Los jesuitas, inicio, supresión, resurgimiento de Markus Friedrich

Markus Friedrich, un historiador de la Universidad de Hamburgo de apenas 50 años, es un especialista en los albores del tránsito de Europa —y del mundo— hacia la modernidad. En su libro Los jesuitas, inicio, supresión, resurgimiento, Friedrich descubre, como otros en la actualidad, que la orden de los jesuitas es una especie de microhistoria en la que se reflejan muchos de estos cambios hacia lo que hoy llamamos sociedad moderna. El historiador alemán reconoce que los jesuitas desempeñaron un papel destacado en ámbitos cruciales como la espiritualidad, la educación, la política y las artes. Además, recalca que los jesuitas sobresalieron como informantes privilegiados del Nuevo Mundo a partir del descubrimiento de América. Este libro es, por tanto, una historia general de la Compañía de Jesús desde su fundación hasta nuestros días.

Friedrich ya había realizado investigaciones sobre la Compañía de Jesús (Der Lange Arm Roms), ya que uno de sus campos de especialización es el tratamiento que los jesuitas dieron a la cultura archivística y, sobre todo, la implementación de formularios desde el punto de vista organizativo de la orden. Con este bagaje de conocimientos, la editorial Piper de Alemania le encargó escribir una historia general de la Compañía de Jesús, desde sus comienzos hasta nuestros días. Friedrich comprendió que La Compañía no podía ser mirada simplemente como material de museo, un fenómeno histórico del pasado: sigue viva y habría que tratarla como un work in progress. En este sentido, el libro se organiza en torno a los temas que han sido decisivos para los jesuitas: espiritualidad, pastoral, educación y misiones.

Los jesuitas… se centra en las coordenadas espirituales que guiaban a la orden: los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, la obediencia y la indiferencia. Repasa también la relación entre la espiritualidad jesuita y el misticismo de la época. No debe olvidarse que en el momento de la fundación de la orden había un gran número de manifestaciones místicas en España. Algunas eran dudosas, como los “alumbrados”, perseguidos por la Inquisición, y otras eran de altos vuelos, como las de Santa Teresa de Jesús —fundadora de las carmelitas descalzas— y, un poco después, las de San Juan de la Cruz.

De igual modo, se destaca que, frente a ellos, los jesuitas desarrollaron una especie de misticismo ascético. Un misticismo sin formas dramáticas ni manifestaciones exaltadas. Asimismo, señala la profunda división que siempre existió en la Compañía: Rodrigues, el portugués, y Bobadilla se volvieron grandes adversarios de Ignacio desde el inicio; les molestaba profundamente el gran centralismo del poder organizado en torno al padre general y el laberinto procedimental que eran las Constituciones, cuya pretensión era regular todo. Siempre se ha hablado de una orden que estuvo (y quizás sigue estando) dividida.

Por otro lado, Friedrich describe la amplia labor pastoral de los jesuitas: proclamaban con gran entusiasmo el Reino de Dios y fundaban instituciones benéficas para prostitutas y pobres. Eran grandes predicadores que conmovían a la sociedad ilustrada de su tiempo y a los campesinos europeos. Acompañaban con gran celo a los ejércitos como capellanes castrenses. Asistían a los soldados en las guerras, atendiendo sus necesidades físicas y espirituales cuando resultaban heridos o acompañándolos en sus últimos momentos. No faltó ocasión en la que ellos mismos se convirtieron en combatientes. También fueron grandes acompañantes de sentenciados en las cárceles.

Lo que distinguía a los jesuitas de otras órdenes similares es que eran especialmente buenos en el trabajo pastoral. El libro señala que los jesuitas subrayaban con frecuencia que “nuestros sacerdotes eran más eficaces que los monjes de otras órdenes” y se vanagloriaban cuando su propio evento tenía más visitantes que el de sus competidores. Lo que parecía ser la obra más tersa de la Compañía, la pastoral, les trajo grandes conflictos. Defendieron la naturaleza positiva del ser humano para acercarse a Dios, pero los jansenistas los tacharon de permisivos. Los acusaban de predicar una moral excesivamente laxa: “En la práctica, no queda nada que los jesuitas digan que está prohibido a los cristianos… Con semejantes resultados tan blandos y laxos, en realidad ya no se trata de moralidad alguna”. Así quedó encendido un campo de batalla por toda Europa, en el que intervino en su contra el gran pensador Pascal. Los jesuitas, por su singularidad, levantaban sospechas incluso dentro del catolicismo.

A este conflicto se sumó, en 1550, la petición del papa Julio III de que los jesuitas se encargaran de la batalla contra los protestantes, después de declarar que la “defensa de la fe” era un campo de actividad adicional para la Compañía de Jesús. La orden no había sido fundada como organización activista antiprotestante. Sin embargo, hacia 1550, habían integrado en su identidad una postura decididamente contraria a la Reforma. Pronto, Polanco, por ejemplo, tuvo la certeza de que su orden había sido “adoptada por la divina providencia como medio importante para combatir este mal”. Los jesuitas comparaban a los luteranos

con la materia fecal que, al cabo de poco tiempo, causaba náuseas. Sin embargo, este no era un tono inusual. Ambos bandos produjeron una gran cantidad de polémicas agresivas (en su mayoría, en lengua vernácula), que, a pesar de todo su contenido teológico, tenían un tono vulgar, no muy distante de la procacidad de Grobiano.

