Lo que nos dicen los difuntos

En los bolsillos de los muertos se pueden encontrar muchas cosas, en ocasiones notas, unas cuantas palabras que permiten darle sentido a la vida o que extienden una propuesta para enfrentar la muerte. En este ensayo, Mario de la Piedra Walter recorre los bolsillos de algunos poetas, escritores y artistas para preguntarse si, aún en un mundo cuya única preocupación es el enriquecimiento, la ficción puede ser un ejercicio para la muerte o para la vida.

El nombre está muerto, aunque quede escrito.
Sólo el tonto de un poeta, o un loco,
que hacía filosofía, sobreviven a eso tan poco
que está allí atrás en lo oscuro
y ni la historia, ya historia
Fernando Pessoa

Pero lo que permanece lo fundan los poetas
Friedrich Hölderin

En los bolsillos de los muertos se pueden encontrar muchas cosas. Si el difunto es un suicida, por ejemplo, no es inusual encontrar notas que sirvan de epílogo tras el punto final: “Es mejor quemarse que apagarse lentamente” (Kurt Cobain), “Me voy a dormir un rato más largo de lo normal, llamadlo eternidad” (Jerzy Kosiński), “No más palabras. Un gesto. No escribiré más”(Cesare Pavese). Por otro lado, si la muerte fue producto de un asesinato, la cantidad de posibles papelitos disminuye de forma considerable, aunque su contenido suele ser más esclarecedor. En este último caso, las notas adquieren un halo voyeurista, llenas de palabras que no saben, que se desnudan frente a nuestros ojos, palabras sinceras, cargadas de lo instantáneo, del secreto que nos va a ser revelado. Tal es el caso de Héctor Abad Gómez, médico y defensor de derechos humanos que fue acribillado por grupos paramilitares en Colombia y de cuyo bolsillo ensangrentado su hijo, Héctor Abad Faciolince, rescató un poema –atribuido a Borges– que casi 20 años después daría el nombre a una de las novelas más leídas del siglo XXI: El olvido que seremos.

Ya somos el olvido que seremos
el polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres y lo que seremos…

…No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre;
pienso con esperanza en aquel hombre

que no sabrá quién fue fui sobre la tierra
bajo el indiferente azul del cielo,
esta meditación es mi consuelo.

Que un hombre que se sabe perseguido y en constante diálogo con la muerte lleve como único amuleto un poema demuestra que, más que un consuelo, la ficción en un sentido extremo puede ser una propuesta para enfrentar la muerte. Un reducto al hecho ineludible de que somos seres hechos de tiempo, y un recordatorio de que hasta el río de Heráclito encuentra su desembocadura. Como Platón hace decir a Sócrates en sus últimos instantes, “los que filosofan en el recto sentido de la palabra se ejercitan en morir, y son los hombres a quienes resulta menos temeroso estar muertos”. ¿Es la ficción entonces un ejercicio para la muerte o para la vida? Quizás sea aún más elemental: ¿el arte nos puede servir para algo?

En Leer la mente, Jorge Volpi se adentra en los mecanismos neurobiológicos de la ficción, y establece que, más que mero entretenimiento, la ficción es una herramienta evolutiva de supervivencia. Tan útil como tallar un hacha o fabricar un anzuelo, la ficción nos ayuda a interpretar el comportamiento de otros y más fundamental: entendernos a nosotros mismos. Existe evidencia de pensamiento simbólico en uno de los primeros homínidos, el Australopithecus, hace más de 3,000,000 años. Sin embargo, es hasta hace unos 40,000 a 60,000 años que podemos encontrar las primeras expresiones de arte figurativo. Durante mucho tiempo, se pensó en el arte como una cualidad humana del hombre moderno, el Homo sapiens. No obstante, hallazgos en la última década parecen indicar que, dentro del mismo género, otro homínido, el Homo neanderthalensis, se expresaba a través de figuras abstractas. El propósito del arte paleolítico –así como el de cualquier época– nos será siempre esquivo. Durante más de un siglo los paleontólogos han debatido sobre su función, ya fuera como acto ritual, parte de los preparativos para la cacería, una manera de revivir las grandes hazañas o una forma de crear comunidad, el arte siempre ha estado ligado con la evolución humana, por no decir que es una de sus características fundamentales.

