Mantenga sus pertenencias a la vista

Quienes asisten a un concierto en el Palacio de los Deportes en estos días se aventuran a jugar al gato y al ratón con una muy particular clase de delincuentes. Las señales aparecen en mensajes oficiales escritos, en indicaciones de viva voz por parte de las autoridades o en movimientos sigilosos de algunas personas.

Viajar en el transporte público parece ser la mejor opción para llegar a ese edificio multiusos (sala de conciertos, exposiciones, ferias artesanales y comerciales). No hay que preocuparse por el tráfico de las horas límite o por encontrar un lugar seguro para estacionar el auto. Sin embargo, esta apuesta por la comodidad y por un poco de responsabilidad ecológica puede dar un giro inesperado y dejar a cualquiera con los bolsillos vacíos.

La primera advertencia aparece en una pantalla del Metrobús. En el mensaje se pide a los usuarios que no coloquen sus pertenencias en los bolsillos traseros, que eviten distraerse mientras usan el celular o los audífonos. Luego aparece otra evidencia de que el exceso de confianza no está permitido en este viaje: en la estación Chabacano, de la Línea 9 del metro, mujeres y hombres policías clavan en el aire indicaciones que gritan a todo pulmón. “Descienda por donde le corresponde, no deje el celular en su bolsillo, cierre bien su mochila, cuide sus pertenencias; no rebase la línea amarilla, evite accidentes”. Hay otro detalle que inquieta: en los andenes ahora también hay elementos de seguridad cuyo uniforme guarda ciertas similitudes con el de los granaderos. Cuando observan a alguien sospechoso, ellos son quienes lo bajan del vagón, lo alejan del andén y lo empiezan a catear y a interrogar. Con todas estas sentencias en la cabeza, viajar tres estaciones hasta Velódromo parece una decisión absurda. Ni qué decir de la falta de sana distancia entre cuerpo y cuerpo, del sudor que moja la frente y se acumula en la nuca porque no sirven los ventiladores y algunas ventanillas no se pueden abrir. En estas condiciones se tiene que decidir si se cuidan las “pertenencias” o si se procura que las manos se aferren a algo para sostenerse.

Cuando las puertas del tren se abren en la estación Velódromo, se asoman rostros que reflejan el alivio de respirar al aire libre. Las malas señales se ocultan por ahora. Es tiempo de la música.

Al salir del concierto, por los pasillos del Palacio de los Deportes resuenan aficionados entusiastas que vuelven a gritar su canción preferida del repertorio de esta noche.

Ilustración: Patricio Betteo
Ilustración: Patricio Betteo

Entre declaraciones de amor y lealtad para C. Tangana, vasos de plástico con espuma de cerveza en el fondo y mercancía no oficial del madrileño, las señales de inseguridad vuelven a aparecer. Ahora no hay policías o mensajes de advertencia. En las salidas 6 y 7 se forman grupos de entre tres y cuatro jóvenes —hombres y mujeres—, que observan a quienes van saliendo y cuando detectan a sus posibles víctimas, se acercan, las rodean y les quitan sus objetos de valor.

Para regresar al metro se tiene que atravesar el estacionamiento hasta llegar al puente peatonal que pasa sobre Viaducto Río de la Piedad y que se conecta con la estación Velódromo. El ancho de las escaleras del puente apenas deja que dos filas vayan subiendo lentamente; se hace un cuello de botella. La algarabía es sinónimo de felicidad. Nadie se queja de los empujones; todos comparten cómo vivieron el concierto. Aquí aparecen dos policías parados al margen de la multitud, muy cerca de un puesto de periódicos que complica más la circulación. De repente, un grupo de dos jóvenes y una mujer empujan hacia delante, con ese movimiento se acomodan para dejar en medio de ellos a una persona y tratar de asaltarla. El primer intento falla. Lo hacen con alguien más, le sacan el celular y se abren paso entre las filas para alejarse rápido. Los policías no se dan cuenta de nada. Hay otro hombre que tiene una sudadera doblada sobre el brazo izquierdo, a la altura del codo. La prenda también le cubre la mano derecha, con la que intenta bajar el cierre del bolsillo de una chamarra, en el que algo pesa y tintina. Tal vez en la imaginación del ladrón ese ruido equivale a monedas o a algo valioso, lo que no sabe es que sólo son unas llaves. Mientras detiene sigilosamente la jaladera del cierre, el afectado le suelta un manotazo. Los que están cerca escuchan el golpe seco sobre la piel, pero nadie dice nada.

La violencia cotidiana impone la ley del silencio y del temor.

Son las 11:42 de la noche. Entre las personas que cruzan la puerta de la estación Velódromo hay quienes no volverán a ver su celular, su dinero o su cartera. En cambio, los avisos para advertirles que cuiden sus “pertenencias” seguirán ahí mañana.

 

Kathya Millares
Editora

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Publicado en: Crónica