Los senderos de la poesía ideográfica.
Cartas de Tablada y López Velarde

En este intercambio epistolar, José Juan Tablada defiende ante su amigo Ramón López Velarde la importancia que tiene para él la revolución gráfica de la poesía de principios del siglo XX: una innovación iniciada por Mallarmé en los linderos del XIX y proseguida por los caligramas de Apollinaire. Bajo la irradiación milenaria de la poesía oriental, las vanguardias tomarán un camino experimental de largo aliento: abrirse al abanico de nuevas posibilidades expresivas que ofrecen los signos negros sobre la página. Las palabras escritas dicen y, a su vez, desde ahora y para siempre, dibujan y delinean, en sus trazos, el mundo. Ante estas innovaciones encabezadas por Tablada en la región hispanoamericana, López Velarde no esconde sus reticencias. El siguiente es el diálogo entre dos poetas que marcaron con fuego la poesía en nuestra lengua. Ambos confirman lo que atrevió Gabriel Zaid en otro tiempo: que la cultura es, antes que nada, una conversación.


México, 18 de junio de 1919

Señor Don José Juan Tablada,
en Caracas,

Muy querido amigo: calculo que llegaría a sus manos la que le dirigí a Bogotá. Hoy me refiero a su muy grata e interesante de abril.

Rafael López, que la considera, como yo, un verdadero documento, quiere que la publiquemos. ¿Da usted su autorización? Yo creo que omitiendo lo relativo a los periodistas, podrá y debería ver la luz. ¿Qué me dice?

Por otra parte, la propaganda que ha hecho usted allá de nuestras cosas es conocida y apreciada aquí más de lo que usted mismo se figura. Todos hemos recibido los periódicos que usted afectuosamente nos envía.

Llegando al punto de su poesía ideográfica, quiero hablarle con absoluta sinceridad, como si me confesara, declarándole, desde luego, que sabré cumplir, espontáneo y gustoso, su encargo, que tanto me honra, de “preservar su obra de odiosas contaminaciones”.

Mi actitud, en suma, es de espera. Hasta hoy, lo ideográfico me interesa, más que por sí mismo, por usted que lo cultiva. Desde que conocí lo de Apollinaire, se me quedó la impresión de algo convencional, y esa impresión persistió después de reproducirse aquí los poemas de usted en La Habana: Los ojos de la máscara me iluminarán, seguramente, ayudándome a concluir mi criterio. Hoy por hoy, dudo con duda grave de que la poesía ideográfica se halle investida de las condiciones serias del arte fundamental. La he visto como una humorada, capaz, es claro, de rendir excelentes frutos si la ejercita un hombre de la jerarquía estética de usted. De cualquier modo, le repito que sabré estar a su lado, con mi convicción de que la prosapia de su musa es una garantía permanente de respetabilidad, aun en los procedimientos más desusados de la belleza. No se resfríe por mis confesiones; al cabo, yo antepongo la personalidad de usted a los sistemas exteriores, y me dispongo, además, a entender mejor todo lo que deba esclarecerse en mi conciencia. ¿Cuándo aparecerán Los ojos de la máscara? Dígame también, si no es indiscreto rogárselo, un poco de su vida personal. ¿Está contento?

          Ya sabe que lo quiero y lo admiro.

Ramón López Velarde


México, 13 de noviembre de 1919

Mi querido amigo:

¿Vio usted en Social de La Habana unos poemas míos que llamo “ideográficos”, dos madrigales y una “Impresión de la Habana”? Pues bien, ellos son los avant coureurs de toda una obra, más de treinta poemas que integrarán mi próximo volumen: Los ojos de la máscara. Hace muchos años leí en la Antología griega de Planudes, que un poeta heleno había escrito un poema en forma de “ala” y otro en forma de “altar”; supe por mis estudios chinos que en el templo de Confucio se canta cierto himno cuyos caracteres escriben, con el movimiento de su danza, los coreógrafos sobre el pavimento. Por fin vi aquello de Jules Renard: “les fourmis, elles sont: 3333333333”:… con lo que sugiere tan admirablemente la inquieta fila de hormigas. En New York hace 5 años hice los “Madrigales ideográficos”. Luego vi algunos intentos semejantes de pintores cubistas y algún poeta modernista. Pero no eran más que un balbucir. Mis poemas actuales son franco lenguaje; algunos no son simplemente gráficos sino arquitectónicos: “La calle en que vivo” es una calle con casas, iglesias, crímenes y almas en pena. Como la “Impresión de la Habana”, es ya todo un paisaje. Y todo es sintético, discontinuo y por tanto dinámico; lo explicativo y retórico están eliminados para siempre; es una sucesión de estados sustantivos; creo que es poesía pura…

