
Propósitos, deseos, compromisos de renovación, de cambio… el espíritu indomable y en apariencia incorruptible con el que abrimos el año nos invita a dinamitar al viejo yo y emprender un camino desconocido hacia otras latitudes. Para acompañar ese indómito ánimo invitamos a poetas, ensayistas, libreras, colaboradores y editores de Nexos a sugerir una lectura de inicio de año: memorias, novelas, ensayos, biografías, entrevistas, registros todos de la inmensidad e infinitud de la literatura, de las promesas que nos depara el año. Buena lectura.
Ricardo López Cordero, ensayista y director de Ibero 90.9 FM

Llegué a Julio Camba como a los blueseros estadounidenses de la primera mitad del siglo XX: me enamoré de sus discípulos. Los Rolling Stones tuvieron un lugar en mi catálogo antes que Muddy Waters y Lead Belly, igual que las columnas de Manuel Jabois, escritas con un desparpajo envidiable, me llevaron a Camba. Mis páginas mejores, reeditada en Pepitas de Calabaza en 2012 con un prólogo de Jabois, es una antología de sus columnas, observaciones de viaje y ensayos breves.
El columnista nació en Galicia en 1884 y vivió como si el mundo estuviera esperándolo. “Cuando mis padres me propusieron que me fuera a Santiago para ingresar en el Seminario, yo introduje las manos en los bolsillos de mi pantalón —el primer pantalón largo que usé— y sonreí con una sonrisa sardónica, adjetivo para las sonrisas que yo había encontrado en un folletín del señor Tárrago y Mateos, y que usaba en todas las circunstancias un poco importantes. —Mis ideas —dije, con una gran prosopopeya en contestación a mis padres— no me permiten ser cura.” Así que el joven Camba cruzó el Atlántico en barco (supongo que usando pantalón largo), intentó hacer la revolución en Argentina y fundó un diario anarquista en España, hasta que finalmente se consagró como periodista trotamundos.
En Mis páginas mejores hay apuntes sobre la comida inglesa, las camas francesas, la calvicie alemana, los turistas estadounidenses, el edificio Chrysler, la Segunda República Española y los mausoleos. “He aquí mis páginas mejores. Las otras son también bastante buenas, no se vayan ustedes a creer. Tienen forzosamente que ser buenas porque lo mejor solo puede salir de lo bueno, pero estas les dan ciento y raya a todas las demás, y yo me apresuro a ofrecérselas a ustedes ahora en este tomo para solaz y edificación de su espíritu,” escribe Camba. Tiene razón. Las mejores de sus páginas mejores son tan buenas que resulta casi cruel llamarlas simples columnas. La combinación de ingenio para observar lo cotidiano y una obsesión vital con la brevedad y la precisión convierten a Camba en un antídoto ideal para el mundo de distracciones que habitamos.
Andrea Horcasitas, investigadora

Hay algo en la literatura del yo –también conocida como autoficción, su término más técnico– que me atrae profundamente. No sé si es por el sentimiento de ceer que estoy mirando, muy a la voyeur, una intimidad que me es ajena o por el juego de detective que te exige decidir cuáles de los hechos narrados son auténticos y cuáles no (sin que al final importe mucho qué es verdad y qué es exageración), pero hay un disfrute único cuando una se adentra en este tipo de narraciones.
Podría recomendar una lista interminable de escrituras del yo (entre mis favoritos El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince y En la casa de los sueños de Carmen Maria Machado), pero elegiré sólo un libro que me parece indispensable para cualquier biblioteca: La dimensión desconocida,de Nona Fernández (Literatura Random House, 2016).
Este texto es un ejercicio de memoria que se construye a partir del testimonio de un soldado torturador chileno de nombre Andrés Antonio Valenzuela Morales, que un día decide no matar ni torturar nunca más. Ante la imposibilidad de reconstruir la vida de todas las personas detenidas desaparecidas durante la dictadura de Augusto Pinochet, Fernández apuesta a la imaginación política para rellenar los huecos de una historia de terror verídica que está repleta de fantasmas.
Rubén Darío Álvarez, abogado

