Detrás del nombre de Lee Miller (1907-1977) descansan la belleza de la joven que dominó las portadas de la revista Vogue en la mitad de los años veinte del siglo pasado; la sensualidad de la musa que tuvo a sus pies a Man Ray; la mirada provocadora de la fotógrafa que se unió al movimiento surrealista; la entereza de la fotoperiodista que registró la calamidad de la Segunda Guerra Mundial; la sombra de la madre ausente que se amparó en el whisky.
La primera exposición retrospectiva de esta fotógrafa estadunidense montada en México —y en América Latina—, coloca frente a los ojos cada uno de estos episodios biográficos. Lee Miller. Fotógrafa surrealista es una de las cartas fuertes que el Museo de Arte Moderno se reservó para el cierre de este año y el inicio del otro. Una trayectoria resumida por el curador Stefan van Raay en 97 fotografías, provenientes del Archivo Lee Miller, custodiado y difundido por Antony Penrose desde hace 36 años. Lee Miller nació en Poughkeepsie, pequeño poblado de Nueva York. Su madre, Florence, era enfermera y su padre, Theodore, era ingeniero y fotógrafo amateur.

Solarised Portrait (thought to be Meret Oppenheim), Paris, France 1932
Antony Penrose, hijo de Lee Miller y del escritor y artista surrealista Roland Penrose, reconoce en entrevista que Miller tuvo sus primeras lecciones sobre fotografía en el cuarto oscuro que había en su casa.
La pequeña Miller veía cómo su padre revelaba e imprimía las fotografías que él mismo había tomado. Con él también aprendió a usar y a reparar una cámara. Y otro detalle importante: gracias a que su padre la usaba como modelo, la niña aprendió a temprana edad cómo posar ante una cámara.
Los señores Miller tuvieron otros dos hijos John, el mayor, y Eric, el menor. Parece ser que la niña era la que acumulaba constantemente las malas notas. En un intento por mejorar la conducta de su hija, los padres decidieron enviar a Lee a París. Era 1925 y ella tenía sólo 17 años. La intención paternal fracasó y la desorientada adolescente volvió a Nueva York nueve meses después.
Andar con la cabeza en las nubes le valió a Lee Miller un encuentro afortunado con Condé Nast, el dueño de las revistas Vogue y Vanity Fair, quien evitó que un coche la atropellara. El susto vino acompañado de una muy buena propuesta para ella: convertirse en modelo. Así fue como Miller llegó a las portadas de Vogue en 1927, retratada por el famoso fotógrafo de moda, Edward Steichen.
Hay una anécdota que Penrose cuenta de la época en que su madre era una modelo cotizada, que sirve de botón de muestra para reconocer en ella a alguien que no encajaba en la moral de su época.
En 1928, relata Penrose, Miller se convirtió en la primera mujer en aparecer en un anuncio de toallas femeninas. ¡Cómo se había atrevido a tanto! La reprobación se manifestó a voz en cuello. Tal vez los dedos de una sola mano eran suficientes para contar a los interesados en trabajar con la que identificaban como “la chica Kotex”. Ese parecía un buen momento para hacer efectiva la recomendación escrita que Steichen había enviado al fotógrafo y artista Man Ray. La intención era que Miller se convirtiera en su alumna.

Self portrait with headband, New York Studio, New York, USA ca. 1932
Lee Miller y Man Ray se conocieron en París en 1929. El profesor apreció el interés académico de la joven sin despreciar su belleza.
Stefan van Raay detalla también en entrevista cómo fue el inicio del enamoramiento y la colaboración artística posterior entre la modelo y el fotógrafo. Pide tomar en cuenta que entonces Man Ray era una de las principales figuras del surrealismo en París y que esto fue un punto importante para despertar el interés de Miller. Ella primero actuó como musa, igual que otras mujeres hermosas, inteligentes y jóvenes que se unieron a ese grupo.
Era muy común, dice, que ellas se relacionaran con los artistas; por ejemplo Leonora Carrington y Max Ernst, Lee Miller y Man Ray, Remedios Varo y Benjamin Péret. Y subraya que una de las cosas más importantes del surrealismo es que incluyeron a las jóvenes en el movimiento y las alentaron para que trabajaran en su propia obra.
Lee Miller, bajo la tutela de Man Ray, aprendió muy rápido el arte de la fotografía. Y pronto comenzaron a trabajar en los mismos proyectos.
Para Van Raay, la posibilidad de que Miller y Ray trabajaran siguiendo la idea del cadáver exquisito, al principio los enriqueció como artistas y los llevó a no poner mucha atención en quién se llevaba el crédito de la obra.
En medio de esta unión artística, Lee Miller dio por casualidad con una técnica a la que nombraron “solarización”. Los dos incluyeron este efecto de inversión parcial de los tonos en su obra.
Van Raay y Penrose coinciden en que el quiebre de la relación entre los dos fotógrafos estadunidenses se debió a que emocionalmente no estuvieron preparados para seguir uno de los preceptos de surrealismo, aquel que abre la puerta a tener varias parejas sexuales y un solo amor. Man Ray estaba de acuerdo en seguirlo al pie de la letra, pero se negó a que Lee Miller hiciera lo mismo.
Entre las fotografias que Miller tomó viviendo en París, hay una que destaca: el retrato de un seno recién amputado, colocado sobre un plato. ¿Cómo llegó esta parte de un cuerpo ajeno hasta sus manos? A través de un trabajo temporal como fotógrafa de procedimientos quirúrgicos.
Esta imagen, de acuerdo con Penrose, es una protesta de Miller porque mucha gente la veía sólo como un hermoso pedazo de carne, porque según ella lo único que las personas observaban eran sus pechos y no pensaban que detrás de ellos había una persona con una mente, un corazón y un alma. En palabras de su hijo, la fotógrafa surrealista al poner un pecho en un plato como cualquier otro alimento servido a la hora de la comida le dijo a los observadores que ya que les gustaban tanto, se divirtieran con eso, porque al final son sólo carne.
Lee Miller abandonó a Man Ray el 11 de octubre de 1932.

