Las Olimpiadas desde el Imperio

Delatemos un onanismo más;
el de izar la bandera cada cinco minutos.
—Oliverio Girondo

No soy muy adicto a los Jugos Olímpicos. Más bien me ponen triste. Tal vez se deba a eso que los académicos poscoloniales llaman “representatividad”. Mi país de nacimiento, México —al igual que casi todos los países de Latinoamérica y los del so-called Tercer Mundo— sólo recogen las migajas de medallas que dejan los poderosos países primermundistas: Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Francia y Japón, al frente. China y Rusia los acompañan, y son un dolor de cabeza en los deportes, al igual que en la política.

olimpiadas

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Sospecho que sólo hay tres deportes en que los países pobres pueden igualar y hasta derrotar a los ricos: futbol, atletismo y box (o sus similares). Lo demás son golpes de suerte o excepciones. Eso se debe a que para practicarlos no se necesita ni alta tecnología ni costosísimos entrenadores ni grandes estadios juveniles. En la aldea más mierda del planeta se juega futbol con una pelota de trapo, alguien corre detrás de un león o huye de él, y un muchacho/a se parte el hocico contra el/la bully de la escuela secundaria. De allí que la brasileña Rafaela Silva pueda llevarse una medalla de oro a la favela “Ciudad de Dios” a patadas de karateca, o David Radisha regrese a su aldea Masai de Kenia con el segundo título en los 800 metros de atletismo.

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Las palabras trascienden. El futbol femenil es a la vez fuerte y delicado. Las damas son más caballerosas —valga el oxímoron— y elegantes. Su juego no es tan agresivo y hacen menos circo que los hombres. Alguna vez, Mario Vargas Llosa declaró su amor imposible por Emma Bovary. Millones de fans del futbol femenil, como yo, declaramos nuestro amor virtual por Hope Solo, la portera de los Estados Unidos. Mi mujer india, acosada por celos proustianos, afirma que solo es una mujer despreciable y que hace comentarios horribles. Cuando jugaba contra Colombia, y contra Francia, noté que en la televisión le gritaban al despejar la pelota. Me escandalicé. Volví al replay de los partidos para tratar de escuchar bien: el público brasileiro le gritaba “bicha”: algo así como “maricona”, “puta”, “ramera”. El ejemplo se propaga. El “puto”, que vergonzosamente profiere la afición mexicana contra cualquier portero contrario, ha trascendido. Los brasileños lo traducen al portugués y lo utilizan en el futbol femenil. En eso sí llevamos medalla de oro y record mundial: en insultar a los oponentes.

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Llevo 35 años ambulando en los Estados Unidos. Me naturalicé americano porque no perdí mi nacionalidad mexicana y las redadas están cada día más duras. Soy, después de mucho tiempo y a regañadientes, un Mexican-American, whatever that means. Le reconozco al Imperio: puedo seguir comiendo tacos de birria en un Taco Truck de Oakland, enseñar y hablar español o náhuatl en la escuela, irle a México en el futbol cada vez que juega contra Estados Unidos, y vivir en este país sin que nadie me moleste. Mientras llegue a tiempo al trabajo, pague impuestos, no me pase los semáforos, y no mate a nadie, todo va bien. Tal vez ése es el verdadero American Dream: ser cualquier cosa, incluso no ser americano, y poder residir aquí.

Sin embargo, lo confieso: detesto el himno de los Estados Unidos. No lo entoné ni el día que me llevaron al Paramount Theater de Oakland a la ceremonia de naturalización. Me hice güey mientras coreanos, chinos, y muchos latinos entonaban su sonoro rugir gabacho con orgullo y honor. La única versión que he admirado desde joven es la de Jimmy Hendrix en el concierto de Woodstock, de 1969, celebrando los bombardeos de Vietnam. Como en el epígrafe de Girondo, el himno es el onanismo más recurrente del Narciso imperial. Nada más despreciable que oírlo cada cinco minutos. Yo, cada vez que se escucha en la tele, le cambio de canal, pongo el mute, o me largo al baño y tomo un break. Y en las Olimpiadas de Río eso ha sucedido. Además, los mass-media gabachos se concentran en los atletas americanos y nunca se verá la premiación de un deportista extranjero. Sólo en dos momentos ocurrió lo contrario: cuando Simone Manuel compartió la medalla de oro con la canadiense Penny Oleksiak, en 100 metros libres en el agua, y cuando Michael Phelps perdió con el singapurense Joseph Schooling, en 100 metros de mariposa. No tuvieron más remedio que transmitirlos.

