Medio siglo sin Jaime Torres Bodet (1902-1974)

A 50 años de su muerte, el 13 de mayo de 1974, este ensayo plantea la vigencia de la obra del poeta, pero también del narrador y en ocasiones concienzudo ensayista, del grupo Contemporáneos. Sobre todo, es una grata invitación a su lectura.


I

En una carta de Jaime Torres Bodet dirigida a su amigo Bernardo Ortiz de Montellano, el poeta declara que: “La verdad reside pues en recibirlo todo con mansedumbre y beberse la cicuta como un vaso de limonada, y paladear la muerte como se paladea la vida, entre ellas no hay mucha diferencia” (1919). Acaso estas líneas explican por qué, varias décadas más tarde, tras el diagnóstico de cáncer y su retiro del servicio público, Torres Bodet se dedicó nuevamente a viajar por el mundo, pero esta vez sólo por el gusto y no por alguna encomienda oficial: Francia, Italia, Portugal, Reino Unido. Siempre en compañía de su esposa, se le ve contento en las fotografías, a bordo de una góndola por los canales de Venecia o de espaldas a unas ruinas romanas.

Por aquella época (1965-1974) retoma el proyecto de escribir sus memorias, que había comenzado poco más de una década atrás con Tiempo de arena (1955) y que terminó con el manuscrito de Equinoccio (1974), meses antes de su muerte. No obstante, entre los viajes, fotografías y la escritura, Torres Bodet también alcanzó a impartir algunas conferencias y cursos en El Colegio Nacional, sobre Tólstoi, Rubén Darío y Marcel Proust, que luego se publicaron en forma de libro, eso sin mencionar que obtuvo algunos reconocimientos como el Premio Nacional de Ciencias y Artes de México y fue objeto de algunos homenajes por su trayectoria. Al final, nada de política ni de asuntos públicos.

En un artículo sobre Destierro (1930), José Emilio Pacheco considera a Jaime Torres Bodet como el “‘poeta maldito’ entre los Contemporáneos, el único del ‘grupo sin grupo’ al que todavía no se le da su lugar en la tradición poética mexicana”. Y si bien hoy esta afirmación, tras algunos estudios críticos, ya no es del todo precisa, es verdad que para los lectores de a pie el nombre de Jaime Torres Bodet sigue siendo ajeno a la poesía y, en términos generales, a la literatura nacional. Más bien suele asociarse a Bodet con sus labores como diplomático, con sus gestiones al frente de la Secretaría de Educación Pública, con su intervención en la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos y hasta con su papel como director general de la UNESCO. Poco se habla, en realidad, de los distintos libros de poesía que escribió durante toda su vida, y de su precocidad en este campo, pues con apenas 16 años publicó su primer poemario, Fervor (1918), aunque ya desde sus estudios de preparatoriano en San Ildefonso había mostrado interés por este género. Aunque hoy nos parezca difícil compartir la misma sensibilidad que encontramos en algunos de estos primeros libros de Bodet, quien se adentre en títulos como Los días (1923), Destierro (1930), Cripta (1937) y Sonetos (1949) sabrá de primera mano a lo que se refería José Emilio Pacheco en cuanto a esa deuda pendiente de las letras mexicanas: “De un muro al otro de la soledad / soy un hombre desnudo que sangra por un costado su sombra. / He tenido / que aprender a nadar en una competencia de náufragos, / con las manos tendidas / a todos los racimos del agua en que las espumas verdecen” (“Pórtico” en Destierro).

Crítico implacable, en particular de sí mismo, Torres Bodet acostumbraba olvidar pronto sus libros publicados y concentrarse en la escritura y gestación de los próximos: poeta del presente inmediato o, en su defecto, del futuro, veía con desconfianza la autocomplacencia del escritor que guarda excesivo respeto por sus primeros trabajos. Y esta es, quizá, la causa por la cual los lectores de hoy sabemos muy poco de su poesía, y no se diga ya de su narrativa o sus textos de crítica. Basta revisar la poca estima que un Torres Bodet —mucho mayor y ya con una amplia experiencia en la diplomacia— sentía por sus primeros libros de versos. En una entrevista con Emmanuel Carballo, en el clásico Diecinueve protagonistas de la literatura mexicana del siglo XX (1965), califica rápidamente estos títulos tan sólo como “poesía de aprendizaje” y no como lo que son: una parte medular de su obra en verso.

