Ofrecemos aquí una abierta recomendación para ver el documental María, la diva eterna, estrenado recientemente. Plantea una mirada nueva a su vida y obra, a su búsqueda de libertad y autonomía. Los vínculos de La Doña con la emancipación femenina de medio siglo son más sólidos de lo que creíamos.
Tal como el periodista Guillermo Ochoa decía alguna vez, María Félix no puede más que definirse con la palabra “torrencial”. Junto con Dolores del Río, escribía por su parte Carlos Monsiváis, la Doña había sido todo un deslumbramiento, la mujer que exige su lugar de honor.

En este mes de abril, la plataforma digital ViX estrenó el documental María, la diva eterna, del director Dan Chávez. La recomiendo ampliamente y les explicaré por qué. La obra se propone transmitir la poderosa presencia que la diva de Álamos, Sonora, fraguó en el espacio público de la cultura mexicana. Es la actriz que desafió los paradigmas de su época, dentro y fuera de los escenarios. El documental resalta, en especial, cómo confrontó —hasta donde pudo— el machismo, al que María misma definía como una “enfermedad moral”.
Una imagen grandilocuente sobre la actriz ya la habíamos podido encontrar en el libro de Paco Ignacio Taibo I, María Félix, 47 pasos por el cine. Como no podía ser distinto, Taibo rinde culto a lo más obvio cuando hablamos de la Doña: su belleza. En un pasaje trae a colación la anécdota de Armando Sáenz sobre la fascinación que la sonorense causaba en los rodajes de El peñón de las ánimas:
Un día se nos anunció que vendría a conocernos al estudio el grupo principal de la película. Recuerdo que primero entró Jorge Negrete… Después entró un señor todo tembloroso, que luego supe era el ingeniero Palacios. Este comenzó a decir: “Pasa María”… Todos nos quedamos con la boca abierta. Era una mujer divina. Entró con sus pasitos cortos. Tenía una cintura así: muy pequeña.
Sin embargo, el libro de Taibo también ya había expuesto un sinnúmero de rasgos que hacen de María, más allá de la “mujer bella”, la actriz que efectivamente opuso resistencia al machismo, y que además hizo carrera sin más recursos que la disciplina, la entrega, el arrojo, el combate, la creatividad: “Soy completamente improvisada, no estudié nunca arte dramático… comencé a estudiar solita para progresar en el cine”, decía María Félix en 1994 en la Mostra de Valencia, España.
Es bien sabido que María Féliz rompió amistad con Taibo porque en ese libro el escritor habría revelado la “verdadera” fecha de nacimiento de la diva, lo que en un sentido significaba cuestionar el sueño, los mitos y el misterio que —en opinión de ella— envuelven la vida de una actriz de cine. Tal vez otro pasaje iconoclasta en el libro que habría disgustado a la Doña es aquel donde Taibo pone en duda que María Félix haya sido elegida por Rómulo Gallegos como la protagonista de Doña Bárbara; por el contrario, el escritor venezolano habría renunciado a filmar la cinta con ella.
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A diferencia del libro de Taibo, el documental de Dan Chávez tiene la suerte de dejarnos con las palabras de la actriz; es decir, con la visión que ella misma elaboró sobre su difícil carrera. Esta perspectiva, aunque subjetiva, es oportuna en una sociedad tan machista y patriarcal como la nuestra, que cuestiona en diferentes sentidos lo que la mujer hace, dice o decide ocultar.
Para disgusto de la moral misógina de ayer y hoy, María Félix “era el trono y el poder”, la mujer que impuso la regla de que la diva “se ve, pero no se toca”. Este documental nos propone que la luminaria que se plantaba con gracia y garbo no surgió como por encantamiento: podría decirse que su gran papel de actriz fue, sobre todo, construirse a sí misma. Más allá de la belleza física que cautivó a directores y fotógrafos, tendríamos que ver los méritos de una mujer que sobresalió en un mundo de hombres.
En sus comienzos en el séptimo arte, la Doña tartamudeaba, pero gracias a su disciplina y al afán de aprender el oficio de actriz pudo “hablar de corrido”. Entró al cine con papeles protagónicos, pero aun así moría de miedo en cada filmación. De sus personajes aprendió a ser una mujer fuerte, aquello que era vedado a su género: por eso tuerce el cejo, como hacían los hombres de poder, los militares. En las cintas fue ambiciosa, seductora, triunfadora; en la vida real fue independiente: nunca tuvo que pedir ni un centavo a ningún varón, eligió a sus parejas, y, en un acto inaudito para la época, se divorció. Fue tan feminista como pudo serlo para su tiempo.
Vestía Dior, Cartier, Balenciaga, porque una actriz de su talla no iba a filmar con cualquier trapo. Tradicionalmente, a las mujeres les ha sido reprochado el deseo de poder y de ostentación de éste; con María Félix no fue distinto. Pero a la diva poco le importaron las habladurías. Por el contrario, parece que le daba grandes satisfacciones todo aquello que podía causar revuelo, y que ella provocaba a sabiendas de las reacciones. La mujer inteligente, que se atrevió a educarse a sí misma, estuvo rodeada de las mejores mentes de su tiempo: entre sus grandes amistades, Salvador Novo y Xavier Villaurrutia, por ejemplo. A su paso por Europa a fines de la década de 1940, tuvo un encuentro con Simone de Beauvoir, quien le habló de la libertad sexual y de la libertad del segundo sexo para amar como se le diera la gana. Probablemente esta influencia libertaria brota cuando María Félix dice en televisión: “Yo creo que supe dirigir mi vida… porque primero que nada me la he pasado fabulosa”.
María Félix no se resignó a repetir el rol asignado de la mujer frágil, sometida. No vio pasar la vida sino que luchó para convertirse en su guionista y protagonista. Por todas estas cosas, María, la diva eterna es una obra liberadora. A las generaciones de hoy puede sonarles el mitin de la diva: “¡Protesten, quéjense!”.
Germán Luna Santiago
Profesor de Historia Contemporánea de México, UAM-Iztapalapa