Marco Aurelio, el emperador que enfrentó la peste con estoicismo

La pandemia es una novedad para nosotros, pero no para la historia. Aquí se recogen algunas de las ideas centrales del estoicismo antiguo —en particular su vertiente romana, ejemplificada por las Meditaciones del emperador Marco Aurelio— para invitarnos a enfrentar la crisis con sensatez y responsabilidad.

Son muchas las cuestiones que tratamos, y mucho es el tiempo
que perdemos en descubrir que nada podemos hacer al respecto.
—Fernando Pessoa, La educación del estoico

Entre 165 a. C. y 180 d. C. una peste sacudió los cimientos del mundo antiguo. Se propagó por el imperio romano desde Mesopotamia y fue la primera pandemia conocida en causar millones de muertes. Se cree que fue una variante de la viruela o el sarampión, enfermedades que cimbraban poblaciones en Asia, África y Europa desde tiempos inmemoriales. La enfermedad se propagó cuando el emperador Marco Aurelio, quizás el filósofo estoico más notable de la antigüedad, gobernaba el imperio romano. Le dieron el nombre de “peste antonina”, hecho que constituyó una afrenta pública para el mandatario y su dinastía, los antoninos.

Las acciones de Marco Aurelio ante la epidemia fueron relativamente sabias. Primero acudió al frente de batalla para mitigar las conspiraciones de los generales amotinados que rumoraban su muerte a causa de la peste. La sospecha no era del todo infundada, pues la plaga había acabado con la vida de Lucio Vero, el segundo regente del imperio —y treinta años más tarde llevaría a la tumba al propio Marco Aurelio. Después suspendió provisionalmente el avance militar en Galia, Mesopotamia y se dirigió en persona al Danubio para concluir la campaña germánica con una victoria parcial sobre los bárbaros. Finalmente y por consejo de Galeno,1 médico de cabecera de los aristócratas romanos, dispuso una serie de medidas de higiene para reducir el contagio, que según el médico se producía por medio de los estornudos y la saliva. Los historiadores concuerdan en que, pese a la magnitud de los problemas que encaró, el mandato de Marco Aurelio fue el último período de la Pax Romana, el máximo esplendor del imperio en materia económica, militar y cultural.

Debido a los escasos cuidados sanitarios de la época, la pandemia se esparció en cuestión de semanas. A diario se apiñaban miles de cuerpos putrefactos en las calles donde hoy se concentran ciudades de Italia, Francia y España. Marco Aurelio tuvo que lidiar con esta situación en los últimos catorce años de su vida, el mismo periodo en el que escribió sus famosas Meditaciones o pensamientos a mí mismo. Esta obra, que fluctúa entre la prosa intimista, las reflexiones ético-metafísicas y los breves consejos sobre el arte de vivir, sigue la noción platónica de La República: el gobierno del alma humana se corresponde, en pequeña escala, con el gobierno de un estado.

Ilustración: José María Martínez

De acuerdo con varios especialistas en historia antigua, la pandemia tuvo menor influencia en la crisis del Imperio romano que las tendencias políticas y económicas del momento. ¿Cómo es esto posible? En el libro IX de las Meditaciones, Marco Aurelio nos ofrece una explicación. Para él, la enfermedad es menos dañina que la falsedad y el dominio de las pasiones que condicionan nuestra forma de actuar. Según los estoicos la pasión es un deseo frente al cual nuestra inteligencia se mantiene pasiva. “Esta peste”, escribe el emperador, “es propia de los seres vivos en cuanto son animales; pero aquélla es propia de los humanos en cuanto son humanos”. No podemos controlar todo lo que nos sucede, pero sí las emociones que dichos sucesos producen en nosotros, por no decir nada de nuestra manera de reaccionar. Hay cosas que están en nuestras posibilidades (bastante pocas) y otras que nos superan (la gran mayoría). Entonces, ¿de qué sirve afligirse por las situaciones que nos rebasan?

