En la escritura de Lucía Pi Cholula cada músculo nombrado, cada punzada, cada dificultad para respirar se convierte en una forma de explorar el pasado con todas sus heridas. Sus poemas son testigo de una obsesión por la anatomía —occipitofrontal, transverso, mentalis— que no busca sino precisión emocional: nombrar el dolor para hacerlo visible. Gracias a la cortesía de la autora y de Editorial Heredad presentamos una selección de poemas pertenecientes a Mamá se fue antes de hablarme del futuro.

Una fase aguda de psicosis1
Escribo en una lengua aprendida,
camino imitando sus pasos.
Me sumerjo. No temo.
Floto como me enseñó mamá una tarde
de Acapulco,
pero aquí no hay olas.
Una señora se detiene.
Nada para amortiguar la traición del cuerpo.
Trago el agua que ella escupe.
Los minutos son insuficientes:
no se quiebra la capa protectora de sus microorganismos.
Voy a enfermar.
Dejaré de dar brazadas,
las piernas no habrán de responderme.
Por ahora cuento lo que falta
para respirar de nuevo.
Me obligo a mantener el aire.
Un poco más. Salgo.
Trago baba que ella escupe.
Nado con movimientos aprendidos.
En el fondo el ruido de la ciudad se descompone.
Nadar contracorriente en una alberca inmóvil,
tragar gotas de bacteria,
tocar el mosaico con los pies y no hundirme.
¿A qué venimos al mundo los que vivimos lejos del mar?
¿A qué viniste tú?
Intento cincuenta metros sin respiro:
mover las caderas, rotar los hombros,
que los dedos de mis pies golpeen el aire.
Tengo antojo de vacío,
patear el agua y que se salga toda.
Vamos al mar, le digo, cada que me quedo sin trabajo.
¿Por qué no puedo conservarlos?
En cambio, me entrego a mayores obsesiones
—ésta, por ejemplo, que usa la lengua que me diste.
Todo se inició en tu hombro, sentenció la masajista:
un movimiento en falso, una brazada mal dada,
algo que hiciste en el pasado y ahora duele.
Una lanza atraviesa el músculo redondo:
soy poca consistencia y tú ya no zurces mis desgarros.
Trago agua salada. Mis pies no tocan fondo.
Por un instante, sin tus manos, pienso que voy a morir.
El mar no puede derramarse.
Árnica en la boca del estómago2
Cuéntame que la primera comunión será en la calle,
para festejar la llegada de dios:
manteles largos, música en vivo.
Tu prima apenas tiene cinco años,
tu abuela reprocha que se saltó el catecismo,
pero el cura necesita las cuotas.
Tiraron la casa por la ventana, en medio de todo,
la cumbia ilumina el paisaje.
Haces una pausa, levanto las cejas:
sí, te escucho, aunque el occipitofrontal
—músculo cuadrilátero—
tira de los extremos de mi cabeza.
Soy Gulliver volcada por los liliputienses,
la tracción del trauma sobre el cuerpo.
Para derribar un árbol de un metro sesenta centímetros
tira y afloja.
Occipitofrontal se llama la carne fibrosa
que me impide entenderte.
La gala de la comunión y lo sagrado,
una fila de pequeños devotos, una hoja en blanco
para pasar a la siguiente ventanilla
—garantía de festejo mas no de futuro.
Busco, padre, convertirme en un árbol alcanforero,
cuyo linimento denso y cristalino corra por mis venas.
Para olvidar los desconsuelos una canción de cuna,
bolitas de alcanfor debajo de la almohada,
los rezos de tu abuela en el festejo,
una hoja atascada entre el sabor y la lengua.
Yo, un árbol alcanforero, no me cansaré de escribirlo,
con mis flores blancas y bayas azules.
Los pájaros podrían morir con mis vapores.
Acá sólo quedan los canarios
que Lupe compró en ocho mil pesos y cubre con una manta
todos los días a las siete de la noche.
Los pájaros de ciudad no le temen al aire alcanforero.
Cuando me invade el desamparo,
pequeñas cuerdas de incertidumbre corporal
tensan el cuadrilátero.
Acumulé en el tronco las muertes,
el sueño entrecortado por la urgencia,
las convulsiones.
Con mi madera fabrican el ungüento
que me aplico todas las mañanas.
Contra el pecado un trámite burocrático.
Contra la pesadez del cuerpo una carpa blanca, un ritual
de cumbias bien bailadas.
Contra el occipitofrontal dormir como canario.
Una punzada me dobla3
Rechazo que tus ojos contemplen mi duda.
Levanto el músculo con delicadeza,
apenas unos milímetros.
La piel se arruga,
los labios se desplazan hacia arriba.
