes matar, César.
Y puedes encarcelarme
por veinte años o treinta.
Pero estas líneas bastarán
para que no te quedes en la historia
más allá del próximo sexenio.

O esta otra consideración sobre el arte de la vida, es decir, de la novela:

Toda novela es cruel:
se escribe contra algo,
ya lo decía Thomas Mann.
Pero sólo es novela si aquello
contra lo cual se encuentra escrita
es, cuando menos,
peor que la novela.

Tabernario y erótico, tiene tantos y tantos, una vez más, y tantos poemas extraordinarios, que resulta imposible no sentir la muerte de un poeta tan complejo, riguroso en la forma y henchido de vida, un enamorado que espeta:

Aman también los puercos.
No puede haber más excelente prueba
de que el amor
no es cosa tan extraordinaria.

Pero también sabe hacer arder las cosas en su sitio:

El fuego
paladeaba el bosque
y lo encontraba de su gusto.

Sarcástico, riguroso y metafísico de los que primero atenazan a su presa entre sus fauces antes de ponerse a cantar (“Canta el hombre y construye/con su lengua el sabor de lo que canta”), su muerte no abate al tigre, que hace mucho se pasea entre las constelaciones de los libros y la noche; por el contrario, nos recuerda que los poetas verdaderos se encuentran ungidos de dones específicos y de extraños súperpoderes.

Uno, desde luego, es el de no morir nunca.

Otro, el de disponer de todo lo que existe en el mundo para deleite de su voluntad y su capricho:

Me basta ver un pájaro a lo lejos
para hacerlo caer envuelto en llamas.

Hasta siempre y hasta entonces, Eduardo Lizalde: la casa está en reposo.

 

Rafael Toriz
Ensayista

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Publicado en: Florilegio, Registro personal