Las “paradisiacas” vacaciones de Ulrich Seidl

Ulrich_Seidl_LinzMuchos de nosotros anhelamos las vacaciones. Nuestros sombríos meses, anegados de rutina, parecieran admitir un paréntesis luminoso y oxigenarse con unos días en los que, teóricamente, podríamos hacer lo que en verdad queremos. Como si la mayoría de nuestro tiempo fuera una especie de mentira o espejismo, de negación de nosotros mismos, las institucionales treguas veraniegas o de invierno representarían una especie de remanso en el que por fin nos libraríamos de las ataduras que a diario nos subyugan (el trabajo, los deberes escolares, la familia) para gozar de un tiempo mas puro, libre. Difícil saber si este anhelo, como tantos otros, es siquiera asequible.

Ahora que concluye la pausa navideña, resulta oportuna la visita a la trilogía Paraíso de Ulrich Seidl. Pensada originalmente como una sola película con diversas historias entrelazadas, la serie aborda las andanzas de tres mujeres austriacas (dos hermanas cercanas a la cincuentena y la hija de una de ellas) durante el verano, alejadas de sus empleos y la escuela, en su tiempo libre. La insatisfacción y la relación (tormentosa) con el cuerpo son los hilos conductores de las piezas. En Amor, la primera de las cintas, una mujer entrada en años y en carnes (con cuya desnudez es inevitable evocar a Lucian Freud) viaja a Kenia a pasar unos días como sugar mama, término con el que los lugareños identifican a las maduras turistas sexuales del “primer mundo” dispuestas a dilapidar sus euros con complacientes y nada inocentes jóvenes. Aunque empecinada en evitar los llanos acostones jugando mientras tanto a entablar relaciones que pretende sean no solo carnales, la protagonista termina por ser explotada por los explotados.

Fe, el segundo film, recurre a un escenario menos exótico: el infierno personal que vive una católica devota que aspira a acercar el cielo a los demás. Casada con un musulmán paralítico, Anna María dedica sus vacaciones a llevar la palabra divina de puerta en puerta. Su fanatismo religioso solo es capaz de hacer las paces con su rechazo por la sexualidad cuando involucra un crucifijo en sus prácticas onánicas. Ese impío pacto forma parte de un camino que la conduce a la herejía.

Esperanza, la película final, ilustra la infatuación de una adolescente con el médico de su campamento contra la obesidad. Virgen aun y ya sabedora de que su gordura la hará poco atractiva a los ojos de una juventud global adoradora de delgaduchos como Justin Bieber o Miley Cyrus,  Melanie consagrará su verano a intentar reducir tallas a la vez que iniciarse en los esquivos trances del amor. Esfuerzo vano por subirse al flujo de una vida siempre cruel con aquellos que no se ajustan al canon.

Además del parentesco de los personajes (no solo consanguíneo, sino hasta de la misma “enfermedad”) y los temas, el descarnado ojo del director hermana también a las películas: como dedo en la llaga, la cámara se posa aséptica en torno a los personajes permitiéndonos atestiguar, sin florituras, las vilezas de los personajes.

El título de la trilogía resulta, por decir lo menos, irónico. Al dejar de lado su cotidianeidad, las tres mujeres no tienen otro derrotero que el de vérselas con sus demonios. El tiranizante trabajo o la demandante escuela se antojan balsas que nos salvan de ese naufragio que somos nosotros mismos. Las vacaciones, ese supuesto oasis de nuestro desértico andar, termina por ser otro escalón en nuestro descenso al vacío. La perpetua insatisfacción sexual, los frustrados anhelos amorosos y unos cuerpos que no terminan por hallar su lugar en este mundo pueden encontrar en los períodos de descanso un espejo insobornable: la imagen que éste nos devuelve está lejos, muy lejos, del paraíso.

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Publicado en: Cine