El giro educativo de la Compañía de Jesús es un tema en el que también ahonda el historiador alemán. Inicialmente, Ignacio de Loyola no contemplaba que su orden tuviera como objetivo fundar colegios. Más bien, fue una casualidad que, seis o siete años después de la fundación de la Compañía, un noble llamado Borja, en España, y algunos ciudadanos de Mesina, le pidieran a Ignacio que dirigiera colegios.

Con la fundación de los colegios surge un cuestionamiento central: ¿qué significó este vuelco educativo para la orden? Pues, en primer lugar, estos quitaron el freno de mano de la pobreza que se habían autoimpuesto como orden eclesiástica. Ahora podían recibir donativos y bienes para subsistir. Como se indica en el libro, “con la ayuda de los canales habituales de donaciones, herencias, compras o intercambios, los colegios jesuitas fueron adquiriendo pronto una creciente fortuna”.

Y, en segundo lugar, podría decirse que, hasta cierto punto, los jesuitas recompusieron todas sus tareas a partir de los colegios, ya que junto a estos estaban sus residencias desde donde enseñaban y lanzaban a la pastoral y las misiones; incursionaron en la ciencia y, además, las escenificaciones teatrales eran muy famosas:

En París, los periódicos y las revistas informaban sobre estas producciones. Por lo común, príncipes y nobles se encontraban entre los espectadores […] Al menos a las producciones más destacadas asistían varios miles de personas, tantas que, en ocasiones, se producían escenas tumultuosas […] En 1710 se decía que había 612 colegios en todo el mundo. La red de colegios mantenida por la Compañía de Jesús ha sido tal vez una de las mayores en su género en la historia.

Estos espacios se convirtieron en círculos virtuosos en los que los jesuitas se pudieron desarrollar como profesores destacados que atraían a jóvenes con vocación y formalizaron pedagógicamente las grandes aspiraciones renacentistas en sus colegios. Como dice Eugenio Garin en El Renacimiento italiano: “una renovación moral y política que afectara al Estado, a la Iglesia y a la sociedad, una ‘regeneración’ íntima y espiritual del individuo, alimentada tanto por fuentes religiosas como por el mundo ideal de la antigüedad”.

Un poco antes de que la modernidad se instalara plenamente —podríamos tomar como referencia la Revolución Francesa—, los jesuitas terminaron por moldear Europa. Paradójicamente, en sus colegios se formaron los grandes pensadores de la Ilustración, quienes vendrían después a desmantelarlos ideológicamente: Montesquieu, Voltaire, Diderot, Descartes… Por eso, en el libro se dice: “La Compañía de Jesús que el padre general Aquaviva construyó e impulsó sobre los cimientos de Ignacio y sus predecesores inmediatos fue capaz de modelar Europa durante los siguientes 150 años”.

Además, el libro aborda la joya de la corona de la Orden de los jesuitas: las misiones. Era el tiempo en que aparecían noticias sobre la existencia de inmensas minas de oro en las nuevas islas y de que el rico y preciado metal se encontraba en algún lugar bajo una capa tan ligera de tierra que bastaba con escarbar con una piedra para descubrirlo. Este campo de ensueño en el descubrimiento de América tenía, en la mayoría de los casos, dos caras: la espada del conquistador y el escudo espiritual de los misioneros. Desde su fundación, los jesuitas se sintieron predestinados a ganar el mundo para el Evangelio. Apenas se había fundado la orden cuando Francisco de Javier ya estaba en la India y, poco después, en Japón. Más tarde Joyce escribirá: “Qué gran santo san Francisco Javier. Qué gran soldado de Dios. Qué gran pescador de almas”. Después llegaron a África y América. Los jesuitas querían que el “nombre de Dios se oyera desde donde nace el sol hasta donde se pone”. Y no se contentaban, en palabras de Alejandro, con un “solo mundo”. La profecía bíblica y la curiosidad pagana iban de la mano. Los jesuitas se lanzaron con celo a la conquista del mundo para la fe, sin querer ser inferiores a Alejandro en audacia y valor.

Las misiones fueron exitosas donde estuvieron acompañadas por las tropas de los conquistadores. En los lugares donde no hubo conquista y donde la cultura era similar a la suya —por ejemplo China—, los logros no fueron tan duraderos: “De esta forma, a pesar de todas las dudas, discusiones y remordimientos, la orden se convirtió en una de las principales corporaciones esclavistas de América”. De igual manera, los jesuitas estaban predestinados a cartografiar estas nuevas tierras y Europa dependió mucho de sus conocimientos como cartógrafos y clasificadores de fauna y flora. Por ejemplo, la flor de camelia debe su registro al jesuita Joseph Camel, y a la quinina, utilizada para el paludismo, se le decía “polvo jesuita”. Asimismo, con sus obras teatrales, los jesuitas fueron pioneros del giro católico general hacia el heroísmo cristiano. La representación llamativa y explícita de la violencia infligida a los mártires formaba parte de esta complacencia con el heroísmo por motivos religiosos. Y aquello que proclamaron en el teatro sobre el martirio, lo llevaron a cabo con sus propias vidas en las misiones.

