Manchester by the Sea (E.U.A., 2016)
Director: Kenneth Lonergan
Género: Drama
Guionista: Kenneth Lonergan
Actores: Casey Affleck, Michelle Williams y Kyle Chandler

Por protocolo, parece ser que los dramas cinematográficos deben cumplir ciertas expectativas: lágrimas, desesperanza, angustia, un sentimiento que crece y abraza sin escapatoria, exigencias que se amoldan a un ritmo veloz, avasallador, una concepción creativa que, sobra decirlo, no es definitiva y es completamente amoldable, pues para representar el dolor no se necesitan grandes artilugios, sólo es necesario vivir.
Kenneth Lonergan, dramaturgo y director estadounidense, tiene claro esta premisa: su tercer largometraje Manchester junto al mar (2016), es un delicado recuento de la vida de Lee Chandler (Casey Affleck), un plomero venido a menos que, de un día a otro, tendrá que lidiar con la muerte de su hermano Joe (Kyle Chandler) y asumir el rol de tutor de su sobrino Patrick (Lucas Hedges).
Lonergan, prescindiendo casi por completo de los picos dramáticos, se toma el tiempo de introducir al protagonista: un Lee sombrío que vive su cotidianeidad refugiado en la apatía y las canciones solitarias de un bar. Un perfil nacido desde la sencillez, pero condenado al cliché de la desesperanza; sin embargo, la interpretación de Affleck lo empuja hacía otra dirección, una ejecución dramática que no transforma a su personaje en un ente miserable, urgido de misericordia. Al parecer, el talento de Lonergan radica en trabajar con un Affleck que es, sin dudarlo, la persona que cruza con nosotros en la calle, que toma el transporte, que bebe una cerveza, Lee es el ciudadano promedio, sin pretensiones, que vive. O eso pretende.
Para lograrlo, dirección y escritura se unen para germinar algo que crecerá detrás de la obvia problemática de Lee (el cuidado de su sobrino). El uso de unos discretos flashbacks arma el rompecabezas que justifica, poco a poco, la negación absoluta de regresar a su ciudad natal y tomar bajo su cuidado a otro ser vivo. Como pocas veces sucede en las películas que eligen al hombre común como protagonista, el pausado armado que elige Lonergan es esencial para saber que Manchester junto al mar no es la usual historia trágica, la de un humano tocado por circunstancias particulares y extraordinarias, una habilidad narrativa que hace de la desventura de Lee un dolor más agudo, más cercano, más punzante.
Junto a los recuerdos de una vida que ya no es, los paisajes, la pesca y la vida junto al mar en Manchester, Massachusetts, a su regreso, Lee no logra encajar. Su llegada está condenada a una delgada y firme capa de incomunicación, de incomprensión, una carencia expresiva y afectiva que se manifiesta más allá de la personalidad taciturna y dubitativa de Lee, un contraste agudo a la personalidad de Patrick, el chico sociable y galante. Las decisiones de este hombre común serán la declaración y el resultado de un pasado que es repelido y reafirmado por la presencia de Randi (Michelle Williams).
El tono neutro, alejado de los tremendismos, hace de Manchester junto al mar una muestra del efecto de combinar las preocupaciones del teatro y la narrativa audiovisual del cine. Contrario a algunas de sus contemporáneas (como Fences (2016), de Denzel Washington, familiarizada también con esta disciplina), el trabajo del director estadounidense no se detiene en los diálogos estáticos, en la inmovilidad de la puesta en escena, los vicios de la forma son resueltos con un fondo bien desarrollado, ejecutado y preocupado, sobre todo en el pathos de sus personajes, en estados anímicos como la frustración, la tristeza, el desencanto.
Como suelen hacerlo las piezas teatrales (hablando como género), Manchester junto al mar transforma la disección emocional de Lee e indaga, quizá en menor medida, el pathos de la cotidianeidad de un pueblo estadounidense promedio, un objetivo que se hace visible en el pasado de Lee (la pesca, los amigos, el juego, la familia) y que acaba de madurar en el rechazo inmediato del poblado a su regreso.
El tedio, los recuerdos, el malestar cobran factura con un toque final que el director sabe dilucidar con paciencia, con encanto. Para representar el dolor no se necesitan grandes artilugios, sólo un Lee Chandler que, como pocos, sabe que lo único que lo aferra al presente es su propio pasado, como pequeños piquetes de aguja en la punta de los dedos. El quiebre proviene de los sentimientos contenidos, internos, algo mucho más poderoso que la tragedia, que los gritos, que el llanto.
Cuando nos preguntemos la pertinencia de películas como esta sólo basta recordar que la materia prima del cine es el hombre, y que trabajos como este son necesarios para seguir conociéndonos y a todo lo que nos circunda.
Arantxa Luna
Twitter: @mentecata_