Desde hace meses un nombre resuena constantemente en librerías, medios de comunicación, presentaciones de libro y recomendaciones literarias: Mariana Travacio. La autora argentina de varios westerns gauchescos, como Quebrada y Como si existiese el perdón, recientemente publicó un nuevo libro de relatos titulado Me verás caer, una nueva faceta de su obra literaria que es explorada en este ensayo.
“La literatura se parece mucho a la pelea de los samuráis, pero un samurái no pelea contra otro samurái: pelea contra un monstruo. Generalmente sabe, además, que va a ser derrotado. Tener el valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado, y salir a pelear: eso es la literatura”
—Roberto Bolaño
Acordamos reencontrarnos tras su gira italiana. Sin embargo, por azares del destino —seguramente los mismos azares que pusieron por primera vez su novela en mis manos— tuvimos que trasladar el encuentro a la vía telemática. Yo tomé la llamada desde la madrileña librería Pérgamo, en la cual ella presentó hace varios meses su obra; así, gran parte de la conversación es la prolongación de aquel primer diálogo en la librería. Hablamos durante una hora sobre escribir, sobre la imposibilidad del lenguaje y sobre los paisajes que surcan sus historias. De por medio: Rulfo, Bolaño y Duras.
Mariana Travacio (Rosario, Argentina, 1967), psicóloga de formación especializada en la rama forense, ha publicado ya siete libros, tres de los cuales han llegado a España y México gracias al trabajo editorial de Las afueras. Como si existiese el perdón (2016) y Quebrada (2022) son dos novelas de marcado carácter rulfiano que discurren en un universo compartido y que versan sobre el rencor, la venganza y la familia. En el primero, un joven Manoel tendrá que huir de su hogar en un viaje sangriento donde descubrirá los secretos de su pasado. Mientras que el segundo narra el viaje de Lina, seguida por su marido Relicario, quien abandonará las hastías y áridas tierras en las que vivía para tratar de encontrar a su hijo desaparecido años atrás. Westerns gauchescos con espíritu homérico, de prosa precisa, poética e inclemente, como los paisajes que describe entre los que personajes huérfanos tratan de sobrevivir a un mundo inhóspito y hostil, lugares en los que el refugio, el hogar o el perdón parecen no abundar.

La escritora acaba de publicar Me verás caer (2023) su más reciente libro de relatos, en los que cambia completamente de registro, poblando sus cuentos de mujeres que se encuentran en algún punto de quiebre vital. Con una prosa más acelerada, Travacio nos lleva ahora hacia un libro vertiginoso que se lee con el ansia de quien trata de respirar en medio de un naufragio.
El hogar de la autora argentina ha palpitado siempre literatura. Con una madre de prodigiosa memoria que hablaba a sus hijas en verso, Travacio es la prolongación manifiesta de ese legado. No sólo recita a Borges o Lorca, sino que puede hilvanar citas de Bolaño, Lihn, Duras y Rulfo durante horas. Así, hablar con ella es escuchar los ecos de un pasado literario que nos permiten descifrar las claves de su rica obra. Porque como defiende, se escribe con todo lo que nos compone: “El proceso de escritura es escudriñar en el acervo lector que nos vamos construyendo con los años, un murmullo compuesto de todas aquellas lecturas que nos produjeron un deslumbramiento, aquellas que subrayamos; esos libros donde se nos “perplejizaron” los ojos”. En la literatura de Mariana Travacio la oralidad juega un papel indiscutible. Tanto en Como si existiese el perdón como en Quebrada, sentimos las historias con la cercanía de una confesión. Relatos sobre la venganza, el amor y la muerte que reverbera con ecos de canto griego. La escritora recoge esa tradición oral que comienza en Ítaca y pasa por Comala o Yoknapatawpha, para construir historias universales que debían ser contadas en torno a la lumbre; relatos como tantos otros, de vidas que tratan de zafarse de su destino.
En ese acervo, Mariana se reconoce mucho más en la forma que en el fondo; más atenta a un “hallazgo en la lengua que a un ribete ingenioso en la trama”. Y es que su murmullo literario bebe de aquella madre que les“retaba en cortito y para abajo en verso”. Seguramente, criarse en un hogar donde resonaban los versos de Mistral o el Martín Fierro hace que se cultive una relación con el lenguaje propia, sustrato que dio pie, años después, a párrafos como los siguientes:
Hemos quedado nosotros y las puras montañas, en estas tierras, sin agua ninguna. Ni los yuyos crecen como antes. Salen secos, apenas nacidos, y se agotan antes de dar las primeras hojas. Dan pura espina, y así quedan, tan duros que hasta el viento se queja cuando se encuentra con ellos.
Allá, donde vivíamos, venía el viento norte. Era un viento de calor que nos cercaba despacio hasta instalarse como un perro hambriento.
