Aquí pondré mi esperanza: en la primera hora de la misa del miércoles. Las dos: faldas a cuadros y calcetas altas y ella toca con el índice las palabras de la Biblia. Bajo su huella digital las sílabas se encienden en el misterio de la Transfiguración. Divino oficio, divina liturgia: aunque ella esté a mi lado, está tan lejos porque no puedo tocarla. Aquí pondré mi esperanza: trabajamos juntas en clase de química. Nuestras manos, al calibrar el microscopio, podrían rozarse. Ella sostiene la espátula entre dos dedos y los googles de plástico le electrizan el cabello, que se levanta en torno a su cabeza como una corona. Quiero que mi cuerpo sea tan inestable como los elementos de la tabla periódica. Quiero no volver a usar falda nunca. Quiero decir: éste es mi cuerpo saliendo de las profundidades de mi cuerpo. Aquí pondré mi esperanza: de su cuello cuelga la llave de su casa. En su mano brilla la aguja de su bordado, me lastima. Aquí pondré mi esperanza: ella no entiende el cálculo diferencial. Viene a mi casa y trabajamos juntas. Estudiamos las reglas de la transformación: es consistente, es decidible, es completa. Tangenciales y tórpidas, bajamos a buscar algo al sótano. Me alumbra sólo su risa. Aquí pondré mi esperanza: acostadas de espaldas cantamos nuestra canción favorita, nuestras voces se trenzan. Ella voltea a verme. Sus ojos son tan profundos que no puedo tocarla. Aquí pondré mi esperanza: el color exacto de las venas de sus antebrazos. La forma de sus rodillas. El color de las cosas que no puedo. Aquí pondré mi esperanza: después de clase, compartimos una manzana. Coloco mi boca donde la suya estuvo. Aquí pondré mi esperanza: ella se va para siempre pero dice que vendrá a visitarme cada mes. No vuelve nunca. La letra de mis cuadernos desaparece cuando se hace de noche. Hace frío en el fondo de mi cuerpo y vivo obligada a la sombra. He observado el color de los duraznos. A veces mi madre late dentro de mis huesos. Aquí pondré mi esperanza: aprendidos los primeros años, quisiera ser nadie. Detrás de todo esto, se rompen los vasos de la cocina, la lluvia horada el asfalto de las calles. Las cosas cambian a pesar de sí mismas. Los camiones a la capital salen cada miércoles y viernes.

Elisa Díaz Castelo
Poeta y traductora