Tengo por costumbre personal empezar el año con alguna lectura breve y ligera, que de alguna forma allane el camino para los meses y los libros de mayor densidad. Por eso hay un extraño sentido de congruencia que me hace recomendar para el año que comienza una lectura que sea breve y ligera, como los primeros días de enero y comoLa canción de la bolsa para el mareo (Sexto Piso), este registro que Nick Cave hizo de la gira que él y su banda The Bad Seeds emprendieron por Norteamérica durante 2014 (hace más de diez años ya, qué cosas).
Por supuesto, por breve y ligera no debe entenderse insustancial: aunque sucinto, este diario de viaje sirve como pasillo para adentrarse en una habitación íntima de la que me atrevo a definir como una de las mentes creativas más grandes de nuestra época. Y aunque diario de viaje, este libro no escatima en momentos de genialidad poética ni de honestidad artística y personal. Las amplias carreteras estadounidenses y el mareo –y las bolsas para el mareo– hacen de metáfora para el camino que Cave recorre a través de sus recuerdos y obsesiones que nos reafirman que la literatura, tanto cuando se escribe como cuando se lee, es esencialmente viajar por un territorio desconocido.
Mariana Ortiz, editora

Ugh… El comienzo. ¿Cómo empezar algo —lo que sea—, un proyecto, un pendiente, un año? Los inicios no se me dan. Siento que hay algo soporífero en los comienzos, o peor aún: en la ilusión de que hay un pasado que ya quedó atrás. En ese intento por aventarme, sin anestesia, al primer mes del año, leí Cara de pan, de Sara Mesa (Anagrama, 2018). Este libro, pequeño pero brutal, narra el encuentro y relación que surge entre una niña y un hombre de 54 años. Primero en un parque público, después —tiempo pasado— en una cafetería. Entre conversaciones y recuerdos, ambos personajes van revelando sus motivaciones, deseos y perversiones. No es una lectura sencilla, esa relación (más cerca de mi vida de lo que me gustaría) expone cómo hay vínculos destinados a morir, ya por prohibición, ya por absurdos e ilusorios. Y qué hay mejor para empezar el año que un relato que nos recuerda la fatalidad de todo lo que somos.
Juan Jesús Garza Onofre, abogado e investigador

Mientras Hitler publicaba Mi Lucha, Stalin se hacía definitivamente con el liderazgo supremo de la Unión Soviética, y un coronel español de apellido Franco comandaba el desembarco de Alhucemas, en la Guerra del Riff. Transcurría 1925; año sombrío y de transición, lleno de tensiones políticas, ideológicas y militares que sentarían las bases de los grandes conflictos del siglo XX. En medio de tanto desasosiego y confusión, un abogado de origen checoslovaco, nacionalizado israelí, tomó una decisión que cambiaría para siempre el panorama de la literatura contemporánea. Ignorando la última voluntad de su amigo y escritor, fallecido un año antes, quien le pidió quemar todos sus manuscritos “hasta la última página”, Max Brod sacó a la luz El proceso de Franz Kafka. Cien años después, en 2025, no sólo vale la pena volver a dicha novela por su profunda crítica a la corrupción burocrática y los sistemas de justicia, sino por prefigurar el desamparo del individuo moderno ante un poder descomunal, cada vez más incomprensible e inalterable. Y es que una lectura de El Proceso no sólo refleja la enajenación del ser humano en un mundo cada vez más ruin, sino que también anticipa la sensación de impotencia que caracteriza a la experiencia contemporánea. Se le atribuye a Mark Twain decir que: “la historia no se repite, pero rima”; la frase encierra la despejada profundidad del enigma. Qué mejor que volver a Kafka para intentar descifrar un presente que hace eco de las preocupaciones de su tiempo.
Ainhoa Suárez, filósofa e investigadora

