Laudatio a Mia Couto

Como parte del acto de entrega del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2024, con el que fue galardonado el escritor mozambiqueño Mia Couto ayer, Jerónimo Pizarro, representante del jurado del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, fue el encargado de presentar a Couto previo a la entrega del premio, con el discurso que a continuación presentamos.

De Mia Couto, escritor galardonado con el Premio FIL en Lenguas Romances 2024 por un jurado en el que tuve el honor de participar, quisiera hoy, en nombre mío y en un sentido más coral, hacer un elogio en este acto celebrado en su honor.

António Emílio Leite Couto, que luego se autodenominó Mia Couto —casi Miau Couto, en homenaje a los gatos, y en general a los animales, o a los “bichos”, como se dice con cariño en portugués—, nació en 1955 en la ciudad de Beira, en Mozambique. Hijo de una familia de emigrantes portugueses recién llegados a “la esquina más meridional del sur”, como él se ha referido a su país, estudió en Beira hasta 1972, cuando se trasladó a Lourenço Marques (actualmente, Maputo) para estudiar medicina. A raíz del fin de la dictadura portuguesa y la independencia de Mozambique, Couto abandonó los estudios y se dedicó al periodismo por más de una década. Los retomó en 1985, con treinta años, cuando empezó a cursar biología. Ya había publicado un poemario titulado Raiz de Orvalho [Raíz de rocío] (1983) y pronto vendría un libro de cuentos, Vozes Anoitecidas [Voces anochecidas] (1986), o mejor de “estórias”, como otros posteriores. Hago la aclaración, porque en español se suele evocar al contador de historias, pero la palabra “historia” tiene muchas acepciones y solo una, algo relegada, remite a la idea de breve narración ficticia, con gran arraigo en la oralidad. Para llegar a Mia Couto, a quien a veces es tan necesario leer en voz alta, conviene seguir los pasos de un ser híbrido, con algo de poeta, de “estoriador”, de cronista y de novelista. De hecho, su primera novela, Terra Sonâmbula [Tierra sonámbula], sólo se publica seis años después, en 1992, tras dos libros de crónicas. Para este “estoriador” o “efabulador” de voces, algunos hechos y personajes pueden estar inspirados en hechos reales, pero casi todo lo que relata se vuelve verdadero sólo a partir del momento en que lo cuenta.

De Mia Couto puede afirmarse que es un maestro del lenguaje y que su obra, capaz de fusionar la realidad con la fantasía, crea universos ficcionales que, sin dejar de ser profundamente locales, alcanzan resonancias universales. Cada uno de sus libros se apropia del portugués y lo transforma en una lengua capaz de reflejar las identidades y las experiencias de un territorio africano, con fronteras porosas. Como él mismo explica, no le interesa una lengua rígida, estática ni estandarizada, sino una que fluya con la libertad y la riqueza de la vida misma. Couto juega con el portugués como otros escritores que admira —Fernando Pessoa o João Guimarães Rosa, por nombrar solo a dos de ellos—, añadiendo giros, matices y tonalidades que antes no existían. A través de su escritura desobedece, a veces, a la lengua muy apegada a la gramática o al diccionario, otorgándole nuevas dimensiones, volviéndola más plástica. Así, en sus páginas, gana la viveza de lo inesperado, gracias, por ejemplo, a los neologismos y los juegos de palabras que tanto le apasionan. Con sus textos, nos recuerda que la lengua es un espacio vivo, donde se cruzan lo conocido y lo desconocido, donde las fronteras entre el mito y la realidad se desvanecen. Además, nos invita a amar lo indomesticable y a abrir una puerta hacia un mundo de sensaciones y significados que solo se revelan a quienes aceptan habitar un tercer espacio, a quienes no creen en la “ceguera del río” —recuerdo el título de su última novela— pues saben que “todas las noches el río se levanta y vuelve a ser nube”. El río o el tiempo, el río o la vida, si pensamos en otra novela, Um Rio Chamado Tempo, Uma Casa Chamada Terra [Un río llamado tiempo, una casa llamada tierra] (2002), que también nos traslada a una zona fronteriza entre diversas racionalidades. Del mismo modo, la lectura puede ser vista como un río, si somos nosotros los que nos evaporamos al leer, si la lectura nos transporta, como propone Andrea Jeftanovic, a aquella “tercera orilla del río”, que también es la de la otredad.