III

Bodet fue además un excelente prosista, de nuevo en contra de su propio juicio sumario y su falsa modestia. Entre finales de los años 1920 y durante los 1930, escribió una serie de novelas que, excluyendo quizá a la primera y más famosa —Margarita de niebla (1927)—,merecen rescatarse del olvido en el que su autor las situó y en el que la crítica las mantiene: La educación sentimental (1929), Proserpina rescatada (1931), Estrella de día (1933), Primero de enero (1934) y Sombras (1937). Como él mismo señala en su primer libro de memorias, su incursión en la prosa se debió a las distintas inquietudes que por entonces compartía con sus compañeros de generación: la prosa se presentaba como una forma de expresión más libre y ajena a las convenciones de la “ortopedia clásica de la rima”, con la que en ese momento no se sentía muy afín.

 Así pues, con un afán mucho más experimental que clásico, Margarita de niebla pretendía llevar a la novela muchas de las enseñanzas, pero también de las incertidumbres, que un joven Torres Bodet encontró en la poesía de su tiempo: “Tenía la convicción de que un relato como el que me preparaba a escribir se acercaría más al poema en prosa que a la novela”. Lector asiduo de Dostoievski, Flaubert, Dickens, Balzac y Stendhal, comprendió pronto que por mucha admiración que sintiera por estos escritores sus circunstancias como novelista eran otras muy distintas y era imposible, entonces, continuar por sus caminos. La década de 1920 era ya la época del Proust de En busca del tiempo perdido y del Ulises de Joyce, a quienes Torres Bodet leyó con interés y fue de los primeros en comentarlos en México aunque, como reconoció, le tomó algo de tiempo vencer su natural desconfianza crítica cuando se trataba de novedades literarias.

Aunado a lo anterior, Torres Bodet fue de los primeros narradores mexicanos que exploró con sus novelas y cuentos las posibilidades expresivas del homoerotismo. Si bien nunca se mostró de forma explícita partidario de estos temas, hay textos suyos muy sugerentes como “Retrato de un estudiante”.1 En este relato, dos estudiantes preparatorianos conversan en medio de una clase aburrida, se reconocen, se miran —“Junto a los suyos, José vio brillar en los ojos de Rafael una alegría diáfana de tres colores”—, establecen cierta cercanía, a pesar de los sentimientos confusos del joven protagonista —“No era la primera vez que José advertía la admiración afable de Rafael Henríquez pero, hasta entonces, le había desagradado profundamente”—, y hasta llegan a abochornarse: “De una blancura lechosa, su cutis tenía —como el de ciertas mujeres— reservas infinitas de rubor. En un segundo se tiñó de tal carmín espontáneo que José, por modestia, hundió sus manos en la nieve del cuaderno intacto y empezó a copiar ecuaciones del pizarrón”.

Una situación semejante reaparece en La educación sentimental, publicada en España en Espasa-Calpe a finales del mismo 1929. Bajo la premisa de la lectura de un diario íntimo, Torres Bodet desarrolla esta historia vista desde los ojos de un joven estudiante que paulatinamente vuelve a su amigo y compañero de clases, Alejandro, objeto de su fascinación e intriga. No hay que olvidar, en este contexto, las distintas descalificaciones que el grupo de Contemporáneos enfrentó con la llamada “polémica del afeminamiento” (1925), que no fue otra cosa sino un desafortunado y homofóbico debate sobre la virilidad de la literatura mexicana. Hay, por qué no decirlo, algo de provocación frontal de este primer Torres Bodet ante un medio cultural hostil que ensalzaba los valores del héroe revolucionario y patriota, bruñido por la violencia en el campo de batalla, como único camino para la narrativa de ficción. Veamos tan sólo las siguientes líneas del mismo Torres Bodet en una carta a Alfonso Reyes en 1929:

¿Ha leído usted, en la prensa de México, todo lo que se va a hacer en torno a Azuela y Los de abajo? ¿No cree usted un poco desorientado este género de nacionalismo, que necesita tanto del color local y del tema? (Por supuesto esta duda se la confío en la intimidad, que México piensa hoy de muy otra manera).

