La reverberación de la obra de Joseph Conrad (1857-1924) sigue alcanzándonos más allá de la lectura atenta de su narrativa, se le detecta también en distintos momentos de la cultura popular. En el cine, por mencionar un ejemplo obvio, ha servido como el motor que anima filmes conocidos como Apocalipsis ahora, Alien: el octavo pasajero (ambos de 1979), o El abrazo de la serpiente (2015), pero también en distintas versiones de King Kong (su actualización de 2005 o en versiones más recientes y pasatistas como Kong: la isla calavera, de 2017). La explicación es sencilla: su obra sirve como un destilado crítico del progreso, un recuento exhaustivo de los dolores de cabeza a los que se enfrenta el hombre blanco cuando aspira a llevar su buena nueva a lugares recónditos (sólo para descubrir que allí, en el corazón de las tinieblas, habita una bestia). Es una de las moralejas que reinciden en nuestros cuentos de hadas contemporáneos. En ese sentido se emparenta con el mismo espíritu crítico, a veces apocalíptico, que llevó a Walter Benjamin a encontrar un hermano oscuro de la modernidad en las ruinas del siglo XIX, cuyo espíritu sigue soplando contra las velas de nuestra época. Las estructuras de acero y metal están tan hechizadas por el fracaso de ciertos valores modernos, como los astilleros y marinas de incontables puertos.

Quisiera ponerle atención ahora a ese hechizo, que tanto en Benjamin como en Conrad, desprende un aroma teológico –en el caso de Conrad, marcadamente católico. Recuerdo, a partir de la lectura del volumen antológico Fuera de la literatura (publicado por Siruela en 2009 a partir de dos libros de ensayos, Notas de vida y letras y Últimos ensayos) que podía armarse una especie de ideario moral de la obra de Conrad. Un gran estilista y observador, sin duda, pero que parecía poner su obra al servicio de ciertos valores en los que la vida del marinero –o al menos a lo que debía aspirar un marinero– podía prácticamente identificarse con una especie de santidad. En Línea de sombra(1915), una de sus obras narrativas tardías, pueden rastrearse algunos de esos principios. El relato, una memoria que funciona como novela breve, se presenta como un recuerdo de juventud, sobre la primera vez que, por fuerzas del destino, Conrad se vio capitaneando un navío. Cómo fue que lo obtuvo en contraste con cómo creyó que lo haría, hace que se asome la arquitectura de su moralidad:
Comprendí que mi imaginación sólo había seguido hasta entonces rumbos convencionales y que mis esperanzas habían estado siempre demasiado apegadas a la tierra. Yo había considerado el mando de capitán como el resultado de una lenta promoción, al servicio de una compañía respetable; como la recompensa de largos y leales servicios. Aunque, en realidad, no hay por qué hablar de servicios leales, pues éstos se hacen por amor propio, por amor a su barco, por amor a la vida que se ha elegido, y no en la perspectiva de una recompensa.
Y en seguida: “En la noción de recompensa hay siempre algo desagradable”.
Este tipo de triunfos en la cruz, estas coordenadas morales, sin duda debieron ser, y siguen siendo, extravagantes. Por ello, no debe sorprender que la vocación del marinero, como la entendía Conrad, implicaba una vida más allá de la tierra; es decir, en el agua, errante, desterrada. Benjamin anotó algo al respecto en Calle de sentido único (1928), en un breve texto dedicado a las cervecerías y tabernas que visitan los marineros cuando vuelven por un momento a tierra. Esos espacios, señaló Benjamin, se convierten en puntos nodales de orientación (allí se informan, quienes están de paso, sobre los burdeles de la ciudad). “Los marineros rara vez bajan a la tierra”, explica Benjamin, “el servicio en alta mar es un permiso dominical comparado con el trabajo en los puertos, donde a menudo se ha de descargar día y noche. Cuando a un grupo se le concede luego un permiso para bajar a tierra durante un par de horas, ya ha oscurecido. En el mejor de los casos, la catedral se yergue como lúgubre masa en el camino a la taberna. La cervecería”, así, “es la llave de cualquier ciudad; saber dónde se puede beber cerveza alemana es geografía y etnología suficientes”. El texto continúa por donde se esperaría de un coleccionista apasionado como Benjamin, prestando atención a la atracción fetichista que puede ejercer cualquier objeto sobre una persona. En este caso, se trata de objetos fáciles de transportar, una postal, un cinturón de piel, cualquier cosa que un marinero pueda llevar en su maleta.
Lo importante, sin embargo, es el punto de vista adoptado por quien vive en movimiento, quien “ha devorado la cercanía”. Al marinero, apenas pone pie en la tierra, le urge volver al barco, a la mirada inabarcable del horizonte. El inicio de Moby Dick hace un eco cómico de esa situación neurótica o escapista. Y Conrad también, de nuevo en Línea de sombra, hacia el inicio: “Nunca me había sentido yo más desligado de las cosas de este mundo. Aunque libertado por algún tiempo del mar, había conservado ese estado de ánimo de los marinos, que se sienten completamente ajenos a todo lo que pasa en tierra. ¿En qué podía concernirme aquello?”.
Línea de sombra se titula así porque hace alusión al momento de la juventud en la que se cometen errores de juicio que pueden moldear, para bien o mal, el resto de una vida. En el caso de Conrad, es el recuento del momento en que su “vocación” de marinero flaqueó. En la juventud,
llenos de ardor y de alegría, caminamos, reconociendo las lindes de nuestros predecesores, aceptando tales como se presentan la buena suerte y la mala –los puntapiés y las perras chicas, como reza el adagio–, el pintoresco destino común que tantas posibilidades guarda para el que las merece, cuando no simplemente para el afortunado. Sí; caminamos; y el tiempo también camina, hasta que, de pronto, vemos ante nosotros una línea de sombra advirtiéndonos que también habrá que dejar tras de nosotros la región de nuestra primera juventud.
