Los recuerdos satisfechos

La memoria —el vértigo de asomarse al pasado para recoger lo que queda de nosotros— les ha servido a incontables hombres para forjarse una historia, pero los escritores bien podrían contarse entre sus más devotos discípulos. Tal es el caso de Vicente Leñero (1933-2014) con La vida que se va; Carlos Fuentes (1928- 2012) con La muerte de Artemio Cruz y Jorge Ibargüengoitia (1928-1983) con Dos crímenes. Las tres novelas abarcan el espacio perdurable de la memoria como peregrinaje, trabajo y disciplina. Recordar —o pretender que se recuerda— no es una labor gratuita: conlleva asimilar las ataduras del pasado con los deseos inmaduros del presente. 

En estas novelas, los tres —con distintos proyectos narrativos— lograron conjugar un espacio reticular en donde la memoria se expande por medio de la nostalgia —el arma política de la memoria— cuya añoranza puede tener consecuencias bélicas, pues se encuentra en el pasado un Edén perfeccionado y se lucha en el presente por regresar a él. El caso más emblemático de esta operación es la novela de Fuentes, pues en ella el lector encontrará a un Artemio Cruz que, a pesar de encontrarse en pleno proceso de disolución vital, todavía le alcanza el aliento para proponer un proyecto —su propia imagen catapultada hacia el futuro— que sea la reiteración de su propia vida. Acostado en una cama, abúlico y en retirada, Artemio Cruz rememora porque la novedad de su pasado le sirve como injerto artificial de su presente. Utiliza la memoria del pasado y al pasado como poder para transmitir a sus semejantes un aura oracular que vuelva más densa su presencia. Artemio Cruz es pura memoria proyectada hacia el futuro. Por eso el personaje pregunta, en una frase que podría condensar el libro: “¿Para qué morir si no vamos a ver los frutos de nuestra heroicidad?”.

Artemio Cruz, dolor quieto, también es recuerdo febril: intenta recordar, como avalancha, todas las posibilidades del pasado; quiere recoger, a paletadas, recuerdos transparentes. Carlos Fuentes desmiembra al personaje en una triple división lingüística: yo, tú, él. Le transmite al lector una necesidad expresiva: que el tiempo nunca es lineal sino acaso materia desdoblada, pues Artemio Cruz vive en el pasado, sobrevive en el presente y habita en el futuro. Es un fantasma materializado que embiste el tiempo para salirse de él. Su discurso —en donde recuerda sus hazañas— va encaminado a entenderse como proyecto temporal al mismo tiempo que como aspiración atemporal. Artemio Cruz es, al mismo tiempo, designio divino y arquitectura telúrica anclada a la tierra y a la más física de las relaciones humanas: el poder.

El tratamiento de la memoria en Jorge Ibargüengoitia, en cambio, pasa por una sutil ironía que ignora las formas ceremoniales y caóticas de la novela de Carlos Fuentes. En Dos crímenes, la historia revolotea alrededor de la fortuna de Ramón Tarragona, un viejo con mucho dinero y demasiada familia. El punto nodal es cómo será la repartición de los bienes cuando el viejo muera. Ibargüengoitia realiza una operación contraria a la de Carlos Fuentes: éste último está más interesado en expresar la memoria como combate contra el tiempo; al primero le interesa representar la memoria como urgencia, interés inmediato, decisión perentoria. La ansiedad por el contenido del testamento permea a todos los personajes con un nerviosismo que Ibargüengoitia aplaza hasta volverse incómodo. El objetivo familiar de los comensales del banquete testamentario es tan obvio que resulta grotesco para el lector: están ahí porque el dinero del patriarca los llama, pero la sutileza de la escritura de Ibargüengoitia comba la narración y esconde motivos ocultos que despliegan los personajes. En Dos crímenes, la escritura expande el pliego inicial narrativo y lo descubre como placas tectónicas a punto de colisionar, los personajes bajo la pluma de un escritor menos talentoso hubiesen resultado facsímiles uno del otro, calcas de un mismo deseo avaro. Con Ibargüengoitia, el recubrimiento personal de cada uno resulta variopinto y necesario. Es, a primera vista, una escritura de tonos grises que, particularizados, rectifican su color y se presentan como policromía. Arcoíris narrativo, Ibargüengoitia nutre su carnaval con una extravagancia que resulta sospechosamente parecida a la vida. Todo yace, sin embargo, en la memoria de Tarragona: ¿qué recordará el viejo de los demás?

Finalmente, La vida que se va, de Vicente Leñero, utiliza al periodismo para indagar sobre la verdad de una vida. Cuando Beto Conde, un compañero del periódico del protagonista, muere, deja un papel que dice “¡AVÍSENLE A LA ABUELA!”. A partir de ahí, el protagonista se verá las caras con esta anciana que le cuenta su vida como deporte furioso de una existencia a punto de partir. Si la escritura de Ibargüengoitia se parece a una flecha que va recogiendo partículas varias antes de dar en su objetivo, la de Leñero parece regodearse en la repetición embozada de la memoria que busca transparentar los recuerdos. La vieja cuenta la historia de su vida, que cambia cada vez que el protagonista va a visitarla. La historia de la vieja se desdobla en múltiples frentes, casi todos seducidos por un hombre distinto. Así, vemos a la vieja enamorarse de un músico, de un pintor o de un hombre de negocios. La vemos irse a Europa a vivir su historia de amor o quedarse en México. Si en La muerte de Artemio Cruz la memoria quiere rescatar el pasado para proyectar un futuro, en La vida que se va la memoria es todos los tiempos, los que sucedieron, los que no sucedieron, los que pudieron haber sucedido. Se crea una cosmovisión alternativa de lo que fue una vida: no la que vivimos sino —recordando la célebre frase de García Márquez— la que recordamos y, en el caso de Leñero, la que queremos contar. La vieja esconde bajo capas volcánicas los hilos sutiles de las vidas pasadas: siente una nostalgia verdadera por todas, convirtiendo la tarea de separar la vida verdadera de la falsa una labor titánica que sólo un monstruo como Funes sería capaz de dosificar.

Estas tres novelas son ejemplos paradigmáticos de cómo la memoria prolonga una existencia mientras que la oblitera: el tiempo —al menos en este universo— sucede sólo una vez y la palabra es la única que permite construir, aunque sea de forma artificial, un dominio temporal propio. La promesa de recordarlo todo como sucedió debería relegarse a la inútil monserga de los historiadores que piensan que la Historia está compuesta únicamente de hechos y no de ficciones. La literatura tiene algo que decir en este sentido. Estas tres novelas le permiten respirar a todo aquel que, en un intento autobiográfico desesperado, quieren monumentalizar su vida con la promesa de hacerla más real. Recordarlo todo haría del juego de la vida una aburrida crónica de hechos recogidos, transparentados y medidos. Esa labor le corresponde a Dios.

Acaso las vidas más interesantes son también aquellas que se vuelven ficción.

Guillermo Fajardo

Es doctor en Literaturas Hispánicas por la Universidad de Minnesota. Su novela más reciente es Las brujas de San Nicolás (Almuzara, 2024) y su libro de cuentos más reciente es Conducta animal (BUAP, 2024). 


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