No obstante, el libro también ejemplifica —de manera magistral— el paradigma en el que se articulan los grandes conflictos ideológicos. Ya que no sólo aclara la supresión de la Compañía, sino también el camino que se sigue en política para alcanzar el poder a cualquier precio. No trata sólo de los jesuitas, sino de nostra res agitur. La brillantez alcanzada por los jesuitas los puso de inmediato en el candelero de los conflictos. Quisieron hacer del movimiento salvífico una fe llevadera, lo que les acarreó fama de ser extremadamente laxos en la moral. Al defender teológicamente que todo poder viene en última instancia de Dios (y del pueblo), el ciudadano tenía derecho a matar a un monarca cruel y desviado. Los monarcas, por supuesto, los acusaron de regicidas. Quisieron construir una especie de utopías sociales, como las reducciones del Paraguay, y los estados nacionales vieron en ellas enclaves que acabarían con el propio estado.

La orden se convirtió en símbolo de la culpabilidad de diversos acontecimientos indeseables en la Iglesia, la política y la sociedad. Se convirtió, pues, en pantalla de proyección de miedos sociales y ansiedades políticas. La lucha contra la Compañía de Jesús no era otra cosa que la lucha por el progreso civilizatorio de la sociedad y, en última instancia, de toda la raza humana. Así, en esa exageración desmedida, la orden de los jesuitas fue elevada a una grandeza —que nunca tuvo— que parecía decidir los criterios fundamentales de la historia europea: progreso o estancamiento, Estado moderno o poderes tradicionales particulares.

El anti-jesuitismo fue, por lo tanto, un fenómeno plural, vehemente y que resurgía debido a las actividades jesuitas reales o imaginarias. La hostilidad contra la Compañía de Jesús vino lo mismo de ambientes católicos que de no católicos. Esta hostilidad siempre estuvo entremezclada con asuntos políticos y eclesiásticos, ya fueran las políticas coloniales en Brasil y México o las disputas sobre la “acomodación” en China.

Tras su restauración, los jesuitas —temerosos, heridos, atormentados e inseguros— se vieron obligados a aferrarse al pasado. Se convirtieron en “el baluarte de la ortodoxia, la milicia más tradicionalista de la Iglesia católica, reacios a pactar con un mundo que se alejaba progresivamente de los fundamentos del cristianismo”. Se ha llegado a pensar que la supresión de la Compañía de Jesús no fue sino el resultado de un cambio del centro de gravedad de los jesuitas: del Dios del ad maiorem Dei gloriam, al ser humano con rostro de Cristo. En el ADN de la Compañía siempre ha habido una vanguardia temeraria.

Para 1750, la decadencia de la orden había alcanzado su punto crítico. El perfil cultural de Europa había cambiado tanto que a los jesuitas les resultaba cada vez más difícil seguir el ritmo de la Ilustración en la sociedad moderna. Desde su visión de sociedad corporativa, fue imposible que pudieran prever el cambio. Los jesuitas, en su restauración, se encontraron con un mundo secularizado en el que el presupuesto temporal del individuo no puede actualizar la religión constantemente, sino sólo de forma ocasional, ya que la inclusión en la sociedad moderna queda librada a los sistemas funcionales.

La secularización no implica, por tanto, la pérdida de función o de importancia de la religión. Sin embargo, de acuerdo con Luhmann, sí puede significar una adaptación deficiente y pasajera a las condiciones de la sociedad moderna. A su regreso, los jesuitas se encuentran con que ningún individuo puede renunciar a participar en la economía o en la educación, pero no ocurre lo mismo con la religión. Se puede nacer y morir sin haber participado en ella. Además, la posibilidad de orientar la vida sin religión es un hecho empírico incuestionable. Ni la necesidad de sentido ni la necesidad de consuelo mantienen viva la religión.

Entonces, más que hablar de una crisis de la religión, el concepto de secularización muestra la imposibilidad de vislumbrar el futuro de la religión en una sociedad sumida en un proceso de transformación radical. Si nuestro conocimiento, entendido en sentido enfático, es un no-conocimiento, ya que debemos apropiarnos del mundo de un modo en que la realidad permanece siempre inaccesible porque está paradójicamente constituida, entonces es factible la rehabilitación intelectual del mundo de la creencia. Al final, el libro insinúa que los jesuitas podrían tener un papel destacado en esta incertidumbre: en última instancia, la comunicación —la sociedad— carga sobre sí la sombra de su propia contingencia y trascendencia.

Javier Torres Nafarrate

Profesor en la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México.

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Publicado en: Ciudad de libros

Un comentario en “Los jesuitas, inicio, supresión, resurgimiento de Markus Friedrich

  1. Buenad tardes, dónde se puede adquirir este libro, me interesa, yo estudié en un colegio Jesuita. gracias

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