¿Cuándo fue la última vez que hiciste una promesa importante? Esa es la pregunta que abre El tiempo de la promesa (Anagrama, 2023), el ensayo de la filósofa catalana Marina Garcés que invita a reflexionar acerca del valor de nuestros vínculos sociales y nuestra capacidad de compromiso en un mundo incierto. En este breve trabajo, Garcés critica cómo las grandes narrativas de salvación han maniatado y terminado por minar nuestra creencia en la promesa. Frente al Dios que ofrece la vida eterna, el Estado que conviene la protección de sus miembros o el capitalismo que augura la felicidad derivada de la acumulación ilimitada, las promesas que podemos hacernos las personas de a pie se antojan insulsas.
Si aquellas grandes figuras articuladoras de las historias de civilización que nos contamos no han sido capaces de cumplir lo que juran, ¿qué nos queda a nosotras en nuestras relaciones del día a día? Esta inquietud lleva a Garcés a meditar sobre cómo devolverle su fuerza vinculante a la palabra que promete. Con referencias que van de Cervantes a Hannah Arendt, pasando por Ovidio y María Zambrano, la autora presenta una estimulante reflexión sobre la posibilidad de construir compromisos sinceros, igualitarios y realizables en los terrenos de la amistad, el trabajo y la vida política.
A lo largo de sus páginas, el ensayo propone replantear la promesa no como una mera declaración bienpensante de intenciones, sino como un ejercicio crítico de imaginación y lucha por la construcción de futuros abiertos y alternativos, de horizontes colectivos e igualitarios. Garcés insiste en la necesidad de restituir la fiabilidad y credibilidad de la palabra, transformando la promesa en un acto de resistencia y rebelión frente a una crisis civilizatoria caracterizada por la desconfianza y el descreimiento en el compromiso. ¿Por dónde empezar? Garcés sugiere un primer paso: reconociendo las promesas que hemos roto, atendiendo aquellas que hemos ignorado, formulando las que nunca nos hemos animado a hacer.
Matías Gómez Léautaud, internacionalista

Babel, o la necesidad de la violencia de Rebecca F. Kuang (Hidra, 2022) es la cuarta obra de una escritora que marcará a una generación. Con tan sólo 28 años y cinco novelas en su haber, su amor y conocimiento del lenguaje evoca la tradición del padre de la fantasía J.R.R Tolkien. Babel es una lectura envolvente que desde las primeras páginas desentraña los mecanismos lingüísticos y materiales con los cuales el imperialismo explota a la periferia. A pesar de presentarse como un libro de fantasía suave –donde la plata tiene cualidades alquímicas potenciadas por el conocimiento del lenguaje– Babel es una dolorosa reflexión sobre las víctimas del imperio británico y la eventual complicidad del protagonista, Robin Swift, en un sistema que simultáneamente seduce y aliena a los sujetos coloniales que participan en él. La pugna entre el Swift y el imperio es una tensión interna y externa que no le permite mirar hacia otro lado, ni conformarse con los privilegios que acumula. Más allá de una historia coming-of-age (quiero pensar que a Kuang y Swift les divertiría el inevitable uso de un término más exacto en otro idioma), Babel es un llamado a reflexionar sobre diferentes sesgos que impone y las ventanas que abren los idiomas. Sobre todo, es una obra que reivindica al habla y la lengua como actos políticos.
Lorenza García Hegewisch, poeta

“Hay cosas que una sabe que están aunque no las ve y otras que una ve, aunque sabe que no están…” He vuelto a la novela. Regreso de La mano que cura (Polilla Editorial, 2024) de Lina María Parra Ochoa. Regreso a verle la cara al duelo, al dolor compartido que, casi siempre, hace hueco, se cae en la tierra y echa raíces. Después de la muerte de su padre, Lina se propone ordenar la biblioteca que dejó. Lo que supondría ser una tarea tediosa se convierte en un viaje de poderes que no son nada y son todo, que son raíz, tallo y hoja. Un viaje de palabras, pero sobre todo un viaje del silencio que no es afuera, es adentro, porque para distinguir “cada sonido de cada animal hay que estar mucho tiempo en silencio”. Con ritmo, intensidad y poder esta novela invita a que te pierdas del todo o te encuentres del todo.
David Noria, escritor e investigador

