
Hay pocos libros a los que les guardo tanto cariño como a This Is Water, de David Foster Wallace (Little, Brown and Company, 2009) Y quizá por eso suelo regalarlo con frecuencia. La sabiduría detrás de este ensayito —que oscila entre el lugar común y la revelación paralizante, al mismo tiempo que combina un lenguaje sencillísimo con una fineza de pensamiento y lucidez envidiables— es de ésas que con mucha frecuencia soslayamos. Lo único que propone Wallace es mantenernos alerta. No permitirnos olvidar que todo, TODO, a nuestro alrededor es monumental, bellísimo, interesante; mejor aún, presente. Si soy honesto, no hay mejor consejo que pueda imaginar, ni mejor libro para compartirlo.
Raúl Bravo, editor del blog Economía y Sociedad

Cuando obsequio un libro espero que sea leído, no como una retribución por la acción de hacerlo, sino por un deseo auténtico de compartir un hallazgo. Así que regalo libros más bien delgados, con una selección breve de relatos o ensayos, y en el atrevimiento superlativo, acaso una novela corta. Más allá de eso, el libro con seguridad irá directo a dormir a dar a la estantería de quien recibe el obsequio. Por eso no dudaría en obsequiar El público, ese desconocido de Wilkie Colllins (Siruela, 2012), porque apenas nadie reparó en su publicación y porque busca responder a uno de los cuestionamientos que más interesan a los creadores con independencia de la disciplina que practiquen: ¿a quiénes están dirigidos los esfuerzos en la literatura, la plástica, la música, la danza? El autor inglés no descarta que pueda orientarse el criterio del público, aunque es realista al considerar la parte que juega el azar en el camino hacia la consolidación de un artista. El “público” es multiforme y cambia entre generaciones, clases sociales, género o lugar de nacimiento. ¿Cuántas veces no ha pasado que un autor es apreciado en el extranjero con mayor interés antes que en la nación que cobijó sus primeros años?
La historia de la literatura hispanoamericana se confirma como una sucesión de lecturas en el exterior. Ahora bien, no deja de ser conmovedor que poco haya cambiado desde los años de Collins, con la excepción de que su ensayo está escrito por un autor inglés, durante los años en que la Revolución industrial en Inglaterra daba el paso del progreso a las demás naciones del mundo. Collins fue célebre en vida por sus novelas policiales y de enredo y auxilió a Dickens en la difusión del valor de su obra. Esto lo señalo porque el rostro caprichoso del público no sólo se voltea ante quienes crean desde los márgenes, fuera del circuito reconocido de la producción. Se muestra apático por igual ante quien dispone de espacio en los medios de comunicación a gran escala.
Lo que confirma que el público, como lo anota Collins, es un gran desconocido.
Luis Bugarini, editor del blog Asidero. Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.

Para cumplir su función, toda recomendación debe ser recomendación-para-alguien: se debe tomar en cuenta el contexto de recepción. Y por eso al recomendar algo por escrito, públicamente, queda una sensación de insatisfacción, de impotencia: porque se sabe que el contexto de recepción es inaprensible, incontrolable. Esta vez, la única pista que tengo sobre el contexto es que estamos en Navidad. Es, decir, que es una recomendación-para-Navidad.
Por eso el libro Menos es suficiente, de Pier Vittorio Aureli (Gustavo Gili, 2016). Porque en él encontramos un brillante combate en contra del ascetismo capitalista del “menos es más”. Aquel de la limpidez minimalista. El de Mies van der Rohe. El de los celulares y computadoras Apple. El que obliga a los ya hambrientos y endeudados a apretarse aún más el cinturón. Pero, sobre todo, porque en la obra de Pier Vittorio Aureli se entrevé la posibilidad de una vida distinta. Una especie de vida monacal secular basada en el “menos es suficiente”. No una vida en un minúsculo departamento prefabricado repleto de objetos, sino en una vivienda mínima. Una vida al margen de la propiedad privada, en la cual simplemente exista el valor de uso. Una vida regida por el “ama y haz lo que quieras” agustiniano.
Luciano Concheiro, colaborador

Obsequiar o recomendar libros me resulta una tarea muy difícil —por razones que no enumeraré aquí—. Sin embargo este ejercicio se trata de invitar a la lectura en fechas que suponen regocijo y alegría. Me atrevo a recomendar un libro que aún no he leído, que espera paciente en un anaquel de mi biblioteca y ansío leer próximamente, cuando las presencias espectrales se disipen de mi sistema límbico: El emperador de todos los males. Una biografía del cáncer (Debate, 2014) de Siddhartha Mukherjee. La razón es muy sencilla y personal: para mí la Navidad y el Año Nuevo son sinónimos de Cáncer y Desaparición.
Alejandro García Abreu, editor de Cultura en línea

