Mario Molina: una contribución estratosférica a la ciencia y al mundo

“A principios de 1974 F. Sherwood (Sherry) Rowland y yo propusimos que los clorofluorocarbonos (CFC) se descompondrían en la estratosfera, liberando átomos de cloro que destruirían catalíticamente el ozono”. Así sintetizó Mario Molina, en su discurso de aceptación del premio Nobel de Química en 1995 lo que ha sido uno de los descubrimientos científicos de mayor importancia para la protección de la vida en la Tierra. Sin el ozono como escudo contra la radiación ultravioleta, sin la presencia de este gas invernadero, el cáncer y las alteraciones climáticas son apuestas seguras contra la supervivencia de nuestra especie.

Fotografía: Janwikifoto baja licencia de Creative Commons.

José Mario Molina Pasquel y Henríquez nació en la Ciudad de México. Una anécdota ampliamente difundida de su infancia es que convirtió un baño de su casa, prácticamente en desuso, en su primer laboratorio en el que pasaba horas haciendo experimentos de química. El diseño y ejecución de los experimentos aumentaría cada vez más de complejidad gracias a la ayuda de su tía Esther Molina, quien era química. En 1965 se graduó como ingeniero químico por la Universidad Nacional Autónoma de México, licenciatura que escogió por ser lo más cercano a su interés en química física. Tras hacer investigación en la Universidad de Friburgo (1967), en lo que en ese entonces era Alemania Occidental, y estudiar matemáticas por su cuenta en París, regresó a México y trabajó como profesor asistente en la UNAM (1967-68). En 1968 continuó sus estudios de posgrado en química física en la Universidad de California en Berkeley.

Tras graduarse en 1972, un año después inició su colaboración como posdoctorante bajo la dirección de Rowland en la Universidad de California en Irvine con un proyecto para estudiar la influencia ambiental de la acumulación de CFC en la atmósfera, que en ese entonces se creía era despreciable. Molina y Rowland determinaron que los CFC liberados a la atmósfera terminarían en algún momento, al alcanzar suficiente altitud, por ser destruidos por la radiación solar y que los átomos de cloro obtenidos durante esta descomposición ocasionarían la destrucción de las moléculas de ozono. Esta teoría del agotamiento CFC-ozono sería enunciada por ellos en un artículo publicado en 1974 por Nature, una de las revistas científicas de mayor prestigio, y validada a mediados de los ochenta por el descubrimiento del agujero en la capa de ozono de la Antártida.

En 1982 Molina pasó a formar parte del afamado Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA. En 1989 se reincorporaría a la vida universitaria como profesor del Instituto Tecnológico de Massachusetts y en 2004 regresaría a la Universidad de California, en San Diego. Durante su vida recibió más de cuarenta grados honorarios y, junto con el Nobel, reconocimientos como el Premio Tyler para Logro Ambiental, en 1983; la medalla Willard Gibbs de la Sociedad Estadounidense de Química, en 1987; y el Premio Sasakawa del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, en 1999.

Por haber expuesto el riesgo de escala planetaria ocasionado por nuestro uso universal de los CFC, que llevó a lo que se considera es el acuerdo internacional de protección ambiental más exitoso de toda la historia (el Protocolo de Montreal) para reducir y eliminar estos gases, la humanidad entera está en deuda con él.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en Oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Resurrectorio