Macho viejo o el final del viaje

Ilustración: Izak Peón

Hernán Lara murió el sábado 15 de marzo después de un largo viaje por el mundo de las letras; lector insaciable, también tuvo tiempo de escribir cuentos y novelas, de enseñar literatura inglesa a sus alumnos de la UNAM y de disfrutar con los amigos el sabor de los tragos y de la conversación libre y acalorada.

Exploró varias posibilidades de expresión y de contenido en sus cuentos y novelas, pero hasta la aparición de su penúltimo libro, Macho viejo (2015), no había mostrado un universo en armonía, en el que incluso las explosiones de violencia se someten a la razón. Siempre, en las buenas y en las malas, triunfa la bondad, la resignación. Ninguna acción o pensamiento, idea o sueño, deseo o fracaso de sus personajes roza siquiera el borde de un abismo, sino al contrario: triunfa el equilibrio, la complacencia o la resignación. ¿Así es la vida? Le pregunta el lector a ese narrador del relato. Sí, al menos para el doctor Ricardo Villamonte, un verdadero Cristo reencarnado y, además, seductor.

Esta novela breve es también un himno a la sexualidad, libre y sobrecogedora, plena y catártica. Villamonte encuentra en la pérdida y la soledad, cierta reconciliación con los demás y consigo mismo, con su pasado y su presente, su nostalgia y lo que perdió en el viaje. Frente a una fotografía de Rosa, su gran pasión, “lo dominan sentimientos de amor y nostalgia: el espíritu de la juventud se le ha escapado y le parece que la mejor parte de los placeres de su existencia como hombre, dormir con sueño, comer con hambre y coger con ganas, se le van escapando poco a poco”. Muerte joven y repentina, la de Rosa parece un castigo al amante y esposo. Ahí leemos algo que reafirma la historia de Macho viejo, su profesión, su vida amorosa y matrimonial junto a la experiencia que como médico adquiere gradualmente. “Hacer el amor es uno de los mejores regalos que recibe el ser humano durante la vida”. Es un libro de muchas sentencias, sacadas de la observación del mundo y de sus contrastes, sobre la mujer, el machismo generalizado en el pueblo mexicano, el amor y sus desafíos, el deseo, la naturaleza, los animales, y el sexo como tema eje del protagonista.

Macho viejo obedece a una nueva zona de su escritura: el final del viaje que representa la vida de un hombre, el sabor que deja en la memoria haber disfrutado y luego sufrido. No es un canto a la vida sino a la naturaleza con la que el protagonista establece un diálogo permanente; una mirada a los animales, los peces, las plantas, el día y la noche, el mar en su infinita quietud. Hernán Lara no vio en el océano un destino trazado que enfrentar, la oscuridad insondable que rodea a los espíritus aventureros, como Melville en Moby Dick. Lo concibió como quietud, regalo de dios a los hombres, aguas deliciosas para el placer. Este relato se encuentra muy distante de Charras (1995), aquella crónica novelada de un crimen terrible cometido en Yucatán a la luz del día. No es una novela del narco, pero sí de lo que se llamó en un tiempo de “denuncia”, o bien, literatura comprometida. De ésta a Macho viejo hay diferencias notables en la escritura de Hernán Lara, el estilo busca la limpidez, los pasos del personaje son pausados; su cabeza, una olla hirviente de imágenes del pasado que la memoria rescata. En Charras vemos ese tiempo nublado que diría Paz, pues cuenta las vicisitudes por las que pasó el asesinato en febrero de 1974, en Mérida, Yucatán, del estudiante Efraín Calderón Lara. Son los años de la “guerra sucia”, que el gobierno de Luis Echeverría desata por las zonas de alto riesgo guerrillero del país, y en esa cruzada por la defensa del estado de Derecho lo que se viola, precisamente, es ese derecho. En Macho viejo, en cambio, la violencia está ausente de los escenarios y de los individuos que transitan por las montañas, por la costa oaxaqueña; la escritura se encamina hacia espacios de satisfacción por la gracia de haber vivido.

Su penúltimo libro también aparece alejarse de Península, península (2008), novela histórica que reproduce algunas escenas de la crueldad que imperó en Yucatán durante la guerra de castas, y una historia de amor que protagonizan José Turissa y su esposa, la viuda Lorenza. Macho viejo quiere ser un inventario de la vida de un hombre común y corriente que se levanta de las ruinas del día para ir entrando, con la edad, en las de la noche: temibles y definitivas, también en la convicción de haber hecho las cosas de manera satisfactoria y plena. No hay resignación sino una visión abierta de las cosas y de la naturaleza humana, en la que Villamonte encuentra un residuo de felicidad. Y en el fondo, el lector descubre una historia de un amor imposible, motivo muy socorrido por distintos autores en diferentes épocas, y de una vida que llega a su fin. Me permito citar, a través de Luis Miguel Aguilar, este poema de Borges, El lamento de Heráclito, que él analiza bajo el fuego cruzado de la hermenéutica y la filología.