Es en ese momento en el que nos exponemos a los momentos de hastío, “de cansancio, de descontento; momentos de irreflexión. Es decir, esos momentos en que los aún mozos propenden a cometer actos irreflexivos, tales como el matrimonio improvisado o el abandono de un empleo, sin razón alguna para ello”.
Dada la anécdota que le da vida a este extenso relato, de carácter sobrenatural, uno podría perder de vista la constelación moral que lo orienta. Yo lo preferiría. No soy un experto en la obra de Conrad pero le tengo aprecio porque lo he leído desordenadamente, cuando me lo han presentado no como el autor de obras edificantes, sino como, por ejemplo, un autor de libros de aventura o de relatos extraños o fantásticos (estatuto que él abiertamente negó). El corazón de las tinieblas y Soga al cuello, como muchos saben, forman parte de la Biblioteca personal Borges. De hecho, inaugura esa colección de tomos grisáceos que invita a ser leída junto a una chimenea, o al menos en temporadas frías, invocando una atmósfera fantástica. En este sentido su cuento “La bestia” también brilla fantasmagóricamente y su carácter extraño puede ser desactivado si se le lee en compañía de otros relatos marítimos. Destaca en su producción, para empezar, porque se desarrolla no en el mar sino en un astillero. Y en ese astillero se encuentra una embarcación con un historial de tan mala suerte que parece condenado por una fuerza sobrenatural. La primera vez que lo leí fue en la Antología del relato extraño de Rodolfo Walsh, quien, en la obligada breve nota biográfica, anotó: “la crítica puede divergir en la ubicación de su obra, pero en el corazón de millones de lectores para quienes describió un mundo fascinante y ya en parte desaparecido, Conrad ocupa el más seguro afecto”.
Ciertamente, Conrad no fue William Hodgson, pero escribió líneas inquietantes (¿una especie de gótico marítimo?), como las siguientes, de nuevo, de Línea de sombra:
Después de la puesta de sol, volví a subir al puente. Sólo encontré en él vacío y silencio. La delgada y uniforme corteza de la costa permanecía invisible. Las tinieblas se habían levantado en torno del barco, como surgidas misteriosamente de aquellas aguas mudas y solitarias. Me apoyé sobre la barandilla y presté oído a las sombras de la noche. Ni un sonido. Hubiérase podido creer que mi barco era un planeta lanzado con vertiginosidad por su senda prefijada, a través de un espacio infinitamente silencioso. Como si me abandonase el sentido del equilibrio, me agarré a la batayola. ¡Qué absurdo! Nerviosamente, pregunté:
–¿Hay alguien en el puente?
La respuesta inmediata: “Sí, señor”, rompió el sortilegio.
El drama que anima Línea de sombra sólo puede explicarse porque la prolongada calma chicha, para el marino, es prácticamente la muerte. Aún más: porque en este caso parece deberse a una mala herencia. El antiguo capitán, quien murió abordo, aún ejerce (o eso creen algunos miembros de la tripulación) cierto poder nefasto sobre el navío. En cualquier caso, la falta de viento comienza a perturbar el buen juicio del capitán y narrador: “La soledad absoluta del mar obraba sobre mi cerebro como un tósigo. Cuando mis miradas se dirigían al barco, una visión morbosa me lo hacía ver como una tumba flotante. ¿Quién no ha oído hablar de esos navíos que van flotando a la deriva, con toda su tripulación muerta?”.
Suficiente experiencia en esta vida nos hace ver que el vaivén entre la desesperación y la cordura, entre el imaginario fantástico y el sentido común, es bastante ordinario. Además de ser una divertida manera de romper el hielo en una reunión, he descubierto que preguntarle a personas si alguna vez han visto fantasmas, o situaciones extrañas de ese tipo, revela bastante sobre una persona. En la manera en que lo cuenta, en los acentos que pone a los distintos grados epistemológicos (certezas, sospechas, errores…). Conrad daba por hecho que estos claroscuros son parte de la experiencia humana –un poco como lo hace cualquier persona ya no religiosa sino con sensibilidad espiritual. Por ello me causa simpatía la advertencia, a propósito, con la que abre Línea de sombra:
En esta narración, que, lo reconozco, es, no obstante su brevedad, una obra bastante compleja, no he tenido la menor intención de traer a cuento lo sobrenatural. […] Mi imaginación no está hecha de una materia a tal punto elástica, y tengo para mí que, si intentase someterla a la prueba de lo sobrenatural, el fracaso sería tan lamentable como enojoso y vacío. […] El mundo de los vivos encierra ya por sí solo bastantes maravillas y misterios; maravillas y misterios que obran por modo tan inexplicable sobre nuestras emociones y nuestra inteligencia, que ello bastaría casi a justificar que pueda concebirse la vida como un sortilegio. No; mi conciencia de lo maravilloso es demasiado firme para que pueda dejarse nunca fascinar por el simple sobrenatural…
¿Por qué me suena esto? ¿Le tienen nuestras abuelas miedo a los muertos? No, sabiamente nos recordaron que hay que temerles más a los vivos. Estas perlas de sabiduría esconden lo mismo un costado pesimista como optimista. Al final del recorrido, en la negrura final de nuestras fantasías, no se encuentra Kurtz, ni un alienígena indestructible y voraz, ni un violento simio prehistórico. Solamente la bestia conocida, nosotros mismos. Esa es la buena y la mala: somos tan maravillosos, horribles, como cualquier monstruo que imaginemos. Un alivio imperfecto para quien despierta de una pesadilla.