Leonora Carrington and Max Ernst, Lambe Creek, Cornwall, England, 1937
Miller volvió a Nueva York y montó un estudio fotográfico. Entre sus clientes figuraban revistas de moda, agencias publicitarias, tiendas departamentales y artistas de Hollywood.
A mediados de 1934 se comprometió con el empresario egipcio Aziz Eloui Bey; cerró su estudio y se fue a vivir a El Cairo.
La estancia de Miller en Egipto es calificada por Antony Penrose como un periodo de libertad. Por primera vez en su vida, dice, no tuvo que preocuparse por el dinero, pues su esposo era un hombre rico. Viajó por aquel país y tomó las fotografías que ella quiso, no las que estuviera obligada a tomar para una revista.
El hechizo de la vida cómoda se esfumó pronto. La separación de su primer esposo en 1939 se debió a que dos veranos atrás había conocido al coleccionista británico Roland Penrose.
La sacudida volcánica del inicio de la Segunda Guerra Mundial no orilló a Lee Miller a volver a Estados Unidos, por el contrario, ella quiso quedarse en Inglaterra, con Penrose y al tanto de la vida de sus amigos.
La revista Vogue en 1941 incluía artículos de moda acompañados por imágenes de Lee Miller, la mujer que años atrás había sido objeto de deseo de sus portadas. Las primeras colaboraciones fueron sobre moda y luego sobre las ruinas de Londres durante los bombardeos.
Ante la destrucción, la fotógrafa de moda tuvo la sensación de que su trabajo era superficial, explica Van Raay. Y con la intención de escribir reportajes sobre la participación de las mujeres en el frente —bajo el consejo de su amigo David E. Scherman, fotógrafo de la revista Time—, Miller solicitó a Vogue que la nombrara corresponsal de guerra para cubrir los pasos de la armada estadunidense.

Portrait of Space, Al Bulwayeb, Near Siwa, Egypt 1937
Miller y Scherman mostraron a los estadunidenses las consecuencias del dominio nazi. Miller, dice Van Raay, se convirtió con su trabajo en la fotógrafa y corresponsal más famosa de la Segunda Guerra Mundial.
Sobre el trabajo de su madre en las trincheras, Penrose menciona que ella se convirtió en una periodista en quien los estadunidenses depositaron su confianza. Sus fotografías, añade, hicieron que los norteamericanos comprendieran por qué debían interesarse en los asuntos de la guerra, por qué era importante ir a pelear; en especial cuando fotografió los campos de concentración.
Miller estuvo atenta a cada uno de los episodios importantes y dolorosos que se registraron entre 1944 y 1945. Ella recorrió París durante la liberación de la ciudad y también estuvo en los campos de Buchenwald y Dachau.
El 30 de abril de 1945, sin duda, fue uno de los días más extraños. Miller y Scherman estaban en Munich. Tenían hambre, sueño y ganas de asearse. Encontraron un edificio en el que uno de los departamentos estaba en condiciones impecables. Había carbón suficiente para bañarse con agua caliente. Los dos disfrutaron de su buena suerte. Esto se sabe gracias a que entre ellos se fotografiaron mientras estaban en la tina. Los dos corresponsales habían caído en una de las guaridas de Adolfo Hitler.

US soldiers examine a rail truck load of dead prisoners, Dachau, Germany, 1945
La fotografía de Lee Miller adentro de la tina, acompañada por un retrato de Hitler y sus botas regando en el piso el polvo de los campos de concentración, dio vuelta al mundo. Sobre este instante cargado de simbolismo ella nunca dijo ni una sola palabra. Anthony Penrose asegura que su madre no habló de esta fotografía ni de las cosas importantes que vivió en la guerra.
La historia de Lee Miller comenzó a salir a la luz poco tiempo después de su muerte en 1977. Antony Penrose halló en el ático de la finca familiar pilas de cajas de cartón selladas, que contenían más de 60 mil negativos, documentos oficiales, cartas, cuadernos… Retazos de la vida de su madre que para él hasta ese momento era sólo una persona sin pasado.