Lo que me dice de la ideografía me interesa y me preocupa. Le parece a usted convencional… ¿más convencional que seguir expresándose en odas pindáricas, y en sonetos, como Petrarca?… La ideografía tiene, a mi modo de ver, la fuerza de una expresión “simultáneamente lírica y gráfica”, a reserva de conservar el secular carácter ideofónico. Además, la parte gráfica sustituye ventajosamente la discursiva o la explicativa de la antigua poesía, dejando los temas literarios en calidad de “poesía pura”, como lo quería Mallarmé. Mi preocupación actual es la síntesis, en primer lugar porque sólo sintetizando creo poder expresar la vida moderna en su dinamismo y en su multiplicidad; en segundo, porque para subir más, en llegando a ciertas regiones, hay que arrojar lastre… Toda la antigua mise en scène, mi vieja guardarropía, ardió en la hoguera de Thais convertida…

Cinco años permanecí absolutamente desinteresado de los viejos modos de expresión, buscando otros más idóneos para mis nuevos propósitos. ¡Un lustro! La entomología moderna ha descubierto que la cigarra permanece diecisiete años en un limbo subterráneo antes de surgir y cantar su himno al sol, que estremece el éter primaveral y perdura en las noches del trópico…

Si usted, mi querido amigo, no fuera tan grande poeta, si en su obra no manifestara un ejemplo tan encantador de liberación personal, tomaría a mal esa frase suya: “Dudo que la poesía ideográfica se halle investida de las condiciones serias del arte fundamental”. Estas condiciones y ese arte, ¿no serán, en último análisis, el respeto a la tradición que nos abruma, nos iguala, impidiendo con la tiranía de sus cánones, la diferenciación artística de las personalidades?…

Más bien creo, y me lo confirma su actitud expectante [sic], en que aún no tiene usted documentación abundante para hacer un juicio definitivo. Además, mi poesía ideográfica, aunque semejante en su principio a la de Apollinaire, es hoy totalmente distinta; en mi obra el carácter ideográfico es circunstancial, los caracteres generales son más bien la síntesis sugestiva de los temas líricos puros y discontinuos, y una relación más enérgica de acciones y reacciones entre el poeta y las causas de emoción… Mis libros Un día y Li-Po le explicarían mis propósitos mejor que esta exégesis prematura…

José Juan Tablada


José Juan Tablada
(fragmento del ensayo homónimo de Ramón López Velarde1)

Ciertamente la poesía es un ropaje; pero, ante todo, es una sustancia. Ora celestes éteres becquerianos, ora tabacos de pecado. La quiebra del Parnaso consistió en pretender suplantar a las esencias desiguales de la vida del hombre con una vestidura fementida. Para los actos trascendentales —sueño, baño o amor—, nos desnudamos. Conviene que el verso se muestre contingente, en paragón exacto de todas las curvas, de todas las fechas; olímpico y piafante a las diez, desgarbado a las once; siempre humano. Tal parece ser la pauta de la última estética libre de los absolutismos de la perfección exterior.

Dentro de semejante inspiración, Tablada experimenta nuevas rutas. Extravagancia, declaran algunos. Es posible. Por lo que a mi toca, me sostengo curioso, oliendo la pólvora sin humo del portalira y haciendo votos porque el tema de la excentricidad no ciegue a los visitantes del laboratorio ni los encolerice. Nada más amargo que tratar a empellones los asuntos del espíritu.

En prosa y en verso ha tenido el estilo espadachín, sin el cual el literato moderno se expone a ser arrollado por las turbas. En verso y en prosa, su numen significa el agua de contra-coléra para los atacados de vulgaridad atmosférica.

Las substancias de su química pueden perder o salvar a los lectores, según la disposición de alma con que se acerquen. El practicante estulto o bajo perecerá en la belleza explosiva de un hipnotismo de lo cromático, al convencerse de Carolina Otera o de la Pestet, en Florencia.

En nuestra lírica, sus frascos son, acaso, los verdaderos endiablados, y el cerebro que ha suprimido las calaveras en las etiquetas está, de seguro, amasado en rojo, merced a una plétora de claveles.

Loor a la musa de la falda guinda.

Ramón López Velarde


Estos textos pertenecen a la nueva edición en torno a Apollinaire que junta con inteligencia ensayos, nuevas y viejas traducciones, y cartas, titulada Apollinaire en México (El tucán de Virginia, 2017, edición y nota de Víctor Manuel Mendiola, traducciones de Marco Antonio Campos y Octavio Paz; ensayos de José María González de Mendoza, Agustí Bartra, Ulalume González de León, José María Espinasa y Jean-Clarence Lambert).

Cortesía de: ediciones El tucán de Virginia.


1 Ramón López Velarde, Obras, ed. de José Luis Martínez, FCE, México, 1971.

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Publicado en: Ciudad de libros, Fragmentos