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Me como mis palabras. El 11 de agosto, decidí someterme a la televisión gabacha. Permanecí inamovible por dos horas frente al aparato receptor. Les creí a los comentaristas sabelotodo, analizando cada movimiento de las gimnastas, gritando “how amazing” durante las carreras de natación en que nadie los/las rebasó, viendo a las familias de los héroes moqueando de alegría en las tribunas porque su hijo, hija, hermano o hermana, ganaban la medalla de oro. Todo el show. Me mamé 111 comerciales (juro que los conté y fui anotando “palitos” en mi cuadernito verde). Constaté que Simone Manuel era la primera afroamericana en ganar una prueba individual de natación, sin duda un momento histórico; que Simone Biles, otra afroamericana, obtenía, sin la menor sospecha de apoyo de los jueces, la nominación como la mejor gimnasta del mundo; y fui testigo de la medalla 22 de Phelps, en 200 metros nado combinado, con brazadas gigantes e invencibles. Cuando le preguntaron a Phelps qué había sentido en esos momentos, declaró que pensó en el dolor físico que lo acompañaba después de cada carrera. Brutal.

Tragué saliva y me levanté en tres ocasiones a escuchar el Star Spangled Banner ante la sonrisa de mi esposa que no entendía mi solemnidad. Admiré a los atletas ganadores y los respeté. Recordé que Borges refiere lo que D.H. Lawrence dijo al ver a los ejércitos enemigos en la WWI: They were glorious.

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Al día siguiente Anthony Erwin, el nadador más viejo del equipo, con 35 años, ganó los 50 metros de nado libre. Lo increíble de la historia es que en el año 2000 en Sydney, Australia, a los 19, también había obtenido la presea de oro. Abandonó el deporte por 8 años y ahora, tras otros 8, logró repetir la proeza. ¿Qué tiene este país, que no posee ningún otro, y que permite una hazaña así? No lo sé bien. Sin embargo, me parece que aquí hay una “cultura del deporte” y un “sistema de soporte” que no existe en ningún otro lado.

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Cultura del deporte. Trabajo en un Community College. Una escuela comunitaria de 5ª división. El 60 % de los alumnos son afroamericanos, el 25 % asiáticos o asiático-americanos, el 11 %  latinos, y el 4 % blancos. No se dice en voz alta, sim embargo, cuando las cosas van mal, se oye en los pasillos que no pasamos de ser un ghetto-school. Sin embargo, cuenta con una alberca de 25 metros azul-turquesa con tribunas, un gimnasio techado donde se juegan voleibol y basquetbol a diario; una cancha de béisbol con un césped verde envidiable, un campo de futbol  americano —que también se usa para soccer— rodeado de una elástica pista de atletismo, y un vigoroso gimnasio donde los atletas se preparan para los deportes. Este verano cientos de niños y niñas de la comunidad —de todos los colores étnicos— vinieron a aprender a nadar. Se oían sus gritos, alegres, desde las aulas de clase. Parecía el sonido de pajaritos al amanecer. Asimismo, una colega mexicana, mayor de 60 años, aprendió a nadar en esa alberca y la obligaron, en algún curso, a jugar water-polo contra  jovencitas que le jalaban el traje de baño por debajo del agua, y a nadar distancias kilométricas, en el Océano Pacífico, a temperaturas gélidas. Ésa es la “cultura del deporte” a la que me refiero. El imperio te da oportunidad de sobresalir en cualquier actividad atlética que se te ocurra, a cualquier edad.

En México desaparecieron a 43 aspirantes a ser maestros rurales en Ayotzinapa, sin que todavía se sepa de ellos, en la noche más triste del 2014. Este año, policías y maestros se agarraron a madrazos y balazos en Nochixtlan, Oaxaca. ¿Y las albercas? ¿Y los gimnasios? ¿Y el atletismo? ¿Y la reforma educativa? ¿Cultura del deporte? ¿Sistema de soporte? Keep on dreaming. Estamos a años luz del Imperio.

