Un reporte especial del New York Times nos ha hecho ver que la migración de mexicanos indocumentados a los Estados Unidos se ha detenido casi por completo (está en su punto más bajo desde 1950). La migración ha sido un asunto muy delicado y lo sigue siendo: además de los factores puramente económicos, también ha habido elementos étnicos y raciales dolorosamente presentes en el movimiento (voluntario o forzado) de personas. Las reformas legales que recientemente han permitido el «racial profiling» a las policías fronterizas estadounidenses, son sólo la versión más reciente de una tentación en la que se ha caído muchas veces. Ahora que es probable que la relación migratoria entre ambos países cambie, vale la pena recordar un episodio trágico (pero muy poco conocido) en la historia de la región: la expulsión ilegal de 1.2 millones de ciudadanos estadounidenses por ser de ascendencia mexicana, en la década de los años treinta.
Se cree que al enfrentarse al grave problema del desempleo tras la gran depresión de 1929, el Presidente Hoover decidió dar su apoyo a una serie de deportaciones ilegales. Al parecer se pensaba que salía muy caro deshacerse de los residentes chinos o con ascendencia china y, en cambio, a los ciudadanos con ascendencia mexicana sólo había que subirlos a un tren y enviarlos del otro lado de la frontera.
El Estado de California pidió perdón públicamente en 2005, con el «Apology Act for the 1930s Mexican Repatriation Program«. Tras una investigación especial, se reconoció oficialmente que sí existió la «remoción inconstitucional y emigración forzada de ciudadanos estadounidenses y residentes legales con ascendencia mexicana» y pidió una disculpa a los residentes de California por «las violaciones fundamentales a sus libertades civiles básicas y a sus derechos constitucionales cometidas durante el periodo de deportaciones ilegales y emigración forzada». El gobierno federal estadounidense aún no ha pedido una disculpa a sus ciudadanos o agradecido al gobierno mexicano (considerando que éste último recibió alrededor de un millón de personas que bien podían considerarse como refugiados políticos estadounidneses).
Las expulsiones forzadas fueron una suerte de purga social con base en nociones raciales que, a pesar de lo poco que se recuerdan, son un antecedente importante de la construcción cultural de nuestra frontera común. Ahora que el flujo de personas entre ambos países se ha reducido notoriamente, es un buen momento para repensar la migración y la integración; es un buen momento para recordar que la movilidad no es sólo un asunto económico, también es uno cultural. Revisar este aspecto sería una manera saludable de imaginar de nuevo como administrar y aprovechar las migraciones del futuro mejor de lo que lo hemos hecho hasta ahora.
El Senador por California, Joe Dunn, nos hace un repaso de este doloroso caso de «purificación racial» estadounidense (lamentablemente el video no tiene subtítulos):
Aquí un fragmento del documental A Forgotten Injustice de Vicente Serrano
Acá una entrevista de NPR al Senador Joe Dunn en 2006, donde explica la historia de la deportación ilegal y la necesidad de que el Estado de California ofreciera una disculpa, así como la importancia de buscar maneras de reparar el daño.