Los paños de la Capilla Sixtina

La Capilla Sixtina parecería ser el epítome de aquello que hay que apreciar según el mandato estético universal. Pero hay que tener presente que esto no siempre fue así. En un principio, los frescos que contiene fueron vistos con malos ojos por las autoridades eclesiásticas. Si se rememora su historia, la réplica de la misma que albergará la Ciudad de México en las próximas semanas puede resultar en una propuesta de exposición pública mucho más compleja.

En la réplica exacta de la Capilla Sixtina que estará en la Ciudad de México hasta el 25 de julio se apreciará la huella de grandes maestros florentinos y el genio de Miguel Ángel Buonarotti mediante una reproducción de los frescos que decoran el interior de la misma. El trabajo para la realización de esta réplica de tamaño natural consistió en la unión de más de 2 mil 700 fotos que especialistas internacionales tomaron durante cinco meses. Para lograr la forma cóncava de la bóveda, se tomaron y unieron fotografías de 3 centímetros. En la réplica, los frescos están impresos con gran definición en tela sublimada.

La Capilla Sixtina, bautizada así en honor al Papa Sixto IV, fue construida entre 1474 y 1481 por el arquitecto Giovanni dei Dolci. Tiene cuarenta metros de profundidad, trece de ancho y veintiséis de altura. Vista desde el exterior, el edificio es austero, de pobre arquitectura y estrecho, con muros de ladrillo, sin ornamentación, con ventanales y cornisas de piedra caliza. Además de ser un cofre de obras de arte de brillantes maestros renacentistas, la Sixtina debe su fama mundial a ser el lugar en donde se realiza la elección del Pontífice de la Iglesia Católica.

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Fotografía: Antoine Taveneaux

El recinto conoce dos etapas decorativas, en la primera de 1481 a 1483 intervinieron Boticcelli, Ghirlandaio, El Perugino, Pinturicchio y Roselli con diez grandes frescos sobre el Antiguo y el Nuevo Testamento, los cuales se encuentran en los muros laterales debajo de una serie de esculturas de 28 Papas. La parte inferior de estos muros se encuentra cubierta de tapices que representan ricos cortinajes.

El techo de la capilla, es una bóveda de cañón con una curva mínima. En la primera etapa decorativa estaba pintada de azul oscuro, con incrustaciones de estrellas doradas.  Hacia 1508 el Papa Julio II encargó a Miguel Ángel Buonarotti, que tenía treinta y dos años, decorar la bóveda con un fresco sobre los doce apóstoles. Se sabe que Miguel Ángel había rechazado dos veces la encomienda papal debido a su preferencia por la escultura y por las complicadas condiciones técnicas para trabajar en la bóveda. Una vez aceptado el encargo, el propio Miguel Ángel elaboró el andamio y los diversos artefactos que durante cuatro años utilizaría para ejecutar la insuperable obra. Debe destacarse que, durante la realización del fresco, la relación de Buonarotti con el Papa Julio II no fue la mejor, ya que el temor del prelado de no ver concluida la obra antes de su muerte  provocó diversos enfrentamientos verbales, resueltos en noviembre de 1512 cuando se descubrió al público la trama de sibilas, profetas y cuadros de la historia del Antiguo Testamento que conforman la obra. Hacia 1534, Alejandro Farnesio fue electo Papa bajo el nombre de Paulo III. Dicho pontífice requirió nuevamente de los servicios de Miguel Ángel para plasmar el Juicio Final, realizado entre 1535 y 1541, con lo cual culmina el trabajo decorativo de la Sixtina.

En el fresco de diecisiete por trece metros localizado en el altar Michelangelo ofrece su interpretación del Apocalipsis de San Juan. En él muestra el terror de las criaturas que rodean a Cristo, presentado como un joven hercúleo sin barba e insolente, que levanta la mano de forma severa, como si en ese movimiento separase a los pecadores de los salvos. En la escena se observa a María junto a Cristo con el rostro serio. Completan el primer círculo de imágenes varios santos y mártires que protegen a estos dos personajes de los pecadores, los cuales intentan acercarse antes de ser arrasados por los demonios que estan en el lado inferior derecho.