Ahora bien, controlar nuestras reacciones no significa aceptar injusticias o abusos, sino entender las situaciones con cierta distancia y conducirnos conforme a ellas, desde nuestro modesto alcance. El conocimiento de nuestras capacidades y limitaciones nos permite desarrollar una serena racionalidad y actuar con resiliencia frente a las adversidades inevitables. Dicha idea, proveniente del cinismo, revive como una noción práctica de la moral en la doctrina de Zenón de Citio, fundador de la filosofía estoica. En el libro IV de las Meditaciones,Marco Aurelio la desarrolla y establece como piedra angular de su pensamiento: “Recuerda lo que se halla en los límites de tu carne y hálito vital, aquello que es tuyo y depende de ti”. Esta formulación no implica una condena de los sueños o los anhelos ya que, como establece Séneca en De la brevedad de la vida, las personas que logran grandes cosas son quienes desatienden aquello que está fuera de su órbita y se preocupan exclusivamente por lo que son capaces de hacer con sus medios. Por eso, insiste Marco Aurelio, tener sueños imposibles es la mejor forma de no hacer nada; pretender lo inalcanzable es de cierta forma condenarse a la inacción.

***

Epitecto fue otra de las figuras predominantes del estoicismo, pero su perfil era el preciso antípoda del emperador Marco Aurelio. Modesto orador de corte socrático, Epitecto no escribió nada y vivió gran parte de su vida como esclavo del imperio. Una de sus reflexiones más conocidas se inspira en la convivencia social durante la epidemia: “Los puntos de vista y problemas de otras personas también pueden ser contagiosos. No te sabotees adoptando involuntariamente pensamientos infructuosos en tu trato con los demás”.2 Hay personas cuya compañía supone una carga emocional demasiado pesada; prescindir o limitar su influencia es una manera de cuidarse a sí mismo. Desde luego, tampoco se trata de rehuir al otro como si fuera un agente de contagio inmediato, pues eso sería desconocer las dos condiciones esenciales de la naturaleza humana para los estoicos: las personas somos seres sociales (si bien podemos funcionar en soledad nuestra prosperidad nace de la cooperación); y somos seres racionales, capaces de analizar su intercambio con el otro, escoger aquello que ayuda y dejar de lado el resto. “Cuánta libertad gana el que no mira qué dijo, pensó o vio el vecino”, dice Marco Aurelio al respecto, poniendo el acento sobre la idea de que muchas veces “el vecino” no es más que una excusa para que la ira, los celos o el deseo que subyace en nuestro interior brote y se apodere de nosotros. Esas frustraciones innecesarias sólo demuestran nuestra incapacidad para aceptar el mundo como es y no tienen ningún provecho. Por eso se consideraba a la emoción como un filtro entre el individuo y la realidad, una fuerza que puede “movernos como marionetas” si no interponemos otro filtro, el del pensamiento. Evidentemente, dominar las pasiones requiere bastante esfuerzo, paciencia y reflexión, pero garantiza serenidad y libertad. El estoicismo no se trata, pues, de renuncia o indiferencia (como se quiere ver a menudo) sino de sensatez.

***

La imagen de sabio feliz que tiene Marco Aurelio responde quizás a la rigurosa integridad que le atestiguan sus allegados. Herodiano, uno de sus consejeros más cercanos, dice que “fue el único de los emperadores que dio fe de su filosofía no con palabras ni afirmaciones teóricas de sus creencias, sino con un carácter digno y una conducta virtuosa”.  De su padre recuerda haber aprendido que los beneficios materiales, así como el poder, no solo son efímeros sino que además ejercen una presión sobre sus poseedores. Por eso, siempre se preguntaba si era necesario usar tal o cual cosa, o simplemente la usaba porque estaba a su alcance. De su madre, destaca una enseñanza similar: “Es posible vivir en un palacio sin tener necesidad de vestidos suntuosos, candelabros, guardia personal, estatuas y cosas semejantes”, afirma al inicio de Las Meditaciones. En los testimonios también se habla mucho de sus dos rituales predilectos. El primero consistía en dar largos paseos por el cementerio cada vez que sus asuntos se lo permitían. No solamente le relajaba la tranquilidad y el paisaje natural que suele haber en estos lugares, sino que además le permitía ejercitar su memento mori, esto es, recordar que el cambio es ley de la naturaleza y la muerte es parte esencial de la vida. “En realidad solo se vive la muerte de los demás, pues la propia muerte no dura más que un instante”, proclamaba un emperador que sobrevivió a dos de sus hijos, su hermano adoptivo, sus padres y un sinnúmero de parientes y amigos. Por esto no extrañan sus últimas palabras en el lecho de muerte, cuando la epidemia lo consumía: “No lloren por mí. Piensen en la pestilencia y la muerte de tantos otros”.