La obra de Mia Couto es vasta y corresponde a más de cincuenta años de escritura, aunque Raiz de Orvalho [Raíz de rocío] sea de 1983. Está compuesta por al menos ocho colecciones de ficciones breves: Vozes Anoitecidas [Voces anochecidas] (1986); Cada Homem é uma Raça [Cada hombre es una raza] (1990); Estórias Abensonhadas [Historias bendisoñadas] (1994) —cruce de “benditas” y “soñadas”—; Contos do Nascer da Terra [Cuentos del nacimiento de la Tierra] (1997); Na Berma de Nenhuma Estrada [En el borde de ningún camino] (2001); O Fio das Missangas [El hilo del abalorio] (2004); O Caçador de Elefantes Invisíveis [El cazador de elefantes invisibles] (2021); y Compêndio para Desenterrar Nuvens [Compendio para desenterrar nubes] (2023). En estos ocho volúmenes, a los que se podrían sumar otros seis afines, de crónicas y textos de intervención, encontramos un recorrido por un país marcado por el contraste y la diversidad biocultural. En Estórias Abensonhadas —ese de más difícil traducción—, el renacimiento de Mozambique tras la paz se convierte en una celebración de la vida y el lenguaje reinventado. Algo que acaso se agudiza en los dos siguientes, que no han encontrado traducciones, Contos do Nascer da Terra y Na Berma de Nenhuma Estrada, en que se exploran las raíces y la conexión profunda con la tierra, y donde lo real y lo fantástico se entrelazan, mostrando un universo donde todo es posible. Basta pensar, por ejemplo, en el desafío de traducir “Miudádivas, pensatempos” (Pequedádivas, pensatiempos), un texto breve, poético e inclasificable, dedicado a Manuel de Barros —al que Mia Couto llama “meu ensinador de ignorancias”, mi enseñador de ignorancias—, y en el cual a un murciélago le llegan, sueltas y dispares, como en un proceso de polinización y dispersión, “desvisões, pensatempos, proesias” [desvisiones, pasatiempos, proesías]. En este texto y en otros, se alude a algo pequeño y valioso, como lo son los niños, y a regalos que tienen la inocencia y sencillez propias de la infancia, mediante un juego de palabras que aporta una capa de significado adicional y refuerza la idea de algo sencillo pero profundo. Conviene recordar que Mia Couto es también autor de libros infantojuveniles, que son, en mi opinión, también para todas las edades. En este sentido, el premio FIL 2024 no sólo reconoce a Mozambique y a un idioma, el portugués, que es patrimonio de una Comunidad de Países de Lengua Portuguesa, sino a un autor de una ex colonia portuguesa que no escribe sólo para adultos. Y es que no podemos olvidar a los niños, a esos que la guerra de los adultos se ceba, mientras elevan cometas, se pasan una pelota y descubren cómo jugar en un cráter.