Este argumento podría resultar insuficiente en nuestra contemporaneidad. En lo que algunos llaman el mundo del Homo oeconomicos, existe una preponderancia del tener sobre el ser. Para nadie es sorpresa saberse en una sociedad de consumo. Inmiscuidos en el capitalismo tardío, vivimos dentro de un sistema que debe producir cada vez más para mantenerse vigente. En donde palabras como “crecimiento económico” son repetidas como final de versículo religioso, seguido por el “amén” de la plusvalía. Dentro de este sistema los actos inútiles son casi inadmisibles. Lo que no es materialmente útil es relegado a una segunda categoría donde se encuentran palabras como pasatiempo y ocio; palabras en ocasiones blasfemas que rara vez escapan a la categoría de entretenimiento estéril.

Como expone Nuccio Ordine en La utilidad de lo inútil, caemos en el dilema de la actividad humana, en donde o empleamos la mayor parte de los recursos disponibles en fabricar nuevos medios de producción (una economía capitalista) o se derrocha el excedente sin tratar de aumentar el potencial de producción (economía de la fiesta). En el primer caso, el valor humano está en función de la productividad, con todas las consecuencias psicológicas que eso conlleva y que están latentes en nuestro entorno (ansiedad, depresión, agotamiento, síndrome de burnout). En el segundo, se asocia a los logros del arte. El primero subordina el presente al futuro; en el segundo sólo cuenta el presente y la vida se libera de las condiciones serviles que dominan en un mundo consagrado al crecimiento de la producción. Vuelvo a la muerte de Sócrates –cuya vida, por cierto, sólo conocemos a través de la ficción–, quien tocaba la flauta mientras el verdugo preparaba la cicuta y a la pregunta “¿para qué te servirá?”, respondió con la lucidez de los condenados: “para aprender la melodía antes de morir”.

Ilustración: Guillermo Préstegui

Negándose a huir de su país durante la ocupación alemana, el poeta surrealista Robert Desnos fue un miembro activo de la resistencia francesa que, al caer preso, pasó por distintos campos de concentración hasta terminar en Terezin. Fue un partisano checo, un joven aficionado a la poesía, quiénlo reconoció entre los prisioneros, confundiéndolo, en un principio, con un cadáver. Desnos le alcanzó al partisano un escrito que sacó de su bolsillo desgarrado. Se trataba del mismo poema que veinte años antes había revolucionado el mundo de la literatura, una declaración de amor: “A la misteriosa”; un poemaen el que los límites entre realidad y sueño se difuminan para permitirnos contemplar lo imposible. Lo que le entregó al joven combatiente era una versión más corta de ese poema. A través del hambre y del cautiverio, de los trabajos forzados y del hielo, el poeta que experimentó en carne propia los horrores del Holocausto había corregido durante todos esos años un poema de amor. Ante la insoslayable crueldad del ser humano sólo nos queda la insobornable pureza. Como dice el poeta Raúl Zurita, el hecho de que un poema de amor haya sido escrito en esas condiciones hace que la violencia sea más violencia, que el crimen sea infinitamente más crimen y el asesino infinitamente más asesino.

Tanto soñé contigo, tanto caminé, hablé,
me tendí al lado de tu sombra y de tu fantasma
que ya no me resta sino ser fantasma entre los fantasmas,
y cien veces más sombra que la sombra
que siempre pasea alegremente
por el cuadrante solar de tu vida.

Si la ficción sirve para algo, si lo inútil sirve para algo, será para recordarnos qué es lo que nos hace humanos. No dejo de pensar en Robert Desnos y que en los bolsillos de los muertos pueden encontrarse muchas cosas: llaves, monedas, la lista del supermercado que siempre estará incompleta y, a veces, sólo a veces, un trozo de sentido.

Bibliografía

Ordine, N. La utilidad de lo inútil. 26. ed. Barcelona: Acantilado; 2013

Volpi, Jorge. Leer la mente. El cerebro y el arte de la ficción. 1 ed. México: Alfaguara; 2011

Abad Faciolince, H. El olvido que seremos. Booket; 2010

Zurita, Raul. Amor y Apocalipsis. Conferencia en la Universidad del Pacífico; 2015 (recurso en internet actualmente no disponible)

 

Mario de la Piedra Walter:

Médico por la Universidad La Salle y neurocientífico por la Universidad de Bremen. En la actualidad cursa su residencia en Neurología en Berlín, donde combina su carrera como médico e investigador con la divulgación científica.

 

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Publicado en: Ciudad de libros