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Sistema de soporte. En el voleibol de playa, deporte inventado por los gabachos, destacan sus parejas. Son formidables y sacan pelotas desde el suelo con una destreza inigualable. Sin embargo Kerri Walsh Jennings y April Ross, las campeonas olímpicas, sucumbieron ante Agatha y Barbara, las brasileñas empujadas por miles de aficionadas que las coreaban a gritos. Jake Gibb y  Casey Patterson, del equipo masculino gringo, también fueron eliminados. Sin embargo, al final de la transmisión surge una dirección electrónica en la pantalla televisiva, donde puedes buscar el lugar más cercano al barrio donde vives, y unirte al deporte olímpico, al Team USA. Así de fácil. Cualquier niño/a, de cualquier lugar de Estados Unidos, tiene forma de acercarse al deporte que le guste. Puede soñar. La competencia es feroz. Sin embargo, siempre hay un sistema de soporte que te ayuda.

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El fin del encanto. Unos días después de las transmisiones plagadas de comerciales, termina el hechizo: Anthony Erwin aparece deleitándose con una Coca-Cola; Simone Biles, aplicando el detergente Tide a la ropa sucia; Ryan Lochte y sus compañeros de francachela, difamando al pueblo brasileño; Hope Solo, tildando a las futbolistas suecas de “cobardes” . City Bank, socio y patrocinador —partner and sponsor— felicita al Team USA; Samsung ofrece sus servicios telefónicos a todos los atletas; y McDonalds corona las transmisiones mostrando el medallero olímpico, donde, por supuesto, el Team USA domina a todos los demás. Hoy, llegó a 100 medallas. Toda Latinoamérica, junta, lleva 45 medallas. Sólo falta el himno gabacho para que se sostenga el orgasmo nacional y continúe la danza de los millones de dólares de las corporaciones. La máquina imperial rueda sin obstáculos. Se lo platico a mi hermano. Liberal y economista, no le interesan las ideologías. Me comenta desde sus 60 años de vida mexicana: “Así es. El capitalismo es una mierda, pero eso es lo que nos tocó”.

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Miro la competencia de clavados. Hace un aire terrible en Río de Janeiro y el factor viento afecta los resultados. Son las semifinales. Asisto a múltiples clavados de rusos, chinos y americanos. A pesar de que Rommel Pacheco, mexicano, termina en segunda posición, no se transmitió ninguno de sus saltos. Así es como respetan y admiran a un clavadista tercermundista los mass-media. Mi mujer me señala que hubo una muchacha india que calificó entre las gimnastas. Apareció en todos los periódicos de la India. En la tele, ni sus luces. Finalmente, el mexicano resulta un fiasco y la gimnasta india desaparece entre en los últimos lugares de la competencia, sin que nadie los haya visto por acá.

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Ubi sunt? El equipo mexicano de futbol fue brillante. Jóvenes, sin miedo, dando buenos pases, corriendo. Alemania les empató, pulverizaron a Fiji 5-1, y perdieron contra Corea del Sur, un equipo asiático que ya juega muy bien. México no califica. Le comento a un amigo, en WhatsApp, que hacía mucho tiempo que no veía a un equipo tricolor tan destacado, aunque lo hayan eliminado. “Juegan mejor que los antihéroes de Santa Clara, el Chicharito, el “Casi” Ochoa, y sus cuates, que dejaron la cagada del 7-0 en el Estadio Levis, a una hora de mi casa?”. Me contesta: “¿Eso mismo se pregunta todo México? Y estos chavos, ¿por qué no llegan a primera división? ¿Dónde quedaron los ganadores de la sub 17 hace un par de años?” Pregúntenle a los directivos de pantalón largo del fútbol mexicano y a los comerciantes de la televisión. Me invade la melancolía y me vuelve un flash-back juvenil: yo también tuve muchos compañeros de futbol en Interclubs, en los Interjesuíticos, en el Club Asturiano, en el Torneo de los Barrios, que jugaban igual, o mejor, que los desastrados del 7-0. Y nunca llegaron a las canchas profesionales. No había —no hay— cultura del deporte, sistema de soporte. “Para jugar futbol se necesita tener hambre”, me contestó un exjugador de la Universidad, Manolo Rodríguez, cuando le pregunté, a los 15 años, cómo se podía llegar a ser futbolista profesional en México. Años más tarde, dando clases en una universidad particular del sur de la Ciudad de México, una alumna de Comunicación me comentó: “El futbol es para nacos”. Asi nomás. Chale. Sanseacabó. 