Frente a todo esto, Torres Bodet, al igual que muchos de sus compañeros de generación, propone otro tipo de sensibilidad, un mundo distinto de aquél en caos y guerra, un drama modesto, urbano, pero no por ello menos real y concreto. Hay también una atención a los detalles quizá proveniente de su atenta lectura de Marcel Proust: nada es demasiado ínfimo para su capacidad narrativa, ni siquiera los sentimientos de un joven estudiante que experimenta un intenso despertar emocional y sexual.

IV

Que los géneros literarios están en crisis, que sus fronteras se confunden, que están en el umbral de una transformación, sometidos a los procesos de la modernidad y los nuevos lenguajes de las artes, son algunas ideas que solemos asociar con nuestro tiempo. No imaginamos que, hace ya casi un siglo, un joven de apenas 26 años dedicó varios de sus textos críticos, publicados por primera vez en la prensa cultural, a tratar estos temas.

La agudeza crítica del joven ensayista se refleja con nitidez en Contemporáneos. Notas de crítica (1928), publicado el mismo año en que surgió la emblemática revista homónima. Ahí Torres Bodet compiló sus distintas incursiones en problemas como la novela y sus nuevas estéticas, los caminos de la poesía moderna, el desarrollo de la tradición lírica mexicana, la obra en verso de Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti, Gerardo Diego o Juana de Ibarbourou, y polémicas como la presunta “deshumanización del arte” defendida por pensadores como José Ortega y Gasset.

El Torres Bodet de estas páginas tiene un fuerte espíritu contestatario que lo lleva a cuestionar aquellas opiniones críticas que, a inicios del siglo XX, consideraban que géneros como la novela y la poesía estaban en una absoluta decadencia: “¡Siempre esta necesidad de borrar la obra de hoy con el recuerdo de la de ayer, teñida de excesivo color en la realidad exagerada del romanticismo!”. Así pues, Bodet sabe sortear los lugares comunes de los detractores del presente y, en su lugar, intenta un examen sin prejuicios. No se trata de “decadencia” o de “deshumanización”, concluye, sino de un profundo sentimiento de ruptura e innovación propio del nuevo siglo: “Las obras publicadas bajo el imperio del positivismo ortodoxo pudieron ser bellas. No les neguemos nuestra admiración; neguémosles nuestra obediencia”.

Por eso, Contemporáneos. Notas de crítica pretende tomarle el pulso al presente. Es, en buena medida, un volumen influido por el espíritu bélico de las vanguardias, para quienes no había valores ni instituciones inamovibles, mucho menos ciegas reverencias. Al mismo tiempo el libro propone una serie de reflexiones hiperconscientes sobre las inquietudes críticas que más interesaban al “grupo sin grupo”: la pureza de la poesía, el rigor intelectual de la escritura y los nuevos rumbos de la creación literaria. En Destierro (1930), Torres Bodet ofrece una composición dedicada a la figura del buzo que sintetiza muy bien aquel espíritu ecléctico: inmerso en las profundidades del mar, símbolo del inconsciente, del sueño y de la experimentación, no pierde del todo sus ataduras con el mundo racional y lógico de la superficie, al que puede volver cuando así lo desee.

 

Armando Gutiérrez Victoria
Crítico y poeta. Ha escrito distintos artículos sobre la obra de Torres Bodet, José Lezama Lima y Reinaldo Arenas, entre otros.


1 Se publicó por vez primera en El Universal Ilustrado un 7 de febrero de 1929.

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Publicado en: Resurrectorio