Dentro de los libros que uno puede empezar a leer prácticamente de cero, las biografías tienen un lugar principal. Es una realidad que si nos acercamos a la biografía de un escritor, de un político o de una celebridad es porque tenemos algunos indicios, un cúmulo nebuloso que queremos disipar. Las dos biografías más sobresalientes que leí este año fueron Miguel de Cervantes. La conquista de la ironía, de Jordi Gracia (Taurus, 2016) y Rodolfo Walsh. Periodista, escritor y revolucionario. 1927-1977, de Michael McCaughan (LOM, 2015). En el caso de Jordi Gracia se trata de un autor que se ha dedicado a seguir las huellas de Miguel de Cervantes (1605-1616). Al explorar en su vida, podemos ver que fue un autor tardío, cuya primera publicación fuera hasta después de cumplir los 38 años, asimismo se muestra la ética y entereza moral que lo caracterizó durante su cautiverio. Pero sobre todo, nos entrega a don Miguel con una incapacidad para granjearse la suerte de la corte, al contrario de Lope de Vega y otros muchos, pues a nuestro autor no se le daba la hipocresía. Miguel de Cervantes… es un libro que está respaldado en una investigación seria, al punto de entregar un soneto inédito de Cervantes, a decir de Gracia. Más allá de las efemérides, la vida del creador de la novela moderna bien vale una misa y esta biografía da numerosas escenas y anécdotas de un excelente calado. Sobre Rodolfo Walsh. Periodista, escritor y revolucionario. 1927-1977 no se puede decir menos, ya que se trata de un trabajo monumental donde la investigación y la erudición van de la mano. La figura de Walsh, autor del célebre documento Operación masacre (1957), poco a poco va ganando interés a casi cuarenta años de su muerte. Ya que, como lo demuestra McCaughan, no sólo se trató de un periodista, sino de un activista, un escritor y un estratega que dejará a muchos boquiabiertos. El padre del periodismo de investigación, o periodismo de riesgo, es puesto en relieve en toda su dimensión. McCaughan probablemente ha hecho la biografía más importante que se haya hecho en el continente, al grado que contagia una sensación de omnisciencia deslumbrante. El siglo XX argentino, el peronismo, el fenómeno Evita Perón (y el secuestro de su cuerpo), las dictaduras militares y sus brutalidades, los movimientos de resistencia, la literatura y las estratagemas que se efectuaron están perfectamente condensadas en esta extraordinaria biografía. A un año del 2017, año fundamental para la numerología de Rodolfo Walsh, este libro es imprescindible para entender el tamaño de la obra de este escritor fundamental.
Héctor Iván González, colaborador

Hay un libro que me duele en todo el cuerpo. Se llama El guardián entre el centeno (Little, Brown and Company, 1951) y su autor —tal vez ya lo sepan— es J.D. Salinger. A él me unen historias melancólicas. La primera surgió cuando por fin supe quién era Holden Caulfield y qué había sido de su vida. Las siguientes son retazos de despedidas y de complicidad. Cuando la vida ha obligado a mis amigos a poner tierra de por medio, nunca he dicho nada acertado. He preguntado por la hora en la que sale el vuelo o el día en que tomarán la carretera. He querido conocer con exceso de detalles los planes para el futuro; sobretodo, me ha interesado saber cuándo volverán a mí. Casi todos han coincidido: “tal vez en diciembre”. Su falta de precisión me ha hecho entornar los ojos y cruzar los dedos mentalmente para que así sea. El gesto de los ojos no refleja suspicacia, me ha servido para contener la tristeza. Sé, sin titubeos de memoria, cómo empezó la tradición de que mis ausentes llevaran en la maleta algo que los ayudara a evocarme. Tenía un detalle a mi favor: en algún momento de nuestra amistad habían confesado no saber quién era Jerome David Salinger y mi entusiasmo al hablar de su legendario libro no los había hecho salir corriendo a comprarlo. Aunque una parte de mí amonestaba su desinterés, la otra se los agradecía. Antes del abrazo de despedida, he estirado la mano y les he entregado un ejemplar. Nunca he presenciado cómo quitan la envoltura de celofán. Cuando las ausencias pesan, recupero el ánimo al pensar que palpito en varios libreros regados por distintos puntos del planeta. La historia de complicidad pertenece a mi hermano, quien me ha rebasado en la veneración a Salinger. No sólo hemos conversado sobre el desencanto del joven Caulfield. Juntos lanzamos maldiciones el 27 de enero de 2010, al saber que el escritor estadunidense sería protagonista de un obituario. Hemos compartido el ejemplar de la biografía escrita por David Shields y Shane Salerno, en la cual cada quien inventó un sistema de marginalia que no interfiriera con el del otro. Lo bueno con cada una de estas personas es que siempre nos quedará Holden Caulfield.
Los hechos que Holden Caulfield narra suceden en el último mes del año: “Bueno, pues era diciembre y todo eso y hacía un frío que pelaba”. En ese mes aprendió a distinguir palabras que dan ganas de vomitar, tuvo conciencia de los lugares que se colaban al pasado, supo que la alegría de su hermana Phoebe le brindaba un poco de claridad, temió a la muerte, empezó a echar de menos a todo el mundo y estipuló que lo que más valoraba de un libro era que lo dejara sin fuerzas. No puedo asegurar que uno se reponga por completo del agotamiento producido por El guardián entre el centeno, pero es una de las mejores formas en las que uno aprende a decir adiós.
Kathya Millares, editora de la revista Nexos