Lo dijiste y yo, parada frente a ti,
con el mentón corrugado y la mirada perpleja,
esquivé tus palabras.
Cuando niña, dormía tocando el rostro de mi madre
—una mano en su oreja, su barbilla, rozando su nariz.
La proximidad de su aliento decía te quiero:
no hacía falta enunciar,
no había duda.
Una madrugada perdí el atlas
y entre mi mano y su nariz se instaló el silencio.
Cuando soñamos, el cuerpo abandona sus contornos,
se expande en la inmensidad de la cama, el cuarto, la ciudad,
las pecas del rostro de mi madre,
los agujeros que le hicieron al nacer para llevar pendientes,
las pestañas largas,
los labios que besaban
una mano diminuta que dormía.
∞
¿De qué dudamos?
Dudo de la historia del abuelo, de su infancia,
del niño que escalaba el palo encebado
y entregaba los regalos a los más pequeños.
Un relato del delirio.
Escribo su nombre, Manuel, y el músculo mentalis tira de la herencia de la sangre
—desprecio acumulado.
Mi canto también se apresura
como si deseara terminar la conversación,
abandonar la rama,
escapar del ritmo de las sílabas y dejarme aquí,
en este bosque galería de hormigueros
sencillos y tiznados,
de bataritos con cabeza gris
y plumas blancas en el barbijo.
El canto de los pájaros mentalis es suave y agudo,
acelerado al final de la tonada
como si dijera sí, sí, ya lo que sea.
Pienso en la memoria material de la tortura.
Detrás de la puerta el cinturón de cuero
—viril patriarca—,
las noches en vela estudiando en cuclillas
la última lección de matemáticas.
Una fotografía de Manuel,
frente a él, el asesino de estudiantes.
Ese es su lugar en el mundo,
nunca pudo imaginar uno distinto.
Cada injuria dolerá en los años.
El frío se clavó en tus músculos,
la duda en mis huesos.
La tracción del trauma sobre el cuerpo4
En los costados del abdomen
porto las dos mitades del transverso.
De adelante hacia atrás,
me envuelve en un abrazo y se olvida de mí.
Una punzada me dobla
caigo al suelo.
Temo perder el aire, darme vuelta
y que el músculo espiratorio me traicione.
Corsé premeditado de tortura,
expulsión forzada de mi viento.
Temo que me ahogue el reflujo mientras duermo,
atragantarme con salchichas,
sufrir de pronto, en plena calle,
una fase aguda de psicosis.
Heredaré todas las enfermedades, certeza de futuro.
El pecho mutilado, los dedos torcidos de zozobra,
el olvido que abre las llaves del gas y prende fuego,
los cien comprimidos de Rivotril de una receta apócrifa,
la lesión del manguito rotador, el soplo.
Temo que un día decidas guardar silencio,
tallarme los ojos y no volver a verte,
dejar las llaves, perder el sueño.
Recelo el lugar común.
aunque soy entre las que temen
miedos ancestrales de infortunio
manchas en el centro de mi cuerpo.
Despierto.
El músculo transverso se desborda,
caigo al suelo.
- Lucía Pi Cholula, Mamá se fue antes de hablarme del futuro, Ciudad de México, Editorial Heredad, 2025.
Lucía Pi Cholula
Poeta.
- Redondo mayor: Músculo voluminoso, de aspecto redondeado que se localiza en la región posterior del hombro. Participa en la rotación interna, en la aducción y en la retroversión. Cuando toma como punto de apoyo el húmero, desplaza el ángulo inferior de la escápula hacia delante y hacia arriba.
- Occipitofrontal: Pertenece a los músculos cutáneos del cráneo. Es un músculo ancho, grueso de forma cuadrilátera y de tipo digástrico. La acción de este músculo es presentar tensión sobre la aponeurosis epicraneal cuando se contraen al mismo tiempo, pero se puede sólo contraer un solo vientre muscular, si se contrae el frontal eleva las cejas y forma arrugas en la frente dando la expresión de sorpresa, admiración, atención y espanto o susto.
- Mentalis: Músculo de la cara, en la barba, situado en el espacio triangular que delimita el músculo depresor del labio inferior a ambos lados de la línea media; entre la parte superior de la sínfisis y la eminencia mentoniana. Es par, pequeño y conoideo. Su función es levantar la piel del mentón.
- Transverso: músculo que se encuentra en la parte anterior y lateral del abdomen, a más profundidad que el músculo oblicuo interno. Es par, ancho, cuadrilátero. Es el más profundo de los músculos anchos del abdomen, siendo carnoso en su parte media y membranoso en sus dos extremidades. Se extiende de la columna vertebral a la línea alba. Su principal función es estabilizador de la columna vertebral y actúa como compresor de las vísceras del abdomen.