Los santos de este primer círculo son Juan el Bautista (a la izquierda) y Pedro (a la derecha). Debajo de Cristo están representados Lorenzo con la parrilla de su martirio, Bartolomé, que sostiene la piel que le despellejaron en su martirio (y en la cual se ha especulado que hay un autorretrato de Miguel Ángel), el Cirineo que ayudó a Cristo con la cruz rumbo al patíbulo, Sebastián de Aparicio que sostiene las flechas de su martirio y Catalina de Alejandría. Del lado inferior izquierdo, varios ángeles llevan a los salvos hacia arriba y despiertan a los muertos con grandes trompetas como las descritas en el Apocalipsis. Destacan en la parte superior del fresco, dos lunetos con varios ángeles que transportan los elementos de la pasión, del lado izquierdo llevan la cruz, los clavos y la corona de espinas y del lado derecho, llevan la columna en la que Cristo fue atormentado.

La descripción del Juicio Final que conforman las 391 figuras desnudas, representa el lado más espiritual del artista, no es casual que el torbellino que rodea al Cristo sea similar a la tormenta interna con la que vivía Miguel Ángel. Al respecto, Giles Neret dijo; “…la belleza humana es un reflejo de la belleza celestial, y por consecuencia, debe elevar el alma cuando se contempla. Para un artista creador como él, mezclar imágenes santas e incluso representar al salvador en la “bella indumentaria de su desnudez”, es una obra piadosa”.

Al momento de ser develada al público, la obra causo  gran impacto. Messer Biagio, maestro de ceremonias del Papa, exclamó que tales pinturas eran propias de un burdel o de una taberna más no de una capilla. Miguel Ángel, furioso ante esos comentarios, colocó su retrato en el infierno a un lado de la barca de Caronte. Del mismo modo, el poeta Pietro Arentino declaró su indignación ante la obra, al grado de encabezar una intriga con diversos cardenales para destruirla, la cual no prosperó. Años más tarde, hacia 1559, por acuerdo del Concilio de Trento y orillado por la Contrarreforma Pio IV censuró la desnudez de las figuras mandando a pintar cuarenta paños de pureza realizados Daniele da Volterra (el “pintor calzonero”, como se le conoció), de los cuales veinte fueron retirados en la restauración del año 2000. La declaración de Juan Pablo II sobre el Juicio Final, publicada en su Tríptico romano en 2003, como ese “final invisible que se volvió conmovedoramente visible”, podría entenderse como la aceptación confirmada de la obra y su contenido por parte de la Iglesia.

Al respecto de la inquietante impresión que producen la Capilla Sixtina y sus frescos, Stendhal escribió en su Historia de la pintura en Italia:

“La escultura griega no gustaba de reproducir bajo ninguna forma lo terrible; los griegos tenían ya de por sí bastantes quebraderos de cabeza reales. No hay, por tanto, en el mundo del arte, nada que pueda compararse a esta figura del eterno arrancado al primer hombre de la nada. La actitud, el dibujo, el ropaje, todo es impresionante en ella: el alma se siente estremecida por sensaciones que no suelen comunicarse por medio de la vista. Cuando, en nuestra desastrosa retirada de Rusia, nos despertaba de pronto, en medio de la tenebrosa noche, un insistente cañoneo que a cada momento parecía más cercano, todas las energías de la naturaleza humana se concentraban en torno al corazón del soldado; este se disponía a disputar su vida con él. Al contemplar el fresco de Miguel Ángel, he sentido renacer en mi aquella sensación ya casi olvidada. Las almas grandes experimentan aquí su propia grandeza; las demás se sienten presas de pánico y pierden el juicio.”

En la actualidad, los frescos de la Capilla se aprecian en los tonos concebidos originalmente por el pintor. Durante la mencionada restauración se retiraron patinas de polvo y cola animal que durante siglos se creyó que protegían a la obra del polvo y el humo de las ceras. La réplica que está en el Monumento a la Revolución realmente permite apreciar en toda majestuosidad esa terrible grandeza de Miguel Ángel Buonarotti.

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Publicado en: Curadero

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