 

Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca
Aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach.

Para Luis Miguel Aguilar, el poema nos lleva en cierto sentido a la sentencia del filósofo Heráclito que todos conocen: nadie se baña dos veces en las aguas de un mismo río. Y lo enriquece más esta observación: Ur-bach, el apellido de la amada, viene del alemán “como el primero y el más antiguo de los ríos”. Pero sobre todo, es la imagen cabal de un amor imposible. ¿No es éste el que gobierna la novela corta de Hernán y es su leitmotiv?

Macho viejo es una novela en la que el tiempo se acaba, se clausura, mientras el doctor Villamonte resume su vida; es una novela en la que se tocan las puertas de la muerte desde la vida que aún le queda al protagonista. Es el momento de la recapitulación. De ver lo que fuimos y no seremos más, de buscar a los amigos, pocos, que aún permanecen fieles: “Nos volvemos enemigos de quienes fueron nuestros mejores amigos; nuestros hijos nos olvidan, nos abandonan, incluso nos traicionan y a veces llegamos a odiar a quienes más amábamos”. Me recuerda la frase atribuida a Óscar Wilde y que tanto reprodujo José Emilio Pacheco: “Matamos lo que amamos”.

Novela concluyente en la que todo se acaba, la energía, los afectos, los hijos, la esperanza, el amor, la salud. Se viene abajo este macho viejo, que es lo contrario de Ambroce Bierce, el periodista y escritor en el que se inspiró Carlos Fuentes para escribir Gringo viejo (1985). Para Fuentes, su personaje vino a morir a México, cruzó la frontera, moral, física, geográfica, de dos países y dos culturas, sabiendo que cruzaba su propia frontera. Macho viejo se aferra a la vida consciente de que se le termina y dice “somos nuestro pasado”.

Esta novela también me remite a esa preciosa historia, tallada como la porcelana, que es El viejo y el mar de Hemingway, en que el viejo pescador sale al mar a retar el destino. Se enfrenta a un pez o tiburón tan poderoso como la fuerza que lo jala hacia la muerte. En su soledad nocturna y marina recuerda sus años mozos, como el doctor Villamonte, comprueba que la energía que tuvo es fugaz, y parece que el cielo se le viene encima. Macho viejo también establece esa lucha con la naturaleza, con el otro y se encamina hacia el deterioro; es, en realidad, la aventura de un raro filántropo, digo “raro” porque esos seres los habían explorado novelas de otras décadas, como Rómulo Gallegos en su célebre Doña Bárbara (1929); o en el abogado Atticus de Harper Lee en su clásico Matar un ruiseñor (1960), por citar dos ejemplos. Las vicisitudes de un hombre casi ejemplar que se dedica a salvar enfermos, atender partos, personas heridas al borde de la muerte. Su meta nada prevista ni ensayada es ayudar a los demás, hacerse útil en la comunidad pobre, desamparada, de campesinos sin educación, alejada de los beneficios del progreso. Sus servicios como médico se los paga la gente con productos de la región y con mucho agradecimiento. Nada más.

Entonces lo abrazan las sombras. O dicho más directo: lo rodea la soledad, la más terrible, que es la de los viejos, dice él mismo. En el escenario de este relato aparece el dilema definitivo de la vida: la consciencia de la proximidad de la muerte. El protagonista comprende que es y ha sido tiempo, y que no hay en su horizonte sino una infinita e inevitable soledad, en la que finalmente cae para no levantarse jamás. El lector ata cabos y vuelve a un fragmento del poema de John Keats que le sirve de epígrafe a la novela: “Entonces a la orilla del vasto mundo / me quedo solo y pienso que / el amor y la gloria en la nada se hunden”. Hernán ha escrito una historia bonita, suave, disfrutable como la vida misma, que parece tener una finalidad razonable: como sea la vida vale la pena vivirla. No es una tragedia sino una comedia que no incluye un happy ending. Muy parecida a un cuento suyo excepcional, “Desayuno con champaña”, en el que la balada “Sellado con un beso” sobrecoge a los personajes, a la pareja que se conoció en los juegos de la adolescencia y terminó en la edad adulta. En Macho viejo el tiempo derrumba el universo de los sueños, y sólo vemos ese deseo del protagonista de ser uno, auténtico, yo total. La respuesta a este dilema entre la posibilidad y lo real, entre el destino y lo vivido, la ofrece Borges en ese título: “His End And His Beginning”.

Álvaro Ruiz Abreu

Escritor y crítico, profesor retirado de la UAM-X