Por cuestiones de tiempo voy a obviar algunos libros y consideraciones. En términos de novelas, creo que podemos hablar de unas catorce: esa ópera prima que es Terra Sonâmbula [Tierra sonámbula] (1992), que muy pronto fue considerada uno de los mayores libros africanos del siglo XX y que transcurre en la época de la guerra civil de Mozambique; A Varanda do Frangipani [El balcón del frangipani] (1996); Vinte e Zinco [VeintiZinco] (1999); O Último Voo do Flamingo [El último vuelo del flamenco] (2000); Um Rio Chamado Tempo, uma Casa Chamada Terra [Un río llamado tiempo, una casa llamada tierra] (2002); O Outro Pé da Sereia [El otro pie de la sirena] (2006); Venenos de Deus, Remédios do Diabo [Venenos de Dios, Remedios del Diablo] (2008); Jesusalém [Jesusalén] (2009); A Confissão da Leoa [La confesión de la leona] (2012); Mulheres de Cinzas [Mujeres de ceniza] (2015); A Espada e a Azagaia [La espada y la azagaia] (2016); O Bebedor de Horizontes [El bebedor de horizontes] (2017); O Mapeador de Ausências [El mapeador de ausencias] (2020); A Cegueira do Rio [La ceguera del río] (2024). Temáticamente, estas novelas exploran la convivencia entre tradición y modernidad, las huellas del colonialismo y las tensiones posteriores a la guerra colonial en Mozambique. Elementos como la memoria colectiva, el animismo y la espiritualidad africana juegan un papel crucial en cada uno de los relatos, que a menudo se desarrollan en espacios rurales cargados de simbolismo. La naturaleza —ríos, árboles, animales— adquiere un valor casi mítico, sirviendo como reflejo de los conflictos internos de sus personajes y de la lucha por la identidad. En general, Mia Couto aborda temas universales como la violencia, la muerte, la búsqueda de justicia y la redención, pero siempre desde una óptica profundamente enraizada en la experiencia local. Por eso, en sus obras, la fusión de lo concreto y lo mítico se convierte en una constante que invita a repensar la historia desde la perspectiva de los vencidos y los olvidados; y muchas “estórias” cifran, de modo alegórico, múltiples conflictos internos y traumas sociales, así como sus fábulas transmiten profundas enseñanzas sobre la curiosidad, el miedo y la naturaleza humana. A lo largo de su carrera, Mia Couto ha creado un universo literario donde lo poético y lo narrativo convergen, desafiando las fronteras entre lo poético y lo prosaico, la ficción y la realidad. Finalmente, estamos ante un narrador con alma de poeta, que, además de Raiz de Orvalho [Raíz de rocío] (1983), ha publicado, Idades Cidades Divindades [Edades, Ciudades, Divinidades] (2007), Tradutor de Chuvas [Traductor de lluvias] (2011) y Vagas e Lumes [Olas y lumbres] (2014), este último título algo intraducible, porque “vagalumes”, unido, en una sola palabra, significa “luciérnagas”. No olvidemos un artículo de El País, de 2016, titulado “Cómo traducir a Mia Couto y no morir en el intento”.

No puedo ni debo extenderme mucho más. Dado el contexto en el que he leído estas palabras y dado que este texto se les distribuirá a los medios de comunicación tras esta ceremonia, quisiera dar unas últimas pistas de lectura y proponer unos últimos motivos de elogio.

Estamos en México, en el país de Juan Rulfo. Existe otro artículo de El País (“Una tarde con Mia Couto, el gran contador de historias de Mozambique”), que nos recuerda que en los libros del escritor mozambiqueño los muertos habitan la misma aldea que los vivos y no son ajenos al rumbo de la vida. Así lo explica Imani, una joven de etnia vachopi:

Los muertos no andan por la tierra, son ellos los que hacen andar a la tierra. Con una cuerda de arena y viento, los difuntos atan el sol para que no se pierda en el firmamento. Los muertos abren camino a las aves y las lluvias. Caen en cada gota de rocío para abonar el suelo y dar de beber a los escarabajos.

