
Empecé la vida como seguramente voy a terminarla: entre libros. Los había por todas partes en la oficina de mi abuelo; estaba prohibido que les limpiaran el polvo, salvo una vez al año, en octubre. Yo todavía no sabía leer y ya veneraba esas piedras erigidas; derechas o inclinadas, ajustadas como ladrillos en los estantes de la biblioteca o noblemente espaciadas como haciendo calles de monolitos: tenía la sensación de que la prosperidad de nuestra familia dependía de ellas. Todas se parecían entre sí; me divertía en ese santuario minúsculo, rodeado de monumentos rebosantes y antiguos que me habían visto nacer, que me verían morir y cuya permanencia me garantizaba un futuro tan apacible como el pasado. Las acariciaba en secreto para honrar mis manos con su polvo, pero no sabía muy bien qué hacer con todo aquello y asistía todos los días a una ceremonia cuyo sentido se me escapaba: mi abuelo —en general tan torpe que mi mamá le tenía que poner los guantes— manejaba esos objetos culturales con una destreza de oficiante. Lo vi miles de veces ponerse de pie con aire ausente, rodear la mesa, atravesar la habitación de dos zancadas, tomar un volumen sin pensarlo, sin darse el tiempo siquiera de elegir, hojearlo mientras volvía a su sofá, con un movimiento que combinaba el pulgar y el índice, y, apenas sentarse, abrirlo de un golpe seco “en la página correcta”, aflojándolo como un zapato. A veces me acercaba para observar esas cajas que se abrían como ostras y descubría la desnudez de sus órganos interiores, sus hojas descoloridas y con humedad, ligeramente hinchadas, cubiertas de venillas negras que tenían tinta y olían a champiñones.
En la habitación de mi abuela los libros estaban acostados; los pedía en préstamo a un gabinete de lectura y nunca vi que tuviera más de dos a la vez. Esos abalorios me hacían pensar en los dulces de Año Nuevo porque sus hojas delgadas y reflejantes parecían recortadas en papel glasé. Vivos, blancos, casi nuevos, servían de pretexto para misterios ligeros. Cada viernes, mi abuela se vestía para salir y decía: “Los voy a devolver”. De vuelta, después de quitarse el sombrero y el velo, los sacaba de su manguito calientamanos y yo me preguntaba, perplejo: “¿Son los mismos?”. Los forraba con cuidado para luego, después de elegir uno, instalarse cerca de la ventana en su sillón orejero; se ponía sus quevedos y suspiraba de alegría y lasitud, bajaba los párpados con una sonrisa fina y voluptuosa, que después hallé en los labios de La Gioconda; mi madre se callaba, me pedía que me callara también; yo pensaba en misa, en la muerte, en el sueño: me llenaba de un silencio sagrado. De cuando en cuando, Louise soltaba una sonrisita; llamaba a su hija, hacía una línea con el dedo y las dos mujeres intercambiaban una mirada cómplice. Con todo, no me gustaban esas encuadernaciones demasiado distinguidas; eran como intrusos y mi abuelo no ocultaba que le parecían el objeto de un culto menor, exclusivamente femenino. El domingo, por no tener nada mejor que hacer, entraba al cuarto de su mujer y se instalaba frente a ella sin hallar qué decirle; todos lo veíamos, tamborileaba en el cristal y, al no ocurrírsele ya nada, se volvía hacia Louise y le arrebataba la novela de las manos: “¡Charles —le gritaba furiosa—, vas a hacer que pierda la página!”. Él ya leía con las cejas levantadas y con el índice golpeaba el libro: “¡No entiendo!”. “Pero ¿cómo vas a entender —decía mi abuela— si estás leyendo así?”. Terminaba por aventar el libro en la mesa y se iba alzándose de hombros.
Como tenía oficio, seguro tenía razón. Yo lo sabía porque me había enseñado, en un estante de la biblioteca, unos volúmenes enormes de pasta dura y cubiertos con tela marrón: “Estos los hizo tu abuelo, muchacho”. ¡Cuánto orgullo! Yo era nieto de un artesano especializado en la fabricación de objetos santos, tan respetable como un hacedor de órganos o un sastre de eclesiásticos. Lo vi en acción: todos los años, volvía a editar el Deutsches Lesebuch. Durante las vacaciones, toda la familia esperaba las pruebas con impaciencia: Charles no soportaba estar inactivo y se enojaba para matar el tiempo. Finalmente, el portero traía el enorme paquete fláccido, le cortábamos los cordones con unas tijeras; mi abuelo desplegaba las galeradas, las extendía en la mesa del comedor y las apuñalaba con marcas rojas; por cada errata juraba el nombre de Dios en vano entre dientes, pero solo gritaba cuando la sirvienta intentaba poner la mesa. Todo el mundo era feliz. Yo, parado en una silla, contemplaba con éxtasis esas líneas negras estriadas de sangre. Charles Schweitzer me enseñó que existía un enemigo mortal, su editor. Mi abuelo nunca supo llevar las cuentas; pródigo por descuido, generoso por ostentación, terminó por caer años más tarde en esa enfermedad de los octogenarios: la avaricia —efecto de la impotencia y el miedo a morir. Por aquella época, solo se manifestaba por una rara desconfianza; cuando recibía por giro postal la suma de sus derechos de autor, levantaba los brazos al cielo gritando que lo sangraban, o bien entraba al cuarto de mi abuela y declaraba con sobriedad: “Mi editor me roba a manos llenas”. Descubrí, estupefacto, la explotación del hombre por el hombre. Pero sin esta abominación, por suerte circunscrita, el mundo habría sido perfecto: los patrones pagaban según sus capacidades a los obreros con base en sus méritos. ¿Por qué entonces los editores, esos vampiros, lo alteraban bebiéndose la sangre de mi pobre abuelo? La dedicación sin recompensa hizo que creciera mi respeto por aquel santo hombre: muy temprano se me preparó para considerar el profesorado como sacerdocio y la literatura como una pasión.
Jean-Paul Sartre
Filósofo y novelista francés
Trad. Alejandro Merlín