Desde sus 21 años hasta su muerte a los 84, Andrés Bello (Caracas, 1781-Santiago, 1865) se desempeñó como alto funcionario con intermitentes periodos fuera del erario, que vivió más bien con amargura. Sirvió al imperio español, a empresas inglesas y a los gobiernos de Venezuela, Colombia y Chile; fue adepto de la monarquía y, resignado, empleado de las repúblicas; trabajó lo mismo para gobiernos liberales que conservadores.
El ensayo biográfico de Iván Jaksić, Andrés Bello. Orden y libertad para la Hispanoamérica independiente (FCE Chile, 2024), señala con agilidad la trayectoria del funcionario-burócrata, escritor, publicista y estudioso caraqueño que dejó su país a los 28 años para radicarse de 1810 a 1828 en Londres (“esta ciudad por tantos títulos odiosa para mí”) primero como diplomático y a veces como buscavidas de levita y charol. De personalidad apagada, rígido, engendrador de una docena de hijos (la mayoría malogrados) y tutor de muchos otros, el de Bello es un carácter para el que la frase “chapado a la antigua” se queda corta, sobre todo si pensamos que se trata de la revolucionaria época de Goethe y Lord Byron.
A pesar de todo ello, y aún del rumor de haber traicionado a Bolívar, que Jaksić no refuta, a Bello le cabe el no pequeño honor de haberse mantenido a flote entre las huestes liberales radicales y los anatemas de los absolutistas monárquicos. No fue un faccioso furibundo. Acaso porque precisaba de los puestos. Fue el primero en creer en el porvenir de Hispanoamérica y su primer desengañado.
Julio González, editor de Nexos

Toda vida está hecha de paréntesis que se abren y cierran: nuevos lugares y personas, cosas que empiezan o acaban. Con todo, el paréntesis carece de fronteras precisas. Por ello la literatura asume a ratos la tarea de crear esos contornos, elaborar cierres y procurar la apertura del signo, es decir: darle sentido a la vida. Mecanismo privilegiado para ordenar esos materiales informes que el recuerdo selecciona, ordena y reelabora con otros nombres y trazos, o de otro modo: la memoria como ficción. Con motivo de sus 60 años, Alfaguara reeditó la novela de Javier Marías, Todas las almas (1989), un paréntesis novelado en la vida del escritor español.
El libro de Marías es el relato de la estancia de dos años de un profesor español en el colegio All Souls de la Universidad de Oxford. Pero dentro de ese tránsito se abren muchos otros trazos, el más importante es el del amorío con una mujer casada, Clare Bayes. Es, pues, un tratado sobre el deseo y sus formas.
Todas las almas es también un viaje que describe y explica el entramado de la pequeña ciudad universitaria; arma un modelo a escala de Oxford que sirve a su vez como modelo moral, como una pequeña maqueta en la que están permitidas y representadas todas las calladas virtudes y vicios humanos. Y en particular de lo que significan en esa ciudad de oídos atentísimos los secretos, las mentiras, las medias verdades. Es un logradísimo fresco de ese proceso de transformación del que toda la narrativa parte: un recuento de las lentas olas que al tocar los pies incitan al cambio, o del salvaje e inesperado maremoto que mueve la vida hacia otro lado.
Mario de la Piedra, escritor y neurocientífico

La idea de que todo en el mundo tiene un sentido es, después de todo,
precisamente análoga al principio de que todo tiene una causa,
sobre el cual descansa toda la ciencia.
Kurt Gödel, carta a su madre
Benjamín Labatut lo vuelve a hacer, esta vez en otro idioma. Desde la publicación de Un verdor terrible (2020), libro que lo catapultó en el plano internacional y que explora las grietas de las mentes más brillantes del siglo XX sobre las que descansa la ciencia moderna, Labatut ha demostrado una capacidad inigualable para hacer de la ciencia literatura. Su ensayo posterior, La piedra de la locura (2021), contiene una reflexión profunda sobre la frontera entre lo genial y lo demente, lo virtuoso y lo macabro. En MANIAC (2023), que sigue la misma tónica de Un verdor terrible aplicada a la computación, el delirio de un solo hombre compone el sueño –si no la pesadilla– de nuestro siglo: la inteligencia artificial.
A través de los ojos de personajes como Eugene Wigner, Richard Feynman, Oskar Morgenstein, Nils Aal Barricelli y Klára Dan, entre otros, seguimos al prodigioso y contradictorio John von Neumann, el padre de la computación y la mente más peligrosa del siglo XX. Una bestia matemática indomable que el gobierno de los Estados Unidos no dudó en exprimir para sus intereses imperialistas. Su máquina MANIAC sentó las bases de la computación moderna, que medio siglo después destrozaría al campeón mundial de Go, el juego de estrategia milenario que suponía el último reducto de la creatividad humana. MANIAC es el primer libro escrito en inglés del autor chileno, que afirma sentirse más cómodo en esa lengua, y cuya traducción al español no pierde la potencia de su prosa.A mi parecer, MANIAC no alcanza las notas del libro que lo transformó en un fenómeno literario, pero sirve como complemento de una obra indispensable para entender nuestro tiempo.
Paulina Guzmán, ensayista

