Lo que sea por un retrato. Raúl Anguiano y los lacandones

Por invitación de Fernando Gamboa, entonces subdirector del Instituto de Antropología e Historia, Raúl Anguiano participó en 1949 en una expedición a la selva Lacandona que tenía la intención de estudiar el sitio arqueológico de Bonampak . Entre el resto de los integrantes de viaje estuvieron el fotógrafo Manuel Álvarez Bravo, el periodista Arturo Sotomayor de Zaldo, Julio Prieto que era ilustrador, el arqueólogo y descubridor de las ruinas de Bonampak Carlos Frey  (de quién Carlos Tello  escribió recientemente un texto evocador) y Franco Lázaro Gómez, otro pintor. La muerte de los dos últimos haría de esta aventura una tragedia que fue relatada por el propio Anguiano en una serie de apuntes publicados en Novedades y que después integraron su libro Expedición a Bonampak: diario de un viaje.

Sin embargo, la expedición tuvo importantes consecuencias para el pintor también en términos de su producción. Muchos especialistas encuentran un antes y después del viaje a la Lacandona en la obra de Anguiano que a lo largo del viaje realizó un poco más de 70 dibujos y óleos de los habitantes contemporáneos de la selva. El mejor retrato de esa realidad de árboles talados y hombres olvidados que acababa de descubrir el pintor jaliciense y que le interesaba denunciar es  La espina (1952), obra que acompañó los libros de textos gratuitos durante muchos años.

Un testimonio del arqueólogo y etnógrafo Carlos Margain, otro de los excursionistas, revela la original y apasionada manera que caracterizó el trabajo de Anguiano con los lacandones. Su disposición a intercambiar lo que fuera por un retrato nos habla mejor que nada de este pintor que recordamos hoy, en el centenario de su nacimiento.

«Te daré lo que quieras, sólo no muevas la cabeza». Y para Anguiano la selva desaparecía, el mundo dejaba de existir. Los lacandones, ¡qué personas tan maravillosas! ¡tanto carácter en sus caras! ¡Las hamacas! ¡Las cabañas! ¡Los monos aulladores a la parrilla! ¡Las plantas exóticas, los impresionantes matapalos! ¡Los pájaros! ¡Los insectos! ¡Todo! ¡Todo! ¡Un mundo tan nuevo! El malestar y el hambre, todo se esfumaba cuando Anguiano tomaba su lápiz o carbón. Los lacandones, que no son ningunos tontos, se aprovechaban de su técnica para conseguir todo lo que le pedían en detrimento del resto de los participantes de la expedición, que ya habían empezado a resistir a los nativos prevenidos. Anguiano no reparaba en esto no en nada más, todo lo que quería era pintar, traducir este «nuevo mundo» al papel.  (Brian Gollnick. Reinventing The Lacandón. Subaltern representations in the Rain Forest of Chiapas. Arizona: The University of Arizona Press, 2008. La traducción es nuestra.)

 

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Publicado en: Curadero