Esto no es lo que ya se designó alguna vez como “realismo mágico”, etiqueta con la que Rulfo nunca se identificó y ante la que mostró cierta reticencia. Pienso que tanto Rulfo como Couto dirían algo similar sobre Pedro Páramo y la Trilogía de Mozambique: que la combinación de elementos sobrenaturales y realismo cotidiano dialoga con las tradiciones orales, el entorno rural y la forma de entender la vida y la muerte en determinadas comunidades, especialmente en un contexto posbélico. Por lo demás, los fantasmas de alguna literatura de índole espectral son figuraciones de la soledad, el abandono y las tragedias humanas, y no elementos forzosamente propios de un pensamiento mágico, aunque este, como lo recuerda Joan Didion, no sea ajeno al duelo. México y Mozambique son países que han pasado por más de un conflicto armado complejo y prolongado, y el arte, en general, suele reconocer muy pronto las pérdidas, las vidas precarizadas y las distintas formas de violencia histórica que el poder tiende a ocultar.

¿Qué le dice la literatura de Mia Couto al mundo en que vivimos? ¿Qué traduce, al traducir la lluvia? Estas son preguntas que el jurado que le otorgó el Premio FIL 2024 a Mia Couto se hizo y que Vittoria Borsò intentó responder en una entrevista para El Universal, tras el anuncio del galardón. Déjenme ensayar también una respuesta para terminar, recordando un llamado que se hace en un epígrafe de Contos do Nascer da Terra [Cuentos del nacimiento de la Tierra] (1997):

No es la luz lo que nos falta. Durante milenios, la gran estrella iluminó la tierra y, al final, aprendimos poco a ver. El mundo necesita ser visto bajo otra luz: la luz de la luna, esa claridad que cae con respeto y delicadeza; solo la luz de la luna revela el lado femenino de los seres. Solo la luna revela la intimidad de nuestra morada terrestre. No necesitamos el nacimiento del Sol. Necesitamos el nacimiento de la Tierra.

Mia Couto posee una sensibilidad que está directamente vinculada con su búsqueda por revelar esa “intimidad de nuestra morada terrestre”. Lo que nos falta para ser dignos de esta “morada” no es conquistar el espacio, es cohabitar amorosamente la Tierra. Lo que nos falta para ser nosotros mismos es ser los otros. Lo que nos falta para atajar la deshumanización rampante es luchar por un mundo libre de la ignorancia, el fanatismo y la opresión. Comprometido con las voces olvidadas, Mia Couto nos alerta sobre diferentes tipos de cegueras y nos invita, con su obra, a desafiar nuestras concepciones sobre lo que es posible o imposible, y a imaginar, así, el nacimiento de la Tierra.

Una nota final, a modo de posdata: hace poco referí a Imani, la protagonista de las tres novelas que componen la Trilogía de Mozambique. Si nos preguntáramos “¿Quién es Imani?”, esta sería una pregunta redundante, porque Imani quiere decir “¿Quién es?”. Equivaldría a preguntar “¿Quién es Quién es?”. Tras este tipo de máscaras —pensemos en “Everything and Nothing” de Borges— creo que se oculta justamente Mia Couto, con su lado femenino y su ambición de “…ser o múltiplo de nada, / Ninguém no plural” […ser el múltiplo de nada, / Nadie en plural]. Como quien se multiplica en sueños, Mia Couto también ha sido muchos y nadie, o, como él propone, “nadies”. Reivindiquemos hoy a quien tantos “nadies” ha sido, casi como un acto de resistencia frente a la sobreexposición y el culto a la identidad que fomentan las redes sociales. En una época en la que la autopromoción y la validación externa parecen determinar el valor del individuo, la capacidad de Mia Couto para encarnar múltiples voces y para difuminar las fronteras de la identidad se presenta como una forma de oposición a esa inflación del ego y a la uniformidad del “yo digital” que las redes impulsan. La literatura de Mia Couto abre un espacio para una humanidad más plural, menos ensimismada y más respetuosa de la vida, recordándonos que somos parte de un todo más vasto, que existen ríos voladores —como si la selva amazónica se volviera (¿otra vez?) vapor o nube— y que ser “nadie en plural” es, en realidad, ser más plenamente humano.