“Hay una pregunta que hacen siempre: «¿Por qué elige las historias, con qué criterio?»”.
–Leila Guerriero
El 29 de diciembre de 1976, con veinte años y embarazada de cinco meses, Silvia Labayru es secuestrada, torturada y violada por militares en uno de los centros clandestinos de detención y exterminio más grandes de la última dictadura militar argentina: la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Mientras comienzo a leer La llamada, de Leila Guerriero (Anagrama, 2024), me cuestiono, tal como lo hace la autora: ¿por qué Silvia? ¿Por qué narrar su historia?
En las 430 páginas que componen el libro, Guerriero, además de darnos una clase magistral sobre periodismo, traza el retrato de una mujer que desea ser mucho más que una superviviente de la ESMA. La autora habla con Labayru por dos años sobre lo que le gusta comer, el sexo y sus hijos. Sobre la tortura y las violaciones. Sobre el espionaje que hacía para los montoneros y el secuestro. También conoce al gato de Silvia y atraviesa con ella la muerte de su perro, Toitoy. Guerriero la visita en Argentina y en Madrid. Van a la ESMA, que ahora es un museo. Entrevista a quienes rodean a Labayru y a su historia. A aquellos que, en el exilio, la reciben sin juzgar y a quienes, leales a las consignas montoneras, deciden desterrarla por traidora. Todo para “encontrar tantas facetas como sea posible para contar esta historia, y escribir un texto sin reduccionismos”.
Este libro es un retrato sobre la violencia perpetrada por el Estado, la impunidad, la supervivencia y la incomprensión. Pero en el centro de todo hay una mujer que se aferra a la vida. La llamada es una invitación a entender por qué Silvia, por qué a ella.
Valeria Villalobos Guízar, editora en Nexos

En una ya legendaria entrevista realizada por George Plimpton a Ernest Hemingway para The Paris Review (1958), Hemingway, agrio y soberbio a la hora de hablar de los entresijos de su oficio, le dijo a su entrevistador que “el escritor no debería hablar de su obra”, “no tiene por qué explicar nada o andar ofreciendo visitas guiadas por los parajes más complejos de un texto”. A pesar de ello, como nos ha dejado ver su obra, Hemingway no cesó de reflexionar a propósito de la escritura. Y es que si en algo es buena la literatura es incomodando, tanto a quienes la escriben como a quienes la leen. Parte del placer que a algunos nos genera proviene precisamente de su afán desestabilizador de las más elementales certezas, de su capacidad para provocar preguntas e inaugurar matices saturados de complejidad. Parte de esa habilidad para la suspicacia –que con rapidez alcanza una prolífica y nutritiva neurosis– permea en algunos lectores, que más que exigir visitas guiadas a los autores que los dejaron inquietos, pretenden regresarles el favor haciéndoles algunas preguntas en torno a los misterios de su quehacer.Voces y ecos literarios, del periodista mexicano Alfredo Campos Villeda (Ediciones Cal y Arena, 2024) reúne veinte entrevistas con autores de la talla de Emmanuel Carrère, J.M.G. Le Clézio, Salman Rushdie, Enrique Vila-Matas o Pascal Quignard. Entrevistas sencillas y breves que exploran las lectobiografías de estos autores, ideales para propiciar una nueva lista de lecturas para el 2025.
Billy Woo, economista