Su segunda rutina no desmerece a la primera. Casi todas las noches Marco Aurelio se tomaba un momento para replantearse los eventos de la jornada y escribía su diario íntimo. Probablemente muchas de esas cavilaciones derivaron en lo que serían las Meditaciones, que el emperador no consideraba una forma de aislamiento sino, al contrario, una suerte de oración que reconocía el estrecho vínculo con los demás, su ser en colectividad. “Quien hace su plegaria antes de acostarse deja centinelas en el puesto de guardia, puede dormir tranquilo” habría de escribir Baudelaire varios siglos más tarde.

La costumbre de Marco Aurelio no solo fue imitada sino que se volvió uno de los rasgos distintivos del estoicismo. Séneca le dio una forma precisa al recomendar que antes de descansar, cuando todo esté en silencio, es importante tomar una libreta, encontrar un lugar apacible y responderse a sí mismo tres preguntas: ¿Qué he hecho mal el día de hoy?, ¿qué he hecho bien?, y ¿qué podría haber hecho de otra manera? El objetivo no es, por supuesto, culpabilizar sobre el pasado o lamentarse por los errores, sino tomar una distancia sobre los acontecimientos y hacer un balance de los eventos que se nos presentaron demasiado rápido en la vida cotidiana. Así pues, es posible comprenderlos mejor y actuar en consecuencia en el presente, pues para los estoicos es lo único que se encuentra en nuestras manos. Esta reflexión, inspirada en el símil de un águila que sobrevuela un vasto territorio antes de decidir hacia dónde se dirige y con qué fin, es lo que la filosofía cognitiva y su terapia conductual conciben  como la “vista en perspectiva”, un ejercicio que Albert Hellis reconoce haber retomado de los estoicos. Por medio de este balance, los individuos tratan de observar el problema desde una óptica externa, de desprenderse de la inmediatez del problema para analizar sus distintas aristas.

En la actualidad existe una tendencia a “catastrofizar”, a convertir cualquier evento medianamente adverso en un desastre irreparable. Al hacer un juicio de valor impulsivo en dichas situaciones, nos conducimos hacia un círculo vicioso de autocompasión y autosabotaje que no solo es inútil, sino también dañino. A esto se refería Séneca cuando decía que “sufrimos más de imaginación que de realidad”. Entonces el distanciamiento permite reconocer no sólo la magnitud o la frecuencia, sino el verdadero impacto de los problemas. No deberíamos olvidar, por ejemplo, que la humanidad ya se enfrentó a pestes tan terribles como la antonina sin los conocimientos médicos, tecnológicos y sanitarios que tenemos hoy. Por ello lo pertinente es atender las medidas de prevención sin perder de vista este hecho, a sabiendas que la reflexión serena es nuestra mejor aliada ante cualquier calamidad.

 

Camilo Rodríguez.
Lector, traductor y escritor.


1 Littman, R. J. y Littman, M. L. “Galen and the Antonine plague”, en American J Philol, 1973, 94, pp. 243-55.

2 Aunque no dejó ninguna obra escrita, las ideas de Epicteto se conservan gracias a las anotaciones de Arriano, su discípulo más importante. Épictète, (trad. Joseph Suilhé). Entretiens. Tome I. Livre I, Les Belles lettres (Collection des universités de France, Paris, 1975, p. 91.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Noticias de Cipango