Siempre hay una intención algo propagandística detrás del acto de regalar un libro y, asumiéndolo plenamente, el libro que me gustaría obsequiar cada vez sería La invención de América de Edmundo O’Gorman (Fondo de Cultura Económica, 1958), con el empeño de sumar adeptos a la causa historicista.
Este libro es prueba de que debemos dudar incluso de los supuestos más arraigados, revisarlos bajo la luz del contexto que los produjo y, sin mucho más juicio, entenderlos como parte del proceso que crea nuestras identidades y discursos. ¿Qué duda más imprudente que la que pone en entredicho la historia del descubrimiento de América? Así empieza O’Gorman su libro, y aunque sería suficiente con leer la introducción para ver los cimientos de nuestra educación básica sacudirse (y eso es lo de menos), vale la pena leer la historia que también cuenta este libro: aquella de cuando América no existía, aunque existiera ya en el imaginario europeo la tierra a la que había llegado Colón ese 12 de octubre de 1492. Es el relato de una mera creencia, pero con alcances infranqueables, como todos los que establecen las creencias. Es la historia del cambio más radical y abarcador: la historia de la noción de un nuevo mundo en un momento en que la idea del mismo simplemente no admitía esa posibilidad. Todo se puede inventar.
Ana Sofía Rodríguez, editora de Cultura en línea

Con ánimos de proponer una lectura fluida y amena para los vacacionistas, no ofrezco un libro de cabecera sino uno que, además de accesible, creo nos hace bien leer en México, como reflejo en un espejo necesario: El ruido de las cosas al caer(Alfaguara, 2011) de Juan Gabriel Vázquez. Relato realista, con tintes de novela histórica, su núcleo es el sacudimiento de la vida cotidiana por la arbitrariedad de la violencia. Como tela de fondo que se vuelve omnipresente, corren los años en que Escobar devastó Colombia. Ahí emerge su imperio, sus desvaríos impunes, su prepotencia tan asimilable a la de nuestros políticos de hoy. Es una novela que desgarra y conmueve, atrapa en una de las prosas más límpidas que tiene hoy la patria de García Márquez. Además puede conducir al lector a seguir la estela de Héctor Abad Faciolince, en esa misma línea de ficciones históricas. Llevo una cita de memoria que me ampara ante el desmoronamiento diario de nuestro país, a su desfile de víctimas, a su hechizo de desamparo: “La experiencia, eso que llamamos experiencia, no es el inventario de nuestros dolores sino la simpatía aprendida hacia los dolores ajenos.” El viento de la Historia ha juntado las literaturas de México y Colombia en un diálogo al que debemos atender.
Álvaro Ruiz Rodilla, editor de Cultura en línea

Crecí observando un cuadro, en tonalidades suaves, serenas, como resignadas casi imperturbables, en el que una mujer sentada en una silla observa a un avión y su sombra, convertida en cruz, perderse en el infinito.
Años después, en la portada de un libro, reconocí los mismos trazos y colores característicos de la artista. Se trataba de Joy Laville, quien dedicaba su obra a su esposo Jorge Ibargüengoitia que sucumbió como la pesadilla de muchos: en un accidente aéreo. Entonces llegó a mis manos Los relámpagos de agosto (Casa de las Américas, 1965),primera novela de Ibargüengoitia.
A pocas páginas de haberlo comenzado abordé un vuelo de Bogotá a Cartagena. Pasaría navidad y año nuevo por allá. Siempre me ha gustado hacer anotaciones en los libros, siento que así los pierdo menos, así que en la contraportada escribí una cronología de la Revolución, los sucesivos presidentes de México y más cosillas que se me iban ocurriendo.
En la sala de espera noté que el resto de los pasajeros cuchicheaba sobre la presencia de alguien “famoso” entre nosotros. Un hombre panzón, barbón y canoso. La de junto le pidió un autógrafo y se lo concedió. Era periodista. Escribía en el periódico local y salía en la televisión.
Al llegar a nuestro destino, las maletas tardaron más de lo usual. Durante la espera seguí leyendo hasta que una voz ronca me interrumpió. Era él que encomió mi aspecto y preguntó ¿cómo era posible que leyera ese libro?. En sus ojos veía las ganas de arrancármelo de las manos y huir con él. Pero se contuvo y explicó que llevaba años buscándolo y por fin lo había encontrado. Después me lo pidió regalado.
“No, señor” le respondí, “no lo he terminado y entre sus hojas también está escrita mi historia”. Sorprendido y enfadado se dio la vuelta y se acercó al carrusel de donde apenas salían los primeros bultos. Jamás supe su nombre pero no olvido la cara. Tampoco entiendo por qué no se lo di.
Teresa Zerón-Medina Laris, editora del blog Gallo gallina.