Con motivo del IX Congreso de la Lengua Española que se celebra en Cádiz, bajo el lema “Lengua española, mestizaje e interculturalidad. Historia y futuro”, este artículo explora la importancia y la complejidad de esa otra literatura de América, escrita en lenguas indígenas. Incluye un breve muestrario de poesía.
Sueña como quién danza bajo el agua
y calla.
Cada noche regresa a una ciudad
Varada en la penumbra de los árboles
donde un niño atesora los nombres de las cosas
esos que habrán de dividirle
mientras sus dedos fijan en el aire
otro alfabeto
—Y. S. O.
Conocen el otro lado de los sueños, casi todos los matices del silencio y unas historias milenarias que comienzan a escribir. Algunos vienen del Azul, otros fueron sombras en el fondo de los ríos antes de ser rozados por el arcoíris. Mayas, quechuas, mapuches, garífunas, aymaras, hiwis, quiches, yanakunas han hecho durante siglos de la palabra su monumento.
Mitos, ritos, leyendas, ceremonias de iniciación, cantos para sanar han sobrevivido en su memoria a invasiones, reducciones, evangelizaciones o traducciones. Es la palabra, en las diversas lenguas, quien les da la medida de las cosas, la relación con el mundo que les rodea y una peculiar concepción del tiempo.
Esta palabra escrita supone mucho más que un gesto, precisamente porque aparece coincidiendo con el debilitamiento que en la actualidad sufren las lenguas indígenas de América —así lo señala el poeta y oralitor yanakuna Freddy Chikangana (Colombia,1964). Es, además de un deseo de reconocerse en la diferencia, un afán por compartir ese legado, otra forma de mirar. Los escritores que asumen esta tarea son conscientes de que en el tránsito entre un idioma y otro siempre hay una pérdida y una ganancia, de que escriben desde concepciones del mundo diferentes porque son culturas distintas; pero consideran, también, que hay un momento en el que la lengua ajena se convierte en propia. Sucede cuando la palabra se hace parte de los símbolos, mitos, rituales y religiosidad: el lenguaje poético es el único capaz de atenuar las diferencias culturales.

Acababa de estrenarse la luna de los brotes cenicientos cuando escuché al poeta mapuche chileno Elicura Chihuailaf (Chile,1952) hablar de la dualidad y del tiempo. Fue a orillas del Lago Yelcho, al pie de los Andes —un paisaje después sumergido bajo las cenizas del Volcán Chaitén. Recitaba en mapudungún, y después en castellano unos versos que hablan de un tiempo en el que la edad no existe, en el que entender la vida es aceptar la muerte; proyectar el futuro no olvidar el pasado porque cada uno lleva dentro al anciano que será y al niño que fue.
Iñche ñi pewi mu, kiñe fvcha
kizu vgvm ñi wiñomeal ti
pu llampvzkeñ
ñi pichike gemun tremkvlen
antv mew
Ramtukenueli tunten tripantv
ñi nien pienew fey mu
ayvwkvlean
Chumael tukulpageafuy ti genolu?
Ñi newen tukulpan mew mogeley
ta Mapu
ka fey mu mvley taiñ Kuyfikeche
tañi mollfvñ
Kimaymi, kimaymi, chumgelu —feypi
petu kvpa pewmalelfun tvfachi
Mapu mew?
* * *
Veo, en mí, al anciano
que esperando el regreso
de las mariposas
habita los días de su infancia
No me preguntes la edad —me dice
y estaré contento
para qué pronunciar lo que
no existe?
En la energía de la memoria
la Tierra vive
y en ella la sangre de los
Antepasados
¿Comprenderás, comprenderás
por qué —dice
aún deseo soñar en este Valle?
Otros escritores indígenas del Altiplano, de la Pampa, del Amazonas, de Yucatán, me descubrirían muchas coincidencias en el origen de sus cosmovisiones, en la forma de vivir y entender un mundo en el que sus pueblos comparten una problemática similar.
Sobrevolando el curso del Orinoco, algunos meses después, una transparente mañana de septiembre, el escritor maya Jorge Cocom (1952), décimo tercer descendiente en la orden de los “Cazadores de auroras”, me habló del respeto por la sabiduría de los mayores, de la importancia de un legado que, en su concepción del tiempo, mantiene el pasado siempre presente, situado al frente. Supe así de los espíritus protectores de los distintos pueblos —Nahual, para los mayas—, de cómo, según sus creencias, algunos humanos tienen la facultad de transformarse en otros seres. Supuse entonces que en esta idea se basa el hecho de que en las historias sobre la creación del mundo y sus elementos —pese a ser comunidades tan diferentes— los hombres sean indistintamente “gente” o “animales”. Así lo cuentan los mayas mexicanos y los hiwi del Amazonas. Una metamorfosis que no debería resultar incomprensible a culturas que descienden de la griega.