La red social X (el tugurio de 280 caracteres, antes azul, ahora oscuro y decadente) recibió el año nuevo con un alegato repetido: la economía es una farsa. Sin embargo, hace poco encontré una inesperada defensa de la disciplina donde menos lo imaginaba: en la literatura.
Economía experimental, de Juan José Ferro Hoyos (Angosta) es una novela de campus que retrata la vida de El Economista. No el opinólogo que recicla refritos en columnas, programas o radio. Tampoco el político disfrazado de técnico ni el servidor público mal pagado. Juan José narra la cotidianidad del economista que se dedica de lleno a la investigación académica en un ambiente de docencia e investigación: el universitario.
El protagonista, como sus colegas reales, tiene mucho menos poder e influencia de lo que sus detractores le atribuyen. Su rutina carece del glamour que otros imaginan. Y, a pesar de las rarezas de su profesión, El Economista logra mostrar un oficio fascinante. En mi opinión –casi sin sesgo– un bello oficio.
Juan José, como literato, economista y doctor en todología, sabe que burlarse de uno mismo hace la vida más ligera. Por eso convierte la vida tras bambalinas del economista en una lectura amena y accesible para quienes sienten curiosidad por descubrir qué (no) es y cómo (no) funciona la economía. Recomiendo ampliamente esta obra, ganadora del Premio Nacional a la Novela Inédita del Ministerio de Cultura de Colombia en 2022.
Paola Cuevas, ensayista y librera

Leí El idiota (seguido de otros ensayos), de María Zambrano mientras vendía libros y lo compré. Fue en noviembre. No me gustó como lectura para cerrar el año. Soy muy de empezar las cosas los lunes. Cada ensayo mapea las siguientes lecturas: Charles Perrault, Nicolás de Cusa, Deleuze, Baudrillard, Montaigne, Flaubert, Dostoievski. El ensayo que abre la antología, el de Zambrano, plantea la distinción entre el lenguaje poético que va a lo hondo, al pozo, y el filosófico, que va al centro de la palabra misma y la despoja del gemido y del clamor. En ese espacio entre la palabra poética y la filosófica reside el idiota, “un extraño lugar que parece sea el límite de la condición humana”.
Zambrano invita a leer a Zambrano. Hay 11 meses por delante. Hay tiempo.”Epílogo de lo real”, de Clément Rosset, merece una mención. A través de una lectura de Barba Azul, de Perrault, y de los personajes de Beckett, nos coloca frente a la muerte y nos recuerda nuestra capacidad de seguir viviendo a pesar de saberla inevitable, por medio de la alegría y de la gracia. «En la alegría, lo real se presenta tal como es, idiota, sin los colores de la significación, sin impresión de lejanía». Por último, “El idiota”, de Chantal Maillard. Primero escrito en verso, después en prosa. En él, el pobre de mente está aquí. Aquí es un lugar sin tiempo ni diferencias. Sin Krisis. El simple, el que es entero y no doble, se pasea en los confines de todo: sociedad, lenguaje, historia. Queda en los márgenes de la narración. El habitante de Aquí se deshabita a él mismo. Sin más, esta antología traza un camino de lecturas y películas valioso. Seguirlo o no, qué sé yo, pero pensar en seguirlo necesita tiempo. Este libro es para enero, el lunes más largo de todos.
Sebastián Díaz Barriga, poeta