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I’m a loser, I’m a loser,
And I’m not what I appear to be.
—John Lennon

El televidente declara su cobardía. Hay un placer especial, crudo y resentido, en pertenecer al público colonial, tercermundista. Mi condición de perdedor —loser— me permite, a la vez, una visión panorámica e imparcial de las Olimpiadas. Los nacionalismos quedan abolidos. Le puedo ir a quien yo quiera. Con una sonrisa cruel y miserable, gozo cuando les abollan la corona a los campeones, cuando los winners pierden. Tendrán que aprender a levantarse del suelo, como nosotros, todos los días.

Así, declaro que, a pesar de mi admiración platónica por Hope Solo, disfruté infinitamente cuando una sueca le anotó el quinto penalty y eliminó a los Estados Unidos del futbol femenil; idem, me emocioné sobremanera con todo el pueblo de Singapur cuando Joseph Schooling le arrebató la medalla de oro a Michael Phelps, en los 100 metros de nado de mariposa, su prueba favorita; idem, me fui a comer unas pupusas cuando Honduras le sacó un empate a la selección argentina, una de las favoritas para el oro, eliminándola; idem, fui naranja mecánica cuando Simone Biles casi se cae de la barra de gimnasia y se tiene que tragar una medalla de bronce frente a una jovencita holandesa; idem, me tiré un clavado en la meta con la bahamesa Shaunae Miller para arrebatarle el oro a Allyson Felix en los 400 metros de pista, para luego verla llorar desconsolada por 20 minutos en el tartán del Estadio Olímpico; idem, me conmoví hasta las lágrimas cuando me enteré que Fiji, con 898,124 habitantes, le ganó, nada menos que en rugby, a la pérfida Albión, Inglaterra, etcétera, etcétera, etcétera. Son algunos de los momentos más inolvidables de los Juegos Olímpicos de Río 2016. Igual que ver a Usain Bolt, el jamaicano que nos redime a todos los perdedores. Él es la esperanza de los jodidos. Nosotros somos un desastre. Yo, soy una mierda.

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Hace una semana Luis Miguel Aguilar parafraseó a Borges en su célebre dístico de “Límites”: “Este verano cumpliré 16 Olimpiadas / La muerte me desgasta, incesante”. Quisiera contribuir a esa lista. Pienso en Bernardo de Balbuena: “Este invierno cumpliré casi 60 años / La tristeza mexicana me desgasta, incesante”. 

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Hoy, el chihuahuense Misael “El Chino” Rodríguez se ganó la primera medalla de bronce para México. Un orgullo nacional. En el boxeo, a madrazos, por supuesto.

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No vi la inauguración. Tal vez me soplaré la clausura de los Juegos Olímpicos. No lo sé. Me gusta el deporte aunque sea un perdedor. Tengo que respirar hondo y admirar las miles de horas que hay detrás de cada joven que llega a las Olimpiadas, gane o pierda. En estos días, he recordado a un marchista brasileño, amigo mío, que participó en Barcelona 1992, y me platicó: “Entrené en México con el equipo  de tu país. Corrí cinco kilómetros diarios en el Popocatepetl, a las 5 de la mañana, con maratonistas y marchistas mexicanos, durante meses. ‘Cara’, me decía, llegué en el lugar 31. Cuando fui a Brasil no me bajaron de traidor, cobarde, miserable, perdedor”. Evoco, también, desde mi niñez, la cara del sargento Pedraza, deshaciéndose de dolor, entrando en CU para ganar una medalla de plata, empujado por el suelo y la afición mexicana. Estas notas sobre Río 2016 me llenan de nostalgia y de tristeza. Es muy fácil criticar desde la televisión. Y eso mismo es lo que yo estoy haciendo.

 

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Publicado en: Ensayo literario