Fue en ese instante cuando caí en la cuenta de que nada de esto pareció interesar a la mayoría de los cronistas españoles que interpretó el nuevo mundo adaptándolo a sus propios esquemas culturales. Reestructuraron aquellas creencias en función de las suyas judeocristianas, convirtiendo el mito en —lo que era para ellos— ficción, en literatura; sin reparar en que sus símbolos revelaban —como mantiene Mircea Eliade— una toma de conciencia de su situación en el cosmos, una posición metafísica.
“Manipularon muchos significados originales hasta hacerlos equivalentes a conceptos occidentales”, comentaría el poeta Odi Gonzales (Perú, 1962) mientras aprendíamos los nombres de aromáticos frutos desconocidos —túpiro, temare, guama… Puso como ejemplo el término quechua Supay —que sería sinónimo de rebelde, desobediente, pero nunca de perverso o maligno— convertido en “diablo”. Se iniciaba entonces ese sincretismo religioso que, como veremos, se halla presente en tantos relatos mexicanos y peruanos. Afortunadamente, no sucedió lo mismo con el legado de algunos pueblos del Amazonas, o el mapuche, que lograron preservar sus mitos con mayor fortuna.
Para la mayoría de estas comunidades se produce un vaivén entre la vida y la muerte a través de los sueños. Su cercanía a los muertos, considerados como agentes de salud, no tiene paralelo en la religión bíblica, según Manuel Ossa. “Los sueños dejan signos, claves y rastros. Soñar es un ejercicio del espíritu” —Cocom calló un instante y se quedó observando el descenso de unas hojas desprendidas de un árbol cercano. La lluvia se presentó como lo había hecho cada tarde desde nuestra llegada, después de un breve silencio. “Con su paso intemporal y a veces incoherente, los sueños dan cuenta de la historia personal remontando años hacia atrás o hacia adelante. El hombre que no trabaja con el poder de sus sueños es un hombre que vive dormido. En el universo de la naturaleza los sueños se convierten en realidad: la lluvia es el sueño del agua, el humo es el sueño del fuego, el azul del cielo es el sueño eterno del aire y el hombre, hecho de maíz amarillo como la luz que le cobija, es el sueño privilegiado de la tierra”.
La naturaleza es para estos pueblos la verdadera depositaria de la sabiduría del universo. Aprendió el poeta de su abuelo a observar el paso de las hormigas para conocer el cambio del tiempo, si iba a llover o vendría la sequía; y el tendido de la red de las arañas. Le enseñó a leer el color de las nubes y el canto de los pájaros; también los colores del halo de la luna o las sombras que proyectan los árboles.
El mismo Elicura Chihuailaf, criado en una cultura donde el concepto de lo fósil no existe, escuchó desde muy pequeño historias de árboles y piedras que dialogan entre sí, con los animales y con la gente. “Nada más hay que aprender a interpretar sus signos y a percibir sus sonidos, que suelen esconderse en el viento”.
Como depositarios de una tradición oral milenaria los escritores en lenguas indígenas de América que eligen expresarse en su lengua han de sortear no pocos obstáculos, porque que no sólo se enfrentan a la tarea de crear, tienen, también, que preocuparse de fijar los alfabetos, ya que existen todavía numerosas lenguas amerindias desprovistas de alfabeto o poseedoras de distintos sistemas de escritura. Es ésta una escritura con escasos destinatarios debido a la ausencia de una educación bilingüe.
La negación de algunos estados a oficializar las lenguas, a reconocer sus raíces indígenas, tiene como resultado un creciente sentimiento de vergüenza étnica cada vez más frecuente entre estas minorías que, ante el prestigio de la cultura occidental rechazan su lengua y tradiciones con el fin de encontrar un lugar en el mundo criollo que casi nunca consiguen. Los escritores en lenguas indígenas de América se ven, por todo esto y en numerosas ocasiones, en la necesidad de actuar como portavoces de su gente; se trata de pueblos, muchos de ellos, que han perdido y siguen perdiendo —ayer en nombre de los conquistadores y hoy en el de las multinacionales y el progreso— sus tierras.
En el plano creativo, la transición de la oralidad a la escritura resulta un proceso complejo y muy exigente en todos los idiomas en los que tiene lugar. El resultado es una creación bilingüe – con todo lo que implica – que no resulta fácil dar a conocer en un claro ambiente de marginación editorial.
El poeta quechua peruano Odi Gonzales sostiene que se trata de que el interés y el respeto lo genere la obra de un autor y no su procedencia racial. “La literatura indígena no puede convertirse, como ha sucedido con determinado tipo de artesanía, en un souvenir; sobre todo cuando se nos ofrece la posibilidad de plasmar todo un mundo culturalmente diferenciado y profundamente original”.
Defienden por todo ello “el trabajo riguroso en la palabra y por la palabra, sin concesiones que desvirtúen la poesía tradicional”. Es necesario un rigor en el trabajo literario, formas y contenidos, un conocimiento y dominio de técnicas para procesar los cánticos, relatos, leyendas y rituales, confiriéndoles el llamado “nivel literario”; dura labor que, por lo demás incluye recopilar, transcribir —confiriéndole a la oralidad los códigos de la escritura—, recrear —sin perder las esencias— y en última instancia traducir a la lengua predominante —el español en este caso— para acceder a un vasto universo de lectores.