Ahora bien, Travacio es consciente de que la sonoridad no se basa sólo en lirismo y metáforas oportunas. Para ella, la cadencia es fundamental. De ahí, de nuevo, que el relato testimonial de sus dos novelas sea tan crucial, porque les da una cadencia lenta que hace que nos enfrentemos a un relato que suena antiguo, casi bíblico. Así se construye una voz que nos es familiar y cuya historia nos viene acompañando desde siempre, porque como dijo Rulfo: estamos escribiendo lo mismo desde Virgilio, escribimos sobre el amor, la vida y la muerte.
Esa cadencia del texto es especialmente relevante en su último libro Me verás caer. En muchos de los cuentos abundan las comas, que dotan al texto de una velocidad inusitada. El ritmo ansioso de quien está viendo la vida desmoronándose ante sí. Párrafos acelerados que se muestran como el indicio de la debacle que sufrirán sus personajes. En sus novelas, por el contrario, el relato cobra ritmos más pausados y se muestra como una larga letanía que se prolonga por esos paisajes anchos y hostiles, calientes como el fuego.
Porque he ahí una de las claves de la literatura de Travacio: el vínculo entre el lenguaje —o más bien la imposibilidad del lenguaje— y los paisajes que componen sus obras, los cuales no son meros escenarios de los devenires de los personajes, sino que los acompañan casi de una manera metafórica. La intemperie del llano es el espacio por donde se arrastra la orfandad de Manoel, el rencor del Tano o el hastío de Lina; y ese río, tan manso en el cuento homónimo será el entorno de una serie de vidas que se desbordan.
Estos paisajes no son sólo una decisión estilística, sino que responden a una visión sobre el lenguaje y la literatura. Porque “las palabras siempre nos preceden. Como especie no podemos ni siquiera pensar por fuera del lenguaje y puesto que un lenguaje es una cosmovisión del mundo y tenemos poquísimas palabras para dar cuenta de todo lo que nos pasa, éstas serán realmente insuficientes”. Ya lo decía Enrique Lihn:
nada tiene que ver el dolor con el dolor
nada tiene que ver la desesperación con la desesperación
Las palabras que usamos para designar esas cosas están viciadas
no hay nombres en la zona muda.
Por eso, el rencor no es el rencor, sino las tierras áridas de Como si existiese el perdón y la venganza cobrará la forma de aquellos campos anegados por las lluvias monzónicas que cubren el terreno de los Loprete.
Porque el lenguaje siempre será insuficiente. Porque las palabras nunca podrán dar cuenta en su totalidad de lo que queremos narrar. Por eso la escritora desconfía de la lengua. Ahí su gran influencia de Marguerite Duras y ese breve y magistral ensayo que es Escribir (1993) en el que la autora francesa da cuenta de la imposibilidad de la escritura:
Escribir
No puedo
Nadie puede.
Hay que decirlo: no se puede
Y se escribe.
En ese último verso hallamos la elipsis que apunta a lo importante: “y a pesar de todo, escribimos”. Esa es la noble pelea de la literatura que Bolaño relaciona con la pelea de un samurái. Aquella batalla condenada a la derrota, cuya nobleza reside precisamente en ese fracaso. Y si se escribe, es porque no hay alternativa. Porque no se puede no hacerlo. Rilke le preguntó en sus famosas cartas al joven poeta Kapus si se moriría si le prohibieran escribir pues esa es la cuestión clave. Y como confiesa la autora “la escritura es para mí una cuestión de pulsión, hay un algo que me sobreviene”. Esa pulsión que actúa como motor de la escritura sólo funciona, entonces, si asumimos la contraparte: no se puede escribir. Y se escribe. Por eso, para Travacio la escritura es “un naufragio constante, es aprender a sostener la incertidumbre, es, ante todo, una disposición al fracaso”.
Como Duras, la argentina escribe también sin plan alguno. Sólo se hace eco de aquellas voces que escucha como un rumor lejano: “para mí la escritura se da de un modo muy auditivo. Yo necesito escuchar esa música, esa cadencia. Si tengo eso, siento que puedo hacer un poquito de pie, que tengo dónde apoyarme para tirar un poquito del hilo e intentar ir hilvanando el texto”.Esa voz que hace que los personajes toquen pie aún en penumbras, ante un escenario incierto, tanto para el lector como para la escritora.
Y como Duras, defiende que la escritura se basa en la mirada. Puesto que si “escribimos para ver morir a una mosca” —como afirma la francesa— es porque
la literatura nos ayuda a mirar. Hay algo necesario para sentarte a escribir que tiene que ver con mirar el mundo con cierta perplejidad, sin darlo por sentado. Ya lo decían los formalistas rusos: nuestro deber es desautomatizar la percepción; interpelar al mundo con nuestra mirada. Cuando uno lee pasajes como el de Duras claramente uno ya no vuelve a mirar una mosca agonizante de la misma manera.
Lo mismo pasa con Travacio.
Pablo Cerezo
Sociólogo e internacionalista por la Universidad Complutense de Madrid. En la actualidad gestiona la librería madrileña Pérgamo, recientemente rescatada.