¿Qué pasa con nuestras vidas al viajar? ¿Se las lleva en las maletas o nos esperan cómodas, de vuelta en casa? Pequeña novela deoriente, de Santiago Loza (Entropía, 2024) narra, en segunda persona, tres viajes a tres países diferentes: Corea, Japón y China. Los primeros, con motivo de su participación en un festival de cine. El tercero, hecho en plena pandemia, animado por el motor incesante de la amistad y las relaciones inclasificables que alientan nuestras vidas.
Santiago Loza recorre pasillos de Oriente. Tierno y energético. Somnoliento y ansioso. Deambula por países que parecen imaginarios (el jet lag, el insomnio, y la distancia lingüística refuerzan esta sensación) o bien, salidos de la mente de un excéntrico director de aventuras cotidianas: una cineasta de la India cuyo diente aparece y desaparece a voluntad (muy al estilo de Auxilio Lacouture); la incapacidad de entender el mecanismo de las máquinas de gaseosas; comunicarse, sin éxito, incluso con la ayuda del traductor del celular; probar comidas impronunciables, hechas de ingredientes desconocidos; caminar más, hacer las compras, descubrir que el yogurt no existe allá; cuidar la raíz de una planta en la habitación de hotel. Tomar talleres, hablar poco, llenarte de amigos y enemigos. Para, finalmente, desaparecer en un plácido sueño acuático dentro de uno de los subterráneos más elegantes de Kioto. Un hotel en donde locales y turistas fantasmas encuentran, en la comodidad provocada por el anonimato, su verdadera vocación. El viaje, entonces, inicia en la escritura.
Cecilia Castro, librera y editora

Pensar el título es jugar con luces y sombras: recuperar la ilusión. Imaginar el movimiento de un agua transparente que parece negra, sentir una densidad falsa en un vaivén placido. Imaginar todo tipo de actos y movimientos. Caminar por aguas cristalinas en una piscina pintada de negro. Ese mar borrascoso que fue la corta vida de Cookie Mueller, actriz, escritora, ídola de muchas, reina de la fiesta y la escena under. Un personaje, el suyo, que se transformó con las condiciones que impuso cada ciudad en la que vivió, y que, en ese afán marcado por el dinamismo, curioseó con la idea de grabar películas en látex para marear al público —como Hitchcock sugería.
Este libro, una de las primeras publicaciones de Semiotext(e), dividido en breves relatos de los que ella es protagonista, muestra todas las luces de la fiesta que se refractan en los vasos de cristal que compusieron la escena de la contracultura en Estados Unidos durante los setenta: la bendita profesión de John Waters, el coleccionismo de puercos del Cerdo Psicodélico, el estilo ecléctico de los Grateful Dead, el impulso de quienes “podían ver el sol de su fama en el horizonte”. Cookie Mueller, como quien se para en medio de la pista a imaginar poemas influidos por la vorágine de la música y el sudor, encuentra el timbre más alto de su voz en las emociones que orbitan los momentos creativos. Y la lectura de este libro es precisamente eso: ponerse en el centro con una manta de seda multicolor posada sobre los ojos para asumir la distorsión de la cercanía.
Mueller monta una exposición fotográfica de palabras, muy a la Tina Barney, para mostrar que el nomadismo es la única posibilidad de existencia y la vida en comunidades poco convencionales el gesto de la valentía.
Daniel Escoto, escritor e investigador

Por la riqueza y vastedad de su obra, el minimalista Philip Glass es uno de los más destacados compositores de los últimos 50 años. Su inconfundible música —hecha de frases que asemejan cortes minuciosos repetidos hasta el infinito, y de capas sucediéndose una tras otra para crear atmósferas hipnóticas y de enorme poder emocional— ha interpelado tanto al público de sala de concierto como otro más extendido que lo conoce, por ejemplo, a partir de su trabajo para el cine.
A la manera reciente de muchos rock stars, Glass se vio tentado a escribir su historia. Palabras sin música, publicada hace una década, lo revela como un narrador generoso y de pluma afable. Sabe entrelazar las historias de su vida con las de la creación de sus obras fundamentales. De estas últimas, quizá la que aborda con mayor detenimiento es el proyecto de estructura transgresora, pensado junto con el director Robert Wilson y la coreógrafa Lucinda Childs, que lo ungirá en los años setenta: la ópera Einstein on the Beach.
Atención a los episodios de los años de vacas flacas en Nueva York, donde el autor debe hacer de todo—plomero, mudancero, taxista— para subsistir a la par que forma parte de la vibrante escena de vanguardia artística de la ciudad, sumando sus andanzas a la gran Novela Neoyorquina del siglo XX. Atención también al conmovedor episodio parisino del joven
alumno Glass bajo el legendario rigor de la compositora y profesora Nadia Boulanger.