En la Amazonia, cuentan los hiwi, creció un día, cuando los hombres no eran gente aún, el Caliaberri-Nae, Árbol de Todos los Frutos que después habrían de extenderse por el mundo. Este fue el lugar, en las proximidades del cerro Autana, elegido por Margarita Laucho para convocar, con el apoyo de la UNESCO, a casi un centenar de poetas y narradores —“oralitores”— amerindios. En septiembre de 1997 se celebraba en Puerto Ayacucho (Venezuela) el Primer Encuentro Continental de Escritores en Lenguas indígenas de América.
Ocurrió en el reino de lo diverso, un lugar con gente variopinta y extraordinaria, con pueblos en medio de la nada verde que abren las puertas de sus malocas hacia el oriente, donde hace mucho —en un tiempo en el que los animales se acercaban a las casas para relacionarse de igual a igual con los humanos— nació el mito de Yurupary. Allí se aprende a no preguntar lo que no se comenta, a no tratar de comprender, de traducir, de interpretar lo que se expresa en otra dimensión, lo que pertenece a otro ámbito de conocimiento. Lo intraducible. Ahí la dificultad, el empeño por dar a conocer y mantener, a un tiempo, el espíritu casi secreto de estas manifestaciones.
—Yolanda Soler Onís
* * *
[A continuación algunas muestras de esas otras voces de América, en su poesía.]
Fredy Chikangana
poeta quechua yanakuna mitmak
Pissco Yakuy
Jahuapi shuk pissco riyma yakupayrayku
ccarakuna purik utirayak
quillaqanchaypi
ucjupay pisscomanta runarurakay
ppatatatay llacllaykuna llaquikuna
chhinsuyttukuna . . .
rieran lliplliy phiñaphiñacuy yakumanta
ucjun caimi llanthu taytacunamanta.
Pajaro y Rio
Sobre un pájaro que va por el río
la piel viaja pensativa
en la luz de la luna
el cuerpo del pájaro se hace humano
palpitan entonces los temores, las penas,
los largos silencios. . .
sus alas resplandecen en el crispar del río
su cuerpo es la sombra de los abuelos.
PACHA I
Huclla piruru hina caklla ñan,
Raphishuk, takishuk hoccariy wairapaypi
Nuqanshimi mucmicuk kumushukpi pachamanta.
TIEMPO I
Tan solo una rueca en el constante camino,
Un canto suspendido en el aire
Nuestra voz silenciada en una curva del tiempo.
* * *
Jorge Cocom
poeta maya yucateco
ÁAK’IL KAANE’
Áak’il káane’
ken u na’akal u chun kululche’,
u k’áat’ u chuk u pixanil.
Chen ba’a ale’, áak’ile kaane’ ma’ u yóojelí;
u pixan kululché,
ma’ tia’an ich u chunil:
tia’an, tia’an ichil u k’aay ch’i’ich’obe’.
LA SERPIENTE VEGETAL
La enredadera
cuando escala el tronco de un árbol,
pretende atrapar su alma.
Lo que ignora esta serpiente vegetal;
es que el alma de un árbol,
no está al interior de su tronco,
sino en el canto de los pájaros.
* * *
Odi Gonzales
poeta quechua
TEJEDORA
Hacia el amanecer
todavía en su lecho
nubes de lana
la tejedora en su telar
vicuñas forrajeras con denso delantal
fibra de pecho
premedita
En su mente va urdiendo
los diseños las tramas:
el puño del puma, los surcos en un campo de maíz,
la huella del perro
la laguna de los cuatro soles: medianoche
en los cielos del mundo de abajo
torzal bicolor
tricolor
Y colibríes buceadores
Perdicillas del altiplano
Un pájaro rasconcillo de los bofedales
Antes del día
Por su memoria discurren también pajonales
Paja brava
Pastos mixtos de rebrote
Y tropillas de llamas primeras damas
al amanecer
en los llanos arbustivos
mastican grama dulce
totorillas de los puquiales
Y alpacas en celo:
si en su preñez se las asusta con manta gris
o pañuelo blanco o paño marrón
las hembras llevan en su vientre
el color manchado de las crías
provocado por el susto
* * *
Elicura Chihiuailaf
poeta mapuche
EN ESTE SUELO HABITAN LAS ESTRELLAS
Tvfaci mapu mew mogeley wagvben
Tvfaci kajfv wenu mew vlkantuley
ta ko pu rakiduwam
Doy fvta ka mapu tañi mvlen ta komv
xipalu ko mew ka pvjv mew
pewmakeiñmu tayiñ pu fvcakece yem
Apon kvyeh fey tañi am -pigekey
Ni hegvmkvleci piwke fewvla ñvkvfvy.
En este suelo habitan las estrellas.
En este cielo canta el agua
de la imaginación.
Más allá de las nubes que surgen
de estas aguas y estos suelos,
nos sueñan los antepasados.
Su espíritu —dicen— es la luna llena.
El silencio, su corazón que late.
Yolanda Soler Onís
Escritora y periodista. Directora del Instituto Cervantes en Beirut